Partido Revolucionario de los Comunistas de Canarias

La Bolivalogía (XI)

In Cultura, Historia, Opinión on 6 abril, 2011 at 0:01

Víctor J. Rodríguez Calderón


EL BORRÓN Y CUENTA NUEVA DE MIRANDA

Muchos son lo errores cometidos por el generalísimo, por eso es necesario partir de sus implicaciones con realidad en el análisis político y desde el punto de vista revolucionario militar, no se trataba de un simple juego de revolucionarios ni tampoco una experiencia histórica sustancial para la primera república. Miranda el precursor falla y lo hace porque le es imposible descolonizarse de las castas militares aprendidas en la Europa de la cual intentó emanciparnos.

Esta situación no podía durar mucho tiempo, pues la conducta del generalísimo, ruda y despiadada se destacaba con su pertinaz silencio ante Bolívar, señalándole su fracaso, lo que no podemos negar; al principio si agudizó por algún tiempo su honda pena, al cerrarle todas las salidas y esperanzas de reivindicación, pero poco a poco le fue dejando mas tranquilo y un nuevo sentimiento, alimentado por el recuerdo de los desaires y las humillaciones que fue objeto, dio paso a principios definitivos y al conocer a Miranda como supuesto seudo-líder revolucionario, se fue contra él, al considerarlo traidor a la causa independentista que el mismo había despertado. La admiración por el ídolo de ayer se convirtió en odio profundo al ver hasta donde había llegado con la república, que conjuntamente habían liberado. Por eso lo llamó “jefe aborrecido y déspota arbitrario hasta el exceso”.

El crecimiento de esta hostilidad coincidió, para desgracia de Miranda, con los momentos en que él, dominado por el escepticismo, el desprecio, se preparaba a cerrar en forma melancólica su extraordinaria carrera publica. Porque en las dificultades del generalísimo, en sus vacilaciones y en sus errores cometidos en los procesos revolucionarios, donde mostró una miopía táctica y una deformación ideológica en cuanto a lo que exigía la causa emancipadora, encontró no solo el odio de Bolívar, sino su venganza. La incapacidad demostrada por el generalísimo libró definitivamente a Bolívar de la admiración que siempre le había profesado y a poderlo despreciar y calificarlo de inepto y traidor, como lo hizo poco después, su alma y sus principios se emanciparon de la desconfianza que le comunicó el desprecio de Miranda, por ser el de un hombre a quien admiraba y en cuyo juicio combatiente creyó.

El día 13 de Julio ocurrió un acontecimiento que aumentó el pesimismo del generalísimo; los esclavos negros del Valle de Barlovento se rebelaron y al grito de ¡Viva el rey!, se pusieron en marcha hacia Caracas, por el camino iban incendiando las haciendas, quemando plantaciones y asesinando cruelmente a los blancos. Miranda decidió entonces dar el mas triste y grave de los pasos de su vida publica, ante la gravedad de estos hechos, llevo sus intenciones al ultimo limite; se reunió con Francisco Espejo, Juan Germán Roscio, el coronel José de Sata y Bussy, Francisco Antonio Coto Paúl, y después de mostrarle la gravedad de la situación, les rogo encarecidamente de proponer un armisticio, como había venido aconsejándoselo el marqués de Casa León, cuya llegada a la Junta a ultima hora, inclino todas las voluntades a favor de esta miserable propuesta.

Al recibir Monteverde la iniciativa de estos pobres revolucionarios, sonrió y de inmediato los sometió a sus barbaridades. Miranda no lo pensó y acepto el armisticio como el jefe español lo requería. Para el colmo de su historia, estos términos bajo su responsabilidad los mantuvo en secreto hasta última hora, dando pie a que numerosos enemigos patriotas y especialmente la oficialidad del ejército pensaran cuando se conocieran, en la posibilidad de una traición.

Pero esto no demoró, al grito de ¡Nos vendieron a Monteverde!, se levantaron los cuarteles y los oficiales patriotas al no reconocer el vil pacto. Miranda logró dominar a los rebeldes y después de ordenar al comandante de Caracas la entrega de la ciudad, donde los patriotas, entre ellos Bolívar, temerosos de la voracidad y proximidad de Monteverde comenzaron su huida hacia la Guaira, pero un suceso inesperado los detuvo.

El hecho de que Miranda se preparara a salir del país, produjo general alarma entre los patriotas que habían acordado huir, este proceder confirmaba que el armisticio estaba envuelto en una terrible traición. Esa misma noche el grupo revolucionario se reunió a la cabeza de Bolívar, se pusieron en contacto con el comandante militar coronel Manuel María de Las Casas y con el gobernador civil, don Miguel Peña, allí acordaron detener a Miranda para exigirle cuentas por su conducta, e imponerle el digno castigo. Bolívar fue destinado para arrestarlo.

Sin pensarlo dos veces, Bolívar se hizo acompañar de algunos oficiales y se dirigió a la residencia de su antiguo ídolo a cumplir con los conceptos y preceptos de la revolución y a finalizar el largo duelo sin palabras que se venia librando entre ellos.

Al llegar a la residencia los recibió Soublette y les comunico que el generalísimo se encontraba entregado al sueño. Bolívar le ordenó despertarlo, diciéndole que traían una orden de arresto, Soublette comprimió el rostro asombrado, pero fue a cumplir la orden.

¿No es demasiado temprano?, preguntó el generalísimo al ser interrumpido en su descanso. Pero enterado de la diligencia de los oficiales, tranquilamente le respondió a su ayudante:

Dígales a esos señores que esperen; pronto estaré con ellos.

Se vistió con el cuidado que acostumbraba y salió de la habitación donde lo esperaban; una lámpara de luz débil de mano de su ayudante le alumbró los rostros a quienes lo buscaban.

Bolívar, mirándolo con firmeza, le anunció que estaba detenido y que debía de prepararse para salir sin demora. Miranda quedo en silencio por algunos segundos, no demostró la menor atención a la orden de Bolívar, lo miró con desprecio, con ese desprecio afrancesado por los suramericanos y le respondió:

¡Bochinche!, ¡bochinche!, esta gente no sabe sino hacer ¡bochinche!

Pero no tuvo mas remedio, se envolvió en su capa, emprendió la marcha en medio de sus apresores, hasta ayer sus subalternos, marcha que terminaría esa noche en la prisión de la Guaira y mas tarde en las terribles mazmorras de Cádiz, donde acabaría su vida este noble y glorioso aventurero.

El día 31 por la mañana, los autores del arresto del generalísimo se reunieron con de Las Casas para decidir la suerte del prisionero y estudiar la manera de escapar de Venezuela. Bolívar, quien ya no vacilaba en atribuir el fracaso de la revolución a la conducta de Miranda, propuso de inmediato su fusilamiento. Pero de Las Casas, hasta el momento de acuerdo con sus compañeros, les declaró francamente que en su calidad de comandante de la Guaira no entregaría al prisionero sino a las autoridades españolas y a ellos no les permitiría salir de Venezuela, para dar así cumplida ejecución al armisticio.

Bolívar no escapa, regresa a Caracas, pues sabe que si lo intenta, seria tratado sin consideraciones y en su caso era mejor tratar nuevas tácticas, demuestra como si fuese a someterse a los precarios términos del armisticio, y recurre esperanzado a la protección de un español antiguo amigo suyo, don Francisco Iturbe, a quien sabia amigo de Monteverde. Al oír éste los detalles del apresamiento de Miranda, no dudo de valerse de esta posibilidad para salvar a su joven amigo. Tan pronto como Monteverde llega a Caracas, Iturbe lo visita y le solicita el pasaporte para que Bolívar abandonara el país.

Monteverde, ocupado y consagrado en esos momentos a consolidar su poder en Venezuela, no opuso mayor resistencia a la petición de su amigo Iturbe y le pidió que se lo llevara a su despacho con el fin de expedirle el correspondiente salvoconducto. De esta manera y en la fecha fijada, Simón Bolívar fue presentado al jefe español. ¿Quién lo diría? Allí frente a frente estaba el futuro libertador de Venezuela y su actual conquistador, sin que ninguno sospechara lo que la historia les tenía preparado y los combates a muerte que les esperaba en un futuro próximo.

Monteverde abrazó a Don Francisco pero no le presto atención a Bolívar, quien mientras los dos conversaban, permaneció discretamente apartado, observando con curiosidad al jefe militar español. Este hombre fornido, de ademanes seguros, de mirada penetrante y sonrisa cruel, simbolizaba para Bolívar todo lo contrario de Miranda, él era la majestad de la victoria, que no podía menos de admirar y respetar como enemigo, la audacia de sus concepciones, la rapidez de sus ataques, muy a su pesar le atraían, como si en los mas profundo de su naturaleza revolucionaria trepidaran fuerzas de acometividad idénticas a las demostradas por el nuevo conquistador de Venezuela.

Después de conversar los dos amigos, Monteverde le ordenó a Muro, su secretario, Mirando a Bolívar:

Concédele pasaporte al señor en recompensa del servicio hecho al rey con la prisión de Miranda.

Bolívar no soporto ese insulto e inmediatamente respondió:

Perdone Usted, General, a Miranda lo arreste por traición a la patria y no por servir a su rey.

Monteverde lo miro indignado, pero Iturbe lo abrazo y le dijo tranquilizándolo:

No haga vuestra excelencia caso de esta calavera. Dele su papel y que se vaya.

Iturbe fue hábil al emplear este calificativo para borrar de Monteverde toda duda contra la imprudencia y resuelta frase de Bolívar.

¡Que lejos estaba Monteverde de sospechar que con aquel pasaporte, libraba al hombre que lo derrotaría con todos sus ejércitos e independizaría a Venezuela y parte de América!

(…Continuará)


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(*) El venezolano Víctor Rodríguez Calderón es politólogo, periodista, escritor, poeta, director de empresas y experto en Planeación de Organizaciones. Recomendamos su blog El Victoriano.


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