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Paul Kammerer, la epigenética y el juicio de la historia

In Cultura, Opinión on 3 octubre, 2009 at 0:01

davidDavid Delgado

Un reciente estudio sobre la vida y los trabajos del investigador austríaco de principios del siglo XX Paul Kammerer, sostiene la tesis de que en realidad el científico, acusado de cometer fraude en su experimento más importante, era un incomprendido contra quien se pergeñó una campaña de desprestigio que desembocó en su suicidio en 1926.

Kammerer, socialista y patrocinador de las teorías evolutivas lamarquistas, estuvo inmerso durante años en la realización de experimentos que refutaban las teorías evolutivas dominantes de la época.

En la historiografía científica burguesa, se le recuerda como un excéntrico científico amante de los anfibios y reptiles que, para hacer valer su trabajo que confirmase experimentalmente el lamarckismo, recurrió al fraude falseando sus experimentos.

Lo que Kammerer pretendía demostrar, la teoría de la herencia de los caracteres adquiridos, era desestimado por un gran número de biológos occidentales que se inclinaban por la teoría de la evolución darwiniana y la genética mendeliana.

Las teorías evolutivas lamarquistas, que mantenían que el medio modela las características de un individuo y que este las transmite a sus descendientes, fueron denostadas completamente en la década de 1920, favoreciendo el ascenso de la selección natural de Darwin quien, por cierto, no renegaba del lamarquismo, y las leyes genéticas de Mendel.

Por falta de evidencias, los biólogos occidentales desechaban las teorías lamarquistas, que Kammerer se obstinó en demostrar. Su carrera, no obstante, quedó cercenada cuando fue acusado por un investigador de inyectar tinta en un sapo para demostrar sus hipótesis con respecto a un experimento relacionado con el animal. Desde entonces, su legado científico fue arrojado a la basura y su nombre pasó a la historia de la infamia científica.

Hubo un lugar, sin embargo, donde su memoria no sólo fue respetada, sino incluso fue considerado un héroe: la Unión Soviética. Allí se llegó a rodar una película pseudobiográfica cuyo final era bien distinto a la realidad.

Ahora, más de 80 años después de su muerte, una revisión de sus experimentos publicada recientemente en Journal of Experimental Zoology, sustenta que Kammerer no manipuló sus experimentos y que fue el primero en demostrar que el medio ambiente confiere cambios en un individuo, que se transmiten en generaciones ulteriores.

Esto implica una trascendental revisión histórico-científica del trabajo de uno de los investigadores más agraviados de la historia. Nada más y nada menos, significaría que Kammerer fue el primero en toparse con la epigenética, una teoría aceptada en la actualidad pero que durante décadas fue vilipendiada.

Esta teoría, “sobre los genes”, defiende que el medio ambiente impone cambios heredables que se transmiten por modificaciones químicas que no alteran la secuencia del ácido desoxirribonucleico (ADN).

Este mecanismo se ha probado ya en varios modelos animales y, de hecho, se utiliza en medicamentos contra el cáncer. Históricamente, Kammerer se habría adelantado varias décadas a Conrad Waddington, que describió los primeros fenómenos de este suceso y acuño el término en 1942.

Alexander Vargas, investigador de la Universidad de Chile que firma el nuevo estudio, afirma que “Kammerer podría ser considerado el padre de la epigenética” y, junto a otros expertos de esta rama de la biología, señala que el científico tiene que ser rehabilitado repitiendo sus experimentos.

PaulKammererEl más famoso de ellos  abarcó ocho años de trabajo con el sapo partero, un anfibio que habita en el agua pero procrea en un lugar seco. Kammerer crió a estos sapos en un terrario tan extremadamente cálido y seco que a los animales no les quedó otro remedio que reproducirse en el agua. La mayoría de las camadas murieron, sobreviviendo tan sólo un 5% que, curiosamente al contrario de sus ancestros, optaban por procrear en el agua aunque se les devolviera a sus condiciones naturales.

Varias generaciones después, en los sapos de Kammerer se habían desarrollado unos oscuros callos nupciales en las patas que, según el investigador, eran un nuevo rasgo adaptativo que permitía a los sapos que no se les escurriera la hembra en el momento de la procreación.

Kammerer publicó artículos en las revistas más prestigiosas y viajó por Europa para mostrar sus ejemplares, pero sus experimentos se entendían como un ataque directo a las teorías de Darwin y Mendel, y eso era intolerable para los adalides de las teorías científicas dominantes. Para más inri, posteriormente estalló la primera gran guerra imperialista (I Guerra Mundial): el centro en el que investigaba Kammerer sufrió daños considerables y sus preciados sapos fueron aniquilados, salvándose tan sólo uno en un bote de formol.

En 1926, el biólogo Willian Bateson, radicalmente crítico con Kammerer, examinó el sapo y aseveró que los presuntos oscuros callos nupciales habían sido inyectados con tinta. Así determinó que la existencia de los callos era “pura conjetura”. Dos meses después, Kammerer se suicidó disparándose en la sien en un pequeño pueblo de montaña a 80 kilómteros de Viena.

El científico dejó para la posteridad varias notas, entre ellas una para la Academia Rusa de Ciencias que le había ofrecido un importante puesto en la universidad. Sus experimentos lamarquistas gozaban del apoyo de la Unión Soviética, donde las teorías mendelianas no pudieron imponerse como en la Europa occidental, pero el científico no pudo cumplir con el sueño de asumir tal responsabilidad.

Anatoli Lunacharski, Comisario de Instrucción, brindó a Kammerer en el cine el final que no pudo tener en vida. En 1928 el político escribió el guión de Salamandra, una película en la que una noche antes de que Kammerer presentase su sapo a sus colegas, un príncipe y un cura saboteadores, inyectan tinta al animal. Un día después el cura le denuncia en plena aula magna y Kammerer decide quitarse la vida. Cuando está a punto de apretar el gatillo, un mensaje del comisario Lunacharski, que en la película actúa como él mismo, le salva del baldón y le ofrece una plaza en la Universidad.

Arthur Koestler, periodista y escritor, aportó en 1971 pruebas reales que sugerían que Kammerer podría ser inocente, y dijo que la inyección la había ejecutado un simpatizante nazi.

Como señala Vargas, con esta nueva revisión lo de menos es la veracidad de los callos nupciales. Durante sus experimentos Kammerer cruzó sapos normales y tratados, soprendiéndose por la observación de que, cuando el padre era un individuo tratado, sus costumbres se transmitían a hijos y nietos, lo que no sucedía cuando se apareaban una hembra tratada y un macho normal.

El científico no pudo entender estos resultados que contradecían sus hipótesis, lo cual fue utilizado de forma oportunista por sus detractores para desacreditar su teoría. Sin embargo, actualmente esta observación no es tan sorprendente: se trata de un fenómeno epigenético, como señala Vargas.

La herencia reproductiva no se transmitiría, por tanto, en los genes, sino a través de cambios químicos que actúan sobre los mismos y garantizan que un determinado rasgo se transmita entre generaciones.

Vargas sentenció: “Estamos a punto de saber si era inocente o no”, lo que a día de hoy es muy probable gracias a los avances en biología molecular.

Podría cerrarse así una de las páginas más difamadoras de la historia científica, y se situaría a Kammerer en el lugar que le correspondería. Así mismo, se daría un duro golpe a la historiografía burguesa que vituperaba a los científicos opuestos a la concepción dominante en los países imperialistas, en contraposición a los científicos posicionados en el materialismo dialéctico y el socialismo.