Partido Revolucionario de los Comunistas de Canarias

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Manuela la mujer (II)

In Opinión on 5 diciembre, 2008 at 0:27

victor1COLABORACIÓN

 

Víctor J. Rodríguez Calderón

Pero este amor, también iba a correr el mismo riesgo que el de su madre, no duró mucho tiempo y el joven capitán la abandonó, dejándola en un estado deteriorado moralmente, ella se sintió burlada por otro miembro de esa raza dominadora que solía fácilmente en America hacer lo que le daba en gana, sobre todo con las mujeres criollas, pues estos señores se habían acostumbrado a mancillar la honra y la dignidad de ellas. Manuela se quedo con sus ilusiones, fantasías y con la burla del maltrato sentimental. En un principio sufrió y lloró mucho, y en busca de consuelo regresó a su casa, donde su madre la recibió con la mayor ternura inspirada por la triste remembranza de su juventud.

A su lado la pena se fue calmando, olvidando su transitorio sueño de felicidad que le había dejado aquella intensa y pasajera voluptuosidad idílica, que a momentos se negaba a morir y volvía a renovarse en un indomable deseo de emociones sensibles.

Todas estas sensibilidades que atacan a Manuela, la hacen reflexionar y ahí es cuando ella toma decisiones de transformar radicalmente su vida, poco a poco empieza a ser otra mujer, dominante, deseosa de gozar, aunque sus goces causen sufrimientos a otros. Se traza un propósito firme que guía todas sus acciones y configura todos sus actos, eso si, por ningún motivo correrá la suerte de su madre, ella se dispone salir del olvido y el entredicho social a que la ha condenado su pecado. Necesita imponerse por encima de todos y todas aquellas que la miran de reojo y pretenden aprovecharse de su caída. Llego la hora de buscarse una situación socialmente aceptable, que la cubra de todo reproche. Su mente comienza a obsesionarse y encuentra como solución el matrimonio, pues vive en ella el temor de sufrir una derrota en momentos tan decisivos de su vida.

Resulta muy difícil en la investigación histórica, a menos que se invente, saber si su casual encuentro con el médico inglés Jaime Thorne, hombre ya en toda la mitad de la etapa de la vida, de gran reputación social y profesional, despertó de verdad en ella la idea del matrimonio o si la convicción de su necesidad la llevó a acercarse a este hombre tranquilo, rutinario en sus costumbres y falto de atractivos humanos que parecían indispensables en una naturaleza como la suya; en todo caso, lo que si está fuera de toda duda es que en la aproximación de estos dos seres tan diferentes, el amor compartido no jugó papel alguno. La ardiente y tardía pasión que en el hombre maduro despertó la atractiva juventud de Manuela, sólo encontró en ella ese asentamiento sin espontaneidad, muy propio de la mujer cuando toma soluciones que comprometen su vida sentimental sin comprometer sus sentimientos.

A mediados de 1817 se celebra la ceremonia nupcial de esto dos seres, Manuela ordenó tres días de fiestas. Fue evidente desde ese primer momento que el deseo de la desposada no tenia ninguna prisa por comenzar su intimidad con su serio marido, las fiestas se celebraron en la casa de su madre, pero el baile del cortejo en la residencia de don Simón, en la hacienda de Catahuango.

Desde aquellos sitios Manuela se hizo acompañar de muchos de los compañeros, con los cuales disfruto de tres días de regocijo, donde se le pudo observar mas preocupada por bailar locamente que de buscar la compañía del doctor Thorne, quien además de sus prejuicios contra el baile, tampoco tenia disposición para el mismo.

Lo que si fue cierto es que su matrimonio le sirvió para iniciar una agitada existencia social, lo que psicológicamente, entre cuyas pequeñas alegrías le ayudo a olvidarse del vacío de su vida interior. Su casa la convirtió en uno de los centros principales de la sociedad de la ciudad y ante el excesivo lujo de su existencia fastuosa, Manuela de Thorne vio como se caían las barreras de censura que se habían levantado y pretendido conservar contra ella.

A salvo de los desaires, por su ventajoso enlace, alcanzó la cumbre del éxito con la satisfacción orgullosa de obligar a una sociedad a perdonarle a regañadientes sus audacias o a callarse sus reproches.

Sin duda, Manuela tenía demasiada impetuosidad en el alma para que estos éxitos transitorios pudieran satisfacerla permanentemente. El abismo de su vida sentimental que con el correr de los días se hacía presente y al lado de un hombre del cual todo la distanciaba, no demoro en revivir en ella los recuerdos callados de su fugaz aventura de amor, nuevamente apareció el joven y apuesto capitán español, al que encontraba casi en todas la fiestas y al que nuevamente le fue reiniciando sus preferencias sentimentales.

Estos amores no pasaron mucho tiempo oculto para el doctor Thorne, quien los monitoreaba desde su inicio. Cuando estuvo absolutamente seguro de lo que estaba aconteciendo, con su típica frialdad, arreglo sus asuntos en Quito y so pretexto de importantes negocios, notificó a su mujer que debían mudarse de inmediato hacia Lima a la mayor brevedad. El problema era que ella le pusiese resistencia o pretexto, pero la verdad es que el sorprendido fue él, la actitud de Manuela no tuvo ninguna vacilación y le expresó sus deseos de emprender de inmediato ese viaje. Ella sabia que la ciudad de los virreyes, sólo atractivos podía ofrecerle, y nada ni nadie la iba a retener en Quito, no podía menos interesarse por las obvias posibilidades de un ambiente como el de la ciudad de Lima, más prometedor, por todos los conceptos, para servir de escenario a la gran personalidad de esa hermosa mujer.

Pero Lima, no resultó lo que Manuela se había imaginado, allí se encontró con enormes dificultades a vencer si deseaba obtener por lo menos una situación algo parecida a la que disfrutaba en Quito, Lima era una ciudad cosmopolita y la llegada del doctor Thorne y su lindísima esposa no paso de ser un incidente sin importancia alguna, lo que le pegó duramente a Manuela, aquella sociedad aristocrática y poderosa no demoró en hacer sentir rudamente la presencia de las barreras nada fáciles de franquear. Pero Manuela era invencible, para fortuna suya, esta lucha desproporcionada contra esa nefasta sociedad que no se dignaba tomarla en cuenta, halló en los acontecimientos históricos de la época una salida inesperada, destinada a darle esa importancia tan grata que tanto necesitaba su temperamento.

No había pasado mucho tiempo de su instalación en Lima, cuando los sucesos y las noticias de los progresos del movimiento revolucionario en el Sur, que según se decía, aspiraba a llevar a sus fuerzas al propio virreinato peruano, estimularon las esperanzas de los ambientes subversivos imperantes en la ciudad, las casas de los descontentos -ricos y pobres- se convirtieron en centros operativos revolucionarios, cuyo carácter se disimulaba con las apariencias de inocentes reuniones sociales.

Invitada inicialmente a estas reuniones por Rosita Campuzano, una de la mujeres mas activas de la conspiración, Manuela de simple espectadora, pasaba a trabajar de lleno en una de las mas peligrosas empresas, como era el movimiento emancipador de América y lo hizo con enorme facilidad, por su actividad, sus encantadores atractivos y por su odio contra el estado de cosas que se aspiraba a derrocar. Esto la llevo a ser una de los principales personajes del submundo revolucionario de Lima.

Su residencia se convirtió, para desesperación y oposición de su tranquilo y temeroso doctor Thorne, en un centro de reuniones, donde asistían aquellas gentes esperanzadas en los progresos de la revuelta.

Empezaba una nueva vida con la cual Manuela se identificaba perfectamente, ella la llenaba y la matizaba de excitantes alegrías y se apasionaba por el peligro que corría, esto podríamos asegurarlo, llenó el alma ardiente de Manuela, pues en el curso de sus cambiantes peripecias estratégicas descubrió una nueva fase de su personalidad, la cual la empujaba imperiosamente a la política, a las intrigas, a gozar con los encantos y peligros del poder.

Por los correos que allí la visitaban, se enteró con entusiasmo, sobre el desembarco efectuado en las costas de Pisco, donde San Martín probablemente se entrevistaría con el Libertador Simón Bolívar. Suceso que a pesar de la activa vigilancia enemiga española, aumentó la audacia de los descontentos.

Algo de lo que no ponemos en duda, es de las conversaciones íntimas entre Rosita Campuzano y Manuela Sáenz, el significado de la emancipación, por ambas deseada, al inicio se materializaban en divagaciones profundamente femeninas sobre el héroe que la dirigía, pues para ambas era desconocido, pero las historias que se contaban sobrepasaban lo epopéyico, ese hombre por el que ambas esperaban, no era otro, que el Generalísimo argentino San Martín.

Cuando estas fuerzas revolucionarias se acercaban a la entrada de Lima, ellas temblaban de felicidad y una vaga expectación, un anhelo confuso, pero poderoso, se les incrusto en el alma, al ver al frente de los ejércitos del Plata a un personaje soñado, capaz de entusiasmarlas no solamente como militantes de la causa americana, sino también como mujeres.

Esta sensación de anhelo era particularmente muy notoria en Manuela, que en el fondo de su espíritu y gracias a las complejas circunstancias de su existencia, había sentido acentuarse en su vida intima una contradicción, cada vez más dolorosa e insoluble, entre aquellas fuerzas de su personalidad que la hacían aborrecer las posiciones susceptibles de condenarla a una vida mediocre a la vida de algo o de alguien, como fue la historia de su madre. Pero, ella en su interior se sentía poderosa, sabia como dominar su naturaleza femenina, la cual traducía en añoranzas de la cálida felicidad experimentada en los tiempos de su primer amor.

Si observamos bien el análisis psicológico de la personalidad de esta mujer, podemos asegurar que ella fundía en una enorme pasión, los sentidos del alma, las delicias del amor y la voluptuosidad del poder, tal era la inspiración de su profundo e inconsciente anhelo, que lo mismo no podía mirar indiferente la proximidad del jefe revolucionario, cuyo nombre era como un reguero de pólvora gloriosa y de libertad desde las riberas del Plata hasta las márgenes del Rimac.

Pero, todo ese sueño, se le convertiría en la más amarga de sus desilusiones. El generalísimo que había imaginado, el conductor de la emancipación del Sur, le resultó ser un militar egocéntrico y puritano, su opaca entrada a aquella ciudad, su falsa modestia que anunciaba su timidez, su rigidez y ese acentuado desprecio por las multitudes que lo aclamaban, lo hacían mas bien como hijo del racismo hacia el propio pueblo, él era un hombre que mantenía una tendencia a resolverlo todo en conciliábulos secretos y su apego a la orden conservadora de las clases americanas, producto de su resistencia a afrontar con sentido creador una autentica causa revolucionaria.

Para Manuela, desde ese primer momento, se le elevo a la máxima potencia, una pésima impresión, más, al enterarse que este generalísimo se proponía montar un trono español en América. Indudablemente se habían equivocado, aquel no era el hombre que estaban esperando con secreto entusiasmo. Manuela, con su rapidez, su intuición de mujer realizó rápidamente su juicio, presintió con tristeza las horas difíciles que le aguardaban a la causa verdadera de la revolución.

A pesar de los honores que recibió, inclusive, de manos del propio San Martín, con la cruz de las Cabelleresas del sol, como reconocimiento a sus servicios a la causa rebelde y a la insistencia de la misma Rosita Campuzano. Manuela tomo decisión de regresarse a su ciudad natal Quito con su padre, quien temeroso, (pero con buenas ganancias) de las represalias decretadas por los ministros del Protector del Perú contra los españoles, le anuncio a su hija el propósito de retornar al lado de su familia, a lo cual ella se incluyo de inmediato.

(Continuará…)

Manuela la mujer (I) 

(*) El venezolano Víctor Rodríguez Calderón es politólogo, periodista, escritor, poeta, director de empresas y experto en Planeación de Organizaciones. Recomendamos su blog El Victoriano.