Partido Revolucionario de los Comunistas de Canarias

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El gobierno autonómico raciona medicamentos, gasas, guantes, jabón y hasta papel higiénico en la sanidad pública canaria

In Actualidad on 14 diciembre, 2010 at 0:01

MIENTRAS CRECE EL DINERO QUE SE DESTINA A LAS CORPORACIONES DE LA MEDICINA PRIVADA

El decreto del gobierno de la Comunidad Autónoma Canaria (CAC) que ha adelantado el cierre del Presupuesto 2010 e impide asumir gastos hasta enero para, supuestamente, ahorrar 250 millones de euros, ha provocado en los centros de salud y en los hospitales públicos empiece a faltar material básico, desde medicinas hasta guantes y gasas, pasando por jabón y papel higiénico.

Después de mes y medio, los trabajadores sanitarios de los centros públicos se quejan de que, si bien no se les ha comunicado nada por escrito, en muchos centros de salud y especialidades hospitalarias se les ha advertido de la necesidad de que se utilice el material disponible «sólo en aquellos casos en los que sea estrictamente necesario para garantizar que llegue hasta final de año».

En muchos centros de salud la dirección ha distribuido entre todo el personal médico y de enfermería «las cajas de guantes, que tienen que durar hasta final de mes».

Este tipo de reparto no sólo afecta al material propiamente sanitario, sino también al de uso personal de los profesionales. Por ejemplo, hay centros donde se ha acabado el papel absorbente con el que se secan las manos los trabajadores sanitarios tras lavarlas antes y después de observar a algún paciente. Se les ha dicho que no hay más y que no se puede comprar, que lo compren los propios trabajadores de su bolsillo. También escasea o falta papel higiénico, y el jabón antiséptico está ya próximo a terminarse.

Justamente la solución alcohólica que recomienda el Gobierno de Canarias dentro de su plan de higiene del personal sanitario para conseguir una mayor desinfección, ya se ha acabado en al menos cinco centros de salud y no ha sido repuesta ni sustituida por ningún otro jabón antiséptico. En algunos casos se ha sustituido por jabones corrientes de marca blanca de alguna gran superficie. Esa mala calidad se nota también en los guantes, que cada vez se rompen o deterioran más rápidamente.

Mucho peor es la adquisición de nuevas vías para los enfermos. Aquí el «ahorro» ha consistido en comprar unas de muy baja calidad, que se parten de nada y al no ser ergonómicas, como las que adquirían antes, dificultan más su colocación e incluso se le hace daño a los pacientes.

Respecto a la medicación, productos tan básicos como Primperán o Voltarén también se están agotando y ya se ha dicho a los médicos que no se van a reponer. Lo más grave es que se empieza a no disponer de soluciones necesarias como la penicilina infantil o los jarabes, en cuyo caso los padres que acudan a urgencias deben comprarlo y ser ellos quien lo lleven para que le sea administrado al menor por los profesionales.

La reducción presupuestaria prevista en la Sanidad pública de Canarias para 2011, que ronda los 300 millones de euros, hace que las prerspectivas sean aún más sombrías, sobre todo porque supone, además, la reducción de personal sanitario, incluyendo profesionales tan imprescindibles como, por ejemplo, especialistas en cirugía cardiovascular.

Mientras tanto, aumenta el dinero destinado a la medicina privada, en la que grupos como Hospitén, del capitalista Cobiella -muy ligado a Coalición Canaria- se están haciendo de oro con los conciertos con la CAC.


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¡SOS Europa!

In Actualidad, Economía on 14 diciembre, 2010 at 0:00

Pedro Montes


Parece mentira que una ciencia tan rigurosa como la economía a veces caiga en imprecisiones tan caricaturescas. Por mayo, se rescató a Grecia. Ahora, con 85.000 millones de euros, se va a rescatar a Irlanda. Mañana ya veremos.

Supongo que cuando los mineros de Chile salieron, uno a uno, de la tumba que los había aprisionado, todos se sintieron rescatados de la muerte: estaban vivos. Supongo también que cuando los pescadores del Océano Indico fueron liberados de sus secuestradores se sintieron también rescatados: por fin, estaban protegidos y ya no se sentían amenazados.

No ocurre igual cuando la palaba rescate se aplica a Grecia e Irlanda en relación con la crisis financiera, pues una vez rescatados están más apresados que antes. La sensación de libertad no les llega por ninguna parte sino todo lo contrario: tienen más compromisos, más restricciones, más obligaciones y, sobre todo, más cargas financieras a las que responder que antes del salvamento.

El problema de estos países, y de los que vendrán -Portugal y España han pedido turno- es que tienen una deuda con el exterior que no pueden pagar. Subrayo esto del exterior porque si los problemas fueran de deuda interna, aunque fuese enorme, entre acreedores y deudores griegos o irlandeses, al mundo le importaría un comino. Estos volúmenes de deuda externa son tan peligrosos para la supervivencia del euro y los propios intereses de los países acreedores que la UE y el FMI han intentado, en mayo con Grecia y ahora con Irlanda, que no se declaren en quiebra, ayudándoles masivamente con créditos o avales para afrontar sus compromisos exteriores.

Podría hablarse de rescate, aunque fuera parcial, si a estos países se les hubiera reducido su deuda externa por unas u otras vías. Pero esto no ha sucedido; simplemente se les ha prestado ayuda para que, por el momento, puedan hacer frente a las cargas de la deuda contraída y a sus necesidades de financiación actuales, pues en los mercados estaban desahuciados. Por decirlo sencillamente, lo que se ha hecho es darles créditos a medio plazo para que puedan atender compromisos inmediatos. Así, estos países no han sido liberados sino que se encuentran ahora mucho más endeudados que antes de ser rescatados y tienen por delante mayores compromisos. Como si se hubiera apagado la sed de financiación con agua de mar.

Tarde o temprano Grecia e Irlanda tendrán que sacar la bandera blanca de la rendición, porque no tienen posibilidad de hacer frente a la deuda acumulada y las ayudas recibidas, y menos bajo las condiciones que se les han impuesto. Sólo tendría sentido económico prestarle respaldo a estos países si como fruto del mismo pudieran sus economías empezar a generar superávits de balanza de pagos, es decir, ingresar más de lo que pagan y, con el excedente, ir liquidando paulatinamente las deudas pendientes. Pero este no es el caso, pues justamente la situación de bancarrota griega e irlandesa es consecuencia esencialmente de que a partir de la creación del euro sus economías han perdido competitividad y han incurrido en unos déficits desorbitados de balanza de pagos, de modo que cada año su deuda acumulada ha ido creciendo y es cada vez menos pagable.

Los déficits de la balanza por cuenta corriente de Grecia e Irlanda en 2008, antes de que se declarasen todos los problemas financieros que recorren el mundo, fueron del 13,8 y 5,1% del PIB, respectivamente. Los dos habían cavado su propia tumba, al margen de singularidades y matices en cada uno de los casos. Irlanda se drogó hasta el síncope absorbiendo recursos exteriores de un manantial que creía inagotable. Dejemos ahora tranquilos a Portugal y España -todo se andará-, pero sus déficits exteriores representaron en 2008 el 12,1 y el 9,5% del PIB, respectivamente.

COMO EN LATINOAMÉRICA

Los salvamentos de Grecia e Irlanda recuerdan a los planes de ajuste estructural que impuso el FMI a los países latinoamericanos en los años 80, también fuertemente endeudados e incapaces de afrontar la carga financiera de sus deudas externas, las amortizaciones y los intereses. Sin embargo, hay un matiz importante entre una y otra situación. El FMI con sus planes pretendía esencialmente estrangular las condiciones de vida de la población de esos países latinoamericanos y reorientar fundamentalmente su producción a aquellos sectores susceptibles de hacer crecer las exportaciones con las que obtener ingresos para pagar la deuda. Por ello, siempre iban acompañados de una sensible devaluación de las monedas para facilitar las ventas exteriores.

Ahora no. Se imponen condiciones parecidas, se desmontan los precarios estados del bienestar, se exigen recortes sociales intolerables, se reclaman reformas que nada tienen que ver con el problema de fondo, como la de las pensiones, se envían al paro a cientos de miles de personas, pero sin la posibilidad de que el hundimiento económico tras tantas medidas depresivas pueda dar lugar a un crecimiento de las exportaciones, pues, estos países, a diferencia de lo que ocurrió con el caso latinoamericano, no pueden devaluar sus monedas por la pertenencia al euro. Están en el euro y es a éste al que, por el momento, hay que salvar a toda costa. Como he dicho, sin excedente de balanza de pagos no hay reducción posible de la deuda.

Además, estas masivas ayudas financieras no son gratis, sino que llevan aparejadas unos altos tipos de interés, lo que refuerza mi opinión de que realmente no existen tales rescates. Nada está claro en todo este embrollo de las ayudas y su concreción, pero se dice que Grecia está pagando un tipo de interés del 5,2% y a Irlanda se le acaba de imponer el 5,8%. Implican estos tipos unos pagos de intereses tan enormes para ambos países y un agravamiento de sus posiciones deficitaria exteriores que es imposible que puedan salir del hoyo en que se encuentran. Un cálculo burdo puede ilustrar el problema.

Los 67.500 millones de euros de soporte exterior que va a recibir Irlanda (los otros 17.500, hasta los mencionados 85.000 millones de euros en los que se ha cuantificado el rescate, serán contribuciones de la propia Irlanda), al 5,8% de interés, representan unos pagos anuales adicionales de 3. 900 millones de euros, nada más y nada menos que el 2,7% del PIB de Irlanda. A la deficitaria balanza de pagos hay que añadirle estos nuevos desembolsos.

La conclusión es tan clara como dramática: los llamados rescates son medidas desesperadas para evitar el hundimiento inmediato de las finanzas y la moneda europea. Lejos de resolver el problema, están cebando una bomba cuyos efectos destructivos serán inevitablemente más contundentes. No se ve solución posible a la crisis: sólo queda esperar a ver cómo será su desenlace.


(*) Pedro Montes es economista