Partido Revolucionario de los Comunistas de Canarias

La recesión se enquista y el G-20 sigue protegiendo a los bancos

In Actualidad, Economía on 28 septiembre, 2009 at 0:01

g20-200909La principal conclusión de la cumbre del G-20 recién celebrada en Pittsburgh es que los «estímulos públicos» para combatir la recesión mundial deben mantenerse «al menos durante un año», para evitar que la crisis económica «se cierre en falso y provoque recaídas más graves» que las que padecemos ahora. Es decir, como a un año vista no hay síntomas ciertos de recuperación, se deben mantener los trasvases de dinero público a las grandes corporaciones financieras.

Por eso se comprometen a no retirar de forma «prematura» los planes de apoyo fiscal, monetario y financiero, que abandonarán «cuando sea oportuno» y de forma «coordinada», manteniendo los compromisos de «responsabilidad fiscal». Eso sí, la cosa queda suavizada cuando, en el comunicado final de la cumbre, avisan de que el alcance, la duración y la secuencia de este proceso de salida puede «variar» según los países y regiones y en función de «las distintas políticas adoptadas».

Es preciso recordar que las «medidas coordinadas» acordadas en la cumbre de Londres se redujeron a grandes paquetes de rescate del sistema bancario y financiero, y medidas de estímulo fiscal para fomentar el consumo interno, que cada país aplicó a su manera y con diferentes grados de éxito. Lo cierto es que entre la cumbre de Londres y la de Pittsburgh y en contra del compromiso asumido, los miembros del G-20 han adoptado más de 100 medidas proteccionistas. Además, más del 90% de los bienes comercializados en el mundo han sido afectados por algún tipo de medida de ese tipo.

Por otro lado, en la ciudad norteamericana se ha vuelto a oír la cantinela de que, para prevenir las crisis financieras, es necesario elevar las exigencias de capital de los bancos y mejorar la calidad de sus activos. Se insiste en que hay que dar más poder a los organismos supervisores, en que la banca debe acopiar reservas más elevadas de capital, y en que hay que «vigilar» cómo se paga a los ejecutivos del sector.

Por si fuera poco, los países del G-20 se dan hasta finales de 2010 para desarrollar «reglas internacionales». Y postergan a finales de 2012 su completa puesta en marcha. Añadamos a eso el hecho de que será el Fondo Monetario Internacional (FMI) quién supervisará el proceso. Pero tranquilos: no se impondrán sanciones en caso de que alguna de las naciones se aparte de las metas fijadas, pero se espera que la presión internacional sea suficiente. Queda también en evidencia que los países emergentes aglutinados en el BRIC (Brasil, Rusia, China e India) aún no han acumulado fuerza suficiente para torcer la estrategia de las grandes potencias imperialistas, especialmente EEUU.

Tampoco ha prosperado la iniciativa europea de establecer límites individuales a los bonus en el sector financiero. Lo que se acuerda es dar a los supervisores nacionales la potestad de limitar «la remuneración variable a un porcentaje de los ingresos» de una entidad, pero siempre y cuando sea porque esos pagos pongan en riesgo su estabilidad por falta de capitalización.

Los banqueros pueden estar tranquilos: ni siquiera tienen que aplicar programas de ajuste. Las corporaciones financieras pueden contar con seguir siendo rescatadas si sus cuentas se ven comprometidas. Saben que ningún gobierno quiere quiebras financieras masivas, ni sabe como afrontarlas. Desde luego, condicionados como verdaderos lacayos de las oligarquías financieras, la mayoría de los gobernantes mundiales no se plantean, ni por asomo, la solución más obvia: nacionalizar la banca.

Desde esa impunidad, los banqueros rechazan cualquier sugerencia de que sus actividades deben ser reguladas y de que a sus fabulosos beneficios hay que ponerles un tope. Ni siquiera están dispuestos a aceptar modestas medidas antimonopolistas. Eso sí: cuando surgen problemas, exigen enseguida la transferencia de ingentes cantidades de dinero de los fondos estatales, ya que son demasiado grandes y demasiado importantes como para que los dejen caer, incluso si reinciden.

Las grandes corporaciones financieras pueden campar así a sus anchas sin miedo a tener que afrontar las consecuencias de sus movimientos especulativos. Tampoco han tenido que modificar su forma de actuar, ya que el dinero público les ha llegado sin condiciones. De hecho, en Estados Unidos en 2008, los nueve bancos más grandes recibieron en conjunto 175.000 millones de dólares provenientes de programas de rescate pagados con dinero de los contribuyentes. De ese dinero destinaron 32.600 millones de dólares al pago de remuneraciones, principalmente de sus altos ejecutivos. Esta suma es equivalente al total de la deuda externa de los llamados países pobres muy endeudados (PPME).

Esa incapacidad del G-20 para «meter mano» a la oligarquía financiera contrasta con el acuerdo más palpable para «reforzar la supervisión de los mercados de materias primas», esto es, restringir la capacidad negociadora de los países del tercer mundo sobre las materias primas que producen.

Así, los países reunidos en Pittsburgh exigen que se dé más información sobre producción, consumo y refino de petróleo. Además, llaman a mejorar la supervisión para identificar «grandes concentraciones de posiciones negociadoras» y asume que hay que luchar para «combatir la manipulación del mercado conducente a una volatilidad excesiva». Dicho en otras palabras: no vayamos a permitir que los países pobres intenten ahora comerciar en condiciones más justas, no sea que la recesión se agrave aún más en los países imperialistas.

Queda claro una vez más que el capitalismo no tiene verdaderas soluciones para su agonía. Tampoco cabía esperar que el G-20 fuera apostar por la revolución socialista mundial. Esa tarea sigue quedando en las manos de los asalariados y los pueblos.



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