Partido Revolucionario de los Comunistas de Canarias

La Bolivalogía (IX)

In Cultura, Historia, Opinión on 27 marzo, 2011 at 0:01

Víctor J. Rodríguez Calderón


Como investigador de la bolivalogía me encuentro situado en un momento histórico del fenómeno que estudio, lo que no significa que sea definitivo, pero si al contrario de otros investigadores que se han encargado de presentar a un Bolívar con otros lineamientos muy diferentes a los míos, en otras palabras, busco la invariabilidad dentro de la variabilidad social que es en realidad lo que me interesa para que Bolívar se pueda ver como fue, especialmente como científico revolucionario de este continente y no solo teórico, sino de acción.

LUCHA DE BOLIVAR DESPUES DEL 5 DE JULIO DE 1811

El joven revolucionario se ve colocado en la posición obligada de simple espectador de una catástrofe que veía avanzar, Bolívar comenzó a sufrir la terrible tortura de sentirse impotente ante aquella situación, pero sus instintos revolucionarios le indicaban que tenía que actuar con rapidez y sin vacilaciones. De ahí, que de acuerdo con Miranda, desde la Sociedad Patriótica manifestaba alarmado los peligros que para ese momento significaba para Venezuela un federalismo, demandó disciplina, rigor y decisiones precisas contra los conspiradores y pedía pena de muerte para los españoles que preparaban la contrarrevolución en Coro y Maracaibo. Con exaltada elocuencia del verbo revolucionario declaraba que Venezuela sólo podría salvarse si actuaba con principios y libertad, adelantándosele a destruir a sus enemigos antes que ellos se fortalecieran mas de lo que estaban, pedía audacia, prontitud y energía implacable, solo estas virtudes exigidas por él a los hombres encargados de la ponderosa responsabilidad de gobernar, ¡salvaría la patria!

Pero estas ideas no encontraron el apoyo que él solicitaba, su juventud fue una de las razones para creerlas ligeras más que una garantía de quien las proclamaba. Sólo los jóvenes revolucionarios de ese momento político lo entendieron, pues las castas que gobernaban no se convencieron y manifestaban que todo había que manejarlo con mucha prudencia.

Los conceptos de Bolívar, se adoptaron como violentos y para desgracia del joven revolucionario, en el ámbito de este desacuerdo se reveló también las desavenencias que no se demoraron en distanciarlo de Miranda, quien ante la catástrofe que ambos habían presentido, no aceptó que Bolívar reaccionara de esta manera, su pesimismo lo sembró desde este momento, que exigía mucho de sus dirigentes.

Bolívar entra a funcionar con su teoría libertaria, lo básico y fundamental del verdadero revolucionario es su espíritu de rebeldía, este se manifiesta en primer termino, en luchar, en la fe espontánea de su actividad dirigente frente a las masas del pueblo a las cuales se encuentra ligado. Por eso, esto no lo han dicho nunca los fundadores a su culto. Bolívar reaccionaba desde el primer momento lanzándose con entusiasmo a la acción, buscando el camino que le permitiera poner su energía y su juventud al servicio de la República para su defensa. Al contrario de Miranda, quien no tuvo confianza en el pueblo, ni en los militares del momento, como ya lo dije, se sembró empecinadamente en un divorcio total en el concepto de lo que exigía aquella revolución latinoamericana emancipadora, por el contario, se vio dominado por su sombrío pesimismo y solo captaba con lucidez la desorganización del gobierno, la indisciplina de las fuerzas armadas, la falta de conocimientos técnicos en los oficiales de ese mismo ejercito y allá en el fondo de su alma se arrepentía de haber dejado a Londres para ponerse al frente de esta revolución, hacia comparaciones, con la Francia Jacobina y la Francia Napoleónica, y no podía menos de parecerle ridícula mascarada.

El distanciamiento entre los dos lideres se acentuó mas cuando en la ciudad de Valencia estalló un motín contra el gobierno republicano, en el cual los negros y los pardos, aliados con los españoles y a los gritos de ¡Viva Fernando VII! ¡Viva la religión católica! ¡Muera la independencia! se pronunciaron contra los blancos mantuanos de Caracas y el Gobierno de la República, fue enviado el marques del Toro, hombre que simbolizaba la vieja generación en cuyas manos la república se perdía, venia con la misión de reconquistar la ciudad, pero éste declino la honrosa designación que le hacían. Esto obligó al timorato gobierno a tomar providencia menos deseada también para ellos, nombrar a Miranda, generalísimo de los ejércitos de la República, con la esperanza de que su prestigio militar restableciera la caída moral de las tropas.

No bien asumió la jefatura del ejército, Miranda no pertenecía a esta revolución, no supo manejar la situación, empezó a engrandecer más su pesimismo que lo dominaba. En los primeros días fue a presenciar una revista militar en sitio cercano a Caracas y se espantó cuando vio desfilar, sin orden ni marcialidad aquella montonera de paisanos mal armados, sin uniformes y peor disciplinados, con inoportuna amargura pregunto a los funcionarios que le acompañaban “donde estaban los ejércitos que un general de su prestigio podía llevar a batalla sin comprometer su dignidad”. Fue inminente su desprecio, su subestimación hacia las fuerzas cuyo mando acababa de confiársele. De inmediato procedió a cambiar los oficiales, para colocar en las posiciones de responsabilidad a militares extranjeros, con un rechazo rotundo a lo antiguos y valientes venezolanos que según él, carecían de los conocimientos teóricos exigidos por los ejércitos europeos.

A Bolívar le incomodó esta situación, vio que al general lo invadía solo un capricho personal e individual y que precisamente se necesitaba de sus conocimientos para construir el ejército revolucionario. Bolívar tenía el grado de coronel del regimiento de las milicias de Aragua, tomo la decisión y se presentó ante el generalísimo para ofrecerle sus servicios. Mirando lo rechazó de inmediato justificando su negativa que a todos sorprendió: Ese muchacho -dijo- es solo un “joven alocado y peligroso” a quien no se le podían confiar tareas de alta responsabilidad, tareas que Miranda reservó para oficiales extranjeros, o para aquellos venezolanos que según él, poseían conocimientos técnicos –como Soublette- quien en esos días fue incorporado al estado mayor del generalísimo. Bolívar recibió la inesperada ofensa en silencio y no se amilano, por el contrario solicitó de inmediato a Fernando Toro le llevara en campaña como ayudante suyo. Este le hizo incorporar a su cuerpo de edecanes y así pudo entrar a campaña con las tropas de Miranda enviadas a dominar la contrarrevolución iniciada en la ciudad de Valencia.

El joven “alocado” calificativo de Miranda, no desaprovechó la oportunidad, siempre en primera fila iba al combate haciendo prodigios de valor, arengando las tropas y logrando ante el asombro de todos convertirse en su líder. Miranda tuvo que ahogar su orgullo de generalísimo y admirar a ese intrépido soldado que en el ataque de la colina del Morro, se precipito contra las trincheras enemigas con un sable en la mano y con la otra su pistola, defendía como un león herido su causa; que no era otra que la justicia y la libertad.

Mostró Bolívar que el problema de la indecisión era mortal para un líder de una causa emancipadora en estas tierras donde no se contaba con un ejercito llamado así, desde él punto de vista militar, pero que esas montoneras eran mas que un ejército si se les sabia conducir al combate con táctica y estrategia, mostró los momentos de la crisis que afectaba la revolución, aquí no se podían traer los viejos esquemas de la Europa imperial, estas tierras le exigían al combatiente, tanto político como militar, crear y adaptarse a los cartabones esquemáticos configurándolos al sentido humano, al tiempo, al momento que vivía el país, Le señaló al generalísimo que tenía las cualidades de que carecían los jefes republicanos, señalados a dedo por él, astucia, ideas claras, audacia, energía, decisión para ir a la victoria de una batalla, era necesario desde el punto de vista del combate atemorizar al enemigo para imponerse, allí recordó la educación y las recomendaciones de su maestro don Simón Rodríguez, (“La vida se nos da como un todo”) cuando estos hombres respondieron maravillosamente, en aquel campo de la muerte, a la llamada de sus instintos de acometividad o de su simple instinto de conservación.

Así, las fuerzas contrarrevolucionarias se vieron obligadas, ante la violencia del ataque, a abandonar el Morro, se retiraron hacia Valencia, donde se atrincheraron en las estructuras que mejor se prestaban para la defensa.

Juzgando Miranda ligeramente las pérdidas del enemigo, ordenó el inmediato ataque a la ciudad, las tropas cimarroneras tomaron las calles, logrando otra victoria días después, no sin grandes pérdidas. Mientras tanto, dijo Ricardo Becerra, oficial ayudante y admirador del Coronel Bolívar: El cuartel general era en aquellos días teatro de algunas escenas muy ridículas y de las cuales testimoniaron los grandes oficiales del generalísimo, una de ellas, fue la que el Jefe pasaba revista a las tropas, a la distancia un oficial de línea hacía caracolear su caballo al frente de estas arengándolas con voz aguda. Miranda, colocando su mano izquierda sobre la frente, a modo de visera, como era su costumbre cuando quería concentrar la mirada, reconoció a Bolívar, y, frunciendo el seño, pronunció palabras de desaprobación que oímos sus ayudantes.

En realidad los buenos resultados de aquellas victorias que sirvieron para tomar la ciudad, no fueron aprovechados por Miranda, quien accedió fácilmente a los deseos del Poder Ejecutivo, enemigo de nuevos derramamiento de sangre, se abstuvo de avanzar sobre las ciudades rebeldes de Coro y Maracaibo, enfrió los ánimos de aquellos combatientes, dirigiéndose a Caracas a ponerse al frente de los tribunales convocados para juzgar a los responsables de la insurrección Valenciana. Todo motivo de alarma se consideró entonces fuera de lugar y en las delicias de una República patriarcal se adormecieron los principios de los patriotas venezolanos.

Por supuesto, esta calma no duro mucho tiempo, el generalísimo pasó por alto que los cimientos de la República estaban suficientemente débiles por las agitaciones contrarrevolucionarias y el descontento general que se levantaba contra la nueva administración a la que se le unía una catástrofe de la naturaleza, precisamente en esos días, el 26 de Marzo un terremoto estremeció las ciudades de Caracas, La Guaira, San Felipe, Barquisimeto y Mérida.

El día del terremoto –contó el mismo Bolívar- yo llegue corriendo hasta aquí (LA PLAZA DE SAN JACINTO) en mangas de camisa porque me encontraba descansando, por cierto que encontré un lamentable hacinamiento de ruinas… En el acto me puse a la obra de salvar victimas, encaramándome sobre los escombros y gateando en dirección a los sitios de donde salían quejidos o voces de auxilio. Me hallaba en esta tarea, cuando di de manos a boca con el furibundo españolizante José Domingo Díaz, él que no hace más que verme y echarse a comentar con su acostumbrada sorna:

-¿Qué tal, Bolívar? Parece que la naturaleza se pone del lado de los españoles…

No vacile para responderle.

-Si la naturaleza se opone a nuestros designios, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca- lo hice porque interprete su cinismo.”

(…Continuará)


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(*) El venezolano Víctor Rodríguez Calderón es politólogo, periodista, escritor, poeta, director de empresas y experto en Planeación de Organizaciones. Recomendamos su blog El Victoriano.


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