Partido Revolucionario de los Comunistas de Canarias

Arruinando a sus propios clientes

In Actualidad, Economía on 25 febrero, 2009 at 0:01

Pedro Brenes


Los estudios más fiales señalan que, según las estadísticas oficiales sobre el Producto Interior Bruto y su composición, en los Estados Unidos y Europa la capacidad adquisitiva, es decir, los ingresos reales de los trabajadores asalariados ha disminuido en las últimas tres décadas, como promedio, un uno por ciento cada año. Las mismas fuentes indican que los salarios en Europa, que en 1980 representaban el 67% del PIB, han reducido su porcentaje en 2008 hasta el 49%. Cifras similares se manejan para los Estados Unidos en los últimos treinta años.

Este trasvase continuo de recursos desde la clase obrera a la burguesía capitalista se corresponde, a nivel internacional, con la brutal transferencia de renta desde los países dependientes (el llamado Tercer Mundo) hacia las potencias imperialistas euronorteamericanas. Por medio del intercambio comercial desigual e injusto, propiciado por el control de los precios de las materias primas y las producciones agrícolas, y de la deuda externa provocada por los préstamos saqueadores del Banco Mundial, la mayoría de los países de América, Africa y Asia pagaban también su tributo a la oligarquía imperialista a cambio de la miseria y el empobrecimiento masivo de sus poblaciones.

Esta época de la definitiva descomposición parasitaria del sistema capitalista, a la que se ha dado en llamar del “neoliberalismo”, podríamos aproximadamente fecharla a partir de finales de la década de los setenta del siglo pasado, con la llegada al poder de la primera ministra británica Margaret Thatcher, en 1979, y del inicio de la presidencia de Ronald Reagan, en 1981, en los Estados Unidos.

La esencia tanto del “thatcherismo” como de la “reaganomía”, no era otra que la de intensificar al máximo la explotación del trabajo asalariado por medio de las privatizaciones de las empresas públicas, la guerra contra los sindicatos obreros, la reducción de impuestos a los más ricos y a las grandes empresas y la precarización del empleo con la extensión de la contratación temporal.

Estas políticas neoliberales, que rápidamente se extendieron al resto de los países capitalistas de Europa, permitieron en pocos años una inmensa acumulación de recursos en manos de la oligarquía financiera que, como fracción dominante aunque minoritaria de la burguesía capitalista, controla  directa o indirectamente los sectores fundamentales de la economía y, sobre todo, a las grandes empresas industriales y comerciales que  monopolizan la producción y la distribución en los mercados capitalistas nacionales e internacionales.

Estos inmensos recursos financieros acumulados por los bancos, que se calculan en la astronómica cifra de entre diez y doce veces el Producto Bruto Mundial, debían también, como cualquier otro capital, rendir un beneficio igual o superior al promedio de la tasa de ganancia del capital industrial y comercial. Pero, alcanzado este enorme atesoramiento y habiendo disminuido drásticamente, como consecuencia de las políticas neoliberales, la demanda solvente de los trabajadores asalariados que han perdido un tercio de sus ingresos reales y de su capacidad de consumo, y siendo la clase obrera la mayoría de la población y, por consiguiente, los consumidores fundamentales de los productos de las empresas capitalistas, se ha llegado a la situación paradójica y absurda de que los neoliberales han conseguido arruinar a sus propios clientes.

Como consecuencia, todo este capital acumulado se ha orientado a la pura y simple especulación improductiva, lo que provoca la aparición de cambios cualitativos en la economía mundial no calculados ni esperados por los usureros bancarios, ni por los especuladores con los cambios de divisas y los precios del comercio internacional, ni por los acumuladores de las rentas fraudulentas de las burbujas inmobiliarias, las hipotecas basura y el juego bursátil.

La tendencia compulsiva a obtener superbeneficios jugando a la ruleta rusa con la economía mundial, poniendo en marcha pirámides especulativas que proporcionaron grandes beneficios a sus promotores y tremendas pérdidas a la mayoría de los avispados inversores oportunistas, han provocado las consecuencias que estamos viendo ahora: recesión económica, cierre de empresas, despidos y desempleo masivo, disminución del consumo y paralización del ciclo económico productivo.

Todo esto demuestra que el sistema económico, social y político capitalista, que en otra época significó un avance en el progreso científico y técnico y en el desarrollo de las fuerzas productivas, se ha convertido ahora en el principal freno para la marcha hacia el futuro de la sociedad. Impulso hacia adelante de la historia que sólo puede darse superando y dejando definitivamente atrás la moribunda fase imperialista del capitalismo, que hoy no es más que descomposición económica y política, y negación de los valores más humanos y solidarios de la justa distribución de los recursos económicos y de la protección social efectiva de los más débiles y desvalidos.

Por eso, porque el capitalismo, habiendo agotado todo su potencial de desarrollo y de progreso, está ya en el callejón sin salida de la ruina económica y el descrédito político e ideológico, los gobiernos burgueses no tienen otra opción, independientemente de su voluntad y de sus deseos, que la de forzar la liberación de los recursos acumulados en los bancos, hoy improductivos después del fracaso de sus suicidas juegos especulativos. Lo que explica que, de una u otra manera, en los Estados capitalistas se plantea ya la discusión pública sobre la nacionalización total o parcial de los bancos.

Medida inevitable a medio plazo si quieren impedir la completa bancarrota del sistema y su rápida transformación por vía revolucionaria. Porque sólo el cambio de tendencia en la distribución de los recursos sociales, recuperando para la mayoría de la población la capacidad de consumo perdida, con el aumento de sus ingresos reales, tanto salariales como a través de las políticas sociales que se han ido desmantelando en las últimas décadas, y con una política intensiva y a gran escala de inversión pública, permitirá al conjunto de la economía recuperar el pulso y activar de forma efectiva el ciclo de consumo-producción-empleo, que hoy amenaza con destruirse y provocar una catástrofe social sin precedentes.

Pero esto significa el inicio del cambio histórico hacia la sociedad socialista, que se diferencia del capitalismo precisamente en la forma y el propósito de la distribución, priorizando el aumento del nivel de vida de los trabajadores sobre el beneficio de las empresas, y a través del dominio del sector público de la economía. Esta perspectiva aterroriza a la burguesía capitalista y sus gobiernos, que se resisten desesperadamente a iniciar un proceso que, de forma inevitable e imparable, les llevará a renunciar a buena parte de su poder económico y de su actual hegemonía ideológica sobre el conjunto de la sociedad.

Pero están entre la espada y la pared. Si no se deciden a implementar las inevitables e imprescindibles reformas económicas y sociales: nacionalización de la banca, planificación masiva de inversiones públicas, aumento de las rentas salariales y mejora de la protección social para todos los ciudadanos, éstas se alcanzarán por medio de la insurrección de las amplias masas desesperadas que, al sentir que no tienen nada que perder más que su situación de miseria y su condición de abandonados a su suerte por un sistema injusto y egoísta, se alzarán, a partir de un movimiento general de protesta que ya empieza a desplegarse, contra el Poder de la oligarquía financiera y contra su Estado policiaco y represor, abriendo el camino a las profundas transformaciones que necesita la sociedad para salvarse de la ruina a la que nos lleva el capitalismo monopolista, y para crear un nuevo sistema social solidario y justo, libre del egoísmo inhumano de los avariciosos banqueros y de los avaros especuladores.






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