Partido Revolucionario de los Comunistas de Canarias

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Toda la solidaridad con el pueblo de Haití. ¡No a la intervención militar!

In Actualidad, Comunicado on 29 enero, 2010 at 18:00

Comisión Política del Partido Comunista Brasileiro (PCB)


¡EL TERREMOTO EN HAITÍ NO PUEDE SER TRATADO COMO UNA OPORTUNIDAD DE NEGOCIOS!

El cuadro dramático de la devastación y el dolor, con miles de muertos, heridos y desplazados como consecuencia del terremoto ocurrido en Haití, supuso una gran conmoción para todos los pueblos. Haití, uno de los países más pobres del mundo, con tasas muy altas de desempleo y analfabetismo, no tiene recursos propios suficientes para hacer frente a la situación -no hay médicos, ni equipos de rescate; faltan alimentos y agua, y el gobierno está trabajando en una tienda campaña-.

Este cuadro de miseria proviene de una historia marcada por un violento proceso de expolio de sus riquezas y de su pueblo, promovido por la colonización europea y por EEUU. Colonizada inicialmente por España, el país tenía su población nativa aniquilada o esclavizada. Su territorio fue cedido a Francia en 1697.

Haití ha pagado el precio de haber sido el escenario de la única revolución exitosa de esclavos en la historia del mundo que, victoriosa en 1794, liberó al país de la colonización francesa y abolió la esclavitud. El «pecado» de la rebelión original fue luego corregido por las fuerzas de la reacción: después de algunos años de un gobierno libre, Francia volvería a dominar el país siendo derrotada, en 1803, por un ejército popular. Los países esclavistas europeos y EEUU no tolerarían la audacia e impusieron un bloqueo económico al país durante cerca de 60 años, sólo levantado cuando el gobierno de Haití acordó -bajo intensa presión militar- pagar una indemnización a Francia de 150 millones de francos, que causaron el casi agotamiento de su economía.

Muchos presidentes de Haití fueron depuestos o asesinados, y EEUU ocupó militarmente el país entre 1915 y 1934, saliendo sólo cuando el control de las aduanas del país permitió el pago de las deudas que éste tenía con el City Bank, y promovió un cambio constitucional que pasó a permitir la venta de terrenos y plantaciones a los extranjeros. En 1957, François Duvalier –Papá Doc– fue elegido, con el apoyo de EEUU y las élites locales, pasando a imponer una brutal dictadura, que tendría continuación, después de su muerte, con el ascenso al poder de su propio hijo, Jean-Claude Baby Doc, que seguiría gobernando hasta 1986. Sólo en 1990 se celebraron nuevas elecciones en el país, ganadas por el padre Jean Bertrand Aristide quien, a su vez, fue derrocado pocos años más tarde por un golpe militar.

Haití es un ejemplo inequívoco de la supervivencia de la dominación colonial y la política de dominación de EEUU sobre su «patio trasero» en alianza con la burguesía local. El país produce cierta cantidad de caña de azúcar, café y cacao, y algunos otros productos agrícolas y pesqueros, y explota una serie de complejos turísticos de lujo (que siguen operando como si no hubiera habido un terremoto). Es un país de grandes contrastes: por un lado una burguesía adinerada, que posee tierras y hoteles, y por el otro, los desempleados, los trabajadores en precario, miseria por todas partes. El Estado haitiano, frágil en infraestructuras, en salud, en libertades democráticas, es fuerte en la represión y en atender los intereses de la clase dominante. Por su origen de país de esclavos liberados, la idea de un Haití libre y soberano, no es tolerada, incluso hoy, por las élites capitalistas mundiales.

En 2004 llegó a Haití una denominada misión de paz de la ONU, la MINUSTAH, en nombre de la estabilización y la seguridad del país. Las tropas de la MINUSTAH, con unos 8 mil soldados, bajo el mando del Ejército brasileño, han estado concentrando sus acciones en la represión de los movimientos sociales locales y de las movilizaciones políticas populares, en una especie de «imperialismo subcontratado» que, contrariamente a lo que se propaga para justificar una fuerte presencia militar en el país, mantiene los altos niveles de pobreza y la desigualdad social existente en Haití. Ningún hospital o escuela fueron construidos durante estos seis años de ocupación.

La presencia de la MINUSTAH sólo acentúa el estado de nación bajo un estado permanente de intervención externa. Los términos de la misión de mantenimiento de la paz de la ONU definen que el presupuesto de la MINUSTAH sólo se puede gastar en los esfuerzos para mantener el orden público y seguridad interior. En junio de 2009, las manifestaciones populares en apoyo de un proyecto de ley presentado en la Cámara de Representantes y el Senado para reajustar el salario mínimo, fueron severamente reprimidas por las tropas de la MINUSTAH.

Con un papel tan limitado, el gobierno y las tropas brasileñas, además de utilizar la misión en Haití para tratar de obtener un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU, también hacen que el país, en las palabras de un coronel Brabatt (batallón brasileño de la MINUSTAH), “un laboratorio para que los militares brasileños aprendan a contener una posible rebelión en las favelas cariocas”.

Recientemente, tropas de la ONU fueron atropelladas por una verdadera invasión militar norteamericana, con más de 10 mil soldados, incluyendo 2 mil marines, con la supuesta misión de ayudar a los supervivientes del terremoto y auxiliar en el esfuerzo de reconstrucción en el país.

Es evidente, sin embargo, que otros objetivos se esconden detrás de la pretendida ayuda «humanitaria» internacional.

El primero de ellos es tratar de destruir toda capacidad los haitianos para autogobernarse, para lo que se trató de impedir que el Estado haitiano hiciera lo que todo Estado hace, ejecutando políticas públicas con los fondos disponibles, ya sean internos obtenidos con la recaudación de impuestos, o provenientes de donaciones o préstamos internacionales. Desde 2001, por presiones de Estados Unidos, los fondos de ayuda internacional son dirigidos prioritariamente a las acciones de las ONG, que han pasado a reemplazar a las obligaciones del Estado haitiano. El país no cuenta con fuerzas armadas y las funciones de policía son raquíticas.

Otro objetivo evidente es que Haití, en la visión de los capitalistas internacionales, se debe utilizar para una reproducción más intensa del capital internacional, en vista de la precariedad de sus leyes laborales, la alta tasa de explotación y el bajo valor de los salarios. Es lo que hicieron los Estados Unidos, que impusieron en Haití su arroz, que cuenta con fuertes subsidios internos, llevando a la ruina de los pequeños agricultores del país. Además, durante la dictadura de Baby Doc, obligó a Haití a eliminar todos los cerdos del país, acusándolos de estar infectado por la fiebre africana, entre otros ejemplos, haciendo insoportable la vida en el campo y provocando un enorme éxodo rural, cuyas consecuencias fueron el aumento de las chabolas y la pobreza en el país. Empresa “maquiladoras”, principalmente de ropa deportiva (Nike, Adidas, Reebok), establecidas en Haití, también se aprovechan de una mano de obra baratísima y sin derecho a organización sindical.

Intereses económicos de los grupos capitalistas brasileños están también detrás de la presencia de Brasil en la “misión de paz” de la ONU en Haití. Además de la OEA, que ganó una licitación de 145 millones de dólares para construir una carretera, Coteminas, la mayor empresa de cama, mesa y baño del mundo, y cuyo propietario es el vicepresidente José Alencar, está negociando con las autoridades de la MINUSTAH la instalación de una planta en el país. Su producción sería exportada a Estados Unidos, con el que Haití tiene un acuerdo de libre comercio. Es el mejor de los mundos para cualquier capitalista: la explotación más desenfrenada está garantizada por la fuerza de las armas, todo en nombre de la reconstrucción del país.

La devastación causada por el terremoto, al postrar aún más al pueblo haitiano, fue una señal para que los gobiernos imperialistas ampliaran su presencia militar. El gobierno de Estados Unidos, además de enviar tropas, militarizó la costa haitiana enviando modernos buques de guerra y ocupó el aeropuerto de Puerto Príncipe, causando dificultades al aterrizaje de los aviones con ayuda humanitaria. Debe ser elogiada la postura de Cuba, que envió 300 médicos y alimentos, sin ninguna fuerza militar añadida.

La súbita presencia de las tropas de EEUU en Haití también debe ser vista como parte de la estrategia yanqui para ampliar el cerco militar a Cuba y Venezuela. El gobierno de Lula sigue el mismo camino, apoyando los intereses de grupos empresariales brasileños y haciendo el papel de potencia regional –aliada directa, en este caso, los EEUU– para anotarse un tanto más en la búsqueda de un puesto permanente en Consejo de Seguridad de la ONU.

La solución de los problemas haitianos, incluidos los causados por el terremoto, comienza con la garantía del respeto a su soberanía. Todas las tropas extranjeras deben abandonar el país. Primero deben salir las tropas norteamericanas, que no tienen el mandato de la ONU. Para que el país supere la situación cercana a la miseria en la que vive –incluso antes del terremoto– nuevas medidas deben ser adoptadas, tales como el mantenimiento de un volumen fijo de recursos obtenidos mediante un impuesto al flujo financiero internacional, para apoyar el desarrollo económico y social el país, la cancelación de su deuda externa y la asistencia técnica para reiniciar la producción agrícola e industrial, sin ningún tipo de contrapartida.

Por último, hay que garantizar el ejercicio pleno de las libertades democráticas para que la mayoría de los haitianos puedan decidir sobre su destino, con la celebración de nuevas elecciones sin ningún tipo de coacción.


Enero 2010

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Y la Independencia ¿para qué?

In Opinión on 29 enero, 2010 at 0:01

COLABORACIÓN


Julio César de Cisneros

En 1920, y como miembro de la Comisión Ejecutiva del PSOE, Fernando de los Ríos viajó a la URSS a estudiar la posibilidad de que su partido se afiliase a la Internacional Comunista. Allí se vio con Lenin. Parece ser que preguntó a Lenin: “¿y la Libertad?” A lo que Lenin contestó: “Libertad, ¿para qué?” Esta pregunta marcó un hito histórico, una fractura entre socialistas y comunistas. Entre partidarios de la Libertad y la de los del ¿para qué?

En 1985 visité como turista a la antigua Unión Soviética. En la plaza Gorki, me dirigí a un joven rubio y de ojos azules que llevaba una lata de aceitunas españolas en una mano y se me ocurrió preguntarle, en mi inglés, sobre dónde estaba la librería Progreso. Él, muy amablemente y en un inglés envidiable, me indicó el modo de llegar hasta la librería. Acto seguido, me preguntó que de dónde era y así comenzamos a hablar sobre casi todo: de cómo se sentía marginado porque en su pasaporte constaba que era judío en vez de soviético, de cuando había servido casi dos años en el ejército, de cómo era su pequeño apartamento, de la imagen política de Gorbachov, etc.

Llegamos, a la sazón, al punto donde yo le dije que los comunistas en España habíamos luchado por la libertad y la Democracia. En un intento de conocer más cosas sobre las libertades civiles en la URSS, se me ocurrió presentar el tema con una afirmación. Algo así como que allí no había libertad; recuerdo que fue un planteamiento bastante genérico. Inmediatamente me contestó: “Libertad, ¿para qué?”

Él no conocía la anécdota de nuestro socialista Fernando de los Ríos pero en ese instante yo si entendí el significado de la respuesta de Lenin, que tan cismáticamente se nos había presentado siempre. Cuando pensamos con términos genéricos solemos llegar, fácilmente, a posicionamientos de principios, por ejemplo, si hablamos de derechos civiles enseguida nos ubicamos en el terreno de los principios democráticos. Este terreno es muy cómodo para quien tenga interés en redactar una Constitución o cuando quiere referirse a algún tipo de ideario general, recurso muy utilizado por los políticos cuando quieren ser diplomáticos, convenientemente ambiguos o escurridizos. También suele ser un terreno donde se quiere dar un contenido ideológico al discurso, esto es, cuando se pretende abarcar bajo esas expresiones las posiciones más amplias y menos comprometidas con lo concreto.

Pero el problema para quien quiere llevar a la práctica esos principios genéricos no puede ser la ambigüedad. Llega un momento en el que tienes que resolver en qué aspectos específicos, hasta qué límites, con qué recursos, qué procedimiento te permitirá hacer tangible un principio general como la Libertad o la Independencia.

Para el pensamiento marxista, la Libertad o la Independencia tienen relación con condiciones reales de existencia, tienen que ser posibles material y físicamente. Su contenido se explica por dichas condiciones reales, ellas son las que delimitan su práctica. Por tanto, la pregunta de quién quiere poner en práctica los principios generales no puede ser otra que ¿para qué?

Los ambiguos, los escurridizos, cuando les señalas el objeto concreto se quedan anclados en las formas, en las maneras de decir las cosas; no muestran una disposición práctica, no fijan su espíritu en la práctica concreta, sino que se deslizan en lo superficial.

Mao tenía una frase para esta circunstancia: “Cuando se señala a la Luna, los tontos miran el dedo”.


(*) Julio César de Cisneros es Doctor en Ciencias Políticas, Relaciones Internacionales y Estudios Africanos