Partido Revolucionario de los Comunistas de Canarias

Nubarrones otoñales en la “Primavera Árabe”

In Actualidad on 31 marzo, 2011 at 0:01

Ulises Canales


Si Túnez y Egipto sorprendieron y cautivaron, Yemen, Bahrein y, sobre todo, Libia empiezan a pasar una peligrosa y carísima factura al mundo árabe, cuya unidad y la pretendida soberanía respecto a Occidente posiblemente queden hipotecadas.

Las protestas por cambios sociales y democráticos en Túnez y Egipto derrocaron a los presidentes Zine El-Abidine Ben Ali y Hosni Mubarak, respectivamente, pero también confirmaron el ya sabido doble rasero de Estados Unidos y sus aliados de la Unión Europea (UE) en Medio Oriente.

Occidente pasó tardía, pero súbitamente, del apuro de ver caer regímenes a los que respaldó durante décadas, a tratar de convencer de que es coherente con su peculiar visión de los derechos humanos, y para ello era vital bombardear Libia.

Más allá del malestar inicial por el alto desempleo, bajos salarios, pobreza y galopante corrupción, las manifestaciones callejeras ganaron en dimensión y trascendencia a medida que llamaron a acabar con décadas de falta de libertades políticas y leyes represivas.

El clamor popular, alentado mediante redes sociales en Internet, puso en jaque a gobiernos republicanos y monárquicos que, al igual que las potencias mundiales, se vieron forzados a utilizar una retórica aperturista y populista, aunque sin atisbos de cambios sustanciales.

No es casual que las promesas de reformas políticas en Jordania, Arabia Saudita, Bahrein, Iraq, Marruecos, Argelia y Omán, sean insuficientes para millones de ciudadanos que diaria o semanalmente se manifiestan en sus calles pidiendo transformaciones estructurales. El sultán de Omán pareció ser el que más poder disuasivo tuvo, ayudado al igual que el rey de Bahrein por un fondo de 10 mil millones de dólares del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) para proyectos de infraestructura, empleo y viviendas.

Pero ni el anuncio de elecciones municipales sauditas, ni el pago de pensiones a desempleados bahrainíes, ni el reajuste del gobierno y la presión del rey jordano al parlamento para combatir la corrupción, aplacaron los reclamos de cambios constitucionales.

Mucho menos efectivas han sido las progresivas concesiones del presidente Ali Abdulah Saleh, cada vez más acorralado por protestas populares a las que se han sumado generales y otros oficiales de alto rango del Ejército y líderes de influyentes tribus yemenitas.

En medio de una inestabilidad de alcance impredecible en África norte y Medio Oriente, la radicalización de las protestas y la reacción ?más o menos represiva- de los gobiernos han sometido a prueba la clarividencia política y diplomática dentro y fuera de la región.

La andanada de visitas a Medio Oriente de jefes de Gobierno, primeros ministros, cancilleres y otros ministros de Estados Unidos, Rusia, Gran Bretaña, Francia, Alemania, Italia, España y otras naciones europeas, además del secretario general de la ONU, habla por sí sola. De igual modo, la evidente prisa de Occidente para tratar de sacar partido en sociedades convulsas, huérfanas de liderazgo, ávidas de democracia y carentes de recursos -como sucede a Egipto, Túnez o Yemen- ha tenido como partenaire a veteranos e influyentes líderes árabes.

Cualquier nación sacudida por protestas callejeras serviría de ejemplo, pero Libia resulta inmejorable para constatar que en Occidente predomina la tesis de que “a menos muertos, no importa el modo de represión, se es menos malo” y ello exime del peligro de agresión.

Tanto Washington y Bruselas como El Cairo, en su condición de sede de la Liga Árabe (LA) a la que pertenecen 22 países, parecieron obrar así cuando avalaron la imposición de una zona de exclusión aérea sobre el país norafricano, justo cuando morían opositores en Bahrein y Yemen.

En el alegado empeño “salvador” del pueblo libio, Occidente buscó y consiguió -a diferencia de lo ocurrido en Iraq en 2003- arrastrar al mundo árabe a que le sirviera en bandeja de plata una resolución que avaló la posterior decisión del Consejo de Seguridad de la ONU.

La Liga Árabe, cuya presidencia rotativa correspondía precisamente Libia y, por extensión, a su líder Muammar El Gadafi, pidió restringir los vuelos, a sabiendas de que tal medida sólo podían ejecutarla países con poderío aéreo, naval y militar inexistentes en la región.

Una prueba de cuán comprometedora fue la decisión lo aportó el secretario general de la Liga Árabe, Amr Moussa, dirigiéndose a un público regional por lo general escéptico con Estados Unidos y a un electorado egipcio que pudiera votarle para presidente de su país este año.

Moussa condenó los bombardeos indiscriminados porque “difieren” del propósito de la exclusión aérea, pero poco después ante el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, dijo en El Cairo que apoyaba “plenamente” la resolución y “no hay ningún desacuerdo al respecto“.

Sin embargo, el derramamiento de sangre libia, ya sea por choques entre partidarios y detractores de El Gadafi o por los bombardeos indiscriminados de la coalición internacional, saca a relucir divisiones, temores y rencillas religiosas.

Aunque a nivel de la calle en el mundo árabe prevalece la solidaridad a los “revolucionarios libios” que intentan derrocar a El Gadafi, a reyes y presidentes les llueven cuestionamientos por la forma en que se parcializaron a favor de las ex metrópolis coloniales.

Las primeras críticas fueron contra Qatar, el único país árabe que envió cuatro aviones de guerra, pero también contra los Emiratos Árabes Unidos (EAU), Jordania y Kuwait, que prometieron apoyo logístico a la operación bautizada como Odisea del Amanecer.

A muchos les resultó irritante el doble rasero que en la actual coyuntura llevó al CCG y en particular a pesos pesados como Arabia Saudita y EAU a enviar mil 500 soldados y policías a Bahrein para calzar a la monarquía Al Khalifa en la represión de opositores chiítas.

Para el CCG, que se afirma llevó redactada a El Cairo la resolución con la postura que la Liga Árabe adoptó el 12 de marzo, fue prioritario defender la estabilidad de las monarquías musulmanas sunnitas frente a la insurrección pacífica de la mayoría chiíta bahrainí.

En Bahrein murieron al menos 12 opositores y la entrada de los uniformados sauditas y emiratíes ocurrió días después del paso por Manama del secretario de Defensa estadounidense, Robert Gates.

Respecto a Yemen, donde sólo en un viernes de rezos y protestas murieron 52 de los más de 70 abatidos por disparos de policías y simpatizantes del presidente Saleh desde el 27 de enero, tampoco se aplica la misma severidad que contra Libia.

El propio Gates durante su visita a Egipto despejó cualquier duda al afirmar que la Casa Blanca “no ha formulado su postura sobre si Saleh tiene que renunciar ni cuándo lo haría. Mientras las cosas estén inestables en Yemen, es demasiado pronto para predecir un desenlace“.

Un abogado bahrainí lo describía como “peligrosa hipocresía” de los políticos árabes, que condenan a El Gadafi por presuntamente masacrar a sus adversarios, mientras asisten a las fuerzas de seguridad de Bahrein en una represión letal contra los chiítas.

Para la administración de Barack Obama es simple: la pequeña isla del Golfo Pérsico sirve de base a la quinta flota estadounidense que patrulla esa zona y es vista por los árabes como la fuerza militar disuasiva frente a la supuesta influencia regional del Irán chiíta.

El Yemen de Saleh, a quien Gates valoró como “importante aliado en la lucha antiterrorista“, es clave para Washington y Riad en el enfrentamiento a Al-Qaeda y el alegado propósito de frenar su expansión en Medio Oriente y el Cuerno de África.

Lo preocupante para todos es que tales antagonismos y la presencia de barcos, submarinos y aviones de guerra occidentales en la región alimenten un radicalismo islámico que hasta ahora ha sido ajeno a movimientos de protestas sin reivindicaciones ideológicas o religiosas.

Según medios regionales, los islamistas acusan a líderes árabes y en particular a la Liga Árabe de arremeter contra El Gadafi para contentar a Occidente, un argumento esgrimido en los casos de Iraq y Afganistán para denunciar sumisión a Washington y justificar actos terroristas.

Pero al mismo tiempo, un ex jefe militar emiratí aseguró que la renuencia de Abu Dhabi a participar a un nivel similar a Doha en la cruzada contra Libia se debió a discrepancias con la falta de visión estadounidense a un tema vital para el Golfo Pérsico. Los sunnitas árabes, sobre todos los del Golfo, consideran las revueltas de los opositores bahrainíes parte de una campaña de Irán, el vecino persa chiíta al que acusan -en sintonía con la retórica hostil occidental- de interferir en asuntos de los árabes de la región.

Siria también registra revueltas y en apenas cinco días se han confirmado más de 15 muertos.

Muchos confían en que la crisis allí no irá a más, pero temen que, en caso de deterioro, las objeciones de Damasco a la resolución de la Liga Árabe contra Libia le pasen factura.

El Gobierno de Bashar Al-Assad está contra la intervención extranjera en Libia, y rechaza toda forma de interferencia en los asuntos internos de aquel país, lo que considera violatorio de su soberanía e independencia y una amenaza a su unidad territorial.

Dentro de las voces chiítas, el líder del movimiento de resistencia libanés Hizbulah, jeque Hassan Nasrallah, también criticó a los países árabes por respaldar al régimen bahrainí en lugar de a sus ciudadanos, contrastándolo con el espaldarazo que dan a los rebeldes libios.

Algún pacifista advertía en una red social que la Odisea del Amanecer implica una peligrosa desventura mediterránea aparentemente interminable, y si nadie duda que las acciones militares cesarán, más temprano que tarde, la unidad de la Liga Árabe es incierta.

Las revueltas revolucionarias que muchos ya etiquetaron como “Primavera Árabe” escribieron en las calles muchos capítulos aleccionadores y florecientes, pero tendrán siempre la sombra de nubarrones otoñales concebidos en palacios.


(*) Ulises Canales es corresponsal de Prensa Latina en Egipto.

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