Partido Revolucionario de los Comunistas de Canarias

¡Averguéncese quien malicie motivaciones impuras! Una meditación irreverente sobre Libia, el Imperio, la República y la Coalición Aliada

In Actualidad, África on 9 abril, 2011 at 0:00

Arno J. Mayer


¿Por qué esa renuencia a usar la “palabra que empieza con I”? Para decirlo todo, un Imperio en un estadio relativamente incipiente de decadencia: precisamente porque está sobredimensionado. Y si el Imperio y la República nunca gozaron de una feliz convivencia, la cosa empeora en el ocaso imperial. En Washington, la política y el gobierno se hacen menos y menos democráticos, y más y más disfuncionales y corruptos. Por añadidura, en el Capitolio, en los medios de comunicación y en los think tanks sólo se habla del interés nacional y de la seguridad nacional, si siquiera mencionar de pasada el interés imperial de Norteamérica.

Los EEUU han dejado de tener los medios que precisan sus ambiciones imperiales y su adicción a las intervenciones ultramarinas. Ni que decir tiene, Washington todavía guarda la apariencia de disponer de una plétora de recursos. Pero sólo logra retener este as en la manga a costa del bienestar del común (excepción hecha de Northrop Grumman, Lockheed Martin, Boeing…). La industria armamentística es, en efecto, uno de los poquísimos sectores industriales en crecimiento en una economía norteamericana en vías de desindustrialización. Por complicadas razones, una Norteamérica hostil al reclutamiento anda escasa de “botas sobre el terreno”.

Sin embargo, aún se las arregla para cubrir parcialmente ese déficit con “contratistas”, hasta ahora comúnmente conocidos como mercenarios: ha habido cerca de 200.000 contratistas en Irak y se acercan a 100.000 en Afganistán, es decir, substancialmente más que el personal militar regular. Huelga decir que las Compañías Militares Privadas –otro sector económico en auge— suministran ese “servicio” a cambio de beneficios, unos beneficios disparados, porque las botas sobre el terreno las reclutan en buena parte en países latinoamericanos de bajo nivel salarial. Dicho sea de paso: una de las razones para empicotar al coronel Gadafi es que recluta mercenarios en el corazón de las tinieblas, pero lo más probable es que no recurra a los servicios de Blackwater o a un equivalente libio.

En efecto: el imperativo moral que guía la intervención los EEUU es prevenir la masacre y la carnicería “en una escala horrible” de civiles inocentes –los rebeldes armados de mañana— por parte de Gadafi, singularmente a manos de los “primitivos” mercenarios africanos de éste. De hecho, Norteamérica y su “aliados y socios” están interviniendo en una guerra civil. Las guerras civiles son, claro está, feroces por naturaleza, lo que no obliga sin más a rechazar o a despreciar el aserto de Montesquieu, conforme al cual “una guerra civil es un mal menor que una guerra exterior”. En realidad, los norteamericanos saben o deberían saber una o dos cosas sobre su Guerra Civil sin mercenarios. Se llevó por delante las vidas de al menos 600.000 combatientes, el 2% de una población de 30 millones, con un promedio de 500 muertes al día. Sólo en la batalla de Gettysburg, los ejércitos enfrentados sufrieron entre 45.000 y 50.000 bajas. Y también habría que recordar las muchedumbres de heridos, con pocas esperanzas de sobrevivir, singularmente en el bando Confederado. Sea ello como fuere, la guerra entre los estados norteamericanos se cobró un tributo mayor que cualquiera de los conflictos exteriores que haya tenido Norteamérica desde la Independencia hasta prácticamente el día de hoy.

Washington, claro está, sostiene empero que no está solo y que no carga con el peso mayor de la intervención. En particular, se espera de los más importantes aliados europeos –se les invita incluso a ello, por no decir que se les mendiga— que echen una mano a los EEUU en su empeño imperial. Esa posibilidad de asistencia multinacional bajo mandato de Naciones Unidas, junto con un estandarte distinto del de la Vieja Gloria, marca un cambio radical.

A fines de 1942, cuando Winston Churchill vio mejorar la fortuna de los aliados militares y echó cuentas del sobredimensionado alcance ultramarino de la Gran Bretaña, hizo su célebre declaración de que no había llegado a ser “primer ministro de Su Majestad para presidir la liquidación del Imperio Británico”. A diferencia de Churchill y los tories, su sucesor laborista Clement Attlee hizo precisamente eso, dejando grandes esferas del Imperio en manos de los EEUU, al tiempo que miraba con el rabillo del ojo a Washington esperando transfusiones financieras. Los laboristas pusieron el Plan Beveridge [base del estado del Bienestar británico] por delante de la lucha por el mantenimiento de las posesiones de ultramar.

Mientras Washington coincide en establecer y sostener la zona de exclusión aérea con misiles de crucero Tomahawk y Vehículos No Tripulados tan libres de riesgos como caros, se espera que los aliados europeos, bajo el mando de una OTAN todavía dominada por EEUU, apoyen –in extremis, bota en tierra— a unas fuerzas rebeldes terrestres que combaten prácticamente desarmadas. Es lo menos que pueden hacer, pues ahora mismo están en mejores condiciones que Norteamérica para financiar ese tipo de operaciones. En haciéndolo, poniendo a Turquía –el único miembro no cristiano de la OTAN— en un mal paso, arrostrarán sus propias variantes de un pesado pasado colonial: señaladamente Italia, que, resuelta a unirse al club imperial, bombardeó a las tribus libias en 1911 –el primer ataque aéreo a poblaciones civiles que registra la historia—, antes de ocupar y anexarse un territorio en gran medida desértico.

Esta mano militar echada a Washington por los grandes aliados europeos tiene, empero, otro lado. En Norteamérica sólo se habla de Francia, de Gran Bretaña y de Italia y de su contribución alícuota a las cargas soportadas por el hombre democrático y cristiano, singularmente en Libia y la parte mediterránea de su esfera de co-prosperidad”. Ni una palabra de los gobiernos conservadores de Nicolas Sarkozy, David Cameron y Silvio Berlusconi, empeñados en políticas arbitrariamente discriminatorias con sus poblaciones musulmanas inmigrantes.

Ello es que ni el único portaviones nuclear francés –el Charles de Gaulle—, ni las flotillas y fragatas británicas e italianas andan patrullando por mar abierto, canales y enclaves energéticos del Gran Oriente Próximo. Quienes lo hacen son las hasta ahora inigualadas fuerzas navales y aéreas norteamericanas, que operan a partir de un vasto archipiélago de bases navales y aéreas, dirigidas por el Mando Africano del departamento de Estado de los EEUU (AFRICOM, por sus siglas en inglés). Sostenidos en esa fuerza bruta, no sólo el presidente Obama, sino la secretaria de Estado Clinton, el secretario de defensa Gates y el presidente de la junta de jefes de estado mayo, el almirante Mullen, como si de peripatéticos procónsules se tratara, no dudan en apuntar selectivamente con el dedo a caudillos autoritarios, si es necesario, conminándoles a echarse a un lado para permitir un cambio de régimen, o arriesgarse a ser derrocados, asesinados o juzgados por crímenes de guerra contra la humanidad ante un tribunal internacional.

Washington se planta erguido y robusto, pues el AFRICOM, combinado con la 17ª Fuerza Aérea, es sólo uno de los nueve Comandos Unificados de Combate del Departamento de Defensa, y la Quinta Flota, con cuartel general en Bahrein, es sólo una de las seis flotas de combate activas. En cuanto a las Fuerzas Aéreas, disponen de cerca de 80 bases ultramarinas. Es literalmente un juego de niños para la Armada estadounidense colocar una pequeña flotilla de naves de asalto, submarinos y destructores ante la costa libia, y para la Fuerza Aérea estadounidense, imponer una zona de exclusión aérea en los cielos libios. Hay, además, varios portaviones nucleares estadounidenses muy cerca para suministrar ulteriores prestaciones. Así como no hay soldados americanos en las cercanías que puedan correr peligro en tierra firme, hay marinos y pilotos que incurren pocos riesgos enrolados en las fuerzas navales y aéreas norteamericanas.

Mientras que el objetivo final de la Operación Odisea del Alba sigue necesariamente indeterminado, su ciclópeo, aun si tácito, designio militar a corto plazo es ayudar a los rebeldes a sacar del poder a Gadafi y preparar el terreno para algún obscuro cambio de régimen à la Irak (¿y Egipto?). En el ínterin, el objetivo político-diplomático es advertir a otros autócratas hostiles y alertar a los amigos sobre los probables costes y las consecuencias de su recalcitrante renuencia. Obviamente, Washington, y conforme a sus intereses estratégicos militares, diplomáticos y económicos planetarios, empleará un doble rasero a la hora de resolverse a apuntar con el dedo. Será, desde luego, menos severo con los soberanos y las elites dominantes en Jordania, Bahrein, Arabia Saudí, los Emiratos y Siria que con los de Yemen, Irán, Sudán y Costa de Marfil.

Uno no se atreve siquiera a mencionar el petróleo u otras consideraciones mercantilistas en momentos en que hueras y ritualísticas declamaciones sobre la democracia, la libertad, los derechos humanos y la libre economía de mercado inhiben cualquier discusión crítica y seria en los medios de comunicación dominantes, en las trituradoras de los think tanks y en los pasillos del poder. Ese travestismo del debate democrático abierto y consecuente va de la mano con la poco menos que unánime celebración autosatisfecha del apoyo de la Liga Árabe y de países como Qatar y la Unión de Emiratos Árabes a la Resolución 1973 del Consejo de Seguridad y a la Operación Odisea del Alba. Sí, se dice que los pilotos de un puñado de naciones aliadas del Golfo Pérsico se han unido a los aviones aliados para patrullar la zona de exclusión aérea con modernísimas aeronaves fabricadas en EEUU y en Francia. Y por supuesto, la Unión Africana, sin poner F-20 o Mirages en el aire, aprueba también ostensiblemente lo que es aclamado como una amplio esfuerzo internacional –no sólo norteamericano u occidental— para “salvar para la democracia” y para el capitalismo megaempresarial a otra región del planeta. Huelga decir que Israel, el hemidemocrático aliado regional de EEUU, y el más mimado y armado, no está –oficialmente— invitado a entrar en esta “coalición de voluntades” último modelo.

La narrativa naciente nada dice de Brasil, China, India y Rusia, a la espera de desarrollar sus propias mega-armadas y sus propias fuerzas aéreas –¿y sus ejércitos de tierra?— que un futuro no demasiado distante forzarán y simbolizarán la radical reconfiguración del equilibrio internacional de fuerzas militares, económicas y propagandísticas que, con toda seguridad, seguirá erosionando la Pax Americana. Honi soit qui mal y pense [¡averguéncese quien malicie motivaciones impuras!].


(*) Arno J. Mayer es profesor emérito de historia en la Universidad de Princeton. Autodefinido como “marxista disidente de izquierda”, es autor, entre otras obras, de The Furies: Violence and Terror in the French and Russian Revolutions, 2001.



[Fuente: SinPermiso]

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