Partido Revolucionario de los Comunistas de Canarias

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¿Es verdad que San Martín pensaba igual que Bolívar? (III)

In Opinión on 27 septiembre, 2008 at 23:05

COLABORACIÓN

Víctor J. Rodríguez Calderón

El 25 de Octubre la expedición abandono las costas de Pisco, teatro de operaciones de este primer fracaso a cuya cabeza principal estaba el generalísimo. Se dirige al Norte y se dispone a fomentar la segunda fase de la campaña, la cual dirige con extraordinaria habilidad. Se separa de la opinión de Cochrane, optando por una serie de desembarcos en distintos sitios de la costa, estrategia que desconcertó a los realistas y le permitieron fomentar en los departamentos del Norte peruano, ganándose para su causa la importante intendencia de Trujillo, cuyo gobernador, el marques de Torre Tagle, típico representante de la nobleza criolla peruana, se unió a la causa Martiniana.

Estos triunfos fueron decisivos para desencadenar una grave crisis interna en el partido españolista peruano. Los «constitucionalistas», que eran loas máximos representantes en el Perú de la revolución que obligó en la Península a Fernando VII a jurar la Constitución de Cádiz, se enfrentaron a Pezuela, jefe del bando absolutista, quien no había aceptado ni aceptaría esa Constitución, pues su propósito era el de convertir al Perú en el centro de la reacción en el continente. La noche del 23 de enero de 1821, los generales españoles Canterac y Valdés, autorizados por la Serna, jefe del partido «constitucionalista», exigieron al virrey Pezuela su renuncia, fundando esta insólita pretensión en la necesidad que existía, según ellos, de crear en el Perú nuevas condiciones políticas para negociar con San Martín.

El virrey Pezuela, ya viejo, cansando, debilitado, por su larga carrera de lucha criminal contra la libertad Americana, se inclinó ante las exigencias de sus generales. De inmediato los «constitucionalistas» eligieron nuevo virrey del Perú y nombraron a la Serna, este procedió como primer acto oficial, invitar a San Martín para reabrir las negociaciones interrumpidas en Miraflores. Ni corto ni perezoso, el generalísimo argentino aceptó de inmediato, nombró emisarios y los envió para que se reunieran en la hacienda de Torre Blanca, cerca de Retes.

Los delegados de San Martín insistieron de nuevo ante los delegados de la Serna que «no seria difícil encontrar en los principios de equidad y justicia la coronación en América de un príncipe de la casa reinante de España», siempre que tales principios implicaran la independencia de los estados americanos. La respuesta de los hombres del virrey fue tajante debido a que ellos consideraban como mejor solución que los americanos acataran la carta constitucional de Cádiz, la cual garantizaba sus derechos y mantenía la unidad del imperio español. Entre estos dos conceptos, trataban de abrazarse, pero en realidad ninguno presentaba la verdadera libertad e independencia que sí luchaba Bolívar, pues vista esta tesis que parecían tener diferencias, la verdad es que solo perseguían la restauración de la armonía y amistad entre España y sus colonias, por eso estas conversaciones se desarrollaron con gran cordialidad y lo único que lograron es que el tiempo pasara sin un acuerdo definitivo.

Esta situación de amigos termino por desesperar a los dos bandos y les obligó a poner las cartas sobre la mesa. Guido anunció que San Martín se vería obligado a continuar estimulando la insurrección de los criollos peruanos contra los españoles si éstos no aceptaban la independencia a lo que los delegados del virrey respondieron que la mejor solución era el acatamiento, porque de lo contrario de que no se pudiese sostener la causa española en aquellos dominios, estaban resueltos a proclamar el imperio de los incas y ayudar a los indios a sostenerlo, antes de consentir que la ocupasen los súbditos rebeldes que no tenían mas derechos que los que habían adquirido de sus antepasados los españoles. Valdés recalcó: «que por este pensamiento tenían a su lado, en clase de ayudante de campo, al descendiente más inmediato de los Incas, a quien proclamarían emperador, dando con este principio a una nueva guerra y a un nuevo orden e cosas, cuyo resultado no sería fácil de prever». Como podemos apreciar esta táctica era la misma seguida por lo jefes españoles Monteverde y Boves en Venezuela, cuando desencadenaron la revolución de los «pardos» y de los indios contra el patriciado caraqueño que auspiciaba el movimiento emancipador.

Enredados ambos bandos y sin encontrar una salida, decidieron entonces pactar una suspensión de hostilidades, previas ciertas garantías exigidas por los patriotas y concertar una entrevista personal entre el virrey la Serna y el generalísimo San Martín

Esta se realiza el 2 julio, en Punchauca, «los dos jefes-dice Mitre- se saludaron con cordialidad y expresiones de mucha estimación. San Martín propuso crear una regencia para el gobierno independiente del Perú, hasta la llegada de un príncipe español, con la Serna en calidad de presidente y dos corregentes, designados respectivamente por los realistas y los patriotas. El mismo se ofreció para ir a España como delegado y ponerse de acuerdo con el gobierno metropolitano. Abreau apoyó calurosamente la proposición de San Martín y el virrey pareció dispuesto a aceptarla, pero expresó el deseo de consultar a las corporaciones del virreinato sobre asunto tan importante, y prometió contestación antes de dos días.

Luego hablaron de la forma en que eventualmente, las tropas de ambos ejércitos podían reunirse en la plaza principal de Lima para celebrar la declaración de la independencia del Perú. Después de la entrevista, hubo un banquete en que se cambiaron los brindis más amistosos.

En todo esto, la política de San Martín contenía un error fundamental. Él no tenía autoridad para hacer tales proposiciones. No estaban de acuerdo con los principios por lo cuales luchaba y el aplauso con que recibieron su propuesta los monárquicos de la Santa Alianza implicaba su condenación por los republicanos de América.

La Serna, en vez de consultar a las corporaciones, deliberó con sus oficiales, quienes, sin rechazar de plano la proposición, declinaron aceptar inmediatamente, pues estaba en contradicción con sus órdenes, que les impedían pactar sobre la base de la independencia de las colonias».

De hecho las negociaciones resultaron un rotundo fracaso y la diplomacia de San Martín estaba comprometida peligrosamente, su éxito dependía de lograr un acuerdo que le permitiera, sin apelar a la suerte de las armas, negociar con las autoridades españolas el establecimiento de una monarquía independiente en el Perú.

El generalísimo argentino vio ensombrecerse el horizonte de su empresa continental y su pesimismo le llevó a confiarse en Monteagudo, más seguro que él en las posibilidades de una campaña que tuviera como base la insurrección de la aristocracia criolla contra los españoles. Mientras la Serna, consciente de las ventajas de su adversario en los territorios de la costa y en Lima, se decide a abandonar a San Martín para dirigirse a la Sierra, cuya densa población indígena, fanatizada por el clero y segura de la divinidad del monarca español, le serviría de base par su campaña reconquistadora.
A las siete de la noche, del día 10 de julio, incógnitamente, lleno de pesimismo y totalmente sombrío, entra San Martín a la Capital del Perú, evadiendo cualquier homenaje que se hubiese pretendido para recibirlo. Sus oradores callaron, al ver las circunstancias de su entrada en la capital limeña, un rasgo de austeridad digno de ejemplo, estableció una censura disimulada. Todo diferente a las entradas de Bolívar en Santa Fe, Caracas y Quito.

En realidad el ánimo del generalísimo lo obligaba a ese silencio y casi oculto entró en Lima. Era lógica su actitud, no se sentía victorioso, el pesimismo y las más negras dudas sobre el porvenir le dominaban y por eso en su espíritu no existía interés para fastuosas ceremonias triunfales, que en forma alguna correspondían a la verdad de su difícil situación.

Las más terribles dudas lo asaltaban, la inseguridad lo rodeaba internamente y externamente y se preguntaba: ¿Respondería la aristocracia criolla a su llamada insurrección contra los españoles? ¿Podrían sus insuficientes fuerzas militares hallar, en las costas peruanas, las adhesiones necesarias para enfrentarse a las formidables fuerzas realistas que los españoles organizaban con tanta facilidad en la zona de las indiadas de la Sierra? Sin duda que estas eran sus más profundas preocupaciones y ellas no le permitían considerarse como un generalísimo vencedor, a pesar de las esperanzas optimistas de su mano derecha Monteagudo y del inmenso entusiasmo que mantenían en la conciencia los habitantes de Lima quienes en esos días la habían otorgado el titulo de: PROTECTOR DEL PERU.

El tiempo no tardó en demostrar cuán fundados eran sus temores. La llegada de los españoles a la Sierra fue todo un espectáculo de triunfo entre los pobladores indígenas. El virrey, entró a la manera que lo hacían los antiguos incas, se estableció en el Cuzco, después de organizar y situar el grueso de sus ejércitos, a las ordenes de Canterac, en el Valle de Jauja. La recluta entre los pueblos indígenas le permitió reforzarse en las guarniciones de Puno, Arequipa y Tacna, como el ejército llamado del Alto Perú.

Pocos meses pasaron, después de haber abandonado a Lima, las fuerzas realistas tenían asegurado por lo menos un equilibrio con los ejércitos expedicionarios de San Martín, quien, a pesar de las estrategias desplegadas por Monteagudo, no había logrado aumentar sus efectivos y para el colmo gran parte de la alta nobleza peruana, en la cual tanto habían confiado, les miraba con temor y menos se acoplaba a las ideas liberales que se atribuía el movimiento emancipador americano. Esta alta nobleza confiaba más en los españoles y por eso nunca estuvo dispuesta a colaborar activamente con los independientes.

Es así, como corren los primeros meses del año 1822 la situación militar cambia súbitamente, poderosos contingentes realistas descienden por las laderas de la Sierra infligiendo a las guarniciones patriotas graves derrotas. Se iniciaba los efectos inevitables de una guerra para la cual San Martín no estaba preparado, puesto que su campaña en el Perú, lejos de perseguir objetivos militares, sólo había buscado una transacción política con los españoles.

La situación era ya muy comprometida y adquirió caracteres críticos para el generalísimo, cuando recibió noticias de Chile y del Río de la Plata anunciándole el fracaso del plan militar que concibió como última alternativa al fracaso de sus negociaciones con el virrey. Suponía esta táctica un ataque a las posiciones realistas de Canterac con las tropas bajo su mando, al tiempo que fuerzas destacadas de las provincias del Plata golpeaban las fronteras del Alto Perú por el Sur y desde alguno de los puertos del Pacifico, con nuevos efectivos proporcionados por Chile, se marchaba rápidamente sobre el Cuzco.

El generalísimo no pudo escapar a la sensación del fracaso total al enterarse de la inutilidad de los esfuerzos de sus emisarios en la Argentina y Chile a fin de obtener más tropas y recursos que necesitaba para el ataque combinado sobre las posiciones españolas en la Sierra. Gutiérrez de la Fuente no encontró ningún apoyo para la misión encomendada, el gobierno de Buenos Aires, dado al estado de insurrección de las provincias, no podía actuar de otra manera que no fuese defenderse de los asaltos de las «montoneras» y el otro emisario, Cavero sólo obtuvo en Chile la vaga promesa de una ayuda insignificante, pues este país se encontraba exhausto por el gigantesco esfuerzo realizado para equipar la primera expedición de San Martín, poco podía hacer ya en pro de la causa martiniana.

(Continuará…)

(*) El venezolano Víctor Rodríguez Calderón es politólogo, periodista, escritor, poeta, director de empresas y experto en Planeación de Organizaciones 

¿Es verdad que San Martín pensaba igual que Bolívar? (II)

¿Es verdad que San Martín pensaba igual que Bolívar? (I)

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