Partido Revolucionario de los Comunistas de Canarias

Luisa Cáceres de Arismendi, paladín de la libertad

In Cultura, Historia on 28 octubre, 2010 at 0:01

victor1COLABORACIÓN


Víctor J. Rodríguez Calderón

Doscientos años de la lucha por la liberación latinoamericana y del caribe y aun cuando más de una biografía intente reparar de alguna manera el olvido al que se condenó la participación de las mujeres en estas luchas históricas revolucionarias, pero lo cierto es que ellas estuvieron allí, no sólo como excepción, sino como motores de una línea de acción, incluso más radical que la de sus compañeros.

Dar la vida por la patria, es la hazaña mas grande, mas inmensa y humana que una mujer pueda sentir, llevar en su sangre, mantener en su corazón.

Los varones, por supuesto, fueron los abanderados indiscutibles de la gesta independentista para la historia. Las Hembras, en todo caso, participaban sin nombre propio, cosiendo banderas, bordando uniformes, de correos, o arrojando aceite caliente desde las azoteas cuando las tropas reales se abalanzaban contra la insurgencia criolla.

Sin embargo, aunque pocos lo han visto, por ese entonces, desde 1810 La Isla de Margarita se adhiere al gobierno central independentista. Es el bastión histórico que nos enseña que fue la última en caer y la primera en renacer de las cenizas. La capitulación del héroe Miranda la arroja de nueva al vasallaje colonial. Pascual Martínez, el gobernador español, la somete a todo género de ensañamientos. Esta es la época, entonces, cuando Juan Bautista Arismendi se guarece en las montañas y desde allí inicia la lucha completamente solo. El tirano español logra secuestrarle a dos de sus hijos pequeños y le da setenta y dos horas para que deponga las armas y se entregue, Arismendi viendo que su lucha era en vano, que no contaba con apoyo ni menos con logística, decide entregarse para salvar a sus dos pequeños. Perdió, entonces libertad, bienes esposa y hasta los propios hijos, que quedaron huérfanos y abandonados. Pero aun dentro de la propia fortaleza de Pampatar, en cuyas mazmorras estuvo aprisionado, no descansó su cerebro para levantar al pueblo en armas.

Para ese momento los patriotas Mariño, Piar, y Bermúdez, desde el islote de Chacachacare invaden la península de Paria en el oriente venezolano, llegando hasta Maturín y rechazan allí las huestes de Monteverde. El 3 de Junio de 1813 estalla la insurrección armada en Margarita, simultáneamente con el alzamiento externo del pueblo, bajo el mando de Rafael Guevara, el movimiento tiene un triunfo rotundo y arrincona al tirano gobernador Martínez en el mismo castillo de Pampatar, Arismendi es rescatado y proclamado gobernador de la isla. La guerra es a muerte. A las atrocidades de Monteverde, Zuazola, Antoñanzas y Cerveris, la revolución le responde con medidas ejemplares, Pascual Martínez y sus compinches son pasados por las Armas. Margarita se declara isla libre y comienza a prestar su solidaridad material con el resto de la república aherrojada. Arismendi deja a Maneiro responsable de la isla y viaja a Caracas para dar cuenta al Libertador. A poco tiempo cae la segunda república, e incluso Maturín que se había hecho imbatible es tomada por los españoles, no sin antes cobrar en la vida de Boves tan desastrosa derrota. Margarita pasa a ser refugio de la libertad. Morales lucha intentando aprenderla. En ese momento justamente arriba Morillo a nuestras costas con toda su enorme expedición enviada para someter a toda América. Y he aquí que a la vanguardia de ella, Margarita, con Arismendi a la cabeza, se apresta a darle batalla.

Los españoles tienen toda la táctica ya realizada para asaltarla, para ello cuentan con setenta y cinco buques, treinta barcos, tres fragatas y un navío que forman la escuadra real. Un total de 15.000 hombres, incluyendo la marinería. Morales en tierra firme reúne 5.000 y disponía de veintidós naves para ejecutar la invasión. El primer acuerdo es someter a como de lugar a Arismendi para que caiga la Asunción la cual el patriota la había convertido en impenetrable. La fuerza de los isleños solo cuenta con 400 hombres, pero con un espíritu de libertad y odio al opresor irredimible. ¿Combatir a la invasión no es una empresa de locos?

Comienza el debate entre los patriotas, unos apoyan a su líder de enfrentarlos, que prácticamente es un suicidio, pero prefieren morir todos antes que rendirse, otros hablan de una estrategia de rendirse, meterse en la entrañas del enemigo para luego levantarse. Arismendi acepta ésta última y es así como Morillo puede desembarcar el 9 de Abril, con la promesa que no habría represalias. En parte esto se cumple con el nombramiento de Antonio Herrais como gobernador de la isla. Los patriotas mantienen su libertad dentro de la isla, situación que es aprovechada por Arismendi para preparar de nuevo la insurgencia. Morillo viaja a la nueva Granada y deja a Moxó al comando en Venezuela, este inmediatamente depone a Herrais y en su lugar nombra a Joaquín Urreiztetia, quien de inmediato comienza una persecución implacable contra Arismendi y todo lo que le huela a revolucionario. Arismendi precavido regresa a las montañas con varios compañeros, perseguidos en el Copey, el pequeño grupo revolucionario inicia de nuevo su guerra de guerrillas contra el opresor.

Estrategia que de perseguidos pone a retroceder al enemigo, es entonces cuando la furia de la impotencia conduce a Urreiztetia a una burda felonía: apresa a la nueva joven esposa de Arismendi, quien se encontraba en estado de gravidez, sepultándola en las celdas del castillo de Santa Rosa y hace saber al líder que si no se entrega y depone las armas perderá a su mujer y a su futuro hijo. Esta vez Arismendi se sacrifica y no lo hace, al contrario acelera la lucha y fija para el 15 de noviembre el levantamiento de todo el pueblo de la isla bajo la consigna histórica de “LIBERTAD O MUERTE” pero antes de que llegue la fecha, los realistas pasan a la ofensiva al descubrir algunos planes, asesinando y haciendo prisioneros a algunos ciudadanos. Esa misma noche Arismendi con treinta hombres, apenas tres fusiles y ciento veinte cartuchos, asalta el fuerte de Juan Griego aniquilando a sus defensores. Al otro día toda la isla festeja la victoria y el pueblo se incorpora a la lucha, Urreiztetia encolerizado ordena pasar a cuchillo todos los presos del Castillo y que sean mostrados en las playas. Con novecientos hombres los españoles marchan a recuperar el norte de la isla. En los cerros de El Vigía y España los espera Arismendi, los detiene. El próximo ataque será al Castillo de Santa Rosa, para rescatar a su esposa. Pero, antes un nuevo combate lo lleva a otro triunfo donde el líder logra hacer prisioneros a varios jefes españoles entre ellos al comandante Cobián, de la fortaleza de Santa Rosa y donde se refugia el gobernador, por lo cual el jefe realista Joaquín Urreiztieta propone a Arismendi canjear esos prisioneros por su esposa, tal ofrecimiento no es aceptado y el emisario recibe por respuesta: «Diga al jefe español que sin patria no quiero esposa». A partir de aquel momento empeoran las condiciones del cautiverio y se desvanece la posibilidad de libertad al fracasar los patriotas en un intento de asalto de la fortaleza. Habiendo trascurrido un mes desde su prisión oye una noche una gran alarma y se da cuenta de que se prepara un asalto al cuartel. La lisonjea la esperanza de un triunfo de los suyos pero al amanecer, cuando todo está en calma, sólo oye los lamentos de los moribundos y de los heridos de la refriega. Horas más tarde los soldados la sacan de su prisión para pasearla sobre la explanada del cuartel, donde han sido fusilados los infelices prisioneros. Luisa, ante este macabro espectáculo, le grita al gobernador “jamás lograreis de mi que le aconseje faltar a sus deberes, llevadme y sacrificadme a mi también”, pero estaba equivocada: el objeto de sus verdugos era que se paseara por sobre los cadáveres de los patriotas fusilados, que caminara por sobre aquellos cuerpos sin vida que habían tenido la osadía de querer libertarla. La sangre derramada va a desembocar en el aljibe de la prisión y a Luisa la obligan a calmar su sed con aquella agua putrefacta y pestilente mezclada con la sangre de los suyos.

El 26 de enero de 1816, Luisa da a luz un niño que muere al nacer dadas las condiciones del parto y del calabozo en el cual se encontraba prisionera. El bebe es arrojado a los profundos fosos pestilentes del castillo. El gobernador escribe a Moxó “…que la señora de Arismendi había dado a luz en su prisión un nuevo monstruo, y que convendría decapitarla por haber su marido hecho matar a los prisioneros españoles…, se debería privar de la vida a todas las mujeres y niños de la isla, ya que los patriotas se servían de ellos y de ellas para comunicarse con Pampatar”.

Salvador Moxó ordena que Luisa sea trasladada a otra prisión, mientras que Arismendi es intimidado: “que el primer tiro que de nuevo disparase, pasarían por las armas a la prisionera”, al saberlo Luisa, nuevamente le responde al gobernador: “Mátenme asesinos, mi marido sabrá vengar mi muerte”.

Los brigadieres Juan Bautista Pardo y Salvador Moxó ordenan que se traslade a la detenida al fortín de Pampatar donde permanece algunos días, luego es trasladada a la prisión de La Guaira y posteriormente al convento de la Inmaculada Concepción en Caracas, donde ingresa como prisionera el 22 de marzo de 1816. Durante todo este tiempo se le mantiene incomunicada y sin noticias de sus familiares. Los triunfos de las fuerzas republicanas comandadas por Arismendi en Margarita y por el general José Antonio Páez en Apure determinaron que el brigadier Moxó ordenara el traslado de Luisa a Cádiz, por tal razón es llevada de nuevo a la prisión de La Guaira el 24 de noviembre de 1816 y embarcada el 3 de diciembre. En alta mar son atacados por un buque corsario que se apodera de todo el cargamento y los pasajeros son abandonados en la isla de Santa María en las Azores.

Luisa Cáceres de Arismendi ha pasado a ser un símbolo de la mujer revolucionaria. Ella demostró que las mujeres jugaron roles cruciales en cada uno de los procesos socio-políticos de nuestra historia. Muchas veces forzaron los límites de los cánones de su época que veía sus valientes acciones en el frente de batalla como “poco comunes para las de su sexo”. La misma sociedad machista no las dejaba ocupar lugares. Por eso aparecen tan pocas. La historia de Luisa está cimentada sobre héroes y heroínas hechas para la libertad y la justicia.


(*) El venezolano Víctor Rodríguez Calderón es politólogo, periodista, escritor, poeta, director de empresas y experto en Planeación de Organizaciones. Recomendamos su blog El Victoriano.


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