Partido Revolucionario de los Comunistas de Canarias

Marruecos: el movimiento del 20 de Febrero y sus perspectivas

In Actualidad, África on 22 marzo, 2011 at 0:01

Abdelkrim El Wassouli
de Vía Democrática

 
 

El mundo árabe ha inaugurado un nuevo ciclo en su historia bajo el lema de la libertad y la dignidad. Los pueblos tunecino y egipcio están sorprendiendo a los analistas y el mundo por su determinación para iniciar un proceso que conduzca a un cambio radical hacia una democracia real. Se trata de una verdadera onda de choque que inicialmente actuó como un catalizador para la acción en otros países árabes y que también ha obligado a los países occidentales a cambiar sus planteamientos, en particular con relación al «peligro verde» erigido como espantapájaros para justificar el apoyo a los dictadores árabes despreciando todos los valores universales de los derechos humanos. Esta onda de choque es muy profunda, ya que ha conseguido llevar las aspiraciones de los pueblos al terreno de lo posible y dar rienda suelta a la acción. También ha provocado que el pueblo se apropie de la política y haya puesto en cuestión las estructuras políticas.

Esta ola de la liberación está a punto de llegar a la mayoría de los países árabes y en distintos grados. El caso de Libia y de Yemen están prácticamente en marcha; en el Magreb la dinámica se desarrolla en Marruecos y en Mauritania. El pueblo argelino se encuentra atrapado entre la dictadura de los generales y la sangría de más de una década de guerra contra los grupos yihadistas.

Por el contrario, los regímenes árabes no parecen comprender la irreversibilidad de estos movimientos y la profunda aspiración de los pueblos a hacerse cargo de su propio destino. Se dedicaron a poner en marcha medidas antisociales. Se apresuraron a limitar las aspiraciones profundas de los pueblos a la dignidad, a la libertad y a la democracia a simples movimientos de contestación social. Se olvidaron de algo que anima a los seres humanos y que se llama libertad.

Por su parte, los partidos políticos tradicionales, que están notoriamente asociados a estos poderes, están avergonzados y enredados en contradicciones de las que no saben cómo salir. Saben más que nunca que el reto existencial para ellos tiene que ver menos con sus representantes que con el haber considerado siempre a sus militantes como «ovejas» movilizables en las elecciones.

La juventud del mundo árabe y los cambios que se han producido en Egipto y en Túnez, han mostrado al mundo entero una gran madurez, una capacidad de análisis extraordinaria y una conducta civilizada irreprochable. Estas cualidades han paralizado los poderes del mundo y, por lo tanto, han constituido una protección sin precedentes. No se trata de aceptar cualquier tutela de esas élites corruptas, algunas de determinados partidos políticos cuyos representantes sólo están interesados en los puestos.

Lo que está ocurriendo ante nuestros ojos es el proceso de invención de una nueva forma de democracia en la que los poderes están controlados permanentemente por los pueblos. Ciertamente, esto sigue estando en forma embrionaria, pero creemos que va a desarrollar sus mecanismos y sus formas a partir de las experiencias sobre la marcha.

Marruecos no se aleja de esta dinámica, tanto por parte de los jóvenes y del pueblo en general, como del lado del poder y determinados partidos políticos cuya suerte, por lo menos en sus formas actuales, está vinculada al poder.

En efecto, el movimiento del 20 de febrero tiene como reivindicaciones principales la libertad, la dignidad y la democracia. Pero cuando miramos más de cerca las consignas, se puede detectar una visión política completa. Dicen no a la corrupción, exigen el enjuiciamiento de personas implicadas en crímenes políticos (violaciones graves de los derechos humanos) y en delitos económicos, exigen el desmantelamiento de los servicios paralelos, se proclaman ciudadanos y no ganado, exigen la soberanía popular consagrada en una constitución democrática en sus mecanismos de elaboración y en su contenido; y finalmente reclaman la justicia social y la distribución de la riqueza. Todo esto no es ni más ni menos que el desmantelamiento del sistema del MAJZÉN [el poder de la corte monárquica].

La calidad de los debates y de la organización muestra un alto nivel de madurez y de conciencia política. Los mecanismo del poder han tratado sin éxito de desnaturalizar y desacreditar sus reivindicaciones y la represión tampoco ha conseguido pararlas; lo que es prueba de una gran determinación y una gran madurez.

Este movimiento ya ha comenzado a producir algunos efectos. El primer de esos efectos es desenmascarar a determinadas élites corruptas que nos tenían acostumbrados al doble lenguaje. Estas élites atestiguan la legitimidad de las reivindicaciones del movimiento del 20 de febrero al tiempo que se aseguran de la adopción de determinadas medidas tomadas por el gobierno para contener este movimiento. El otro efecto es que, de forma vergonzosa, las direcciones de algunos partidos políticos, bajo la presión de sus propios militantes y la legitimidad de las reivindicaciones del movimiento del 20 de febrero, se han visto obligadas a tomar posiciones más claras y desmarcarse de esta posición de equilibrista dictada por sus relaciones con el poder.

Por su parte, el poder está tratando de recuperar el control a través de ciertas iniciativas. En este sentido, tomamos nota de que, hasta la fecha, no hemos escuchado ninguna declaración oficial sobre de lo que pasa en el mundo árabe, ni con respecto a la propuesta del movimiento 20 de febrero y sus reivindicaciones, ni un análisis completo de este contexto y su impacto en Marruecos. Creemos que esto es revelador en sí mismo.

De hecho, la corona se relaciona de una manera sistémica y orgánica con el sistema Majzen. La ecuación que se plantea por el movimiento del 20 de febrero es si esta institución es capaz de saber cómo romper este vínculo y si es capaz de resolver esta ecuación. La respuesta la tiene la institución real.

Sin embargo, la ausencia de acciones fuertes y significativas puede constituir una respuesta. En efecto, la corona, tras haber nombrado un nuevo gobierno, podría haber respondido positivamente a varias reivindicaciones en este sentido:

– Solución justa y equitativa de los casos de violaciones graves de los derechos humanos

– La divulgación de la suerte de todos los desaparecidos

– La eliminación de los puestos de responsabilidad de todos los responsables de graves violaciones de derechos humanos, y llevarlos ante la justicia

– La ratificación de todas las convenciones de derechos humanos y, especialmente, la Corte Penal Internacional

– La constitución de una comisión de investigación sobre delitos económicos y corrupción, y llevar a las personas involucradas en estas atrocidades ante la justicia

– La disolución de los servicios implicados en graves violaciones de los derechos humanos y la reestructuración de los servicios de seguridad para que estén al servicio del pueblo y no del sistema

– Etc.

En cambio, observamos:

– La cuestión de violaciones de derechos humanos sigue sin resolverse, los desaparecidos siguen desaparecidos (ZEROUAL, MANOUZI, SALEM, ISLAMI, EL OUASSOULI, ROUISSI y muchos otros)

– Los criminales están todavía en puestos de responsabilidad

– El sistema sigue siendo corrupto

– La justicia sigue siendo el brazo armado del sistema

– Las elecciones siguen estando manipuladas

– Leyes injustas, las relativas a partidos políticos, antiterrorismo, código del trabajo

– Un gobierno sin poder y un parlamento para poner el cuño

– Los ricos son cada vez más ricos y los pobres son cada vez más pobres

– El monopolio de la riqueza por determinadas familias

– Sectores vitales como la educación y la salud cada vez más perjudicados

– Etc.

Parece que la ecuación de la relación entre la corona y el Majzén es bien difícil de resolver o es imposible de resolver. Las medidas anunciadas recientemente por el poder son la confirmación y la concreción de esto.

El sistema Majzén es una superestructura en sí mismo y es capaz de absorber cualquier reforma institucional sin que afecte a su esencia. El movimiento del 20 de febrero no se equivoca cuando afirma que este sistema ha hecho de la corrupción y del saqueo sus principales mecanismos.

También parece que el camino emprendido es el de una constitución otorgada, que ya es el caso de la constitución vigente y que no ha impedido llegar a la situación actual. La reivindicación de una constitución democrática tanto en su elaboración como en su contenido es la única garantía para romper con un sistema tentacular como el Majzén. Debido a que este sistema, como hemos dicho, es una superestructura en sí mismo y no depende de las instituciones.

Además, el poder ha creado un Consejo Nacional de Derechos Humanos a la vez que asistimos a la represión de los manifestantes, las palizas a los militantes, y los ataques contra muchos de ellos. No hemos oído ni al secretario general o el presidente del Consejo levantarse para hacer valer el derecho del pueblo a protestar pacíficamente. No hemos oído hablar sobre el caso de violaciones graves, incluida la cuestión de los desaparecidos, cuya suerte sigue siendo desconocida; consideran que el caso está cerrado, lo que las familias no aceptarán jamás. Una vez más, sigue dentro de lo formal y de la cosmética.

En suma, el movimiento el 20 de febrero ha desencadenado una dinámica por un cambio realmente democrático que rompa con el Majzén. Las fuerzas vivas de la nación deben hacer un análisis serio de la situación y elaborar una estrategia global que pueda llevar a la satisfacción de la aspiración de nuestro pueblo a la Dignidad, la Libertad y la Democracia. Las relaciones del Majzén y las élites corruptas van a continuar pervirtiendo y desnaturalizando el movimiento del 20 de febrero, pero confiamos en la capacidad de este movimiento para estar vigilante y no caer en las trampas de la división o de la violencia.


Francia, 10 de marzo de 2011

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