Partido Revolucionario de los Comunistas de Canarias

Volver sobre los pasos descalzos

In Actualidad on 8 junio, 2011 at 0:00

Isidro Estrada


Hace poco tuve la oportunidad de debatir, en la plataforma que me brindó el diario chino en inglés Global Times, sobre el impacto y perspectivas que tiene la denominada Cultura Roja en la China actual, tema abordado en el espacio Contrapunto de dicha publicación.

Mi participación estuvo motivada por la consideración de un lector estadounidense, John O’Breza, residente en Shanghai, quien sugiere que “a menos que la Cultura Roja comience a someterse a las reglas del mercado, su relevancia no hará más que disminuir” . Al sumarme al debate, tercié en contra de dejar los ideales socialistas a merced de ese elefante ciego en cristalería que suele ser el mercado.

Y conste que no soy ni remotamente de los que piensan que tales mecanismos merecen ser abolidos. Todo lo contrario. China es buen ejemplo de cuánto pueden ayudar la iniciativa privada y los incentivos económicos el desarrollo de un país. Pero no vivo menos convencido de que ciertos ideales no podrán fructificar jamás a la vera del afán de lucro desmedido.

Mencioné en aquella oportunidad, como ejemplo concreto de beneficios sociales que prosperaron en la época de la Cultura Roja en China, el caso de los “médicos descalzos” o chijiaoyisheng (赤脚医生), en chino, que simbolizaron la entrega y dedicación de un sector de la población china en beneficio de amplias masas, sobre todo de los campesinos más desposeídos y en las regiones más remotas del país.

Desafortunadamente, iniciativa tan loable y aplicable a tantos países que hoy mismo necesitan de ese espíritu, el movimiento de los “médicos descalzos” adquirió más connotación ideológica que social en sus tiempos, y todas sus aristas positivas se vieron opacadas en medio del batallar sectario y político que caracterizó a la Revolución Cultural (1966-76). No en balde feneció junto con los tiempos de la “lucha de clases” y ante el avance indetenible de una época menos altruista .

Lo que cabría preguntarse hoy es hasta qué punto sería válido que iniciativas de ese tipo sean retomadas, en una sociedad donde la búsqueda de ganancias constriñe, a menudo en demasía, ciertos aspectos inherentes a los que se supone que sea el ser humano con una conciencia altamente desarrollada. Alguien capaz de experimentar como propias las cuitas ajenas. Y de tratar de mitigarlas.

Justo elucubraba sobre el tema cuando otra publicación china en inglés, el China Daily, acaba de publicar una entrevista en video que le hace el periodista británico D.J. Clark al cirujano nepalés Saraj Dhitai (Nepal: the barefoot cyber doctor). Este último tiene su consulta en la cuarta planta del Hospital Modelo de Katmandú, donde se pone en contacto con sus pacientes en varias regiones de Nepal mediante Internet. Lo que más llamó mi atención, sin embargo, fue que el Dr. Dhitai acceda a tales pacientes a través de lo que el denomina “médicos descalzos del siglo XXI”, o voluntarios que en diversas regiones a través de los Himalayas detectan a personas con alguna dolencia y les ayudan a entrar en contacto con Dhitai.

Como bien recuerda DJ Clark en su trabajo, la nueva China puso en boga esta modalidad a raíz de su fundación, ante la marcada carencia de profesionales de la medicina que sufría el país entonces. A guisa de remedio, se ofrecían cursos acelerados de capacitación a jóvenes campesinos, a quienes luego se enviaba de regreso a sus aldeas para suplir la falta de verdaderos médicos. En 1968, ya constituían un movimiento nacional que se bautizó como “médicos descalzos”, tomando como referencia al agricultor promedio de aquella época el cual, sobre todo en el sur de China, cultivaba la tierra desprovisto de calzado alguno.

El Dr. Dhitai afirma que tras ver en 1973 un cartel alegórico a estos voluntarios -diseñado en el estilo típico de la Cultura Roja, ominpresente en aquellos días- decidió venir a estudiar medicina en China. Y lo logró, según evoca en la entrevista, pasando incluso por encima de la oposición familiar inicial, pues su padre temía que regresara a Nepal convertido en “un joven comunista”. Lo que sí queda claro es que Dithai volvió a Nepal como un profesional graduado en el Primer Instituto Médico de Shanghai, pero además imbuido de un alto grado de compromiso social. Tras 18 años de especialización como cirujano, a los que se sumaron varios más de práctica, Saraj Dithai contribuye hoy a aliviar el dolor de sus semejantes, echando mano al ejemplo de los aspectos positivos de la movilización de masas.

Y viene la pregunta: si un médico nepalés demuestra en propia tierra la validez y aplicabilidad de experiencias adquiridas en su vecino geográfico, ¿podrá este último retomarlas en algún momento? ¿Hay manera de hacer que comulguen los principios básicos del Juramento de Hipócrates con el actual sistema de salud, en buena medida orientado al beneficio económico?

Desde luego que no tengo la respuesta, pero sí me asiste la certeza de que se impone aislar el tema de los médicos descalzos de los excesos de todo tipo cometidos durante la Revolución Cultural, como también resulta lícito pensar que se pueda contar con voluntarios entregados a causas de beneficio común, aún en tiempo de mercado y ganancias.

Muestra de que puede haber un espacio para el regreso de este tipo de práctica médica fue el diluvio de quejas que a nivel nacional dejó la reforma médica emprendida en el país en 1997, la cual, al cabo de 10 años de implementación, en 2008, debió ser desmontada, pues no hizo más que propiciar el enriquecimiento de algunos hospitales de élite y consorcios de drogas, a la vez que se entronizaban prácticas poco éticas, como la “propina” obligatoria a los médicos, y se disparaban los precios de medicamentos y servicios de atención a la población en general.

La vida, terca en su afán de conciliarnos con lo mejor que ella misma nos ofrece, suele demostrarnos a menudo que las pepitas de oro se ocultan entre paja y fango. Sólo hay que tener la paciencia para limpiarlas de mugre y entonces relucirán en todo su esplendor. Y si brillan para todos, brillan más.


[Fuente: Diario del Pueblo]






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