Partido Revolucionario de los Comunistas de Canarias

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El Partido Comunista de Venezuela demanda al gobierno poner fin al acuerdo de inteligencia con Colombia

In Actualidad, Represión on 8 junio, 2011 at 0:02

Porque viola la soberanía nacional y la información son usados por la inteligencia norteamericana y sionista de Israel, el Partido Comunista de Venezuela (PCV) demandó al gobierno venezolano, dejar sin efecto la cooperación en materia de inteligencia con el gobierno y policía colombiana“.

Así lo expresó Oscar Figuera, Secretario General del PCV en la rueda de prensa de esta mañana, a propósito de los antecedentes entregados por el propio gobierno venezolano, sobre la cooperación que mantiene en materia de inteligencia con el gobierno de Colombia que han significado la captura y entrega de cuadros revolucionarios al régimen narcoparamilitar de la oligarquía colombiana.

El Partido Comunista considera que está cooperación en materia de inteligencia, están vulnerando la soberanía de nuestro país”, indicó el dirigente comunista.

De acuerdo a los antecedentes que maneja el PCV y entregados por las propias autoridades venezolanas, fue Colombia quién informó a Caracas de la presencia del cantautor y miembro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC-EP). “No es posible que la inteligencia colombiana, en este caso el DAS pueda señalarle al gobierno venezolano donde están actuando los revolucionarios y revolucionarias en nuestro territorio, si no tienen agentes colombianos en territorio venezolano”, señaló Figuera.

Para el Partido Comunista de Venezuela, esta actuación de los agentes colombianos vulnera la soberanía nacional.

Pero también el PCV denunció que está cooperación de inteligencia con el gobierno colombiano, directamente está siendo utilizada por los organismos de inteligencia norteamericanos y de Israel, toda vez que es conocido los acuerdos en esta materia que tiene el Gobierno de Colombia con la CIA y Mossad del Estado sionista de Israel.

“Existe información que la data que se entrega en Venezuela a la inteligencia colombiana es del conocimiento, dominio, manejo y utilización por parte de la inteligencia norteamericana y del sionismo internacional”.

Por estas dos razones –la violación a la soberanía nacional y el uso de la información por parte de enemigos declarado de nuestro país, como son el norteamericano y el sionismo israelí- el Partido Comunista demandó dejar sin efecto los convenios de cooperación en materia de inteligencia con el gobierno colombiano.

GOBIERNO VENEZOLANO VULNERA EL DERECHO A LA DEFENSA

El Partido Comunista de Venezuela, también se refirió a lo que público y notorio, el abandono del gobierno nacional de los derechos que tiene todo ciudadano nacional o extranjero, el derecho mínimo a la defensa.

Así como se le garantiza el derecho a la defensa de los ciudadanos venezolanos en cualquier país de mundo, en Venezuela que trabajamos y luchamos por constituir una nueva sociedad y un Estado Revolucionario, debe garantizarse a las y los revolucionarios, al menos, el derecho a la defensa”, demandó el PCV.

Situación que no ha sucedido en el caso de las entregas y deportaciones que el gobierno nacional a realizado por la vía administrativa, vulnerando así las leyes nacional, la Constitución Bolivariana de Venezuela y los acuerdos internacionales.

Pero además frente a las expresiones que se han venido señalando en torno al caso del Cantautor de las Farc, Julián Conrado, el Partido Comunista pidió al Ejecutivo Nacional que no se equiparé y se ponga en una misma balanza, a los paramilitares que son parte del gobierno colombiano y al narcotráfico, con las y los luchadores colombianos.

No se corresponde con una valoración ideológica y política transformadora, el que nosotros echemos en un solo saco a quienes actúan en actos de delincuencia común, a quienes sirven al Estado terrorista y narcoparamilitar colombiano, como son los paramilitares, con quienes resisten la dominación del imperialismo y del estado colombiano”, enfatizó Figuera.






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Estado Democrático y Social de Derechas

In Actualidad on 8 junio, 2011 at 0:01

Teodoro Santana


Desde 1978 vivimos, supuestamente, en un “Estado Democrático y Social de Derecho”. Pero bien haríamos en preguntarnos qué significa cada uno de esos términos. Cuando se redactó la constitución vigente, los partidos de izquierda incluyeron en la definición el adjetivo “social”, un brindis al sol que no era más que el intento de visualizarse como representantes de los derechos sociales. En la práctica no suponía ningún compromiso real por parte de las fuerzas de la oligarquía española y sus representantes políticos.

De hecho, mientras que los resortes del poder quedaban “atados y bien atados”, al igual que lo esencial del aparato de Estado fascista, los “derechos sociales” (trabajo, sanidad, vivienda, etc.) quedaron –y quedan– en pura retórica, sin contenido real alguno.

El mismo concepto de “Estado” se usa sin entender exactamente de qué estamos hablando. Porque, al fin y al cabo, el Estado no es más que una superestructura que se reserva para sí el monopolio de la violencia para garantizar el dominio de una clase social sobre otras. Cualquier idealización del Estado como un “contrato social” no es más que palabrería burguesa, que ignora a posta la realidad histórica y social.

El Estado no es un “padre bondadoso” que vela por nuestros intereses. Sea cual sea la forma que adopte –más democrática, más fascista– su esencia no es más que una dictadura implacable. En nuestro caso, evidentemente, una dictadura del capitalismo monopolista financiero.

El principal “derecho” que garantiza el Estado es el derecho de los capitalistas a apropiarse del trabajo de los asalariados. Lo que nos lleva al segundo “derecho” del Estado capitalista: el de “propiedad”. Y no el de la pequeña propiedad personal, sino el de la propiedad de los medios de producción, de los bancos y de las riquezas naturales del país.

La “libertad” que garantiza ese “Estado de Derecho” es la libertad del capitalista para explotar a los trabajadores, para expropiarles el fruto de su trabajo. E incluso de su vivienda, como bien saben las cientos de miles de familias desahuciadas por los jueces mediante leyes hipotecarias al servicio de los bancos.

¿Quiere eso decir que se nos da igual la forma democrática del Estado capitalista que su forma fascista? En absoluto. Es mejor disfrutar de determinadas libertades y poder defender derechos que se plasmarán en tales o cuales leyes dependiendo de la correlación de fuerzas. La forma democrática permite, mediante la organización y la movilización popular, alcanzar ciertas conquistas que disminuyan los peores efectos del capitalismo.

Siempre y cuando, claro, que no se toquen los aspectos fundamentales del poder y de los negocios de la clase dominante. Porque, en ese momento, se acaban las buenas maneras “democráticas” y el Estado capitalista enseña los dientes y los tanques.

Como explicaba Lenin: «Tomad las leyes fundamentales de los Estados contemporáneos, tomad la manera cómo son regidos, la libertad de reunión o de imprenta, la ‘igualdad de los ciudadanos ante la ley‘, y veréis a cada paso la hipocresía de la democracia burguesa, que tan bien conoce todo obrero honrado y consciente. No hay Estado, incluso el más democrático, cuya Constitución no ofrezca algún escape o reserva que permita a la burguesía lanzar las tropas contra los obreros, declarar el estado de guerra, etc., ‘en caso de alteración del orden‘, en realidad, en caso de que la clase explotada ‘altere‘ su situación de esclava e intente hacer algo que no sea propio de esclavos.» [1]

Limitar hoy en día el alcance de las luchas populares a conseguir o defender el “Estado Democrático y Social de Derecho” es desistir, de antemano, de cuestionar y sobrepasar el marco capitalista y el derecho burgués. Es renunciar, por ejemplo, a la nacionalización de la banca y los grandes monopolios. Y al socialismo. Es retroceder doscientos años hacia un “ciudadanismo” que obvia el carácter de clase del Estado. Y es dejar el futuro de la clase obrera en manos de leguleyos que viven como pez en el agua en el marco del propio Estado capitalista.

Que sigan los pijoburgueses con sus cantos de sirena sobre la “democracia”, el “derecho” y lo “social”. Pero quienes solo tenemos nuestro trabajo como medio de vida, mal haríamos en dejarnos adormecer por sus violines.


NOTA:

[1] V.I. Lenin, La revolución proletaria y el renegado Kautsky. Obras escogidas en tres tomos, T. III, p. 76. Editorial Progreso. Moscú. 1975.






Volver sobre los pasos descalzos

In Actualidad on 8 junio, 2011 at 0:00

Isidro Estrada


Hace poco tuve la oportunidad de debatir, en la plataforma que me brindó el diario chino en inglés Global Times, sobre el impacto y perspectivas que tiene la denominada Cultura Roja en la China actual, tema abordado en el espacio Contrapunto de dicha publicación.

Mi participación estuvo motivada por la consideración de un lector estadounidense, John O’Breza, residente en Shanghai, quien sugiere que “a menos que la Cultura Roja comience a someterse a las reglas del mercado, su relevancia no hará más que disminuir” . Al sumarme al debate, tercié en contra de dejar los ideales socialistas a merced de ese elefante ciego en cristalería que suele ser el mercado.

Y conste que no soy ni remotamente de los que piensan que tales mecanismos merecen ser abolidos. Todo lo contrario. China es buen ejemplo de cuánto pueden ayudar la iniciativa privada y los incentivos económicos el desarrollo de un país. Pero no vivo menos convencido de que ciertos ideales no podrán fructificar jamás a la vera del afán de lucro desmedido.

Mencioné en aquella oportunidad, como ejemplo concreto de beneficios sociales que prosperaron en la época de la Cultura Roja en China, el caso de los “médicos descalzos” o chijiaoyisheng (赤脚医生), en chino, que simbolizaron la entrega y dedicación de un sector de la población china en beneficio de amplias masas, sobre todo de los campesinos más desposeídos y en las regiones más remotas del país.

Desafortunadamente, iniciativa tan loable y aplicable a tantos países que hoy mismo necesitan de ese espíritu, el movimiento de los “médicos descalzos” adquirió más connotación ideológica que social en sus tiempos, y todas sus aristas positivas se vieron opacadas en medio del batallar sectario y político que caracterizó a la Revolución Cultural (1966-76). No en balde feneció junto con los tiempos de la “lucha de clases” y ante el avance indetenible de una época menos altruista .

Lo que cabría preguntarse hoy es hasta qué punto sería válido que iniciativas de ese tipo sean retomadas, en una sociedad donde la búsqueda de ganancias constriñe, a menudo en demasía, ciertos aspectos inherentes a los que se supone que sea el ser humano con una conciencia altamente desarrollada. Alguien capaz de experimentar como propias las cuitas ajenas. Y de tratar de mitigarlas.

Justo elucubraba sobre el tema cuando otra publicación china en inglés, el China Daily, acaba de publicar una entrevista en video que le hace el periodista británico D.J. Clark al cirujano nepalés Saraj Dhitai (Nepal: the barefoot cyber doctor). Este último tiene su consulta en la cuarta planta del Hospital Modelo de Katmandú, donde se pone en contacto con sus pacientes en varias regiones de Nepal mediante Internet. Lo que más llamó mi atención, sin embargo, fue que el Dr. Dhitai acceda a tales pacientes a través de lo que el denomina “médicos descalzos del siglo XXI”, o voluntarios que en diversas regiones a través de los Himalayas detectan a personas con alguna dolencia y les ayudan a entrar en contacto con Dhitai.

Como bien recuerda DJ Clark en su trabajo, la nueva China puso en boga esta modalidad a raíz de su fundación, ante la marcada carencia de profesionales de la medicina que sufría el país entonces. A guisa de remedio, se ofrecían cursos acelerados de capacitación a jóvenes campesinos, a quienes luego se enviaba de regreso a sus aldeas para suplir la falta de verdaderos médicos. En 1968, ya constituían un movimiento nacional que se bautizó como “médicos descalzos”, tomando como referencia al agricultor promedio de aquella época el cual, sobre todo en el sur de China, cultivaba la tierra desprovisto de calzado alguno.

El Dr. Dhitai afirma que tras ver en 1973 un cartel alegórico a estos voluntarios -diseñado en el estilo típico de la Cultura Roja, ominpresente en aquellos días- decidió venir a estudiar medicina en China. Y lo logró, según evoca en la entrevista, pasando incluso por encima de la oposición familiar inicial, pues su padre temía que regresara a Nepal convertido en “un joven comunista”. Lo que sí queda claro es que Dithai volvió a Nepal como un profesional graduado en el Primer Instituto Médico de Shanghai, pero además imbuido de un alto grado de compromiso social. Tras 18 años de especialización como cirujano, a los que se sumaron varios más de práctica, Saraj Dithai contribuye hoy a aliviar el dolor de sus semejantes, echando mano al ejemplo de los aspectos positivos de la movilización de masas.

Y viene la pregunta: si un médico nepalés demuestra en propia tierra la validez y aplicabilidad de experiencias adquiridas en su vecino geográfico, ¿podrá este último retomarlas en algún momento? ¿Hay manera de hacer que comulguen los principios básicos del Juramento de Hipócrates con el actual sistema de salud, en buena medida orientado al beneficio económico?

Desde luego que no tengo la respuesta, pero sí me asiste la certeza de que se impone aislar el tema de los médicos descalzos de los excesos de todo tipo cometidos durante la Revolución Cultural, como también resulta lícito pensar que se pueda contar con voluntarios entregados a causas de beneficio común, aún en tiempo de mercado y ganancias.

Muestra de que puede haber un espacio para el regreso de este tipo de práctica médica fue el diluvio de quejas que a nivel nacional dejó la reforma médica emprendida en el país en 1997, la cual, al cabo de 10 años de implementación, en 2008, debió ser desmontada, pues no hizo más que propiciar el enriquecimiento de algunos hospitales de élite y consorcios de drogas, a la vez que se entronizaban prácticas poco éticas, como la “propina” obligatoria a los médicos, y se disparaban los precios de medicamentos y servicios de atención a la población en general.

La vida, terca en su afán de conciliarnos con lo mejor que ella misma nos ofrece, suele demostrarnos a menudo que las pepitas de oro se ocultan entre paja y fango. Sólo hay que tener la paciencia para limpiarlas de mugre y entonces relucirán en todo su esplendor. Y si brillan para todos, brillan más.


[Fuente: Diario del Pueblo]