Partido Revolucionario de los Comunistas de Canarias

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Releyendo el Manifiesto Comunista

In Actualidad, Cultura, Opinión on 25 diciembre, 2010 at 0:00

Carlos Pulido

Hay libros que deberíamos releer de vez en cuando. Libros por los que no pasa el tiempo y a los que no les afecta la crisis ni el desastre climático, es más, en dichas circunstancias hasta parece que se volvieran más interesantes. Y no me corto si les digo que uno de esos libros -al menos para mí-, es el Manifiesto Comunista, de K. Marx y F. Engels. Ahí está el capitalismo omnipresente, aquí sigue. Y ahí está la propuesta de superar el capitalismo mediante la lucha organizada y colectiva de los trabajadores como sujetos sociales y activos de la historia.

Por primera vez aparecen enunciadas las características estructurales y fundamentales de la sociedad capitalista. Están ahí las clases sociales, la lucha de clases, el carácter central del trabajo y la función revolucionaria de los trabajadores, la incontrolable tendencia del capital a expandirse rebasando las estructuras nacionales, la ganancia como móvil central del capitalismo, las crisis periódicas del sistema industrial y sus efectos demoledores sobre la población pobre, etc. Y no deja de sorprenderme, lo reconozco, cómo en tan pocas páginas se dibuja un cuadro tan global del modo de producción capitalista, con todas sus miserias e injusticias.

Si el Manifiesto se hubiera limitado a ser un mero diagnóstico sobre el capitalismo, posiblemente habría pasado como un libro más sin pena ni gloria, pero el asunto es que el Manifiesto se atreve, con todo el rigor de la razón, a señalar que el capitalismo ha creado por primera vez en la historia las condiciones para lograr la emancipación de los seres humanos.

Para no ser injusto debo decir que aquellos dos hombres que escribieron ese libro (Marx, 29 años; Engels, 27), vivieron en una época bastante influida por el Iluminismo y la fe en el progreso, y que seguramente pecaron de optimismo al considerar que el triunfo del proletariado era inevitable.

También ellos eran tributarios de ese culto al progreso y aún el capitalismo no había mostrado los límites de ese ‘progreso’. El acento en la acción de la subjetividad en la historia, la construcción de un sujeto social y la necesidad de una organización política de clase son, desde entonces, temas imprescindibles de la reflexión revolucionaria.

Tal vez del Manifiesto debamos superar esa fe estrecha en el progreso para asumir desde una perspectiva revolucionaria un proyecto social que, sin renunciar a la razón ni a la ciencia ni al conocimiento, rompa con el culto ciego a las fuerzas productivas al servicio del capital, que estudie y analice esas dos contradicciones del capitalismo, la que opone capital y trabajo, y la que opone capital y naturaleza, que denuncie la irracionalidad y el modo como la tecnociencia se ha convertido en una fuerza productiva/destructiva a las órdenes del capital… En fin, que una lectura actual del Manifiesto, desde este presente histórico, también sirve para ponerse crítico con todas las fuerzas que en nombre del progreso han destruido y continúan destruyendo a los seres humanos, a la tierra y a los recursos naturales.

Renunciar a esa visión depredadora del predominio ineluctable de las fuerzas productivas en el capitalismo supone también volverse a concentrar en los vencidos, en los pobres de la tierra; pero sobre todo, en sus resistencias. Y no es evocación o nostalgia histórica, sino más bien un reto: reconstruir las fuerzas sociales necesarias para enfrentar al capitalismo y proponer un nuevo proyecto de sociedad. El rescate de la revolución es ahora, una necesidad urgente, aunque me temo que, en lugar de ser el ‘motor del progreso’, habrá de ser la mano que accione los frenos de emergencia. La revolución ya no se realizará para impulsar el tren del progreso, sino para detener la vertiginosa carrera de ese tren hacia el abismo.

Desde luego que me podrán argumentar que todo esto que digo suena utópico y que no es más que la teoría de un sueño, pero mientras tanto, la utopía reaccionaria del capitalismo, con sus sueños de bienestar y prosperidad, son la pesadilla de más del 80% de la población del planeta, considerada ahora más que nunca, desechable e innecesaria.

Sí, es muy posible que volver a leer el Manifiesto Comunista me haya hecho soñar, pero son sueños de justicia, de igualdad, de fraternidad, de internacionalismo, democracia real y comunismo. Sueños quizá, pero muy realizables.


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El escándalo de WikiLeaks

In Actualidad on 25 diciembre, 2010 at 0:00

Atilio Borón


La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) emitió un comunicado de prensa el 15 de Diciembre de 2010 manifestando su preocupación por las amenazas a la libertad de expresión contenidas en la nueva legislación aprobada por la Asamblea Nacional de la República Bolivariana de Venezuela que, según la CIDH afectará «principalmente a los grupos disidentes y minoritarios que encuentran en Internet un espacio libre y democrático para la difusión de sus ideas.«

La CIDH, celosa a la hora de custodiar los privilegios de los oligopolios mediáticos de la región so pretexto de defender la libertad de expresión, se abstuvo de condenar ya no las amenazas en contra de ésta sino su brutal agresión y sofocación en el caso de WikiLeaks. Allí están los principales gobiernos capitalistas de todo el mundo compitiendo para ver quien pone tras las rejas a Julian Assange e impide más eficazmente la difusión de sus hallazgos.

¿Cuál es el “pecado” de WikiLeaks? Simplemente haber hecho transparente algunos -ni siquiera los más importantes- de los sórdidos tejes y manejes de la burguesía imperial y sus lugartenientes en distintos países. Nada que no supiéramos, o sospecháramos con mucho fundamento, como ahora queda plenamente corroborado. Claro: no se supone que tales designios y maniobras deban ser conocidas por el gran público que, como lo viene denunciando Noam Chomsky hace décadas, debe ser mantenido en la ignorancia o, peor aún, sometido a perversas campañas para embrutecerlo y estupidizarlo y, de ese modo, facilitar la labor de sus opresores. En una sociedad capitalista la libertad de expresión no debe llegar tan lejos que destruya la opacidad de sus mecanismos de explotación y dominación y ponga de manifiesto su esencia predatoria y destructora de sociedades, estados y naturaleza. Quien tenga la osadía de cruzar esa barrera o infringir esta silenciosa premisa de la “libertad de prensa” burguesa debe sufrir un ejemplar escarmiento.

Por eso, ante esta campaña mundial de cercenamiento de la libertad de expresión la CIDH eleva beatíficamente sus ojos al cielo, tapa sus oídos y cierra su boca. Porque, una cosa es condenar a Chávez por sus supuestas amenazas e “intenciones” de recortar la libertad de expresión y otra, muy distinta, denunciar los ataques concretos -no las amenazas- realizados con obsceno cinismo por los gobiernos de Estados Unidos, Reino Unido y Suecia, o el ilegal (e ilegítimo) bloqueo de las cuentas y sitios web de WikiLeaks, o la persecución de Julian Assange y las calumnias y fabulaciones inventadas para asesinar mediáticamente al molesto personaje.

¿Se imaginan lo que diría la CIDH si Chávez cometiera alguna de estas tropelías? ¿O los torrentes de tinta que la “prensa independiente” (¿independiente de quiénes, o de qué?) de las Américas utilizaría para fulminar al gobierno bolivariano por un ataque a la libertad de expresión como el que está sufriendo WikiLeaks? ¿O el alboroto que armaría el inefable Mario Vargas Llosa y sus compinches si algún periodista o dueño de medios en Venezuela fuese sometido a la persecución que hoy padece Assange?

Este es el verdadero escándalo de WikiLeaks: no la revelación de los cables del Departamento de Estado sino el obsceno doble rasero de la CIDH y de los autoproclamados defensores del “periodismo independiente”, los irresponsables, arrogantes y despóticos poderes mediáticos que no encuentran en la cacería informática (y policial) desatada en contra de Assange y WikiLeaks amenaza alguna a la libre y democrática difusión de las ideas en el supuestamente libérrimo universo de la Internet.