Partido Revolucionario de los Comunistas de Canarias

Manuela la mujer (IV)

In Cultura, Opinión on 5 enero, 2009 at 0:01

victor1COLABORACIÓN

 

Víctor J. Rodríguez Calderón

Pero los tiempos y la libertad de la patria exigían toda la voluntad del libertador, imperiosas necesidades políticas le obligaron a ausentarse de su amada, para marchar a Guayaquil, centro de coalición de las dos grandes fuerzas revolucionarias de la América Hispana: la que había triunfado en Boyacá y Carabobo y la que, se alejaba de las provincias de Río de la Plata, marchaba con el apoyo de los ejércitos Chilenos, a buscar una fórmula política para la anarquía social en que se debatía el llamado Nuevo Mundo y que no era otro, que el poderoso ordenamiento clasista y aristocrático que mantenía la sociedad Peruana.

Sin embargo, si bien es cierto, porque así lo demuestra la historia, a partir de ese momento los dos estarán unidos no solo por la mutua felicidad que les da el amor, no, sino también por el grande interés de esta mujer en la obra de Bolívar; en cuyo proceso descubrimos el amor y la devoción, la dignidad y la lealtad de ella por la causa.

Como podemos advertir, se impuso a todo y a todos, fue la compañera digna, una compañera de felicidades y también de hondísimas tristezas, una leal combatiente, en los intentos autoritarios y en los renunciamientos, a través de las horas solemnes en que su amante es el hombre más poderoso y dentro de las horas sombrías en que la traición o la enfermedad tratan de llevarse al genio a la tumba, ella está firme y de pie.

La presencia de un marido que sólo le ha proporcionado decepciones, frigidez, desengaño profundo respecto a la vida hogareña, no la preocupa. Para constancia, encontramos esta carta, de la cual cito un párrafo muy importante: “Yo sé muy bien que nada puede unirme a Bolívar bajo los auspicios que usted llama honor. ¿Me cree usted menos o más honrada por ser él mi amante y no mi esposo? Ah! Yo no vivo de las preocupaciones sociales inventadas para atormentarse mutuamente“.

Nada la intimida, ni la asusta y menos los chismes que recorrían los salones Quiteños. Ella los conoce en su origen y en sus largos alcances, los ha vivido en plenitud, sabe sus intenciones, el daño que ocasiona porque son dosis de veneno despreciativo que mata las carcomas en un tiempo muy reducido y la sociedad lo utiliza como arma destructora contra quien se salga de su falsa apariencia, esa apariencia puritana, dogmática, ridícula y sobre cultural.

Por todo está decidida a mantenerse unida con el hombre que ha elegido su corazón y así lo hizo. Nunca hubo razón más poderosa ni firmeza más inconmovible que una determinación en el alma femenina. Ni nunca ha existido fuerza mayor que una mujer convencida de que ama y que es correspondida, hasta la muerte las respeta.

A pesar de que Bolívar se encontraba muy preocupado por la situación de Guayaquil que aún no había decidido ni por Colombia, ni por el Perú. Manuela se encontraba fija en su mente, más profunda en su corazón, y más aferrada a sus entrañas.

Sin descanso el libertador trabaja y obtiene grandes victorias políticas, allí en Guayaquil. Acoge bajo la protección de la República de Colombia al pueblo de Guayaquil encargándose del mando político y militar de esta ciudad y de su provincia. Se entrevista con San Martin y quedan claras las diferencias de estos dos grandes hombres, por lo tanto allí se convino decisivamente que Bolívar terminaría la guerra envuelta en su causa, pues la monarquía que proponía San Martin no se justificaba en el conflicto de una verdadera libertad y justicia para nuestras naciones, San Martin llamado el “protector” vio eclipsarse su gloria de guerrero, pero no su gloria de libertador, pues a pesar de su forma de pensar, la historia le reconoce como tal. Pero lo cierto es que Bolívar lo elimina, él era el último de sus rivales, y es él quien después de entender a Bolívar, toma la decisión de renunciar a todo y se exilia voluntariamente en Europa.

Después de estos éxitos, el libertador se toma un tiempo para dedicárselo a los grandes placeres que le pide su corazón. Manuela le espera cerca de Babahoyo, a donde llega navegando por el Guayas. La hacienda “EL GARZAL” los acoge como una pareja de lobos solitarios, son amores que vibran y los hace temblar de felicidad. Él, un experto seductor, ella, apasionada, desbordada, entregada totalmente. Jamás hubo en aquellos parajes ardientes sentimientos embellecidos por el bálsamo de Afrodita. Nunca se sintió un fervor más profundo y conmovedor. Pero, no todo es amor, Manuela comprende y vive también la enorme responsabilidad que tiene su amante ante los pueblos de América. Hay que escribir cartas a todas partes, despachar emisarios en todas direcciones, hacer política, formar y estructurar planes militares, hallar los medios necesarios para la próxima campaña del Perú, defenderse de los enemigos, crear ejércitos y aprovisionarlos, alistar barcos, buscar armas y pertrechos e innumerables cosas más. Manuela interviene también en todo esto, se hace una ayudante indispensable y le enseña a su general, que no conoce la fatiga ni descuido en su memoria, a ser mas desconfiado, a ver la dobles de los espíritus que le siguen, a informarle los más mínimos detalles de ese pozo de intriga, grandezas y miserias que es Lima, la Lima virreynal, en donde el “protector” y sus soldados han sido un poco menos que devorados por la molicie.

Amor, causa y guerra se unen para engrandecer y unificar sus vidas, ella entra a convivir plenamente con el genio a quien ama con amor de la carne y con amor del espíritu, de todo espíritu. Esos días son para la bella quiteña los más claros y sabe que con ello se hace también la retadora de toda murmuración, porque se ha convertido en la colaboradora más eficaz de la liberación. Pero, ¿qué importa? ¿a que conduce? Un divorcio había bastado para justificarse. Pero los divorcios no bastan, estos todavía no han entrado en las justicias sociales de la época, ni su marido, podría ser solicitado para concederlo, por propia dignidad de Manuela, ofendida en lo que más podía apreciar en su existencia: el amor, un amor de grandes emociones, apasionado, destruido por la incomprensión, la indiferencia, la rígida frialdad, la testarudez y la inclemencia de un hombre con sangre sajona.

Allí en Babahoyo, sus habitantes los admiran. Ella sale a caballo como toda una Amazona, va erguida, esbelta, junto a su amante, rompiendo con las empedernidas estructuras de esa sociedad que está dispuesta a no perdonarles tal insolencia, los dos se ven impertérritos, emocionados, felices, son dos almas dignas la una de la otra. Aquel pueblo se mezcla con ellos, respetan la aventura de esos dos seres, la aplauden sinceramente, porque son humanos muchos más amplios que los de la Serranía, porque muchos de ellos se identifican con sus vidas, guiadas y unidas solo por el código de las leyes eternas de la pasión y los sentimientos.

Nuevamente el libertador se ve obligado a desprenderse de su amor, parte hacia Cuenca y Manuela cargada de ensueños se va hacia Quito, durante seis días viaja a caballo sin presentar fatiga o cansancio alguno, entra en una actividad nueva para su vida. Vienen las cartas de amor a su hombre, a su pasión sensible de mujer, a esa separación convenida y necesaria por la causa, pero no así, para el sentimiento de los dos.

Ocurren muchas cosas, Bolívar no puede detenerse en Guayaquil, las tropas patriotas tienen que acudir urgentemente a Pasto, puesto que los españoles acaudillados ahora por Benito Boves, sobrino del terror llamado el “tata Boves” quien había sido muerto en la batalla de Úrica, proclamaban nuevamente a Fernando VII. Sucre es el primero en llegar y espada en mano somete a la ciudad que han sublevado los realistas, en plena navidad y Pasto está sembrada de sangre, cadáveres y desolación. Las tropas vencedoras se lanzan a los desmanes de la guerra, pero Sucre emplea su carácter y castiga a quienes han tratado de insurreccionar al ejército en ese vandalismo.

Bolívar en persona, con nuevas tropas llega al día siguiente de haber comenzado el nuevo año y dicta providencias excepcionales con energía a aquel pueblo que se ha alzado a favor de la causa española. Confisca los bienes de todos cuantos tomaron parte en la revuelta; impuestos a la ciudad de 30 mil pesos, de 3 mil reces y de 2.500 caballos, reclutan 1.300 hombres.

Mientras, Manuela que ha regresado a Quito se siente desprotegida, las horas son profundas sobre su tiempo y ve doblarse su felicidad en la tempestad de la ausencia de su amante. Es así, como se dispone a escribir la primera carta para hacerse oír adelgazando sus sentimientos como huellas que tiñen ese dolor enredado en su destino. Cito: (1)en la apreciable de usted, fecha 22 del presente, me hace ver el interés que ha tomado en las cargas de mi pertenencia. Yo le doy a usted las gracias por esto, aunque más la merece usted por que considera mi situación presente. Si esto sucedía antes que estaba más inmediata, ¿que será ahora que está a más de 60 leguas de aquí? Bien caro me ha costado el triunfo de Yacuanquer. Ahora me dirá usted que no soy patriota por todo lo que le voy a decir. Mejor hubiera querido yo triunfar de él y que no haya 10 triunfos en Pasto.
Demasiado considero a usted lo aburrido que debe estar usted en ese pueblo; pero, por desesperado que usted se halle, no ha de estar tanto como lo está la mejor de sus amigas que es

MANUELA“.

(1) Alfonso Rumazo González (Manuela Sáez, el amor)
Esta carta revela que Manuela fue al norte con Bolívar y que se regreso a Quito únicamente cuando su amante iba ya por las proximidades de Pasto. Su gran preocupación es que él se halle aburrido, puesto que ella de repente se siente como una palabra de un amor desesperado.

(Continuará…)

Manuela la mujer (III)

Manuela la mujer (II)

Manuela la mujer (I)

(*) El venezolano Víctor Rodríguez Calderón es politólogo, periodista, escritor, poeta, director de empresas y experto en Planeación de Organizaciones. Recomendamos su blog El Victoriano.

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