Partido Revolucionario de los Comunistas de Canarias

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Sucursalismo o política de Estado

In Actualidad on 29 mayo, 2009 at 0:01

sucursalismoEl sucursalismo más evidente es fácil de identificar. Consiste en hacerse con la franquicia de un partido español y, a cambio, recibir desde la metrópoli el programa, las consignas, los dineros, el material de propaganda y la legitimación ante los medios de comunicación burgueses. Se añaden un par de pinceladas de color local, se añade “Canarias” a las siglas y listo. El modelo sirve lo mismo para unos que para otros, para territorio metropolitano o para colonias. Evidentemente, la realidad de Canarias solo aparece transustanciada como extensión de un imaginario continuum continental, importante sólo en proporción al número de votos y escaños que puede aportar.

Pero existe otra variante más insidiosa aún del sucursalismo. Mientras que los otros se “molestan” en tener aparatos propios en las islas, este sucursalismo se limita a pescar entre el independentismo local, utilizándolo para sus propios fines. Lo vimos con HB. Lo vimos con ERC. Lo estamos viendo ahora con II-SP. Y eso que, en este último caso, se trata de una mera candidatura instrumental que no va a sobrevivir más allá del 7 de junio. Y que se presenta como una efímera “internacional” del independentismo. Claro que su “internacionalismo” es puramente español. Existen otras candidaturas que, reconociendo igualmente el derecho a la autodeterminación de los pueblos, son verdaderamente internacionalistas y no limitan su acción a España.

En nuestro país, este sucursalismo es especialmente cobarde. Trata de aparecer como “independentismo verdadero”, pero se subordina a un montaje electoral en la metrópoli. Se lanzan sin tino a aparecer como representantes de la nueva franquicia española, como sucursal del “independentismo” de otros. Otros que no han tenido ni siquiera el detalle de contar antes con el independentismo canario organizado. Cuanto más subordinada y periférica es la adhesión de los nuevos sucursalistas, tanto más radicalizada es su verborrea. Y todo para jugar el papel de tonto útil.

De forma que ahora tenemos a supuestos independentistas canarios apoyando al independentismo vasco, catalán, andaluz, castellano, aragonés y hasta asturiano. Vaya forma de minimizar el hecho colonial canario. Y de comportarse como auténticos españoles del viva Cartagena. Y todo eso para ser reconocido por los jefecillos nacionalistas de varios territorios de la metrópoli. ¿Podemos imaginarnos, por ejemplo, que los independentistas argelinos se hubiesen dedicado a apoyar a los independentistas corsos, bretones o vascos? Ridículo, ¿verdad? Pues ese ridículo es al que aquí se prestan algunos, dándose importancia porque les pongan una banderita en el cartel.

Este sucursalismo llega al extremo de tragar con que sean los godos los que designen al “representante” de Canarias. Se puede ser más arrastrado y actuar aún más como colonizado, pero es difícil imaginar cómo.

Frente a ese sucursalismo disfrazado de radicalismo, una política consecuentemente anticolonialista, que surja de la voluntad decidida de la creación de un Estado nacional canario, debe partir del principio de que, tanto con la metrópoli como con otros países, establecemos nuestras relaciones internacionales como de Estado a Estado. Y las relaciones entre Estados deben partir del principio de no ingerencia en los asuntos internos del otro. Entrar en las minucias regionales o locales españolas es hundirse en el cenagal de la política metropolitana. Es pura españolización, indigna de quienes dicen querer la independencia de la metrópoli. Es subordinar los intereses de la descolonización a los juegos electorales europeos.

Quién no cree en su propio camino, no tiene empacho por transitar cualquier otro. En este tema como en otros, se diferencian los que solo aparentan ser independentistas, pero en el fondo solo quieren el reconocimiento y el aplauso de los metropolitanos y un huequito al sol de la fama en determinados ambientes españoles, y quienes ponemos por delante nuestra dignidad como pueblo y una estrategia decididamente anticolonialista.