Partido Revolucionario de los Comunistas de Canarias

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Estados Unidos: la Economía de la destrucción y la Terapia de Choque

In Actualidad on 7 enero, 2010 at 0:01

Robson de Moraes
Profesor, miembro de la Comisión de Políticas Urbanas de la Asociación de Geógrafos (AGB-GO) y militante del Partido Comunista Brasileño (PCB)


La economía norteamericana está asentada en el complejo militar-industrial. Si el Pentágono fuera un país, estaría entre las quince mayores economías del mundo. Según Stephen Dais, con los dólares destinados a gastos en armamento por el gobierno de EEUU en el período 1947 a 1989 (8,2 billones de dólares), podría construirse otro país del tamaño de los EEUU, incluyendo todas sus industrias y la infraestructura existente. Sólo en 2002 se gastaron en armas en todo el planeta la suma de 0,8 billones de dólares, siendo cinco países responsables de la mitad de estos gastos. En 2005, los gastos del Departamento de Defensa de EEUU, superaron la cifra de mil millones de dólares diarios. Solo el presupuesto para la investigación y desarrollo del Pentágono es equivalente a entre el 70% y el 80% de la investigación militar llevada a cabo en el planeta. Seymour Melman dice que, desde 1951, el presupuesto militar de EEUU supone un importe mayor que la suma de todas las empresas con sede en el país. El sector bélico (estatal y privado) empleaba en 1986 más de 6 millones de personas; uno de cada 20 puestos de trabajo depende directa o indirectamente de los gastos militares (Washington Post – 17/01/1986), y eso que la frontera entre lo que está incluido o no en el presupuesto militar se mantiene totalmente en la sombra. George McGovern sostiene que en 1969, de cada dólar de impuestos pagados por los ciudadanos de los Estados Unidos, sólo el 28% fue liberado para gasto no militar. Como puede verse, considerar al Gran Hermano del norte como un estado militarista tiene su razón.

Actualmente, el capital financiero, la industria militar de EEUU, junto con la capital del petróleo y de los medios de comunicación, constituyen el centro hegemónico en la estructura de poder de la sociedad americana. La administración de W. Bush fue sólo una expresión más reveladora de la presencia de este grupo en el dominio de la mayor potencia militar del planeta. Después de los atentados de 2001, fueron autorizados mayores gastos militares. Los empresas del sector privado contratadas son las más rentables. Rockwell International ha multiplicado por ocho sus contratos con el Pentágono. Desde entonces, según Mario Pianta, sus contribuciones a las campañas presidenciales se han multiplicado por cuatro.

Richard Cheney (Vicepresidente de Bush) fue director ejecutivo de Halliburtun Corp., empresa matriz de uno de los mayores beneficiarios de los contratos del Pentágono (Kellog, Brown & Root), que ganó contratos millonarios para las obras en el Iraq ocupado. Estando vigente la política contra el «eje del mal», los gastos militares se incrementaron en un 18% para modernización tecnológica. Empresas como Boeing, Lockheed Martin y Northorp Grummann, están entre las que más facturaron con los avances de la máquina de guerra.

Veintidós de los cincuenta estados americanos, dependen de los gastos militares. En 14 estados el empleo está vinculado a las empresas con estrecha relación con el sistema de defensa. La economía de este país no puede soportar el desarme. En siete estados la industria de guerra representa el 20% de la economía. Así, es fácil llegar a la conclusión de que la economía de Estados Unidos es extremadamente dependiente de la máquina de destrucción de vida. Los grupos industriales norteamericanos, que en los años 1920 y 1930 estaban insertos en la producción de automóviles, migraron con la crisis de 1929 y la Segunda Guerra Mundial, a los encargos militares. El complejo militar industrial del Tío Sam es de un tipo nunca visto antes en la historia humana, lo que provocó (directa o indirectamente) las guerras más sangrientas de la experiencia humana en la Tierra.

La historia de la economía armamentística norteamericana ha ido de la mano del aumento del déficit público. Los aparentes intentos para reducir o regular el complejo industrial militar se han convertido en lo contrario, es decir, más gastos militares. En 1949, hubo una depresión en la economía de los Estados Unidos, con una reducción del Producto Interior Bruto y la caída de las importaciones. Este fenómeno está relacionado con el desarme seguido por el final de la II Guerra Mundial. La Guerra de Corea revertió esta tendencia, realimentando la tasa de beneficios. La solución encontrada por la economía capitalista a la crisis de sobreproducción-producción, llegó por la carrera de armamentos, y no a través de la Teoría General de Keynes como tanto se dice. Para Claudio Katz, es importante tener en cuenta el desarrollo tecnológico, que es vital en este sector. Katz indica que todos los grandes avances tecnológicos en las últimas décadas fueron concebidos inicialmente en el ámbito militar: la microelectrónica emerge como la solución de problemas balísticos, la energía nuclear vino del ámbito militar, etc.

En el período de la posguerra, la demanda global era inferior a la capacidad productiva de los Estados Unidos. La pura y simple expansión productiva podría agravar aún más la superproducción. La industria de la guerra tiene el «mérito» de aumentar el poder adquisitivo, y por lo tanto el consumo, sin producir una masa de mercancías que vaya al mercado a competir con otras mercancías ya existentes. La producción inducida por el gobierno, tiene la ventaja de no competir con la producción no militar. Los sectores de la economía volcados a la producción de bienes perdieron el control de la reproducción ampliada de capital para la industria de armamentos. El gobierno de EEUU pasó a ser el más grande comprador «consumidor colectivo».

A partir de la estructuración de economía de guerra de los EUA, se hace patente la insuficiencia del argumento que defiende la idea de que en cada crisis la economía capitalista se renueva, vuelve a crecer, acumula y desarrolla de nuevo las fuerzas productivas. El Gran Hermano del norte creó una economía basada en la guerra permanente, bien diferenciada del imperialismo británico anterior.

Los gobiernos de todo el mundo no tienen nada con qué subsidiar. La capitalización de los recursos del Estado proviene de la misma población. En la práctica lo que sucede es que una parte de la sociedad subvenciona a la otra parte. El sector de la economía no militar financia a través de impuestos la ayuda gubernamental a la producción bélica. Los países más ricos del mundo pasan a tener su base económica sacudida por el crecimiento de la deuda pública, el G-7 (grupo de los siete países más ricos del mundo: EEUU, Francia, Reino Unido, Italia, Canadá, Alemania y Japón), creado en el contexto de la crisis del petróleo de 1975 y el agotamiento del acuerdo de Bretton Woods, van implementando los esfuerzos para controlar artificialmente el déficit del Estado a través de la financiarización, en la que la especulación pasa a tener un papel preponderante y constituirse como el actor principal. La financiarización empresarial, el desarrollo de estrategias de rentabilidad a corto plazo, va a crear el escenario que el sector productivo cede terreno a los activos financieros. ¿El resultado? Todos ya sabemos: la actual crisis económica.

Combinado con la increíble máquina de guerra estadounidense, otra táctica ha sido ampliamente adoptada: la llamada terapia de choque, una técnica que consiste en aprovechar los momentos de pavor tomando medidas para introducir los cambios considerados necesarios. Según el economista norteamericano Milton Friedman, considerado uno de los principales teóricos del liberalismo económico contemporáneo, un defensor del capitalismo Laisse-Faire y el libre mercado, «sólo una crisis, real o percibida, produce un cambio verdadero». La afirmación de Friedman es el puente se une una ola de desastres naturales y provocados, con el ascenso del llamado neoliberalismo en las más diversas regiones del planeta.

En la tierra del Tío Sam, el huracán Katrina, que azotó el área metropolitana de Nueva Orleans en agosto de 2005 y provocó miles de víctimas, fue recibido por el «Tío Miltie» (nombre dado por los estudiantes de Friedman), en un artículo publicado en The Wall Street Journal, como una «oportunidad enorme para reformar el sistema educativo de Louisiana.» Antes del paso del Katrina, había 123 escuelas públicas y 7 privadas. Los profesores contaban con una fuerte representación sindical. Después de la tormenta, sólo quedaron 4 escuelas públicas, porque se privatizaron las demás. 4.700 profesores fueron despedidos y luego parte de ellos fueron readmitidos con un salario reducido y sin estabilidad. El Americam Interprise Institute declaró: «Katrina realizó en una semana lo que los reformadores liberales no conseguirán en años»; es el Capitalismo del Desastre.

En 1947, Milton Friedman y Friedrich Hayek fundaron la Sociedad Mont Pelerin, un club que incorpora a economistas defensores de la idea de libre mercado, que adoptó el mismo nombre de la pequeña ciudad suiza donde se reunían anualmente. En ese momento histórico, el mundo acababa de salir de una Gran Guerra y de una depresión económica. El contexto de la fundación de la Mont Pelerin no era el más estimulante para los nuevos liberales. Desde la crisis de 1929 y la teoría general de John Maynard Keynes, la intervención del Estado como un medio de regulación de la economía era ampliamente practicada. Friedman y Hayek eran vistos como pensadores exóticos y completamente descontextualizados de las necesidades existentes en el mundo de la economía.

En uno de sus libros (Capitalismo y Libertad), Friedman sistematiza los principales elementos para orientar el mercado mundial y en los Estados Unidos se transformaría en el programa del movimiento neo-conservador. En primer lugar, los gobiernos deberían abolir sistemáticamente todas las barreras y obstáculos existentes en el camino de la acumulación de capital. Deberían vender todos los activos que podrían ser administrados por empresas privadas. También deberían recortar los gastos sociales. Las directrices presentadas tenían el inconveniente de ser muy impopulares, no pudiendo ser aplicadas en un país donde la democracia y la voluntad popular fuese la base de la estructura de la vida política, porque la reacción a estas medidas podrían representar una pérdida de popularidad y, consecuentemente, de votos.

Con el crecimiento de las directrices de desarrollo en el Tercer Mundo y las continuas amenazas a los intereses de EEUU en estas regiones, pasa a un primer plano la Doctrina del Choque, aprovechando un momento en el que la sociedad se encontraba aturdida, para realizar la agenda de Friedman . Los sucesivos golpes militares ejecutados en América Latina proporcionarán el entorno necesario para la aplicación de la agenda neoliberal, y la respuesta popular será simplemente criminalizada y tachada de vandalismo, terrorismo o comunismo.

Chile es la primera fase del experimento. El choque aplicado con el derrocamiento violento del gobierno elegido de Salvador Allende y el ascenso de Augusto Pinochet, fue la bandera de salida del experimento neoliberal. Con tanques y armas de guerra en las calles, la sociedad chilena vio el aumento de la tasa de desempleo del 3% (durante el gobierno de Allende) al 20% un año después del golpe de Estado. Las manifestaciones populares brutalmente reprimidas por la Ley Marcial y el toque de queda. La economía se contrajo un 15%. En contrapartida, las grandes empresas extranjeras comenzaron a controlar la economía aumentando considerablemente su rentabilidad.

La siguiente experiencia viene con otro golpe militar, un nuevo choque, esta vez en Argentina (1976), que puso el peronismo en la clandestinidad, la Junta Militar prohíbe las huelgas y elimina todas las restricciones sobre el despido de trabajadores. La dictadura privatizó cientos de empresas estatales, convirtiendo el país en el suelo atractivo para las multinacionales con la admiración y la gratitud de Washington. Las celdas y las cárceles fueron atestadas de prisioneros criminalizados por ejercer la resistencia. Bolivia, Colombia, Uruguay, Paraguay, entre otros, seguirían el mismo camino.

En la década de 1980 el choque en América Latina fue causado por el impacto de la deuda externa. Con el aumento brutal de los intereses de la deuda, promovido por la Reserva Federal (FED), los países endeudados se vieron obligados a recurrir a préstamos a corto plazo (FMI), lo que invariablemente empeoró la situación.

La ideología neoliberal y su Doctrina del Choque no se limita a los países de América del Sur. La Inglaterra de finales de la década de 1970 vivió su terapia de choque con Margaret Thatcher. Elegida en 1979 con el lema «El laborismo no está funcionando», provocó altos niveles de desempleo y de inflación. En 1982 su índice de aceptación llegaba al 18%. Pero un hecho notable, vino a proporcionar al gobierno de los conservadores británicos y de la junta militar argentina la edición de un nuevo choque. Las Islas Malvinas, identificadas como territorio británico en el Atlántico Sur y considerada hasta entonces como un peso a las arcas de la corona, fueron ocupadas por tropas argentinas. La guerra estaba declarada. Se inició una extensa campaña mediática recordando la trayectoria de orgullo del Imperio Inglés. Al final de la guerra (11 semanas y poco más de mil muertos), la popularidad de la Thatcher superaba el 59%. La reelección estaba garantizada. El nuevo enemigo, ahora interno, eran los trabajadores de las minas de carbón en huelga. Con el aparato represivo montado por la reciente guerra, la huelga de los mineros (el sindicato más fuerte de Inglaterra) fue derrotada en una manifestación final con más de setecientos heridos. El choque dejaba totalmente aturdidos a los keynesianos y la izquierda laborista ya no podía responder. Privatizaciones, fomento de las fusiones y recortes sociales fue lo que siguió.

Los países del Bloque Socialista no fueron inmunes a la Terapia de Choque de vertiente neoliberal. El ascenso del movimiento Solidaridad de Lech Walesa al gobierno a Polonia conllevó una inflación del 600% y el racionamiento de alimentos. La célebre Perestroika (reestructuración) y Glasnost (apertura) de Mikhail Gorbachev, culminó con Boris Yeltsin y la total bancarrota y desaparición de la URSS. En Sudáfrica, la llegada del gobierno de Nelson Mandela y los militantes anti-apartheid del ANC (Congreso Nacional Africano), incorporó la premisa neoliberal y fue incapaz de corregir las graves distorsiones sociales y económicas existentes en el país.

En los Estados Unidos de la era Reagan ocurrió lo mismo. El ex actor de Hollywood, en un solo golpe de la pluma despidió 11.400 controladores aéreos en huelga, doblegando uno de los más importantes sindicatos de este país. Recientemente, los ataques a las Torres Gemelas proporcionan los ingredientes necesarios para la aplicación de la llamada Terapia de Choque. Aturdidas por la acción que mató a miles de personas, el gobierno de EEUU, en una cruzada imaginaria, construyó todo un escenario propicio para la manipulación política y económica de sus intereses. Los gobiernos en distintas partes del planeta presentan «preocupaciones» semejantes y el recurso a medidas de excepción que refuerzan el control y la obediencia, evitando o combatiendo directamente las más variadas reacciones.

La crisis del capitalismo expresada por la disminución del liberalismo político, puede representar una crisis de hegemonía de EEUU. Sin embargo, la construcción de un bloque de fuerzas antiimperialistas y antineoliberales, presentan una serie de dificultades. Lo que se denomina el post-neoliberalismo es un término demasiado vago e incluye varias formas de negación del Consenso de Washington. El periodo histórico que vivimos está en gran parte marcado por la pérdida de legitimidad de las tendencias liberales y por los esfuerzos por dar viabilidad de proyectos alternativos, teniendo como telón de fondo el olor a pólvora y el cadáver del belicismo americano.

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