Partido Revolucionario de los Comunistas de Canarias

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Una gran victoria palestina: ahora, a echar a los ocupantes de Gaza

In Actualidad, Comunicado on 17 enero, 2009 at 23:05

h6Declaración del Comité Central del PRCC

El fracaso de las tropas sionistas en su intento de ocupar la Franja de Gaza y acabar con la Resistencia nacional palestina, supone una gran victoria para las milicias populares del Movimiento de Resistencia Islámica (Hamás) -legítimo representante democrático de toda Palestina-, del Frente Popular para la Liberación de Palestina – Comando General (FPLP-CG), de la Yihad Islámica y de las otras fuerzas de la Resistencia, a quienes el Partido Revolucionario de los Comunistas de Canarias da la más cálida enhorabuena.

Pero, sobre todo, es una gran victoria del pueblo palestino y de su decidida voluntad de resistir y de defender su derecho a tener sus propios representantes democráticos, su propia tierra y su propio futuro.

Los agresores sionistas han buscado desesperadamente la salida de un alto el fuego unilateral cuando ya era a todas luces evidente su incapacidad para sobrepasar a las milicias populares palestinas o, tan siquiera, de mermar su capacidad de respuesta al cerco y la agresión.

Ninguno de los objetivos del Estado terrorista israelí se han alcanzado: la Resistencia mantiene intactos su dominio del terreno, su potencia de fuego y su capacidad de respuesta lanzando cada vez más cohetes sobre el territorio de los agresores.

Con todo el respaldo de la maquinaria de guerra del imperialismo, no han podido instalar en Gaza, como auténticos kapos, a sus marionetas de la ANP y la cúpula de Fatah. La imagen del fascismo sionista, por contra, se ha deteriorado hasta extremos insoportables en todo el mundo, creando problemas a los gobiernos que le respaldan, especialmente en el mundo árabe.

Sólo han conseguido asesinar civiles, hombres, mujeres y niños. Sólo han podido hacer pagar un tributo de sangre al pueblo palestino por su decidida voluntad de existir. Nada más han conseguido estos asesinos, salvo una vergonzante humillación y el principio del fin del delirio sionista.

No sabiendo como salir de la ratonera en que se habían metido, los agresores tratan ahora de minimizar las pérdidas. Pretenden, de forma ilusa, mantener sus tropas en Gaza y persistir en el cerco a la Franja.

No lo van a conseguir.  La lucha palestina va a seguir adelante, ahora más que nunca, hasta la expulsión total de los agresores. El PRCC respalda todas las acciones que para ello emprenda la Resistencia.

Y exige la intervención inmediata de la Corte Penal Internacional para que se procese y castigue a los jerarcas nazi-sionistas, culpables de execrables crímenes contra la humanidad.

¡Viva la Resistencia nacional palestina!

¡Adelante, hasta la victoria definitiva contra el sionismo y el imperialismo!

¡Con las armas en la mano Palestina vencerá!

Comité Central del
Partido Revolucionario de los Comunistas de Canarias

17 de enero de 2009

17 de enero: 49º aniversario del asesinato de Patrice Lumumba

In África, Efemérides on 17 enero, 2009 at 0:01

lumumba1El 30 de julio de 1960 fue un día lleno de esperanza para millones de personas en la lucha mundial contra el colonialismo. Los imperialistas belgas, que llevaban décadas explotando al pueblo del «Congo Belga», finalmente le dieron la independencia. En un territorio enorme y rico en recursos naturales nació la República del Congo; uno de sus líderes era Patrice Lumumba, joven y apasionado enemigo del colonialismo.

El rey belga, Balduino I, fue a Leopoldville a proclamar la independencia personalmente. Esperaba que los colonos y sus súbditos se felicitaran y forjaran una nueva relación con pocos cambios genuinos. Pero Lumumba, el nuevo primer ministro, agarró el micrófono y le habló al pueblo congoleño sobre la terrible vida colonial y las nuevas esperanzas para el futuro. El discurso escandalizó al nuevo gobierno de coalición y dejó horrorizado al rey. Lumumba dijo:

«Durante los 80 años del gobierno colonial sufrimos tanto que todavía no podemos alejar las heridas de la memoria. Nos han obligado a trabajar como esclavos por salarios que ni siquiera nos permiten comer lo suficiente para ahuyentar el hambre, o vestirnos, o encontrar vivienda, o criar a nuestros hijos como los seres queridos que son. Hemos sufrido ironías, insultos y golpes día tras día nada más porque somos negros…

«Las leyes de un sistema judicial que solo reconoce la ley del más fuerte nos han arrebatado las tierras. No hay igualdad; las leyes son blandas con los blancos pero crueles con los negros. Los condenados por opiniones políticas o creencias religiosas han sufrido horriblemente; exilados en su propio país, la vida ha sido peor que la muerte. En las ciudades los blancos han tenido magníficas casas y los negros destartaladas casuchas; a los negros no nos han permitido entrar al cine, los restaurantes o las tiendas para europeos; hemos tenido que viajar en las bodegas de carga o a los pies de los blancos sentados en cabinas de lujo. ¿Quién podrá olvidar las masacres de tantos de nuestros hermanos, o las celdas en que han metido a los que no se someten a la opresión y explotación? Hermanos, así ha sido nuestra vida.

«Pero nosotros, los que vamos a dirigir nuestro querido país como representantes elegidos, que hemos sufrido en cuerpo y alma la opresión colonial, declaramos en voz alta que todo esto ha terminado ya. Se ha proclamado la República del Congo y nuestro país está en manos de sus propios hijos».

En realidad, el país no estaba en manos de «sus propios hijos». A pesar de la declaración formal de independencia, los militares belgas todavía controlaban el ejército y la policía; las corporaciones todavía controlaban los recursos naturales y un aparato de politiqueros corruptos; y la CIA, el servicio de inteligencia belga y de otras potencias trabajaban día y noche para mantener en el poder a los congoleños leales al imperialismo.

LIBERACIÓN NACIONAL Y CONTRARREVOLUCIÓN NEOCOLONIAL

El río Congo zigzaguea entre miles de kilómetros de bosques tropicales y sabanas de África central, donde viven unos 200 grupos, antes de llegar al océano Atlántico. En 1885, tras 300 años de caza de esclavos en la costa por las potencias europeas, el rey belga Leopoldo II se apropió de la cuenca del Congo como colonia personal. La Conferencia de Berlín de 1885, donde las potencias europeas se dieron permiso para explotar todo el continente africano, lo aprobó.

Leopoldo II se apoderó de un territorio del tamaño de Francia, Alemania, Inglaterra, España e Italia juntos, y 80 veces mayor que Bélgica. Lo bautizó «Congo Libre» y creó una red de puestos militares y campos de trabajos forzados. La brutalidad contra los africanos en esos campos fue de las más extremas y horripilantes de la historia: en un lapso de 20 años, la población disminuyó de 25 millones de personas a 15 millones. Por su parte, los capitalistas belgas y estadounidenses, como Guggenheim, Morgan y Rockefeller, se forraron los bolsillos con las enormes ganancias del caucho, madera y aceite de palma del Congo.

En 1908, ante una serie de rebeliones populares, la clase dominante belga cambió la forma de dominación de su colonia más valiosa: en vez de propiedad personal del rey pasó a ser una colonia directa, rebautizada «Congo Belga».

En las décadas siguientes, enormes cambios sacudieron la colonia. Los colonos se pusieron a explotar los ricos depósitos de cobre en la aislada provincia sureña de Katanga y los diamantes de Kasai. Durante la II Guerra Mundial (1939-45), el Congo fue la principal fuente mundial de caucho y de minerales esenciales para las máquinas bélicas imperialistas (como titanio y cobalto). El uranio para las bombas atómicas que Estados Unidos soltó sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki provino de la mina Shinkolobwe del «Congo Belga».

A raíz de esos cambios, emergió un proletariado moderno en el Congo, al lado de los millones de campesinos que formaban la mayoría de la población. En 1941, como consecuencia de la producción militar, había 500.000 trabajadores, la segunda concentración de proletarios del continente. En los 15 años siguientes, la principal ciudad, Leopoldville (ahora Kinshasa), creció 10 veces y alcanzó los 300.000 habitantes.

La II Guerra Mundial debilitó mucho al sistema colonial. La Alemania nazi perdió contacto con sus colonias africanas; Bélgica y Francia fueron ocupados; e Inglaterra tuvo que concentrar sus fuerzas en la guerra en Europa. Todas esas potencias imperialistas tradicionales emergieron de la guerra más débiles.

Por su parte, el pueblo chino, con la dirección de Mao Tsetung y el Partido Comunista de China, llevó a cabo una revolución antiimperialista histórica: se liberó de la ocupación japonesa y derrotó al Kuomitang y sus padrinos yanquis, y luego se le plantó cara al imperialismo yanqui en Corea. Nunca antes un pueblo colonizado había derrotado así a las fuerzas imperialistas. Una enorme ola de lucha recorrió todo el mundo y botó a los colonialistas de Vietnam, Argelia, Cuba y otros países.

En el Congo, el pueblo se organizó contra la dominación belga, a pesar de la represión y de una situación muy difícil. Los colonos belgas tenían todo el poder: controlaban la policía y el ejército, las minas y el gobierno. Con muy pocas excepciones, los congoleños no podían estudiar en secundarias o universidades. Antes de los años 50, solo 100 congoleños tenían educación universitaria. Los colonos aplicaban una estrategia de «dividir para conquistar», fomentando enemistades entre los varios pueblos y regiones.

Á falta de un partido comunista, la mayoría de las fuerzas progresistas se unieron en 1958 en un partido panafricanista radical y semilegal, el Movimiento Nacional Congoleño (MNC), dirigido por Patrice Lumumba, un joven activista de Stanleyville (ahora Kisangani) que participaba en el movimiento independentista y en una organización de empleados gubernamentales.

El MNC se dedicó a superar las diferencias tribales y regionales y crear un país independiente y unificado. El gobierno colonial respondió con represión, condenó a Lumumba y muchos de sus partidarios de sedición y los metió a la cárcel.

Pero en 1959, Bélgica cambió de estrategia y optó por darle la independencia al Congo lo antes posible. Se dio cuenta de que el viejo sistema colonial tenía los días contados y (siguiendo la táctica de los imperialistas franceses en África occidental y los ingleses en India) quería establecer un gobierno «independiente» leal a Bélgica antes de que el movimiento independentista se le saliera de las manos. Quería un nuevo gobierno débil, dirigido por las fuerzas más conservadoras y pro-belgas, y dependiente de los funcionarios de gobierno, militares y fondos belgas.

El plan era reemplazar el colonialismo con el neocolonialismo, o sea, con una falsa independencia que mantendría el poder en manos del capitalismo monopolista extranjero. Para llevarlo a cabo, los imperialistas belgas contaban con la ayuda de su aliado y socio mayor, el imperialismo yanqui, que emergió de la II Guerra Mundial como la potencia imperialista dominante (y que tenía sus propios planes para el Congo).

La estrategia del MNC era movilizar al pueblo para presionar a Bélgica a cumplir la promesa de independencia. Quería aprovechar las elecciones organizadas por Bélgica para apoderarse del aparato colonial, las fuerzas armadas y la policía y, una vez en el poder, acabar con la dominación belga.

El MNC esperaba llevar a cabo una transición pacífica del poder y no organizó fuerzas armadas propias para combatir el ejército colonial. A comienzos de 1960 Lumumba dijo: «En el pasado, se cometieron errores, pero ahora estamos listos a cooperar con las potencias que han estado aquí para crear un poderoso nuevo bloque. Si fracasamos, tendrá la culpa el Occidente».

Debido a  la creciente fuerza del MNC, los imperialistas belgas aceleraron el plan de independencia, y el 30 de julio de 1960 un gobierno congoleño independiente tomó las riendas. El MNC recibió la mayor parte de los votos, y Lumumba fue elegido primer ministro.

Los imperialistas decidieron que un gobierno de coalición con el MNC y Lumumba los perjudicaría y se pusieron a fomentar divisiones y caos para aislar a Lumumba y deshacerse de él. Lumumba contaba con gran apoyo popular, pero el aparato de poder estatal y la estructura financiera no habían cambiado. Cuando los burócratas belgas regresaron a Bélgica, se llevaron todo (hasta los teléfonos) para sabotear el nuevo gobierno.

El nuevo ejército (rebautizado el Ejército Nacional del Congo) en realidad era el mismo ejército colonial. Pronto estallaron motines de los soldados negros que no aguantaban el maltrato de los oficiales blancos, y de los oficiales blancos que no querían obedecer las órdenes del nuevo gobierno.

Las agencias de espionaje de varias potencias, sobre todo la CIA, hicieron todo lo posible para desestabilizar el país y reclutar agentes del ejército y el gobierno. Uno de ellos fue Joseph-Desiré Mobutu, un ex sargento de la policía colonial que comandaba el Ejército Nacional.

Por su parte, las compañías mineras maniobraron para mantener a fuerzas leales en el poder en las regiones ricas en minerales. Un mes después de la toma de posesión del nuevo gobierno, el títere Moise Tshombe declaró la independencia de la provincia de Katanga. Ahora se sabe que Bélgica lo ayudó en secreto.

Aprovechando la «falta de estabilidad», Bélgica despachó más soldados, a pesar de las objeciones de Lumumba y las protestas de las masas.

Se vislumbraba una invasión extranjera, una guerra civil y el colapso del gobierno, pero Lumumba tenía pocas fuerzas organizadas y buscó ayuda en el extranjero. Primero pidió tropas de la ONU, pero cuando llegaron se dio cuenta de que estaban al servicio de los imperialistas (especialmente de Estados Unidos) y no del pueblo congoleño.

Luego pidió ayuda a la Unión Soviética como contrapeso a los imperialistas occidentales. En septiembre de 1960, empezaron a llegar al Congo asesores y agentes militares soviéticos, y Washington se puso furioso.

A fines de septiembre de 1960, el coronel Mobutu tomó el poder en la capital y desató una ola de represión contra las organizaciones políticas. El 10 de octubre, el ejército y la ONU arrestaron a Lumumba. Escapó el 17 de noviembre y huyó hacia su principal base de apoyo en Stanleyville.

El 2 de diciembre, el ejército volvió a capturarlo. Bajo órdenes de Nueva York de no intervenir, las tropas de la ONU hicieron la vista gorda cuando lo maltrataron.

Lo llevaron primero a Leopoldville, donde lo exhibieron ante los periodistas y diplomáticos. Durante el mes siguiente lo pasaron de un grupo reaccionario a otro para que lo golpeara y torturara. Al final lo llevaron a Katanga, donde los separatistas lo ejecutaron la mañana del 18 de enero de 1961. Más tarde se supo que se mantuvo firme durante todas las torturas y desafiante en la ejecución.

Inicialmente, los imperialistas yanquis y belgas anunciaron que lo asesinaron «campesinos airados»; más tarde dijeron que lo ejecutaron «sus enemigos congoleños». Eran mentiras para reforzar el pretexto racista y neocolonial de los asesinos: que los pueblos africanos no son capaces de gobernarse.

En realidad, el gobierno de Lumumba sucumbió a una «desestabilización» sistemática de los imperialistas. El 6 de octubre, unos pocos días antes del arresto de Lumumba, el ministro de Asuntos Africanos del gobierno belga ordenó en un cablegrama a Katanga «eliminar definitivamente» a Lumumba.

Desde el momento de la captura, estuvo bajo el control de agentes imperialistas. Lo torturaron en una mansión vigilada por soldados belgas.

El 15 de enero de 1961, el ministro de Asuntos Africanos mandó al gobierno títere de Katanga recibir inmediatamente a Lumumba. A los dos días llegó en un jet DC-4 belga. A Lumumba y dos asesores, Mpolo y Okito, los asesinó un pelotón de ejecución dirigido por un capitán belga, a la vista de funcionarios del gobierno de Katanga y agentes imperialistas.

Para tapar la verdad, un equipo de policías belgas desenterró el cadáver y lo disolvió en ácido (que proporcionó una compañía minera). Los imperialistas no querían dejar ninguna huella del crimen, pero fracasaron. Ahora todo mundo sabe quiénes mataron a Lumumba y ahogaron las esperanzas del pueblo congoleño.

Moise Tshombe tomó las riendas de un nuevo gobierno pro imperialista. Poco después lo reemplazó Mobutu, quien gobernó (y saqueó) el país sin piedad durante décadas. Los imperialistas han chupado las riquezas del Congo, y sus tramoyas y rivalidades han dejado al país arruinado y dividido por las sucesivas guerras.

Cuando lo asesinaron, Lumumba tenía 35 años y unos pocos meses de primer ministro. Su muerte entristeció e indignó a millones de personas por todo el mundo.

Hoy, cuando el reto de la revolución y la liberación nacional se le plantea al propio pueblo canario, la historia de Patrice Lumumba nos proporciona una clara lección sobre la crueldad del imperialismo y el neocolonialismo.