Partido Revolucionario de los Comunistas de Canarias

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Los mercados financieros, con apenas mover una ceja, reciben todo lo que quieren: garantías europeas para la deuda irlandesa. Nada de ello ayuda demasiado al euro.

In Actualidad, Economía on 10 diciembre, 2010 at 0:01

Michael R. Krätke

Después de varios días de disputas, el gobierno irlandés ha pedido finalmente refugio bajo el «paraguas de salvación». Éste fue inmediatamente garantizado: 85 mil millones de euros fluyeron de inmediato con destino a Dublín. Como compensación, el estado irlandés debe, hasta el 2015, ahorrar 15 mil millones de euros, y, después de tres años de recesión, someter a su propia economía a una mayor y más rigurosa jibarización. «¿Por qué ahora, por qué tan rápido?», cabe preguntarse. A pesar de los masivos ataques especulativos a la deuda pública irlandesa, hasta la fecha se negocian intereses para bonos a diez años en torno al ocho por ciento, un valor mucho más bajo que el buen 12% que paga Grecia en estos momentos. Esto es, las deudas del Estado orlandés están financiadas para los próximos tiempos; hasta julio de 2011 no hay necesidad de mayor refinanciación.Toda la agitación de estos pasados días hubiera resultado tal vez apropiada en el momento en que el Estado irlandés tenga que acudir de nuevo a los mercados primarios de préstamos el próximo verano, pero ahora mismo, y a diferencia de Grecia en abril de 2010, no se enfrenta a la insolvencia.

RESCATADORES DE LO PROPIO

Uno de los actores principales de este espectáculo es el Banco Central Europeo (BCE), de cuyas transfusiones dependen los más importantes grandes bancos irlandeses desde hace meses. Dio 130 mil millones de euros en créditos de urgencia hasta finales de octubre para evitar insolvencias. De hecho, las entidades receptoras en cuestión están desde hace mucho en bancarrota, porque durante el boom inmobiliario y de la construcción arriesgaron demasiado en la verde isla. Sin el BCE, no bastaría el 32% de reendeudamiento del Estado irlandés en el presente año para salvar a las entidades bancarias propias, porque porque los inversores y los acreedores de éstas están huyendo.

Pero la crisis bancaria no es sino una parte de la verdad de la enfermedad declarada. Estudiante modelo de los dogmas neoliberales, el Estado irlandés llevó al extremo el dogma de los bajos impuestos y los recortes del gasto público. Consecuencia: el gasto público irlandés representa 35% del producto interior bruto (PIB), muy por debajo del nivel medio europeo (includo del británico). Y en una situación de crisis, la baja presión fiscal se venga siempre. Los ingresos fiscales se siguen hundiendo con el pinchazo de la burbuja inmobiliaria; tanto, que el gobierno, desde finales de 2008, ha debido aprobar cinco paquetes de ahorro por un volumen total de 14’6 mil millones de euros, con lo que se consiguió sobre todo estimular la recesión.

Pero tampoco esto agota la explicación del celo del gobierno alemán a la hora de liquidar la crisis del euro cueste lo que cueste. Con 4’5 millones de habitantes, Irlanda es un país pequeño: su contribución económica a la Unión Europea es, con su 1’8%, inferior a la de Grecia (2’6). Una bancarrota irlandesa no puede poner incondicionalmente en peligro al euro. Lo que preocupa es otra cosa: es el hecho de que el 84% de las deudas están contraídas entidades extranjeras: británicas (150 mil millones de euros); alemanas (140); francesas (50) y belgas (54). Es decir, que los acreedores de los irlandeses son sobre todo bancos, aseguradoras y fondos de inversión europeos. Quien rescata a Irlanda lo que quiere es el rescate del propio capital financiero. Con la vista puesta en las próximas rondas de refinanciación de bancos privados y de estados miembros de la UE (se necesitarán al menos 900 mil millones de euros en 2011), lo que quieren lso países centrales es mantener bajos sus costes: la próxima recesión está a la vista. Para eso necesitan tranquilidad y orden en los mercados inancieros; nada de turbulencias. Así pues, han conseguido lo que querían: una garantía europea para las deudas irlandesas.

TORPE DILETANTISMO

Pero tampoco esta operación logrará impedir los ataques a los bonos portugueses y españoles. Todo el mundo sabe que 750 mil millones de euros no alcanzan para cubrir las deudas de los bancos y de los Estados de la eurozona. En principio fue una buena idea que participasen en los costes de la crisis no sólo los contribuyentes, sino también los acreedores privados. Por desgracia estas intenciones fueron retrasadas con un torpe dilentatismo, muy del estilo de la canciller Merkel. Por unos momentos, al romper la eurocrisis hace seis meses, lo impensable pareción pensable: la idea de un gravámen bancario o de un impuesto a las transacciones financieras, la idea de unos eurobonos emitidos y respaldados conjuntamente por todos los países europeos. Nada hubiera sido más fácil que llevar el caso griego o el caso irlandés ante el Club de Londres y renegociarlo allí: la eurocrisis se habría evaporado al instante.

Que nada de eso haya llegado a realizarse tiene mucho que ver con el hecho de que populistas de la laya de Merkel y el Partido Liberal alemán (FDP) hayan caído en el funambulismo: tienen pánico de los señres delos mercados financieros y tienen pánico de la cólera de los ciudadanos contribuyentes. Así pues, se moraliza mientras aguante el cuerpo, y se anuncian frenos a las deudas, cotas a la capacidad de endeudamiento y severas penitencias para los pecadores. Y se usa el pesado peso económico de Alemania para ordenar por doquiera, a todos los países de la UE, el mismo tipo de política económica de austeridad y ahorro.

Lo cierto es que la economía exportadora alemana no ha consguido aprovechar de las euroturbulencias de comienzos del presente año. Esa economía exportadora tiene ahora que desesperarse con las medidas de deflación impuestas a eurolandia por exigencia alemana. Los egoistas rescatadores de Irlanda no conseguirán de los señores de los mercados lo que de ellos esperan. Y cuando suene la hora de las próximas rondas de refinanciación, los ministros de finanzas de la UE conseguirán muy poco con gestos obsequiosos, por grandes y generosos que éstos sean.


(*) Michael R. Krätke, es miembro del Consejo Editorial de SinPermiso, profesor de política económica y derecho fiscal en la Universidad de Ámsterdam, investigador asociado al Instituto Internacional de Historia Social de esa misma ciudad y catedrático de economía política y director del Instituto de Estudios Superiores de la Universidad de Lancaster.


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No a los mercados financieros

In Actualidad, Economía on 10 diciembre, 2010 at 0:00

Vicenç Navarro


El debate existente en la Eurozona sobre cómo responder a los mercados financieros se limita a dos alternativas, y las dos aceptan que sean los mercados financieros los que determinen el valor de la deuda soberana. Las dos asumen que el problema que los estados tienen para conseguir dinero se debe a la dificultad que experimentan en vender sus bonos a estos mercados, los cuales exigen intereses cada vez más elevados que pueden llegar a ser insostenibles.

Ante esta situación, la alternativa liderada por la canciller Angela Merkel y el presidente Nicolas Sarkozy considera que tales mercados financieros debieran actuar como auténticos mercados, es decir, que aceptaran la existencia de riesgos. Los bancos y hedge funds que compran deuda pública deberían absorber los costes que puedan derivarse de la imposibilidad de que los estados puedan pagar los intereses y entren en bancarrota. Si un inversor se arriesga, tiene que aceptar que las pérdidas son parte de la lógica del mercado, una lógica impecable y, además, popular. La gran mayoría de la población considera justo que, si hay pérdidas, los bancos acepten absorber parte de estas pérdidas.

La otra alternativa, defendida por el presidente Zapatero en España y el primer ministro Papandreu en Grecia, está en contra, pues indica que si los bancos ven un riesgo de perder dinero en su compra de bonos van a exigir unos intereses incluso más altos de los que están exigiendo a fin de compensar el riesgo al que la primera alternativa les somete. Ambos mandatarios temen que vayan a tener que pagar intereses a los bancos incluso más elevados que hasta ahora, haciendo la venta de su deuda incluso más costosa. Su postura, pues, es también lógica.

El problema con ambas alternativas es que las dos excluyen la solución que históricamente ha sido más exitosa y que consiste en dar mayor protagonismo al Estado y a las instituciones públicas a nivel de la Unión Europea. En lugar de que sean los mercados financieros los mayores compradores (y especuladores) de la deuda soberana, deberían ser las propias autoridades públicas las que la compren. Un banco central digno de su nombre, lo que debe hacer, además de controlar la inflación de su país, es facilitar el crecimiento económico, sobre todo en momentos de recesión, como el actual. Esto lo hace, entre otras medidas, a base de crear dinero. Un banco central tiene una imprenta donde se imprime dinero; puede imprimir tanto como quiera y, con ello, comprar al Estado la deuda pública al interés que defina, revirtiendo los intereses al propio Estado. Esto es lo que hace la Federal Reserve Board (FRB, el Banco Central Estadounidense). El FRB acaba de imprimir 600.000 millones de dólares para comprar deuda pública y permitir mayor gasto público, y así estimular la economía estadounidense.

Es cierto que hay riesgos de que un banco central imprima demasiado dinero. Uno es que al haber tanto dinero el precio de la moneda baje y se devalúe. Pero esto, más que un problema, ahora sería una ventaja, pues no le iría mal a EEUU o a la Eurozona que el valor del dólar o del euro descendiera, pues con ello podrían facilitar las exportaciones de sus productos. El otro riesgo de imprimir mucho dinero es que al existir tanta moneda en el mercado aumente la inflación. Pero, en este momento, el problema existente en EEUU y en la Unión Europea es precisamente el opuesto, es decir, el de la deflación.

La pregunta que se hará el lector es: ¿por qué no hace lo mismo el Banco Central Europeo (BCE)? La causa es que la banca alemana tiene mucho poder y, como condición de permitir que el marco fuera substituido por el euro, puso una serie de condiciones. Una de ellas es que el BCE tendría como objetivo primordial controlar la inflación. De ahí que no fuera muy favorable a tener un elevado crecimiento económico que pudiera generar inflación. La inflación es siempre el enemigo número uno de los bancos, pues el valor del dinero desciende si la inflación aumenta. Ello explica que la banca alemana pusiera como condición el requisito de que a los países de la Eurozona no se les permitiera tener un déficit del Estado mayor que el 3% del PIB. Esto ralentizó el crecimiento económico. A partir de entonces, la tasa de crecimiento económico de la UE ha sido menor que la de EEUU, que no tiene tal requisito. En realidad, EEUU no hubiera sido aceptado en la UE porque el promedio de su déficit históricamente ha sido mayor que el 3% del PIB.

Y otra condición que puso la banca alemana es que el BCE no pudiera comprar deuda pública a los estados. Sometía así a los estados a una austeridad continua en la que ninguno de ellos podía imprimir moneda ni tener asegurada una venta de su deuda a su banco central, ni siquiera a unos intereses fijos. Lo tenía que conseguir en el mercado, y ahí está la raíz del problema. Los estados se tenían que someter a la disciplina de los mercados en lugar de, como debiera haber sido, que fueran los mercados los que estuvieran sometidos a la disciplina de las autoridades públicas. Por un momento pareció que algo iba a cambiar al entrar la Eurozona en profunda crisis a partir de 2007. Y el BCE comenzó incluso a comprar deuda pública de Grecia (nunca ha comprado deuda española), pero la banca alemana protestó, por lo que ahora lo hace con cuentagotas. No ha asumido un rol como el de la FRB. Y ahí está el problema.

El dinero que utiliza el BCE es público. Este dinero se utiliza para ayudar a los bancos, prestando además dinero a los estados para que puedan pagar sus deudas a los bancos. Si en lugar de ello este dinero se hubiera utilizado en garantizar el crédito a través del establecimiento de bancas públicas, exigiendo además que el BCE comprara deuda de los estados, la Eurozona no tendría el problema que tiene.


(*) Vicenç Navarro es catedrático de Políticas Públicas de la Universidad Pompeu Fabra y profesor de Public Policy en The Johns Hopkins University.