Partido Revolucionario de los Comunistas de Canarias

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La lucha política y cultural por otro modo de vida

In Cultura, Opinión on 22 octubre, 2008 at 0:01

Carlos Pulido

Recientemente, a propósito de una campaña publicitaria en Francia, una compañía de corredores de inversión por Internet exhibía un cartel en el que bajo una imagen de un martillo y una hoz moldeados en oro sólido e incluyendo unos diamantes, se podía leer el subtítulo: ¿Y si en la bolsa de valores ganaran todos? El mensaje parece evidente: hoy la bolsa de valores cumple con el criterio comunista de la igualdad, todos podemos participar en él.

Pero hagamos un ejercicio mental. Imaginemos una campaña de publicidad usando como imagen de lanzamiento una esvástica en oro sólido e incluyendo diamantes.¡No funcionaría! Claro. La esvástica se dirige al potencial de los vencedores, no a los derrotados. Invoca dominación, no justicia. Al contrario que la esvástica, el martillo y la hoz invocan la esperanza de que la justicia estará en el futuro del lado de aquellas personas que se esfuerzan por la justicia fraternal.

La ironía es tal que, en el mismo instante en que esta esperanza se proclama, es muerta oficialmente por la ideología hegemónica, y que se sostiene por un tipo de prohibición-para-pensar no escrito. En el momento en que uno muestra una mínima señal de comprometer el proyecto político y que apunte a desafiar el orden existente en serio, somos acusados de abandonar la objetividad científica por posiciones ideológicas anticuadas.

Y este es el punto en el cuál uno no puede y siente que no debe conceder nada. La actual libertad real de pensamiento tendrá que significar la libertad de cuestionar -como un esfuerzo serio por imaginar una sociedad cuyo orden sociopolítico sea diferente- el predominante concenso ‘post-ideológico’, o no significará nada.

Pero, qué puede uno hacer contra el hechizo del capitalismo global, cómo cuestionar las coordenadas de la hegemonía ideológica sin caer en el desánimo. Aquellos que realmente quieren hacer algo para ayudar a la gente se involucran en campañas (sin duda honorables) como las de Médicos sin Fronteras, Greenpeace, Stop Racismo, etc., todas las cuales no son sólo toleradas, sino incluso apoyadas por los medios, aun cuando entran aparentemente en el terreno económico diciendo, denunciando y boicoteando a menudo, a compañías que no respetan las condiciones medioambientales, que usan mano de obra infantil, etc. Toleradas y apoyadas con tal de que se mantengan dentro de un cierto límite.

Este tipo de actividad parece el ejemplo perfecto de hacer las cosas no para conseguir algo, sino para prevenir algún verdadero acontecimiento, de un verdadero cambio. Todo lo frenéticamente humanitario, políticamente correcto, etc. es una actividad que encaja con la vieja fórmula de ‘cambiemos algo para que todo permanezca igual’. Por eso, hoy más que nunca, me parece importante retornar a Lenin: sí, la economía es un dominio importante, determinante, la batalla se decidirá allí; pero la intervención debe ser propiamente política.

La batalla a ser luchada es así doble: primero, anticapitalismo. Sin embargo, anticapitalismo sin cuestionar la forma política capitalista (democracia parlamentaria liberal) no es suficiente. Aquí la verdadera utopía es creer que el sistema capitalista actual puede continuar indefinidamente sin cambios radicales. Quizás el señuelo hoy consista en la creencia de que uno puede minar al capitalismo sin cuestionar radicalmente su legado ideológico.

Lo que me lleva a preguntarme si es que estamos en «El mundo alucinante» de Reinaldo Arenas: «¿Acaso hemos hallado el lugar que nos ha sido prometido? ¿Acaso ya hemos visto el consuelo y el descanso? ¿Acaso ya no hay más que desear?«, o debemos regresar a las viejas consignas de mayo del 68: ¡Seamos realistas, exijamos lo imposible!, pues para ser de verdad ‘realista’, uno debe considerar la ruptura fuera de los estrechos límites de lo que aparece como posible (léase también factible). No se trata aquí de oponer las tareas relativas a la cultura a las tareas revolucionarias.

Sin duda tal postura sería un grave error tanto político como teórico. Se trata de «poner un poco de orden en nuestros asuntos, entre dos combates, entre dos campañas. (…) Cuanto mayor sea el carácter sistemático y práctico de nuestro trabajo económico y cultural, mayor éxito obtendremos en las importantes tareas que ante nosotros se presenten«. La cita es de Trotsky, y es precisamente ese ‘carácter sistemático y práctico de nuestro trabajo económico y cultural’ lo que nos permitirá salir de las formas de pensamiento y acción dominantes en esta sociedad burguesa y colonial que nos ha tocado vivir.

Y es precisamente aquí a donde quería llegar, pero permítanme para ello centrar la reflexión con un texto de Trotsky titulado «Para reconstruir el modo de vida es preciso conocerlo», donde lo expresaba en los siguientes términos:

«Para alcanzar un nivel cultural superior la clase obrera, y principalmente su vanguardia, debe reflexionar sobre su modo de vida. Y para ello es fundamental conocerlo. La burguesía, (…) había resuelto este problema mucho antes de conquistar el poder. Cuando aún se encontraba en la oposición ya era la clase dominante y, artistas, poetas y periodistas estaban a su servicio, ayudándola a pensar y pensando por ella«.

Y fue precisamente ese llamado Siglo de las Luces una época en la que los filósofos burgueses analizaron los diferentes aspectos del modo de vida individual y social, esforzándose por someterlos a las exigencias de la ‘razón’. Los problemas del régimen político, de la iglesia, de las relaciones entre los sexos, de la educación de los hijos, etc., fueron considerados y estudiados de nuevo, lo que permitió elevar el nivel cultural del individuo, evidentemente burgués, y sobre todo su nivel intelectual.

Aún así, todos los esfuerzos por reconstruir las relaciones sociales e individuales según las leyes de la razón se apoyaban en la propiedad privada de los medios de producción, una propiedad privada que en esencia era el mercado, el juego de las fuerzas económicas no dirigidas por la razón. La burguesía, por medio de sus elementos más progresistas, se contentó con racionalizar por una parte las ciencias naturales, la tecnología, la química, los descubrimientos, la mecanización; por otra la política (mediante el parlamentarismo), pero no la economía, que continuó siendo dominio de una concurrencia ciega.

No hace falta ser un lumbrera para afirmar que actualmente la centralidad del mundo del trabajo sigue siendo clave a la hora de proceder a un análisis de la política y la sociedad minimamente riguroso o, si se prefiere, realista. Y esa centralidad de la lucha económica en las relaciones de producción es tan fuerte que se convierte en respuesta total, en el lugar donde cualquier pregunta encuentra su solución.

Pero afortunadamente hay vida más allá de la economía. La situación real en el modo de producción no es el único acicate que motiva a las personas a querer superar una situación social dada. Hoy por hoy, podemos afirmar que existe una multiplicidad de movimientos sociales capaces de participar, desde sus propias contradicciones pero confluyendo en similares necesidades objetivas, en una política transformadora.

No somos los comunistas la única expresión política de los trabajadores ni éstos los únicos interesados en el cambio social, por lo que no creo que se trate de integrar estos movimientos en el viejo modelo de cada uno en su mundo, sino más bien de buscar entre todos terrenos más prácticos donde construir un nuevo modelo de sociedad, planteándonos las nuevas formas de actuación que converjan con el protagonista de los resultados del desorden del capitalismo global, es decir, el tercer mundo, pues ni el capitalismo podrá superarse sin el concurso del tercer mundo ni éste dar solución a sus problemas sin la transformación radical de aquél.

Con todo, y aún teniendo en cuenta que su mayor defecto está en la debilidad de su estructura de funcionamiento, lo que a la larga hace difícil traducir sus éxitos en avances consolidados, la aparición de estos movimientos de respuesta a contradicciones inherentes al capitalismo, y que dejan de estar supeditadas a la centralidad de la explotación económica constituye, al menos potencialmente, una rica aportación en la reflexión sobre la sociedad hacia la que avanzar. A saber:

– Un cambio en el régimen de propiedad no es suficiente; cualquier sistema productivista seguirá siendo alienante y además inviable.

– Mayor hincapié en la realización que en la reivindicación. Se pone al sistema ante una política de hechos consumados.

– Se rompe el mito del sistema como chivo de todos los males (todos formamos parte de él). Hay que asumir la cuota de responsabilidad propia.

– Se abre la concepción del proceso de cambio sin reducirlo al enfrentamiento.

Nos guste o no, hemos adquirido nuestras costumbres en el marco de un régimen burgués , y es muy fuerte la ligazón a dicho régimen, con su democracia, su libertad de prensa y otras ventajas de las mismas características. La toma del Palacio de Invierno no es inminente, pero somos, como antes, soldados en campaña. Estamos en nuestro día de descanso. Es preciso hacer la colada, cortarse los cabellos, peinarlos y, ante todo, limpiar y engrasar la bayoneta. Pongamos en orden nuestros asuntos.

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