Partido Revolucionario de los Comunistas de Canarias

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La bancarrota de la socialdemocracia europea

In Actualidad on 16 junio, 2009 at 0:01

ueimperialistaDesde que en 1979 la abstención al parlamento europeo fue del 40%, ha ido aumentando hasta alcanzar en esta última convocatoria el 56,99%. La clase dirigente y sus servidores políticos pretenden ignorar este claro mensaje de que los pueblos no quieren la actual Unión Europea (UE). Y que rechazan la Europa ultracapitalista e imperialista encarnada en las instituciones y en la práctica de la UE, así como el carácter antidemocrático de su funcionamiento. Una Europa en la que la diferencia entre partidos de derecha y partidos “socialistas” no es otra cosa que la competencia entre ambas castas políticas por ver quién gestiona mejor los intereses de las grandes transnacionales imperialistas europeos.  En esa pugna, la socialdemocracia ya no aporta el papel de colchón amortiguador y adormecedor de conciencias frente al “peligro soviético”.

Tampoco aportan nada desde el punto de vista de conformar mayorías parlamentarias, ya que el llamado parlamento europeo no es más que una puesta en escena, una auténtica mascarada que no puede ocultar el hecho de que quién gobierna Europa es la impenetrable y todopoderosa Comisión Europea, auténtico consejo de administración del imperialismo europeo.

De hecho, con sus directivas (leyes), la Comisión, que trabaja en equipo con la Mesa Redonda de los Industriales Europeos (ERT) -Volvo, Olivetti, Siemens, Unilever y otras-, ha impulsado la privatización de las industrias más dinámicas y rentables, como las telecomunicaciones y las comunicaciones electrónicas y de numerosos servicios públicos, como el gas, la electricidad y el correo (privatizaciones ratificadas por un adocenado parlamento europeo, que solo dice amén). Una voracidad que ha llevado a la privatización de la mayor parte de los servicios de provisión de agua potable y de saneamiento y están en la mira la salud y la educación.

La realidad es que las grandes corporaciones imperialistas europeas, agrupadas en la UNICE (Unión de las Confederaciones Industriales y de Empleadores de Europa) controlan ferreamente a la Comisión europea y los 39 miembros de la organización patronal mantienen representaciones permanentes en Bruselas y un verdadero ejército de lobbystas para influir sobre las decisiones de la Comisión. En estos enjuagues, los políticos socialdemócratas son tan “tocables” o más que los de la derecha pura y dura, sin diferencia alguna entre ellos.

Al servicio de esos intereses oligárquicos, la UE intentó establecer la jornada de 65 horas semanales. Aquí la socialdemocracia encontró un tanto que apuntarse y se movilizó para que esta medida fuera rechazada. Pero, precisamente por el bajísimo nivel de competencias del parlamento europeo, la Comisión o el Consejo de Ministros comunitario intentarán reintroducir bajo otra forma esta directiva para autorizar el aumento de la jornada laboral en Europa.

Otro de los puntos “estrella” de la socialdemocracia ha sido su abanderamiento de la expansión imperialista a los países del Este europeo. Sin embargo, tras veinte años de capitalismo, las trabajadoras y los trabajadores de esos países no parecen estar muy contentos con el “regalo”. En un estudio de la Oficina Internacional del Trabajo (OIT) de febrero de 2007 se sostiene que la flexibilidad laboral en los nuevos países miembros de la Unión Europea es extrema en ciertos casos, aumentando el costo social de su adhesión. De hecho, los antiguos miembros de la Unión Europea han sido los que más se han beneficiado con la entrada de los diez nuevos socios, especialmente sus corporaciones multinacionales, la mayoría de ellas francesas y alemanas, que se han instalado en varios países de Europa del Este y que pueden mover sus capitales con mayor facilidad.

También actúa como fanática integrista la socialdemocracia en el aspecto más tenebroso de la Unión Europea: su carácter imperialista y colonialista. Una UE que, por un lado, mantiene con puño de hierro el dominio sobre sus colonias, a las que eufemísticamente llama “regiones ultraperiféricas” (Canarias, Guadalupe, Martinica, Reunión…). Y que, por otro, ha negociado una serie de acuerdos regionales de asociación económica, llamados EPA por sus siglas en inglés, con países pobres. Entre ellos, los convenios de preferencias comerciales recíprocas en el marco del llamado Pacto de Cotonu, entre la UE y el grupo de 77 países que fueron enclaves coloniales europeos en África, el Caribe y el Pacífico (ACP). La UE, en sus propuestas de acuerdos comerciales, exige a los países del Sur que abran sus mercados a las empresas europeas, amenazando así empleos, industrias y servicios públicos en las naciones más pobres.

No debe extrañar que en esa Unión Europea profundamente antisocial (con 20 millones de desocupados y donde las desigualdades no cesan de profundizarse), atlantista y belicista (participación en la guerra del Golfo y en las agresiones contra Yugoslavia, Irak y Afganistán), la abstención haya sido ampliamente mayoritaria. Y que esta abstención haya ido dirigida, principalmente, contra los más enfervorecidos defensores de la UE: la socialdemocracia.

Tanto los pueblos europeos como los de sus colonias, tenemos una creciente conciencia de que la UE no representa nuestros intereses y que los gobiernos que la integran (sean los de derecha o los socialdemócratas) impiden a toda costa una verdadera democratización de sus instituciones y cualquier avance social.

Las elecciones del 7 de junio fueron un intento de legitimar esas políticas reaccionarias que han venido ejecutando tanto los partidos socialistas como los declaradamente de derechas. Sirva como ejemplo la continuación del ultraliberal Barroso como presidente de la Comisión Europea, que apoyan los “socialistas” Zapatero de España, Gordon Brown de Gran Bretaña y José Sócrates de Portugal.

No debe extrañar, por lo tanto, el auténtico descalabro, general y sin precedentes, de la socialdemocracia europea, cuyos feudos se han hundido (Alemania, Austria, Reino Unido, Francia, Portugal…). Hay que remontarse al principio del siglo XX antes de dos guerras mundiales: otro mundo para encontrar resultados peores. Sólo 13 de los 27 partidos socialdemócratas superan el 20% de los votos, lo que indica las dimensiones de la debacle. Esta bancarrota se agrava porque además, por vez primera desde la caída del Muro de Berlín, la socialdemocracia ve amenazada su hegemonía dentro de la izquierda en muchos países ante el avance de los partidos comunistas.

En el ocaso de la socialdemocracia europea es precisamente, cuando este viejo fantasma, de nuevo joven, vuelve a recorrer Europa. Avance más o avance menos, nuestro papel como proletariado de una de sus colonias no ha de ser el de espectadores que se queden contemplando la marcha del partido, por ver si nos cae algo: la mejor ayuda que podemos prestar a nuestros compañeros europeos es, precisamente, la de llevar adelante nuestra propia revolución y poner en pie la República Socialista Canaria.