Partido Revolucionario de los Comunistas de Canarias

Solidaridad por nunca y jamás

In Actualidad on 6 abril, 2011 at 0:00

Saul Landau y Nelson Valdés

El presidente Obama nunca deja de sorprendernos. “No puede deshacerse de maestros y de Tomahawks al mismo tiempo”, pero lo hizo, como dijo Jon Stewart. (Daily Show, 22 de marzo.) El presupuesto para necesidades internas será recortado. Obama ha declarado repetidas veces que el gobierno no tiene dinero, y después ordenó a las fuerzas armadas que lanzaran cientos de misiles de crucero Tomahawk -y EEUU perdió un bombardero a reacción. El costo de los reemplazos de los Tomahawks tan solo para el primer día de guerra es de más de $71 millones (Fox.com, 20 de marzo.) La primera semana de la guerra de la “zona de exclusión aérea” contra Libia pudiera costar $1 mil millones.

Viajó a Brasil y anunció allí que había encontrado una nueva oportunidad de hacer guerra a la que no se pudo resistir. Un cínico en Washington pensó que Obama tenía el plan secreto: reemplazar a Henry Kissinger como el que menos ha merecido el Premio Nobel de la Paz.

La presidenta brasileña Roussef expresó su firme oposición al uso de medios militares en Libia, y Brasil se abstuvo en la resolución de la ONU que autorizó la intervención armada. Al usar su visita a Brasil para anunciar y justificar su nueva guerra, Obama violó el protocolo. ¿Irrespetuoso? ¿Insensible? ¿O simplemente otra insensible comportamiento norteamericano?

Mientras ardía la guerra en Libia, Obama firmó en Santiago un pacto de energía nuclear con el presidente Piñera de Chile, justo cuando el gobierno japonés informaba a sus ciudadanos de los peligrosos niveles de radiación en el agua potable y la espinaca.

Obama se deshizo en elogios acerca de las maravillas del incremento del comercio entre EEUU y sus vecinos latinoamericanos, pero probablemente olvidó que algunos de esas grandes ventas a Latinoamérica fueron de armas, una exportación fundamental de nuestro gran país. También juró proseguir la guerra a la drogas desde mediante la educación y la rehabilitación, sin mencionar que las decenas de millones de usuarios norteamericanos –no son adictos-no utilizarán esos servicios y que el intento por rociar los cultivos y capturar a los narcotraficantes ha reportado cero beneficios, pero solo por poco más de un siglo. Denle un poco de tiempo.

Chile demuestra, peroró, que es posible “hacer la transición de la dictadura a la democracia -y hacerlo de manera pacífica”. Él no tiene edad como para recordar la manera en que en septiembre de 1973 el gobierno de EEUU ayudó a los chilenos a hacer la transición de la democracia a la dictadura; y por lo visto no lee lo que no le conviene. Pero el general Pinochet y sus fascistas militares solo gobernaron durante 17 años, cuatro años más que Hitler. Obama no se refirió al gobierno del Dr. Salvador Allende, elegido democráticamente y no dijo que el gobierno norteamericano ayudó a derrocarle por medio de la fuerza y la violencia.

Obama tampoco opinó acerca de los espías, policías, diplomáticos y banqueros norteamericanos que se desvivieron por ayudar a las dictaduras militares en Argentina, Brasil, Uruguay, Paraguay y gran parte de Centroamérica. Durante décadas masacraron, torturaron y exiliaron a sus disidentes. EEUU cerró sus puertas a casi todos los que huyeron de estas crueles dictaduras que EEUU apoyaba.

Se cuidó de contar cómo las tropas norteamericanas invadieron República Dominicana. En Haití, diplomáticos de EE.UU. secuestraron y exiliaron al presidente del país. Es más, después de siete años de exilio forzoso, el dos veces derrocado presidente haitiano Jean Bertrand Aristide casi no pudo regresar a casa. Mientras que el avión presidencial Fuerza Aérea Uno se dirigía al sur con el primer presidente “negro”, la Casa Blanca trataba de persuadir a Sudáfrica que impidiera que Aristide subiera a un avión con destino a su Haití natal.

Los exiliados tampoco aparecieron en el discurso de Obama. Ese feo asunto pertenece al basurero de la historia donde su fragancia no puede estropear la dulce retórica de la democracia “made-in-the-USA.” La realidad es algo diferente, a no ser que la “democracia” incluya a los narco-estados (México, Colombia, Centroamérica), donde decenas de miles mueren en batallas a tiros o la desnutrición endémica, la ausencia de cuidados de salud y de empleos que asedian al sur del continente. Para Obama, Cuba es la única mancha en este hemisferio casi perfecto.

Mientras el presidente Raúl Castro liberaba al último prisionero político arrestado en 2003 por aceptar dinero, bienes y servir al gobierno de EE.UU. y anunciaba una gran expansión de la privatización, Obama exigía: “Las autoridades cubanas deben realizar acciones significativas para respetar los derechos básicos de su propio pueblo -no porque Estados Unidos insista en ello, sino porque el pueblo de Cuba lo merece no menos que el pueblo de Estados Unidos o el de Chile o el de Brasil o de cualquier otro país.

Durante los pocos días que permaneció al sur de la frontera, utilizó lugares comunes políticos que pronostican lo que oiremos en la campaña de reelección de 2012. Enunció una nueva “solidaridad” sin hacer referencia a la colaboración regional ya existente de Latinoamérica en el plano económico, político y militar -sin la ayuda del Gran Hermano norteño.

Hasta en la última etapa de su viaje presidencial en El Salvador Obama evitó los temas de Latinoamérica, como el hecho de que la impresión sin fin de más dólares norteamericanos devalúa las reservas en dólares de estos países. También evitó hablar de cómo las políticas proteccionistas de EE.UU. van en contra de las exportaciones latinoamericanas, y de cómo los subsidios de EE.UU. a la agricultura joden la agricultura latinoamericana.

Un periodista de Univisión en San Salvador preguntó a Obama acerca de la Operación “Rápida y Furiosa”. Nadie le había informado que agentes de la DEA suministraron a los narcotraficantes mexicanos armas de alto poder que tenían ocultos localizadores de GPS, de manera que el ejército mexicano pudiera rastrear y destruir a las pandillas. ¡Vaya! Las pandillas eliminaron los localizadores.

Obama aseguró a los salvadoreños que esos operativos anti-drogas -olvídense de su mínimo error en México- invertirían $200 millones para montar una “iniciativa regional de seguridad” a toda prueba para eliminar el narcotráfico, la violencia de pandillas y la emigración centroamericana hacia Estados Unidos.

El mensaje presidencial fue sencillo — La democracia se fortalecerá por medio de los militares y las agencias antidrogas: la nueva solidaridad con Suramérica.

¡Un cambio en el que se puede creer!

 

[Fuente: CubaDebate]

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