Partido Revolucionario de los Comunistas de Canarias

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¿Es verdad que San Martín pensaba igual que Bolívar? (IV)

In Opinión on 4 octubre, 2008 at 0:07

COLABORACIÓN



Víctor Rodríguez Calderón

La distancia de las diferencias

Como podemos observar los movimientos históricos tienen su duración y su poder expansivo en un origen único, higiénico, revestido de libertades y justicia condicionadas a la naturaleza de las ideas que doctrinalmente entrañan los líderes y a la manera como esas ideas se arraigan en los pueblos sobre el cual ejercen influencia. La idea monárquica y su conceptuación clasista, que constituyeron la fuerza íntima del movimiento político nacido en Buenos Aires, marcharon triunfantes cuando la naturaleza de sus postulados políticos dividió a los pueblos del Sur, en cambio de unificarlos para la campaña emancipadora. En consecuencia esta división produjo el límite a su actividad continental y debilitó los ejércitos que en el Perú constituían la avanzada del monarquismo argentino, porque cuando las provincias del Plata se levantaban contra el gobierno «porteño», desde el norte y a las fronteras mismas del Perú, se acercaban victoriosas las fuerzas de la Gran Colombia, las cuales venían precedidas de una profunda convicción revolucionaria, libertaria y democrática, llenas de energía y con homogeneidad suficiente para desempeñar la misión libertadora que los ejércitos del Sur se estaban demostrando incapaces de continuar adelante con éxito.

A San Martín en realidad solo le quedó el camino que menos hubiese querido transitar, pues a ello se rebelaba su orgullo, no menos grande por bien disimulado: solicitar la ayuda al Libertador de Colombia, pero la verdad es que por ningún motivo se atrevió a dar este paso sin incorporar previamente la ciudad de Guayaquil a la órbita de influencia del Perú, pues según él, esta acción, como lo creía, podía asegurarle un poco de popularidad a su gobierno, tan amenazado en esos momentos por el descontento del pueblo peruano contra los mandos del ejército argentino.

Consciente de la importancia de aquella hora histórica, el Protector entregó el gobierno al marqués de Torre Tagle y marchó hacía Guayaquil con el propósito de asegurarse el dominio del puerto y de buscar, después, una entrevista con el Libertador de Colombia. «Los dos Libertadores-dice Mitre bellamente- van a abrazarse repeliéndose, bajo el Arco del triunfo del Ecuador del Nuevo Mundo, en la región de los volcanes y de las palmeras siempre verdes».

Ya en sus últimas etapas de la campaña de Venezuela el Libertador Simón Bolívar, consideró que había llegado el momento de llevar la guerra al Sur, dándole excepcional importancia a la vía marítima, porque ello evitaba a sus soldados las penalidades propias de una larga marcha por tierra, a través de medio continente. Este proyecto no contó con la colaboración solicitada al gobierno de Chile, porque la armada de este país, que tanto necesitaba Bolívar, se encontraba comprometida en acciones decisivas contra la escuadra española del Pacífico.

Entonces Bolívar se vio obligado a cambiar las estrategias y tuvo que pensar en movilizar sus fuerzas por tierra hacia Buenaventura y de allí, por medio de transportes conseguidos en Guayaquil, se trasladarían a este puerto para incorporarse a los ejércitos que, al mando de Sucre, actuaban ya en las proximidades de Quito, al tiempo que algunos contingentes, con su centro de operaciones en Popayán, se encargaban de hostilizar el poderoso baluarte realista de Pasto, y evitar su posible colaboración en la defensa de Quito.

Desafortunadamente esta estrategia se dificultó a última hora, pues muy a pesar de los esfuerzos realizados por la escuadra chilena en el Pacífico, con miras a exterminar la armada española, no fue posible, algunos poderosos barcos de guerra realistas lograron salir airosos de la lucha y cuando Bolívar se preparaba para embarcar sus fuerzas en Buenaventura, recibió la noticia de que esta flota recorría los mares que constituían la ruta obligatoria de sus transportes colombianos y guayaquileños. Bolívar no podía correr riesgos en el azar de una batalla naval, exponer lo mejor de su tropa, no era una acción positiva. Entonces dio la orden de suspender la movilización e hizo regresar gran parte de los contingentes a Popayán. Sus posibilidades se limitaron y tuvo que tomar la ruta de Pasto, internándose con el grueso de sus fuerzas en aquellos peligrosos y sombríos parajes, donde el clima y la naturaleza abrupta y montañosa favorecían en todo momento a las fuerzas realistas compuestas por heroicos y experimentados guerrilleros, habilísimos para las emboscadas y sorpresas, tan fáciles en aquella zona geográfica.

El secretario del Libertador describe las características de la zona de esta forma: «Pasto está habitado por hombres que han hecho una defensa tenaz de un territorio que conocen y de cuyas ventajas naturales se aprovechan. Nuestra marcha a la vez se prolonga y se hace por caminos quebrados, donde todas las caballerías se pierden o se inutilizan. El enemigo puede contar con todas sus fuerzas reunidas desde Quito a Popayán, para defender sucesivamente las muchas posiciones fuertes que le presenta el terreno. El ejército libertador va a tener que sufrir por el clima, por la escasez de provisiones, por las dilatadas marchas, y va a tener que combatir, en su propia casa, con hombres descansados, aclimatados y prácticos en aquellos lugares. El ejército libertador desde el día que emprenda su marcha, no debe contar sino con bajas y pérdidas de hombres, caballos, mulas, bagajes; y el enemigo inmóvil nada sufre».

Estas técnicas que desarrolló Bolívar, generalmente fueron muy criticadas en su aspecto militar, porque si ellas evitaron inicialmente un encuentro de éxito dudoso con las fuerzas enemigas, optaron después por audaces ataques sobre sus posiciones, que frecuentemente pusieron en peligro la suerte misma del ejército libertador. Pero la historia le da la razón, debemos tener en cuenta la premura que guiaba a Bolívar en esos momentos de dificilísimas decisiones, pues al tiempo que sus tropas estaban detenidas por los feroces guerrilleros pastusos, en el Sur los ejércitos de Sucre corrían graves peligros y el movimiento monarquista en el Perú ganaba batallas políticas que parecían ser decisivas.

Se realizaron algunas maniobras de flanqueo para evitar las posiciones enemigas, pero los realistas se situaron en forma que cerraron el camino hacia Quito. Entonces el Libertador se decidió a combatirlos en una acción frontal, la cual podía acarrearle una derrota de consecuencias peligrosísimas, pero a la vez la posibilidad de abrirle definitivamente los caminos del Sur, como efectivamente lo logró el 7 de abril de 1822 en la histórica batalla de Bomboná.

Después esta grandiosa batalla, la situación de los ejércitos españoles se tornó desesperada, porque la defensa de Pasto resultó prácticamente imposible. Al recibir don Basilio García, el comandante español, la propuesta de rendición del Libertador, tras de algunas vacilaciones optó por capitular, y el día 8 de Junio Bolívar entró triunfalmente en la heroica ciudad realista.

En Pasto le esperaban nuevas noticias, emisarios del Sur le confirmaron los rumores llegados con anterioridad, según los cuales, Sucre en gloriosa batalla, en el cerro de Pichincha, había exterminado las fuerzas realistas que defendían a Quito. Las dos fases de su campaña libertadora lograban así sus objetivos. Dueños ahora los colombianos de Quito y de Pasto, ante ellos se abrían los caminos que conducían directamente a los campos de batalla del Perú, donde habrían de librarse los combates finales por la libertad del Nuevo Mundo.

«Tengo -decía Bolívar, en comunicación del 17 de Junio al general San Martín- la mayor satisfacción al anunciar a V. E. que la guerra de Colombia está terminada y que su ejército está pronto a marchar adonde quiera que lo llamen sus hermanos y, muy particularmente, a la patria de sus hermanos del Sur, a quienes por tantos títulos debemos preferir como los primeros amigos y compañeros de armas».

Un abrazo y la bifurcación ideológica de los héroes

A la cabeza de 1.500 hombres el 11 de Junio de 1822, Bolívar entra a la ciudad de Guayaquil, el pueblo lo aclamó con sinceridad y jubilo entre vítores y arcos triunfales, ellos lo veían como el símbolo de libertad y justicia democrática para la América, mientra que la Junta de Gobierno se escondía en un escudo de absoluta reserva y el patriciado de Guayaquil que acariciaba el «monarquismo» de San Martín, disimulaba difícilmente su hostilidad hacia las fuerzas colombianas, en las cuales presentía una enorme amenaza para sus privilegios.

Analizando el Libertador estas circunstancias, le notifica a la Junta de gobierno «que acoge bajo la protección de la Republica de Colombia al pueblo de Guayaquil, encargándose del mando político y militar de esta ciudad y su provincia».

Esta decisión sorprende por completo al generalísimo San Martín, cuando se acerca a Guayaquil y ancla en las cercanías de la isla de Puná, allí se vio obligado a recibir a los edecanes que Bolívar le había enviado para invitarlo a desembarcar en territorio colombiano. «El Libertador nos ha ganado por la mano», le dice en carta confidencial a Guido.

Con esa altivez que lo caracterizaba, responde a los emisarios de Bolívar su gratitud por la invitación y a su vez notificándoles que al día siguiente descendería a tierra; poniendo énfasis para que le comunicaran a Bolívar sus grandes deseos de conocer personalmente al héroe de Colombia.

Llega así el momento histórico grande y decisivo que estaba esperando la libertad de América. Las dos máximas expresiones humanas, paridas de ese tiempo convulsionado que pedía cambios, libertad, justicia e igualdad, van a encontrarse frente a frente y abrazarse en la ciudad de Guayaquil, en sus manos estaba la futura organización política del Nuevo Mundo.

San Martín, modelado por la educación europea, se mostraba siempre con un temperamento frío, era en realidad el máximo representante en ese momento de las tendencias de la vieja diplomacia, inclinada a enfrentarse al descontento de los pueblos con el simple juego de alianzas familiares a la europea; en consecuencia, no tenia la capacidad como para resistir a la colonización que habitaba su mente.

Por la otra parte, Bolívar, representaba al verdadero hombre del trópico-con todos sus defectos y grandezas-, simbolizaba las fuerzas primitivas y contradictorias que en el ardiente suelo de América luchaban por engendrar un nuevo sistema y un nuevo tipo de sociedad, enemiga acérrima de ese monarquismo imperial y lo mas grande construir una potencia con la uniformidad de las necesidades, radicadas en la libertad, justicia e igualdad, es decir, con las tradiciones culturales que reorganizaran esas mismas relaciones sociales, aceleradas en ese principio de su pensamiento universal.

En síntesis históricamente, encontramos a un San Martín, temeroso de las convulsiones sociales que entonces aquejaban a nuestras comunidades para ese momento, buscaba formas de gobierno capaces de facilitar la independencia del continente sin tocar las tradicionales barreras que limitaban la actividad de sus clases sociales desde la colonia, por supuesto que esta forma de pensar y actuar era totalmente antagónica para un continente libre.

En diferencia, Bolívar, tras de alcanzar sus mejores victorias contra los realistas, modificaba totalmente el equilibrio de esas clases en el Norte del continente, lo que significaba claramente la independencia de América a través de una vasta transformación destinada a dar nuevas bases sociales y políticas a la libertad del llamado Nuevo Mundo.

El 26 de Julio, desde las tempranas horas de la mañana se comenzó a preparar el protocolo para el recibimiento del generalísimo, la guardia del Libertador formó calle de honor desde el muelle hasta la casa destinada por Bolívar como alojamiento de su ilustre visitante, banderas de Colombia, el Perú y la Argentina realzaban aquel evento.

A las diez, se escucharon los toques de los clarines y las bandas de guerra que anunciaban la llegada del Libertador al muelle, simultáneamente la goleta Macedonia que conducía a San Martín llegaban a tierra.

Una nueva trascendencia histórica se enmarcaba para las generaciones del futuro. El encuentro de los dos grandes libertadores de la emancipación americana tenía en aquellos momentos su mejor expresión en la tensa ansiedad de los miles de combatientes de ambos bandos. Bolívar, rodeado de sus altos oficiales esperaba pacientemente a la vigorosa figura del Protector del Perú.

«San Martín -dice Sarmiento- era de talla alta y marcial en extremo su talante, y tan aprueba de fatiga su naturaleza, que para todos los climas y estaciones, para la noche en las crestas nevadas de los Andes y el día en los tórridos arenales del Perú, tenía el mismo uniforme, severa y minuciosamente prendido y exento de todo adorno y aditamento que saliese del rigor del equipo de soldado. Bajo esta cubierta férrea, abrigábase un alma elevada, un espíritu ardiente, templado por la prudencia astuta e impenetrable de quien sabe anticipar los hechos, invitarlos a su placer, distraer las pasiones ajenas, subyugar las voluntades y hacerlas concurrir discretamente a sus fines. No fue caudillo popular; era realmente un general., Habíase educado en Europa y llegó a América donde el gobierno era revolucionario y podía formar a sus anchas un ejército europeo, disciplinado y dar batallas regulares, según las reglas de la ciencia. Su expedición sobre Chile es una conquista en regla como la de Italia por Napoleón; pero si San Martín hubiese tenido que encabezar «montoneras», ser vencido aquí, para ir a reunir un grupo de llaneros por allá, lo habrían colgado a su segunda tentativa…»

El toque de las dianas de guerra y las salvas de saludo de la artillería del puerto anuncian el encuentro, Bolívar se adelantó a saludar a su ilustre huésped y le abrazó.

(Continuará…)

(*) El venezolano Víctor Rodríguez Calderón es politólogo, periodista, escritor, poeta, director de empresas y experto en Planeación de Organizaciones 

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