Partido Revolucionario de los Comunistas de Canarias

Venezuela: ni revolución ni socialismo

In Documento, Economía on 11 septiembre, 2008 at 12:58

Pedro Brenes

El periódico madrileño El Mundo publicó el día 1 de Agosto pasado, en su sección de economía, un comentario, tomado a su vez de la agencia de prensa imperialista Reuters, titulado Las nacionalizaciones en Venezuela durante el Gobierno de Chávez, asegurando que: «Chávez inició en el 2007 su agenda para implantar una economía socialista».

No creo que pueda reconocérsele ni a la agencia de noticias ni al diario -tan derechosos, proimperialistas y voceros de los monopolios internacionales la una como el otro- autoridad teórica para definir lo que es el socialismo y lo que no lo es. Sin embargo, parece que la influencia de la propaganda burguesa es más poderosa de lo que imaginábamos.

Asistimos, entre sorprendidos e incrédulos, al curioso fenómeno de que, tanto en la propia Venezuela como en el conjunto del movimiento internacional de izquierdas, más o menos socialista y más o menos revolucionario, se ha establecido -el diablo sabrá por qué- la verdad indiscutible de que en este país sudamericano se desarrolla nada menos que una Revolución Socialista. 

Sin embargo el artículo citado dice, un poco más adelante, que «A principios de este año, el mandatario continuó su cruzada nacionalista». Aquí hay una evidente contradicción, porque el nacionalismo y el socialismo son cosas muy diferentes, pero la utilización de los conceptos de «economía socialista» y de «cruzada nacionalista» no son más que torpes intentos de eludir los términos correctos, impronunciables para los monopolios multinacionales, de «medidas antiimperialistas».

La prueba de ello la encontramos a continuación, cuando el mismo artículo hace una relación de las nacionalizaciones del gobierno de Hugo Chávez:

Petróleo.- Nacionalizadas las empresas propiedad de las multinacionales Exxon Mobil, Conoco Phillips, Chevron, British Petroleum, Statoil y Total.

Siderurgia.- Renacionalización de la multinacional Ternium Sidor.

Telecomunicaciones.- Nacionalización de la empresa CANTV, propiedad como accionista de referencia de la estadounidense Verizon.

Electricidad.- Nacionalización de Electricidad de Caracas por medio de la compra del 82% a la estadounidense AES Corp., y de la eléctrica Séneca comprando el 88% a la estadounidense CMS Energy.

Cementeras.- Nacionalización de las filiales locales de la mejicana Cemex, la suiza Holcin y la francesa Lafarge.

Bancos.- Nacionalización del Banco de Venezuela, filial del español Grupo Santander.

Esta relación demuestra que el proceso de reformas democráticas que se viene desarrollando en Venezuela, tiene como objetivo la recuperación de las empresas y los recursos naturales del país de manos de los monopolios extranjeros. Lo que confirma que estas medidas no tienen carácter socialista, sino democrático-burgués antiimperialista.

La burguesía nacional venezolana, si exceptuamos algunos grandes latifundios improductivos o infrautilizados, no ha sido afectada por el programa de nacionalizaciones. Por el contrario, participa directamente en él -por medio de su influencia sobre el gobierno, el presidente y el partido socialdemócrata «unido» en el que se apoyan- y se beneficia de una situación económica que les permite cada vez mayor libertad de acción, y posibilita su conversión en clase dominante, al derrotar a la fracción de la burguesía intermediaria dependiente de los monopolios imperialistas.

Es más, el líder indiscutido de la Revolución Bolivariana se reune solemnemente con los empresarios para hacerles importantes concesiones, y para invitarlos a incorporarse al proyecto «socialista» de su gobierno.

Ya sabíamos que existen muchas clases de socialismo (y de revisionismo), pero mantener que debemos aceptar a la burguesía nacional (superadas ¿cómo no? las anticuadas e históricamente desfasadas ideas sobre el papel dirigente de la clase obrera y su partido de vanguardia en la destrucción del capitalismo), como dirigente revolucionario, nos parece francamente excesivo.

Sin embargo, es precisamente esta fracción nacional antiimperialista de la burguesía la clase social que detenta el Poder, en estos momentos, en Venezuela. Y es la burguesía la que, en último término, toma las grandes decisiones y orienta el desarrollo de las reformas bolivarianas de Hugo Chávez.

Pero la burguesía «bolivariana» o «boliburguesía» está particularmente interesada en ocultar esta realidad, disfrazarla de Poder popular, desmarcándose de la oposición antichavista que obedece órdenes directas del gobierno de los Estados Unidos, arrastrar a las masas a apoyar las políticas que les benefician, y estimular el anticomunismo entre el pueblo, culpando al Partido Comunista de Venezuela de «romper la unidad» por negarse a disolverse y diluirse en el Partido Único de Chávez, de los militares anticomunistas, de los empresarios y de los banqueros.

Curiosamente, también en nuestro archipiélago surgen voces recriminatorias hacia los comunistas que nos hemos atrevido a organizarnos en nuestro propio partido. También aquí se nos acusa de destruir la unidad anticolonialista por haber tenido la inaudita osadía de crear el Partido de los comunistas ¡sin pedirles permiso a ellos! Aunque bien es verdad que, de momento, no han llegado a definirse como revolucionarios ni como socialistas.

En Venezuela sí han establecido que ellos, los chavistas del PSUV, están desarrollando una auténtica revolución. Sin embargo debemos, ante todo, preguntarnos ¿qué es una revolución? ¿Cómo se distingue de un proceso de reformas nacionalistas y antiimperialistas? ¿Puede llamarse revolución a la sustitución en el Poder de la burguesía intermediaria por la burguesía nacional, implementada por vía electoral y parlamentaria?

Puede que a la burguesía nacional venezolana le interese disfrazarse de revolucionaria y de socialista. Y es posible que a los representantes de los pequeños propietarios, los intelectuales y los burócratas, les venga bien engañar a la mayoría de los trabajadores asalariados con la patraña de la supuesta revolución socialista venezolana.

Pero a los comunistas y a la fracción más avanzada y consciente de la clase obrera, no conseguirán hacernos pasar la sustitución en el ejercicio del Poder, dentro de la misma clase burguesa dominante, de una fracción proimperialista por otra nacionalista, ni como revolucionaria ni, mucho menos, como socialista.

Nosotros sólo reconocemos como socialista aquél proceso que sustituye en el Poder político a la clase burguesa dominante por la clase obrera sometida. Y ésto sólo es posible hacerlo por la fuerza, es decir, por vía revolucionaria, pues la propia burguesía opondrá una resistencia desesperada y violenta, a través del Estado, el ejército y la policía, para impedir su expropiación y el establecimiento de un nuevo Poder y un nuevo Estado obrero y popular, anticapitalista y verdaderamente socialista.

Sin embargo, el establecimiento del Poder de la burguesía nacional, ya sea por vía reformista parlamentaria como en Venezuela o Rusia, o por vía revolucionaria como en Irán o Libia, y la consiguiente expulsión del Poder de la burguesía vendida al imperialismo, beneficia, en gran medida, los intereses económicos y políticos del pueblo, acercando y facilitando enormemente el momento de acabar con la burguesía como clase, y construir el nuevo Estado socialista en sustitución del Estado burgués capitalista.

Por eso la clase obrera debe necesariamente participar, con la mayor decisión, en el proceso de transformaciones sociales y políticas impulsado por la burguesía nacional, para hacerlas avanzar incluso más allá de lo que la propia burguesía está dispuesta a llegar, forzar el proceso y romper sus límites, estimulando la participación activa de las masas populares y denunciando y combatiendo cualquier intento de la burguesía de arrebatar al pueblo el protagonismo de los cambios sociales.

Radicalizando progresivamente las reivindicaciones y las movilizaciones, exigiendo la expropiación no sólo de las empresas en manos extranjeras, sino también las grandes empresas pertenecientes a los capitalistas venezolanos -particularmente los bancos-, para acumular fuerzas, organización y experiencia para lanzarse a continuación, aprovechando plenamente este impulso, a la revolución socialista.

Esta concepción marxista-leninista del proceso revolucionario ininterrumpido que los comunistas mantenemos, a pesar de los estúpidos comentarios de los pequeñoburgueses y sus representantes sobre lo «anticuado» y «desfasado» del marxismo, es la causa de los múltiples intentos, directos e indirectos, que tanto en Venezuela como en Canarias, pretenten negarnos a los comunistas el derecho de organizarnos y defender nuestra propia estrategia de forma independiente.

Y para ello, a ambos lados del Atlántico, utilizan sobretodo el peregrino argumento de que «rompemos la unidad» y que procuramos el «divisionismo». Lamentablemente esa división  ya existe objetivamente en la propia sociedad. Es la división  en clases sociales, que ha de ser reconocida y admitida con todas sus consecuencias, primero, para, después, procurar la alianza de las clases populares (clase obrera y pequeñaburguesía) contra el Estado burgués hasta destruirlo por la fuerza (por vía revolucionaria) y sustituirlo por el nuevo Estado socialista.

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