Partido Revolucionario de los Comunistas de Canarias

Los trabajadores, la liberación nacional y la transición al Socialismo

In Actualidad, Documento on 4 enero, 2011 at 0:01

PONENCIA ELABORADA POR EL INSTITUTO DE ESTUDIOS POLÍTICOS Y SOCIALES «BOLÍVAR-MARX», PARA EL MÓDULO “ANTIIMPERIALISMO Y PERSPECTIVA SOCIALISTA EN VENEZUELA”, DE SUS CURSOS DE FORMACIÓN POLÍTICO-IDEOLÓGICA

INTRODUCCIÓN

Con alguna frecuencia observamos entre las y los revolucionarios la tendencia a asumir que la condición antiimperialista de cualquiera de nuestros aliados garantiza su coincidencia plena con la lucha por el socialismo, o al menos un alto grado de afinidad con los objetivos estratégicos de quienes nos planteamos la perspectiva socialista.

Y observamos también, especialmente entre sectores de la llamada «ultraizquierda», la tendencia contraria, a rechazar cualquier alianza con quienes no compartan plena y abiertamente la propuesta programática del socialismo, incluso a pesar de que, objetivamente, estén tan interesados como nosotros en confrontar el imperialismo, al menos dentro de los límites de un determinado momento o período histórico.

Ambas tendencias son, como explicaremos más adelante, políticamente peligrosas además de conceptualmente equivocadas.

El primer error puede conducir a que las y los revolucionarios, ingenuamente, bajen la guardia ante aliados tácticos en la lucha antiimperialista quienes, por su naturaleza de clase, llegarán a ser inevitablemente enemigos en la lucha por el socialismo; el segundo error puede conducir, por efecto del sectarismo y el aislamiento, al rompimiento innecesario o apresurado con fuerzas genuinamente interesadas en participar en la alianza antiimperialista, y esto a su vez debilita la alianza y puede llevar a la derrota del esfuerzo de liberación nacional.

Detengámonos a considerar con algún grado de rigor estos conceptos y otros relacionados a fin de prevenir tales confusiones dañinas y peligrosas.

1. IMPERIALISMO

El término «imperialismo» se ha hecho en los últimos tiempos moneda corriente entre las y los revolucionarios de nuestro país, pero no siempre es usado con corrección y precisión.

Es frecuente, por ejemplo, que, en lugar de «imperialismo» se hable de «imperio»; es común, igualmente, que por «imperialismo» se entienda «gobierno de los Estados Unidos»; y es habitual, asimismo, hacer referencia a Simón Bolívar y otros héroes históricos del siglo XIX como «antiimperialistas». Todos estos, y muchos otros ejemplos similares, son equivocaciones mayúsculas.

Tomemos la última afirmación, acerca del supuesto carácter antiimperialista de Bolívar, como punto de partida para desarrollar nuestra explicación. Bolívar, como bien lo establece el historiador cubano Francisco Pividal, puede ser legítimamente considerado como «precursor del antiimperialismo», mas no propiamente como antiimperialista. Debe recordarse que el imperialismo es «la fase superior del capitalismo» (V.I. Lenin), y que, en consecuencia, sólo aparece en condiciones de altísimo desarrollo capitalista.

En tiempos de Bolívar, el primer tercio del siglo XIX, la tendencia dominante del capitalismo, particularmente en Estados Unidos, todavía era la de la libre concurrencia, aunque ya se mostraban algunos elementos de la espiral de monopolización y concentración de capitales que conduciría más tarde a la plena aparición del imperialismo. No había en ese momento imperialismo en América, ni lo hubo hasta varias décadas más tarde.

Había, desde luego, colonialismos, tanto el de viejo cuño ejercido por las potencias europeas en decadencia, como el de nuevo cuño que ya buscaba ejercer Estados Unidos. Y había imperios a la usanza antigua, como los hubo en todo el mundo desde tiempos remotos hasta el desarrollo avanzado del capitalismo, con ocupación militar permanente de los territorios conquistados, con anexión e incorporación de éstos al imperio una vez consolidada la dominación, y con establecimiento de autoridades políticas que ejercían el gobierno bajo control directo de la metrópoli.

Pero no había imperialismo, que es un fenómeno característico y exclusivo de la última y más elevada fase del sistema capitalista, y que tiene un carácter más difuso y sutil que el de los imperios clásicos; que usa primordialmente instrumentos de dominación económica y sólo recurre a la fuerza militar en circunstancias excepcionales; y que raramente busca la anexión política o el control gubernamental directo de los territorios sobre los que ejerce su dominio económico.

Se trata de una precisión que no es simplemente teórica o académica, y que tiene graves implicaciones políticas concretas.

Afirmar que Bolívar era antiimperialista conduce a equiparar el imperio español –contra el que el Libertador sí combatió–, con el imperialismo moderno, que ni siquiera llegó a conocer. Y no son lo mismo ni remotamente, aunque podamos establecer algunas analogías entre ambos fenómenos, como lo hizo el propio Lenin para ilustrar o ejemplificar algún punto. El hecho central es que ni Bolívar luchó contra el imperialismo ni nosotros luchamos hoy contra imperio alguno, y que por lo tanto no debemos ni podemos extraer de la experiencia histórica bolivariana conclusiones válidas directamente aplicables a nuestra circunstancia actual.

Las diferencias de fondo entre los conceptos «imperialismo» e «imperio», son numerosas y de gran peso. Como consecuencia de la primacía que ha alcanzado el capital financiero, del grado de concentración del capital resultado de la progresiva monopolización, y de la sustitución de la exportación de bienes por la exportación de capitales, fenómenos todos que han ocurrido en el curso de menos de siglo y medio, el imperialismo moderno se diferencia radical y profundamente de los imperios que lo precedieron al estilo del romano, el austro-húngaro o el español.

El imperialismo moderno hace énfasis en el control económico de los mercados de los países y territorios bajo su dominio, y no necesariamente en el control político-militar formal de tales países y territorios. Asimismo, los sujetos principales del acto de dominación imperialista ya no son los Estados nacionales, sino las corporaciones multinacionales y/o transnacionales.

De tal forma, la dominación imperialista se ejerce primordialmente a través de instrumentos económicos supranacionales (como el Fondo Monetario Internacional o la Organización Mundial de Comercio) que representan y promueven los intereses de las corporaciones, y no a través de aparatos político-militares directamente asociados con un Estado o potencia particular.

Así, al imperialismo moderno no le hace falta sino en circunstancias excepcionales recurrir al uso directo de la fuerza militar para asegurar la persistencia de su dominación; en general le basta con el ejercicio de sus mecanismos de control de los mercados globales y de los circuitos internacionales de crédito. Esto, además de ser mucho más efectivo para el logro de sus objetivos, trae aparejada la obvia ventaja de poder mantener una fachada de respeto a las soberanías nacionales de los países bajo su control, y hasta de preocupación por la paz y los derechos humanos de los pueblos.

Nuestras decisiones acerca de la táctica correcta para avanzar hacia la derrota del imperialismo están necesariamente condicionadas por nuestra comprensión adecuada de la naturaleza del fenómeno a que nos enfrentamos. Es por ello fundamental que establezcamos con certeza las diferencias entre «imperio» e «imperialismo», y caractericemos con propiedad al enemigo actual, que no es un Estado o potencia particular, ni siquiera Estados Unidos, sino un sistema difuso y global de relaciones económicas bajo el control de corporaciones supranacionales que hoy en día dominan a los más poderosos Estados, incluso al de EE.UU.

Por cierto, precisamente a esto último se debe que el imperialismo no cambie de contenido ni de naturaleza con los cambios de gobierno que puedan producirse en un determinado país asociado al fenómeno imperialista: es ingenuo esperar que la victoria electoral de un candidato aparentemente novedoso o progresista en Estados Unidos o en cualquier otro país miembro del llamado «Grupo de los 8», traiga aparejadas transformaciones sustanciales del sistema imperialista. Es que incluso los Estados nacionales de esos países «altamente desarrollados» y sus gobiernos de turno, han sido transformados en instrumentos al servicio de la promoción y preservación del sistema imperialista.

Cada etapa y cada fenómeno tiene sus especificidades y debe ser estudiado y abordado con propiedad. Y a cada uno hay que enfrentarlo con las armas y herramientas correctas para ello. En este sentido, en nada nos ayuda proponer consignas voluntaristas y anticientíficas sobre la base de analogías entre la situación de enfrentamiento que estaba planteada en tiempos de Bolívar contra un Estado nacional particular (la monarquía española), y nuestra situación actual de confrontación con el sistema imperialista moderno.

2. ALIANZA ANTIIMPERIALISTA

La definición del término «antiimperialismo» –oposición al imperialismo– puede parecer obvia, pero algunas de sus implicaciones no lo son tanto. Ello se debe a que la gama de fuerzas, sectores y elementos interesados en luchar contra el imperialismo es muy amplia y heterogénea.

Todo aquel cuyos intereses, inmediatos o de mediano o largo plazo, se vean afectados por el sistema global de relaciones económicas al que llamamos imperialismo, tiene razones objetivas para luchar en su contra y desear su derrota. Esto incluye, desde luego, a las y los trabajadores y a todo el pueblo explotado, cuya aspiración histórica de liberarse de la explotación es coartada y obstaculizada por el sistema; pero caben allí también sectores, fuerzas y elementos que están igualmente interesados en romper con el imperialismo, pero no para construir una sociedad sin explotadores, sino para pasar ellos a ocupar el lugar de privilegio en la relación de explotación.

De manera que la lucha antiimperialista propicia la aparición de una amplísima alianza o coalición, que incluye toda la gama de clases y sectores sociales que, con sus diferencias y antagonismos, tienen en común la necesidad objetiva de alcanzar la independencia nacional frente a los monopolios transnacionales, los organismos financieros globales y la estrategia de dominación del sistema imperialista.

Esta amplia alianza es formada por la clase obrera y demás trabajadores, los campesinos sin tierra y los pequeños propietarios del campo, los pueblos indígenas, las capas medias urbanas y rurales, los grupos sociales más excluidos y depauperados, los sectores profesionales e intelectuales, la pequeña burguesía y hasta la burguesía no asociada a los monopolios transnacionales.

Es este último componente de la alianza el que causa mayores dificultades y debates. No siempre es fácil para las y los revolucionarios comprender la necesidad de establecer, defender y desarrollar una alianza con sectores de la burguesía, ni es siempre fácil recordar que, pese a que sean nuestros aliados de hoy, esos sectores son nuestros enemigos de clase en la perspectiva hacia el socialismo, y por lo tanto debemos mantenernos alertas y en guardia ante ellos. Detengámonos un momento a considerar en mayor detalle la participación de estos sectores burgueses en la alianza antiimperialista, a esclarecer las razones por las que caben en tal alianza, y a determinar los límites previsibles de su participación.

Aclaremos de entrada que la burguesía no es una clase internamente homogénea, sino que está fragmentada en diferentes sectores cuyos intereses no siempre son enteramente coincidentes, y que hay por lo tanto en su seno contradicciones de cierta gravedad, aunque no lleguen a ser fundamentales ni irreconciliables. Hay fracciones burguesas nacionalistas, que apuestan por el desarrollo de una comunidad nacional independiente y soberana; que quieren el crecimiento de la economía y de los mercados internos del país; que desean el establecimiento de industrias productivas, eficientes y tecnológicamente avanzadas en nuestra nación; que buscan, en pocas palabras, el desarrollo del capitalismo en Venezuela. Y hay, desde luego, fracciones burguesas cuyo poder y riqueza depende, por el contrario, de que se mantenga su condición de intermediarias o representantes locales del imperialismo, y que quieren por lo tanto que nuestro país siga sumido en la forma de capitalismo atrasado y dependiente que tenemos hoy en día. Es deber de las y los revolucionarios aprender a sacar partido de estas contradicciones internas de la clase burguesa y aprovecharnos de ellas para nuestros objetivos.

Insistimos en que, al hablar de la composición de la alianza antiimperialista, nos referimos sólo a la pequeña burguesía y a aquellas fracciones nacionalistas de la burguesía que no están asociadas al propio imperialismo ni han alcanzado todavía el nivel de desarrollo necesario para inscribirse en la dinámica de la concentración de capitales y la espiral de la monopolización. Las razones por las que las fracciones de la burguesía asociadas al imperialismo o ya inscritas en la dinámica monopólica no caben en una alianza que busca precisamente destruir el orden de cosas del que derivan su poder y su riqueza, son obvias y no vale la pena profundizar en ello.

Ahora bien, los sectores de la pequeña burguesía y la burguesía nacionalista no asociada al imperialismo tienen muy buenas razones objetivas para interesarse en participar de la alianza antiimperialista: su propia supervivencia depende del grado de éxito que tenga la lucha contra la dominación imperialista. Estos pequeños y medianos empresarios saben que, de imponerse el programa imperialista de libre mercado, libre competencia y abolición de las protecciones tarifarias y aduaneras, sus días estarán contados, pues sus propias limitaciones productivas, su pequeñez y su ineficiencia relativas no les permitirán sobrevivir por mucho tiempo en la selva de la libre competencia contra las grandes corporaciones transnacionales.

Quienes queremos el socialismo tenemos, en este contexto y por el momento, una gran coincidencia con esos sectores burgueses, puesto que tanto ellos como nosotros queremos romper con el imperialismo, aunque por razones opuestas: ellos, para garantizarse su supervivencia y su éxito como clase explotadora, y nosotros, para ir abriendo el camino hacia la abolición de la explotación. De esta coincidencia emanan las bases objetivas de la participación de esos ciertos sectores burgueses en la actual alianza de gobierno en Venezuela. A ello se debe que haya en el seno del gobierno bolivariano y en el Partido mayoritario de gobierno representantes y defensores de los intereses de esos sectores burgueses, que algunos han dado en llamar «boliburguesía» o «neo-burguesía», y que son, simplemente, la pequeña, mediana y hasta gran burguesía que ha entendido que su enriquecimiento actual y sus posibilidades de expansión futura dependen directamente del avance del proyecto antiimperialista. Las y los revolucionarios debemos comprender este hecho, y canalizar la participación de esos sectores burgueses en la alianza actual, pues con ellos se fortalece el proyecto de liberación nacional y se incrementa la posibilidad de éxito de la lucha contra el imperialismo.

Pero al mismo tiempo, quienes queremos avanzar hacia la perspectiva socialista tenemos que tener siempre presente que esos sectores burgueses, neo-burgueses y pequeño-burgueses que nos acompañan en el proceso de lucha antiimperialista y de liberación nacional, han tratado, tratan y tratarán siempre de incidir en la dirección de la alianza y en los instrumentos políticos que la componen, para que el rumbo general de la revolución les sea cada vez más favorable. Estimularán el avance del proceso mientras continúen percibiendo beneficios como resultado del desarrollo económico y social independiente que ocurrirá en la medida en que se logre romper la dominación imperialista, pero usarán su posición dentro de la alianza para detener o desviar el proceso una vez que el avance hacia el socialismo empiece a afectarlos negativamente. Intentarán evitar la profundización del proceso hacia una formación económico-social genuinamente socialista, y se esforzarán para preservar el régimen de propiedad privada de los medios fundamentales de producción. Es por lo tanto previsible una progresiva agudización de las contradicciones de clase dentro de la coalición antiimperialista.

Para usar una analogía tomada de la ecología, esos sectores burgueses, que se encuentran en los escalones intermedios de la cadena alimentaria del capitalismo, acompañan a la alianza porque ésta los protege de los grandes depredadores transnacionales, mientras ellos continúan depredando al pueblo trabajador que es su aliado. Pero mientras las víctimas fundamentales de la depredación capitalista, las y los trabajadores que se encuentra en la base de la cadena alimentaria, buscan el objetivo estratégico de acabar por completo con el sistema, los depredadores intermedios sólo buscan protegerse mientras alcanzan el tamaño y fortaleza necesarios para ascender a los niveles más altos de la cadena.

3. LA ALIANZA ANTIIMPERIALISTA A ESCALA INTERNACIONAL

Las estructuras, dinámicas y características que acabamos de revisar para el caso de la alianza entre clases y sectores diversos al interior de cada país, ocurren también en el caso de la alianza entre países, gobiernos, grupos y organizaciones internacionales de naturaleza heterogénea pero con un interés común en la lucha contra el imperialismo establecido. Y valen también en este plano internacional las observaciones y prevenciones que ya hicimos al considerar la estructura de clases de la alianza en el plano nacional.

Así, se da en la escena internacional la alianza entre gobiernos y organizaciones genuinamente revolucionarios y proclives al socialismo, otros de orientación progresista, algunos de naturaleza liberal-burguesa, conservadora o hasta francamente reaccionaria, e incluso algunos con sus propias aspiraciones o pretensiones imperialistas.

Insistimos: no todo gobierno u organización interesado en confrontar el imperialismo dominante lo hace porque tenga deseos de avanzar hacia la construcción del socialismo, y las y los revolucionarios debemos estar siempre agudamente conscientes de ello. La alianza antiimperialista que promueve en la actualidad el gobierno de Venezuela, incluye por ejemplo al gobierno de Irán, uno de los más reaccionarios y antipopulares, y uno de los más salvajemente opuestos a la perspectiva socialista en cualquier lugar del planeta. No puede caber la menor duda acerca de que los actuales gobernantes de Irán hacen, han hecho y seguirán haciendo todo lo que puedan para alejarse de la perspectiva socialista. El gobierno de los «ayatolahs», desde sus inicios en 1979, ha sido uno de los más ferozmente represivos contra las fuerzas revolucionarias y de izquierda en ese país, y no ha dudado en recurrir numerosas veces a los arrestos, torturas, desapariciones y asesinatos de militantes comunistas y revolucionarios en general.

Sin embargo, ese mismo gobierno iraní es también protagonista en estos momentos de una de las más agudas confrontaciones con el sistema imperialista mundial. Los organismos y gobiernos representantes del sistema de dominación global tienen en su mira a Irán, tanto en relación con el tema del desarrollo de la tecnología nuclear, como en relación con varios otros asuntos. Estados Unidos, la Unión Europea, diversos comités y organismos de las Naciones Unidas y la Organización Mundial de Comercio, entre otros, han manifestado su hostilidad ante Irán y su deseo de interferir en los asuntos internos de ese país. Esto puede inducir a que las y los revolucionarios del mundo sientan simpatía por Irán amenazado, y se apresuren a manifestar su solidaridad. Y aquí debemos ser muy cuidadosos y precisos: debemos ponernos al lado del gobierno iraní en la circunstancia de una posible confrontación de éste con el sistema imperialista, pero al hacerlo no debemos perder de vista su carácter de clase

El gobierno iraní confronta al imperialismo no porque tenga intenciones de contribuir a liquidarlo y de abrir la perspectiva de un mundo socialista, sino porque, en fiel cumplimiento de su rol como agente promotor y defensor de los intereses de las clases dominantes de ese país, procura las mejores condiciones para su desarrollo capitalista y para el crecimiento de su propia esfera de influencia económica y hasta política. Hay evidencias concretas de que la burguesía iraní tiene aspiraciones proto-imperialistas, y es precisamente debido a estas aspiraciones que ha entrado en un curso de colisión con el imperialismo internacional ya constituido y consolidado. Desde el punto de vista iraní, este es el objeto de los acuerdos y convenios que ha venido firmando ese país con Venezuela en años recientes: abrir nuevos mercados para sus productos de exportación y nuevos espacios para su influencia económica y política, y a la vez ganar un aliado para el caso de una posible confrontación.

Algo parecido ocurre también con otros países miembros del frente atiimperialista que el gobierno de Venezuela promueve: cada uno de ellos participa por sus propias razones, que no siempre son coincidentes con las de quienes aspiramos al socialismo y a un mundo libre de imperialismos. Tan fuerte y definida es la vocación imperialista de algunos de nuestros actuales aliados, aunque generalmente no lo digamos, como lo es la del gobierno de Estados Unidos y los otros gobiernos y organismos a los que habitualmente denunciamos como «imperialistas». Este es, desde luego, el caso del gobierno de Rusia, instrumento de una burguesía definidamente imperialista y en rápida expansión, que necesita consolidar y extender su esfera de influencia, lo cual la lleva inevitablemente a confrontar a los imperialismos dominantes en el mundo.

Y este parece ser también, aunque en menor medida, el caso de la India y hasta del Brasil, cuyas burguesías ya están en proceso de establecer espacios sub-imperialistas en sus respectivos vecindarios geopolíticos, y cuyos gobiernos están efectivamente dando pasos para propiciar ese desarrollo. En el caso brasilero, debemos tener muy en cuenta que la burguesía de ese país, gracias al enorme tamaño y al grado de desarrollo de su propio mercado interior, salió bastante bien parada de la debacle neoliberal que debilitó sustancialmente a las burguesías de casi todos los otros países de nuestro continente a partir de la década de 1980; en consecuencia, la burguesía brasilera está en condiciones particularmente ventajosas para ocupar los espacios económicos que las burguesías de nuestros otros países no están en capacidad de llenar. Por lo tanto esa burguesía es el factor objetivamente más interesado en promover organismos de integración continental al estilo de UNASUR o MERCOSUR, y desde luego no para luchar por el socialismo, lo que implicaría favorecer su propia abolición, sino para usarlos como vehículos en su expansión.

En suma, las alianzas antiimperialistas, tanto las domésticas como las internacionales, son por definición amplias y heterogéneas, y en su seno debemos movernos con flexibilidad y cautela. Nos conviene por el momento que tales alianzas se mantengan y fortalezcan, a fin de aumentar su poderío y de incrementar las probabilidades de éxito de nuestra lucha contra los imperialismos dominantes. Pero nos conviene, asimismo, no olvidar la perspectiva estratégica de cada uno de los integrantes de esas alianzas, y tener siempre presente su carácter de clase, a fin de no bajar la guardia ingenuamente ante unos aliados de hoy que serán inevitablemente enemigos de mañana en la medida en que se vaya perfilando la lucha por el socialismo.

Nuestra obligación, en este contexto, es ir reconfigurando tales alianzas en la medida en que vayamos avanzando; aprovechando y hasta estimulando las contradicciones entre los diversos imperialismos emergentes o establecidos y entre las diversas fracciones de la clase enemiga cuando ello nos convenga, y fortaleciendo simultáneamente nuestras propias posiciones con miras a la perspectiva estratégica.

La política, al fin y al cabo, no es otra cosa que el arte de moverse con agilidad y dinamismo en un mundo caracterizado por múltiples contradicciones, con el propósito de sacar partido en cada circunstancia de esas contradicciones y aprovecharnos de ellas para avanzar hacia nuestros objetivos.

4. DEL ANTIIMPERIALISMO A LA PERSPECTIVA SOCIALISTA

Aclarado el carácter y los límites de la alianza antiimperialista, queda por dilucidar el rol de las y los revolucionarios ante la ineludible tensión de naturaleza clasista que, tarde o temprano, aflorará en el seno de dicha alianza en la medida en que se plantee la profundización de las transformaciones sociales y económicas con miras a la perspectiva del socialismo.

Un proceso antiimperialista en el que la clase obrera y los trabajadores explotados no ocupen la posición dirigente, será estructuralmente incapaz de avanzar mucho en la ruta del socialismo, y apenas podrá cumplir, en el mejor de los casos, con las tareas propias de una revolución de liberación nacional.

El resultado último de tal proceso será casi inevitablemente el establecimiento de una hegemonía neo-burguesa encabezada por una fracción emergente de la burguesía beneficiaria de las oportunidades creadas por la situación de transformación, y que se convierte en heredera de la antigua burguesía a la que acaba de desalojar de la posición de dominio. Este peligro puede ser conjurado únicamente si a la cabeza de la revolución se ubica la fracción más consciente y organizada de la clase obrera y el pueblo trabajador, con su propio Partido como instrumento político.

Aún más, la experiencia histórica, por ejemplo en diversos países africanos en las décadas de 1970 y 1980, ha demostrado que los procesos de liberación nacional en los que las y los trabajadores no llegan a ocupar la posición hegemónica, se estancan bajo la dominación de la nueva élite, la cual, incapaz de mantener por sí misma su poder y continuar impulsando el desarrollo nacional, acaba por dar paso a una regresión de la liberación nacional y al restablecimiento de alguna forma de dominación imperialista. De manera que sólo la clase obrera a la cabeza de la alianza, puede garantizar no sólo el éxito final de la transformación socialista, sino incluso el del propio proceso de liberación nacional.

Una alianza antiimperialista como la que en la actualidad dirige el proceso de transformaciones en Venezuela, en vista de su composición de fuerzas en la que predominan los elementos pequeño-burgueses y neo-burgueses –aunque puede conducir al país en las tareas de la liberación nacional y puede incluso dar algunos pasos preliminares en dirección hacia el socialismo–, no podrá completar exitosamente la transición socialista, puesto que está dominada por elementos cuyos intereses específicos de clase se oponen objetivamente a dicha transición.

No nos dejemos engañar por su tamaño o sus aparentes afiliaciones políticas: todo pequeño o mediano empresario, por muy bolivariano que se proclame, es simplemente un pequeño o mediano explotador que está al acecho de la oportunidad para crecer y convertirse en un gran explotador.

Eso nos lleva a plantearnos el asunto del Poder y de la hegemonía de clase como un objetivo estratégico de las y los trabajadores, como clase, dentro de la amplia alianza antiimperialista. Como estableció de manera categórica la doctrina marxista-leninista, la clase proletaria es la llamada a ejercer la hegemonía de ese amplio bloque social y político porque, dado el puesto que ocupa en el proceso productivo, estos trabajadores explotados no sólo son los más interesados en llevar las tareas de la liberación nacional hasta sus últimas consecuencias, sino que son además quienes están en las mejores condiciones objetivas para impulsar desde el propio corazón de la economía la transición hacia las nuevas formas de organización.

Es necesario, por lo tanto, promover un proceso de acumulación cuantitativa y cualitativa de fuerzas, que vaya cambiando cada vez más a favor del pueblo trabajador, la actual correlación de fuerzas dentro de la alianza que es por ahora claramente desfavorable.

Venezuela carece de una masa trabajadora consciente, unida y organizada como para colocarse al frente de la revolución y conducir al resto del pueblo en la lucha por construir el socialismo. Esta última es la principal debilidad de la revolución. Mientras esta clase no esté en condiciones de jugar su papel dirigente, el socialismo será sólo una aspiración noble pero irrealizable o una figura retórica en los discursos y consignas.

A las fuerzas revolucionarias y progresistas más consecuentes y más genuinamente comprometidas con la perspectiva de la transformación profunda de la sociedad, corresponde la tarea de unir al máximo el movimiento de los trabajadores y consustanciarlo con la conciencia socialista. Hacia allá debemos volcar nuestros mayores y mejores esfuerzos.

Pero mientras tanto, mientras se logre cambiar la correlación de fuerzas desfavorable a fin de abrir la posibilidad de la verdadera perspectiva socialista, es necesario sostener y preservar la organización independiente y el programa estratégico propios de las y los trabajadores, y promover al mismo tiempo la consolidación del bloque de clases interesadas en el triunfo y consolidación de la actual fase antimonopólica y antiimperialista del proceso. Esto requiere gran habilidad política por parte de las y los revolucionarios, pues se trata de atender dos tareas y avanzar en dos direcciones diferentes simultáneamente: una, orientada a la consolidación de la amplia coalición antiimperialista junto a elementos, sectores y fracciones de la clase explotadora; la otra, orientada al fortalecimiento, dentro de esa misma alianza, de los elementos, fracciones y sectores que buscan avanzar más allá del antiimperialismo, hacia la perspectiva del socialismo y la abolición total de la clase explotadora.

En consecuencia, se hace necesario para las y los revolucionarios abordar con flexibilidad dialéctica y habilidad política la construcción simultánea de dos instrumentos diferentes: uno, de carácter táctico, un frente amplio capaz de mantener, consolidar y desarrollar la alianza de fuerzas políticas, económicas y sociales que por el momento apoyan los objetivos antiimperialistas; y, otro instrumento de carácter estratégico, el Partido de la revolución socialista, con unas características orgánicas, ideológicas y clasistas muy particulares, y con un programa de acción consecuentemente orientado hacia el socialismo.

Debemos, por un lado, defender los intereses de la lucha antiimperialista y de liberación nacional, pero sin arriar las banderas clasistas y socialistas; y por otro lado debemos promover la lucha consecuente por los intereses de las y los trabajadores y por la perspectiva socialista, pero sin poner en peligro, al menos por ahora, la viabilidad de la amplia alianza de la que formamos parte.

Debemos hacer ambas cosas simultáneamente y con coherencia. Trabajo ingrato y nada fácil, que nos hará objeto de ataques y acusaciones alternadas de conciliación o de dogmatismo, por pseudo-revolucionarios furibundos de nueva ola, o por quienes, a sabiendas o sin saberlo, sirven a los intereses estratégicos de la fracción emergente de la burguesía.


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