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La nueva estrategia golpista de EEUU en América Latina

In Actualidad on 16 enero, 2010 at 0:01

MiguelUrbanoRodriguesMiguel Urbano Rodrigues
del Partido Comunista Portugués (PCP)



El resultado del golpe de Estado en Honduras llamó la atención para la nueva estrategia de golpe de Estado de los Estados Unidos en América Latina.

Es evidente que Washington, mediante diferentes procesos diferentes de los tradicionales, logró lo que quería: para quitar a un presidente progresista democráticamente elegido y reemplazarlo por gente de su total confianza.

Esta victoria del imperialismo no debe subestimarse, ya que constituye una ambiciosa estrategia que pretende neutralizar, poco a poco, el movimiento de contestación de los pueblos de América Latina a la dominación de EEUU.

El sistema de poder imperial identifica como «amenaza» los gobiernos de Venezuela Bolivariana y Bolivia, que condenan el capitalismo, proponiendo como alternativa el socialismo. La Casa Blanca teme que el Ecuador siga el mismo camino y no oculta su preocupación por las elecciones en Uruguay, Nicaragua, El Salvador y Paraguay, de presidentes con programas antiliberales (aunque no todos los apliquen).

Sumidos en las guerras perdidas de Irak y Afganistán, alarmados por el caos paquistaní e incapaces, hasta ahora, de imponer su voluntad a Irán -el único de los grandes países musulmanes de Asia que desarrolla una política independiente- el sistema de poder de EEUU sentía el peligro de una «avanzada revolucionaria» de los pueblos de América Latina. El precedente de Cuba asusta.

En este contexto, el atípico golpe en Honduras fue el prólogo de una estrategia encaminada a restablecer el viejo orden imperial en una región que durante más de un siglo era considerado como el «patio trasero».

¿Por qué atípico? En apariencia era un cuartelazo al viejo estilo. El comandante del ejército (un general formado en la Escuela de las Américas, con el récord de haber dirigido una banda de ladrones de coches) ordenó la detención del presidente. Al amanecer, las tropas irrumpieron en el palacio y Manuel Zelaya, todavía en pijama, fue puesto en un avión y deportado a Costa Rica. Simultáneamente, un político de extrema derecha se autoproclamó Presidente de la República.

Pero estaba minuciosamente preparado. El primarismo y la brutalidad del golpe de Estado suscitaron un rechazo universal. La Casa Blanca se apresuró a condenar el gorilazo y a pedir el restablecimiento de la normalidad constitucional. Todo fue montado para colocar a Obama por encima de toda sospecha. Pero mientras que los países de la UE retiraron los embajadores de Tegucigalpa, EEUU mantuvo el suyo en la capital hondureña y no suspendió la ayuda militar y económica al gobierno títere de Micheletti.

Con el correr de los días la complicidad de los EEUU se volvió transparente. El embajador Hugo Llorens es un cubano de Miami nacionalizado norteamericano. Fue en la propia embajada donde Micheletti y los generales gorilas montaron el golpe. Además, el comando de la Fuerza Aérea de Honduras está instalado en la base militar estadounidense de Palmerola.

Luego vino el folletín de la condena formal del golpe de Estado por la OEA y la mediación del costarricense Oscar Arias, un incondicional de Washington. Era necesario ganar tiempo. El sensacional retorno de Manuel Zelaya y su instalación en la Embajada de Brasil, crearon una situación no prevista. Pero Hillary Clinton maniobró para impedir que el presidente legítimo reasumiese su cargo.

Además siempre se negó a definir como «golpe» el cuartelazo que derrocó a Zelaya. La preparación de la farsa electoral en noviembre fue montado de acuerdo con el subsecretario de Estado de EEUU, Thomas Shannon. Enviado por Obama, este miembro del gobierno garantizó al entonces candidato a la Presidencia, el millonario Porfirio Lobo, antiguo colega suyo en la Universidad de Yale, que Washington reconocería las elecciones como legítimas.

En las semanas siguientes, marcadas por la intensa represión, ocurrieron además algunos episodios de la farsa que no alteraron el resultado. La abstención real en la elección fraudulenta, elogiada como democrática en los EEUU, fue superior al 60%.

En enero Porfirio Lobo tomará posesión y la Administración Obama reconocerá como legítimo su gobierno. Todo indica que los gobiernos de la Unión Europea, con pocas excepciones, también reestablecerán gradualmente las relaciones diplomáticas con Honduras.

La Casa Blanca no ocultó su satisfacción. Considera resuelta la crisis hondureña. Al final, los EEUU idearon y patrocinaron un golpe militar, simularon condenar el derrocamiento del presidente constitucional y. por medio de una farsa electoral, colocaron en Tegucigalpa a un hombre de su plena confianza. El gobierno de Lobo será una dictadura de fachada institucional.

El caso hondureño refuerza en Washington la autoridad de los defensores de la nueva estrategia musculada para América Latina.

Otra parte de esta expansión es la presencia militar directa de EEUU en la región. El regreso de la IV Flota a las aguas de América del Sur anticipa una decisión que configura una ostensible amenaza a los países que tratan de seguir una política soberana: la instalación en Colombia de siete bases militares norteamericanas.

La iniciativa ha suscitado un clamor de dimensiones continentales. La divulgación del texto en inglés del acuerdo suscrito con el gobierno de Bogotá confirmó que las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos instaladas en territorio colombiano, no solamente pueden unirse a la lucha contra la guerrilla de las FARC y el ELN, sino operar sin limitaciones siempre que Washington lo considere necesario.

La indignación de los pueblos de América Latina fue patente en la Conferencia de UNASUR, celebrada en Bariloche, Argentina. Pero no salió nada de este encuentro donde el presidente Lula, conciliador con Uribe, dedicó  más tiempo a criticar a Chávez, Evo Morales y Rafael Correa, que a denunciar la amenaza para América Latina de las nuevas bases militares estadounidenses.

Washington, además del pleno apoyo al gobierno fascista de Álvaro Uribe, tiene como aliado incondicional al gobierno del presidente peruano, Alan García, y confía en que en Chile el candidato de la extrema derecha, el multimillonario Sebastián Piñera, salga elegido presidente el 17 de enero en segunda vuelta. El apoyo de esa troika y las excelentes relaciones que mantiene con Brasil, Argentina y Uruguay, permitirán a Obama, en el ámbito de la nueva estrategia, endurecer su posición con respecto a los gobiernos de Chávez, Morales y Correa.

La ratificación por el Congreso de Brasil de la adhesión de Venezuela al Mercosur fue, entre tanto, un duro golpe a EEUU. Washington no oculta su apoyo a la política económica y financiera de recorte neoliberal del gobierno de Lula que, en lo fundamental, como buen administrador del capitalismo, favorece al gran capital y la agroindustria y no afecta a los intereses de las transnacionales. Sin embargo, Obama no oculta su preocupación por algunas iniciativas adoptadas por el Brasil en el ámbito de la política exterior.

El proyecto de creación del Sucre como moneda que sustituya al dólar en el comercio entre los miembros del Mercosur lo ven -por ejemplo- la Casa Blanca y los banqueros de Wall Street como un desafío intolerable. La profundización de las relaciones entre el Mercosur y la Unión Europea es otro motivo de preocupación para la Administración de Obama.

La nueva estrategia golpista para el Hemisferio fue diseñada precisamente para dar una respuesta global al avance de las fuerzas progresistas en el Sur del Continente. El Departamento de Estado y el Pentágono llegaron a la conclusión de que es urgente detener este avance.

En Washington se descarta por ahora una intervención militar directa en los países que no se someten. Las repercusiones internacionales de una iniciativa de este tipo serían desastrosas para la imagen de EEUU, tan desgastada por sus guerras asiáticas.

Pero sería ingenuo creer que las bases norteamericanas en Colombia no serán utilizadas para una escalada de provocaciones contra Venezuela y otros países de la región. Independientemente del refuerzo de su intervención contra las FARC, la heroica guerrilla-partido calumniada por el imperialismo.

El Departamento de Estado -donde Hillary Clinton lleva a cabo una actividad tan negativa como Condoleeza Rice en la presidencia de Bush- confía sobre todo en el efecto de sus políticas en los países cuyos gobiernos se definen como «enemigos». Espera, gracias a una nueva estrategia, tener éxito en lo que más de cincuenta años de guerra no declarada los EEUU no consiguieron en Cuba. El golpe hondureño, obviamente, no se puede repetir en cualquiera de los países de América del Sur que defienden una alternativa al capitalismo.

Sin embargo, Washington supo sacar lecciones importantes de su éxito.

Destruir desde dentro el régimen venezolano sería, en opinión de los asesores de Obama, el objetivo principal. Hillary también ha aumentado los ataques contra el gobierno de Caracas, consciente de que la Venezuela bolivariana es hoy -como señala el economista francés Remy Herrera- «uno de los frentes antiimperialistas más dinámicos del mundo».

Pero la Revolución Bolivariana está pasando por una fase difícil. La caída de los precios del petróleo ha privado al gobierno de los recursos financieros que eran fundamentales en la batalla contra el analfabetismo, en el suministro de alimentos subvencionados a los más pobres de la población y para el éxito de las misiones que han hecho posible, con la colaboración de más de 20.000 médicos cubanos, prestar asistencia médica a millones de venezolanos que no tenía acceso a ella.

La enorme popularidad del Presidente entre  las masas y la adhesión de éstas a la condena del capitalismo y al proyecto de transición al socialismo como alternativa a la hegemonía del imperialismo, se debió principalmente a la humanización de las condiciones de vida de la mayoría de la población, hundida en la pobreza.

Los efectos de la crisis global del capitalismo al manifestarse en Venezuela -particularmente a través de los precios del petróleo y de una inflación acelerada-  afectan -como era inevitable- a toda estrategia de desarrollo.

El Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) no alcanza su objetivo. Su fundación respondió a una necesidad histórica. Pero el PSUV fue creado apresuradamente por el Presidente, y estructurado de arriba a abajo, con mínima intervención de las masas populares. Resultado: nació infestado de oportunistas. Es significativo que el Partido Comunista de Venezuela y Patria Para Todos, dos organizaciones revolucionarias que han apoyado siempre (y apoyan) a Chávez, no se han disuelto e integrado en el PSUV.

El llamado Socialismo del Siglo XXI pretende ser la ideología que encaminará la Revolución Bolivariana por un socialismo original. Pero aquellos que lo identifican como un «modelo» para América Latina han contribuido sobre todo a sembrar la confusión ideológica. Algunos dirigentes y cuadros del PSUV se muestran más preocupados por criticar el marxismo que por colaborar con el Presidente en el desmantelamiento de los engranajes del Estado venezolano que permanece bajo el control de la burguesía.

Contrariamente a lo que muchos europeos creen, Venezuela sigue siendo un país capitalista en el que las antiguas élites conservan un gran poder económico que les garantiza la propiedad de los medios de producción (tierra, industrias, comercio, etc.), el control parcial de la actividad bancaria y financiera, y de los medios de comunicación social.

Es en este contexto que una oposición poderosa y cada vez más arrogante desafía a Hugo Chávez, consciente de que la supervivencia de la revolución bolivariana está indisolublemente ligada a la persona del Presidente. Las esperanzas de EEUU residen, por eso mismo, en un agravamiento de la situación económica del país que altere la correlación de fuerzas existente.

Las encuestas recientes muestran que la popularidad de Chávez ha disminuido. No pudiendo intervenir militarmente, Washington apoya entre bastidores todas las iniciativas de la oposición para desestabilizar al país, dividir al chavismo, sembrar dudas en las Fuerzas Armadas y debilitar el poder del Presidente.

No se debe subestimar, repito, el peligro que representa la paciente estrategia golpista de la Administración norteamericana con respecto a Venezuela. Washington trata de favorecer al máximo, y fomentar a través de provocaciones externas, el trabajo interno de sabotaje de la Revolución Bolivariana.

BOLIVIA Y ECUADOR

Bolivia es otro objetivo de la nueva estrategia golpista estadounidense. Como en Venezuela, el éxito del proceso revolucionario en curso es inseparable de la acción y el prestigio de su líder. Evo Morales cuenta con el apoyo abrumador de las masas aymaras y quechuas, que constituyen la mayoría de la población. Evo es el primer indio en llegar a la presidencia en América del Sur.

No sólo ha honrado sus compromisos con su pueblo con una radicalización mucho más progresista de sus posiciones, que le llevaron a  tomar medidas revolucionarias generadoras de confrontación con el imperialismo norteamericano y con las transnacionales brasileñas y españolas. Sin embargo, el MAS, que ahora tiene más de dos tercios del Congreso, sigue siendo más un movimiento que un partido. El «socialismo comunitario», una opción boliviana que encaminaría el país al socialismo, refleja las contradicciones del MAS y la influencia de una exacerbación del indigenismo.

En el gobierno, actúan fuerzas que batallan para frenar las transformaciones revolucionarias. El propio vicepresidente de la República, García Linera, es un intelectual, cuya tesis sobre la necesidad de un «capitalismo andino-amazónico» revela su confusión ideológica, expresada como sinónimo de la defensa que hace de las ideas de Toni Negri.

Washington sigue con atención las fragilidades del proceso boliviano. La embajada de EEUU ha participado en conspiraciones contra Evo Morales y los agentes de la inteligencia, la CIA y la DEA, tienen vínculos estrechos con los dirigentes de la oligarquía de Santa Cruz, núcleo del movimiento separatista.

Siendo Bolivia, por la fuerza de la oposición, el eslabón más vulnerable de la troika progresista sudamericana, EEUU no pierde la esperanza de crear una situación de caos en el país, propicia a abrir la puerta al restablecimiento del viejo orden.

CORREA EN LA LISTA NEGRA DE WASHINGTON

Rafael Correa es un reformador anti-neoliberal, pero no se propone encaminar Ecuador al socialismo. Sin embargo, es considerado también por el Pentágono como «enemigo de EEUU» desde el día que declaró que cerraría la base militar de Manta, cuando expirase el Acuerdo que hizo posible su instalación.

La forma en que defendió la soberanía de su país en situaciones de conflicto con transnacionales petrolíferas y bananeras que no le respetaban y las excelentes relaciones que mantiene con Venezuela, Bolivia y Cuba, ha contribuido a empeorar las relaciones de Washington con el joven presidente de Ecuador.

Y la tensión aumentó cuando el gobierno de Quito presentó pruebas de que la base de Manta había cooperado activamente con la Fuerza Aérea Colombiana en la preparación de los bombardeos en territorio de Ecuador del campamento del comandante Raúl Reyes, de las FARC, ataque pirata que provocó entonces el rompimiento de relaciones con el gobierno de Uribe.

La dignidad y la firmeza de Rafael Correa en la defensa de la independencia nacional conquistaron el respeto de su pueblo, pero la agresividad de la derecha oligárquica, apoyada por los EEUU, aconseja cautela en las predicciones sobre el próximo futuro. En la práctica es muy reducido el poder real de un presidente patriota y progresista en un país que a finales del siglo XX se vio obligado por los EEUU a adoptar el dólar como moneda nacional.

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El discurso humanista de Barack Obama no emociona más a la mayoría de los que creyeron las promesas de su campaña. Los actos del presidente de EEUU desmienten sus palabras. Un ciudadano galardonado con el Premio Nobel de la Paz aprueba e incentiva una política que promueve el terrorismo, fomenta el militarismo y ha contribuido a la intensificación y extensión de las guerras libradas por su país en el Oriente Medio y Asia Central.

El actual presupuesto de defensa de los EEUU, de 700.000 millones de dólares, es superior a la suma de todos los demás presupuestos militares del mundo. En cuanto a América Latina, el compromiso con una nueva política es negado por la realidad. La nueva estrategia intervencionista de la Casa Blanca para el Sur del Hemisferio es más intervencionista y peligrosa que la de George Bush.

De Río Grande a la Patagonia, los pueblos comienzan a tomar conciencia de esa amenaza. Los objetivos prioritarios son la Venezuela Bolivariana y Bolivia. Grandes luchas contra el imperialismo de EEUU se perfilan en el horizonte.

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