Partido Revolucionario de los Comunistas de Canarias

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¿Franco muerto? ¡Si resucitó al tercer día!

In Actualidad, Historia on 18 junio, 2011 at 8:57

Francisco Javier González


Todavía le quedaban bastantes años de ejercer su noble labor benéfica en el exterminio de rojos, separatistas, comunistas, masones, ateos, maricones y un largo etcétera de humanos maléficos al ínclito y cristiano militar bautizado como Francisco Paulino Hermenegildo Teódulo Franco y Bahamonde Salgado Pardo nacido en El Ferrol de su propio nombre, terror de la chusma morisca y de los andrajosos mineros asturianos, proclamado por sufragio universal como Caudillo, Generalísimo, refundador del Imperio y Cruzado invicto, cuando corría por las hispanas tierras y sus colonias un chiste, uno más de la infinita serie que tenían al salvador de la patria y la cristiandad como protagonista.

El chiste ya era público incluso bastante antes de que su acólito Carrero Blanco subiera al cielo con parada intermedia para dejar el coche en un alero conventual. Relataba un hipotético Consejo de Ministros del democrático régimen, presidido por Carrero como sucesor in pectore, el mismo día de la muerte del Generalísimo y tenía como punto clave del Orden del Día la elección del lugar donde lo enterrarían. Acalorados debates se cruzaban con distintas propuestas, incluyendo la de embalsamarlo y construirle un gigantesco mausoleo donde cupiera tan insigne personaje, rechazado por el costo que supondría. En un momento determinado se oye un ¡Eureka! Lanzado por Carrero que lanza una audaz idea: “Tanto ha hecho Franco por la Iglesia de Cristo que lo debemos enterrar en Jerusalén”. Propuesta rechazada porque Martín Artajo exclamó “¡Ni hablar, que de repente nos resucita a los tres días!” Deo gratias parecía ser solo un chiste, pero en realidad se trataba de una profecía o, al menos, de una premonición, que los píos ministros organodemocráticos no tenían, que se sepa, el don de la profecía.

Francisco Paulino (¿de que me suena “Paulino”?) Hermenegildo Teódulo Franco elevó su incólume alma al cielo antes de clarear el día 20 de noviembre de 1975 pero no tardó ni los tres días del chiste en resucitar. Lo hizo a los dos días, el 22, en las Cortes del Reino de España entre las abundantes lágrimas de un simiesco orejudo que respondía al nombre de Arias Navarro cuando el preclaro Juan Carlos Borbón, nato en humilde cuna del exilio, asciende a la sinecura del hispano trono por haber sido nombrado como “sucesor a título de Rey” por el supuestamente muerto benefactor militar desde el 22 de julio de 1969, en base a la Ley de Sucesión de 1947 que especificaba en su art. 2 que “la jefatura del Estado corresponde al Caudillo de España y de la Cruzada, Generalísimo de los Ejércitos, don Francisco Franco Bahamonde” a quién correspondía también la ardua labor de nombrar un sucesor que continuara su benemérita labor en pro de una humanidad libre del azote marxista de cualquier laya. Desde entonces su espíritu habitó entre nosotros y aquí sigue. Lo que se llevaron al Valle de Cuelgamuros –después de Cuelgamuertos y hoy de los Caídos- es solo la carcasa mortal que lo envolvía.

Lo que ha sido inevitable es que aquel espíritu heroico, forjado en la caridad y el amor al prójimo que tenían los generales africanistas de la Cruzada como Mola, Queipo, Sanjurjo, Dolla –que dejó indeleble impronta en Canarias- o el propio Franco, labrado en su inicio en la pacífica y enriquecedora convivencia intercultural con las Kábilas rifeñas que hacía que los “Abd el Krim boys” perdieran literalmente la cabeza, y forjado luego en los campos de batalla españoles, no se pudiera heredar en su integridad. (Por cierto, no sabía si borrar de esta exégesis a Queipo que llamaba al llorado Generalísimo “Paco la Culona”, pero lo he dejado porque seguro que era una muestra del cariño y respeto que le profesaban sus conmilitones). A nuestro héroe nunca le tembló el pulso para acabar con la cizaña bolchevique. Solo dos meses antes de elevar su alma al cielo de los mártires, Madrid, Barcelona y Burgos fueron testigos de los últimos 5 fusilamientos firmados por su benemérita mano derecha mientras la izquierda, la mano del diablo, asía con fuerza la momificada de Santa Teresa para santificar el acto. Seguía fielmente los consejos de su confesor Fray Albino, émulo de su antecesor dominico Fray Tomás de Torquemada –que en el cielo esté, que muchos herejes quemó para alcanzarlo- al que tuvimos la inmensa suerte de tener por obispo de Aguere en estas asirocadas tierras africanas y hasta dejó nombre a una plaza como recuerdo. El gran Fray Albino, que en su ejemplar obra “Mina de oro para enfermos y atribulados” (Imprenta Católica. S/C Tfe. 1941) nos decía “los rojos no sabían morir por su falta de heroísmo. Sin embargo algunos consiguieron ser fusilados cristianamente ya que con motivo de los fusilamientos que la justicia de Franco tuvo que hacer con los criminales rojos, en privado, un 60% de los que iban al paredón se confortaban, pero en público eran menos del 10%” y es que los rojos, aparte de esa lacra ideológica, eran cobardes e hipócritas hasta para morir pero Franco tuvo el valor de hacerlos fusilar y desaparecer por cientos de miles en todo el Estado que Dios confió a su guarda y custodia. El insigne Fray Albino González y Menéndez-Reigada tuvo también el honor de ser el autor del “Catecismo Patriótico Español” (Salamanca 1939) que estuvo de texto obligatorio hasta el año 1949 en plan preguntas-respuestas como los posteriores de los Padres Ripalda y Astete, y que a la pregunta ¿Cuáles son los siete enemigos de España?, respondía “El liberalismo, la democracia, el judaísmo, la masonería, el capitalismo, el marxismo y el separatismo” mientras que definía a Franco como “El Caudillo, hombre providencial, puesto por Dios para levantar a España y luchar contra el bolchevismo internacional y la antipatria”, y eso fue lo que hizo durante los largos años de su eximia democracia orgánica.

Tal parece que hoy los rojos y separatistas –los masones no, que ni siquiera han podido reparar su cuasi ruinoso templo de la Logia Añaza 270 en Santa Cruz- intentan vilipendiar la memoria de aquel gigante español y romper su sacrosanta herencia, pero se equivocan de medio a medio. El Caudillo lo dejó todo “atado y bien atado” y, si por un casual, pareciera en algún momento que vicios perniciosos como la democracia, el marxismo o los homosexuales que ahora se llaman con el nombre agringado de “gays” asomaran su patita blanqueada, quedan españoles serios, honestos y cristianos caballeros castellanos como Aznar, valerosos gallegos como Fraga y Rajoy, incorruptibles valencianos como Camps Ortiz y hasta heroínas émulas de la sin par Agustina de Aragón como Esperanza Aguirre para mantener enhiesto el pendón, contando con la asistencia espiritual de señeras voces eclesiales que aseguran la continuidad de Occidente como las de Rouco Varela y su Conferencia Episcopal. Ya los españoles de bien y amantes de la patria están acostumbrados a estas insidias calumniosas desde los tiempos en que, inspirada por la pérfida Albión, se tejió la Leyenda Negra ayudada por algunos españoles espurios y medio herejes, como el tal Fray Bartolomé de las Casas con su “Brevísima relación de la destrucción de África” que algún resentido historiador subtituló como “Preludio de la destrucción de Indias y Primera defensa de guanches y negros contra su esclavitud” y su posterior “Brevísima relación de la destrucción de Indias” sin pensar que guanches, negros e indios necesitaban mortificar sus cuerpos paganos, impíos y salvajes para salvar sus almas. Eso sigue pasando hoy y con idénticos argumentos insidiosos, como los del juez Garzón que contabiliza como si fueran españoles cristianos y honrados a los 143.353 rojillos certificados que nuestro excelso Caudillo tuvo que repartir por fosas comunes, cunetas y monturrios para salvar a la Patria Eterna y no se si están contados ahí, por quedar muy lejos, el par de miles de canarios a los que hubo que apotalar, desriscar, o desaparecer por la misma cristianísima causa.

Que nadie se preocupe por coñadas como la denominada “Memoria Histórica” y la carajera que han querido montar a su alrededor. El espíritu del Caudillo sigue vivo en manos de los verdaderos cultivadores de la Ciencia Histórica, que veneran a Clío como musa inspiradora, como el insigne Pío Moa y el no menos insigne Gonzalo Anes, presidente de la provecta Real Academia de la Historia nacida con Felipe V, que consigue, usando un cierto deje tejano, en la visita en 1998 a la docta institución como invitado, del Presidente Constitucional J.M. Aznar, el encargo de la monumental obra en 25 tomos del “Diccionario Biográfico Español” para la que la entonces Ministra de Cultura, Esperanza Aguirre destinó 100 millones de pesetas anuales durante 8 años para su confección, supervisada por Comisiones de Académicos –todos Ilustres, por supuesto- coordinada por el también Ilustre Académico, Quintín Aldea. Al final solo nos ha costado a los contribuyentes unos 6,4 millones de euros o, en las pesetas rubias aquellas con la apolínea y marcial cara del Caudillo, unos 1.025 millones . Una miseria para lo que aporta a la civilización occidental y a la imperial Historia de la España Una Grande y Libre.

El agradecimiento al Sr. Aznar por su fidelidad ideológica lo expresa en su correspondiente entrada biográfica –por supuesto que inacabada, que al mentor del PP le quedan muchas glorias que cosechar- el académico Manuel Jesús González y González que explica como la vesania socialera a raíz de 11M madrileño y del piche del “Prestige” le hacen perder las elecciones. El mismo académico se encarga también del panegírico de Esperanza Aguirre, la heroína de Bombay y mujer de acero que aguanta estoicamente incluso accidentes de helicóptero junto a su amado jefe de filas, pero la cúspide de la Ciencia Histórica la pone el historiador Luis Suárez Fernández, Presidente de la Hermandad del Valle de los Caídos y miembro conspicuo de la Fundación Francisco Franco, con los encendidos –y, por supuesto, merecidos- elogios a la gigantesca figura histórica del Caudillo que me resisto a transcribir porque todos conocemos la sobriedad castrense -mitad monje, mitad soldado- del personaje historiado. También hay que alabar el acierto de poner al rojillo canario –ambas cuestiones bastan para descalificarlo- Juan Negrín como dictador comunistoide. ¡Así hay que hacer historia y no como los falsarios tipo Julián Casanova, Sánchez Juliá, Ángel Viña, Josep Fontana o el británico –y por ende sospechoso- Paul Preston! Estos, en vez de a Clío, tienen como musa a Talía que, como todo el mundo sabe, es actriz teatrera y, por ello, mentirosa.

Yo he decidido que, en mi próxima visita a España, me pasaré por la Basílica del Valle de los Caídos con una aleluya en que se vea, por una cara, a San Monseñor Escrivá de Balaguer y, por la otra, al Generalísimo, y le pediré al Prior de la Abadía Benedictina de la Basílica del Valle de los Caídos –que se honra en declarar que está sufriendo hoy la “misma persecución que la que sufrieron los religiosos polacos durante el comunismo y los beatos españoles durante la persecución de odio a la fe en España de 1934 a 1939”– que me la bendiga para elevarle mis plegarias por un próximo triunfo del caudal relicto que nos dejó Franco reencarnado en el PP.


Canarias a 18 de junio de 2011


P.S.: He ido al Banco a solicitar un mísero préstamo de los 3.500 euros de nada que cuesta el famoso Diccionario Biográfico Español para pagarlo en 60 mensualidades y me lo han negado con la peregrina y fementida excusa de que en el próximo gobierno de Rajoy me pueden bajar -aún más- mi pensión de profesor jubilado y, aunque me embargaran el bien adquirido, su valor intrínseco no cubriría ni una mensualidad.






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La Bolivalogía (XXI)

In Cultura, Historia, Opinión on 18 junio, 2011 at 0:01

Víctor J. Rodríguez Calderón


ENTRADA DE BOLIVAR A CARACAS

Después de la capitulación del Generalísimo Miranda, muchos revolucionarios comprometidos del 19 de Abril, esperanzados en la aparente solidaridad manifestada por los ingleses de las islas vecinas, se refugiaron en Trinidad, confiados por supuesto en encontrar allí la aceptación de sus ideas libertarias, las que los habían convertido en asilados políticos. Al frente de este grupo figuraban dos hombres, cuyo destacado papel posteriormente en la guerra de emancipación venezolana, se oscurecerían con las sombras injustificables del personalismo: Santiago Mariño y José Francisco Bermúdez.

Mariño, hombre talentoso, de valentía extraordinaria, excelente dirigente, se le consideró como jefe de aquel grupo exilado, era hijo de ricos hacendados de la Isla de Margarita, por su fortuna contó siempre con gran influencia en las poblaciones orientales y desde los primeros días de la revuelta americana se destacó en la causa.

Cuando Miranda se niega en 1812 a reconocer el ascenso a Coronel a Bolívar, no vacilo en otórgaselo a Mariño, en quien reconoció las actitudes militares que no tardaría en demostrar. Por otro parte, Bermúdez si dejó entrever errores que lo diferenció de Mariño, pero históricamente su audacia, su astucia lo caracterizaron como un gran militar dirigente de las tropas patriotas en Oriente. Su sable gigantesco que aun se conserva, es signo de cuan grandes fueron sus energías como garantía en la conducción de la revolución.

Sin embargo estos hombres fueron arrojados por los triunfos de Monteverde a la isla de Trinidad y tampoco encontraron allí el apoyo que necesitaban para preparar su regreso, puesto que el gobierno Británico deseoso de mantener sus buenas relaciones con España, ordenó a todos sus funcionarios en la colonias del Mar Caribe abstenerse de cualquier apoyo a oficiales asilados por rebeldes, recomendación que llevo a verdaderos extremos de intolerancia el gobernador d Trinidad, Sir Ralph Woodford quien dirigiéndose a Mariño le dice en tono ofensivo:

A Santiago Mariño, general de los insurgentes de la Costa Firme”. A este calificativo, Mariño le responde: “Cualquiera que haya sido la intención de V.E. al llamarme insurgente estoy muy lejos de considerar deshonroso el epíteto cuando recuerdo que con él denominaron los ingleses a Washington”.

Sin apoyo de ninguna índole y obligados por la desesperación, ayudados únicamente por el carácter de sus conciencias revolucionarias. Mariño convence a sus compañeros de regresar a Venezuela para enfrentársele a Monteverde. Reúne cuarenta y cinco hombres y consigue una pequeña goleta, se lanzan al audaz regreso que hacen por islote de Chacachacare, donde Mariño, en su retirada en 1812, había escondido algunos fusiles y un pequeño parque de municiones. Bermúdez asume el mando de una parte de los emigrados y Mariño se dirige a Güiria con el resto. El arrojo, la decisión y el valor hacen otra campaña admirable, operaciones victoriosas, reabastecen las tropas y es así como se lanzan definitivamente contra el feroz Antoñanzas, se apodera de Cumaná, capital de las provincias orientales. Allí se entera del avance de Bolívar sobre Caracas cuando reciben una comunicación en la que los invitaba a marchar sobre la capital para ocuparla conjuntamente.

Mariño empieza a revelarse y a figurar como un caudillo local, sus aspiraciones se trastocan y se convierte en un feudo personal en el Oriente venezolano. Temeroso de la influencia de Bolívar prefiere estacionarse en las tierras que domina y renuncia a aceptar la colaboración en la cual no está seguro de ser el jefe. Igualmente ocurre con Bermúdez y el resto de sus oficiales, quienes no vacilan en secundar el propósito de mantener al Oriente aislado de la causa de Bolívar, él cual mantiene la encarnizada batalla contra Monteverde .Lo cierto es que a todas las invitaciones que les hace Bolívar para constituir un gobierno central y único en Venezuela, las respuestas son evasivas, tanto así, que para asombro de Bolívar recibe la manifestación finalmente de que ellos desean establecer dos gobiernos; uno en Cumaná y que el establezca el otro en Caracas. Ante tal anarquía Bolívar les responde:

Permítame V.E. comunicarle con la franqueza militar que debo usar con V.E., que no me parece propio retardar el establecimiento de un centro del poder para todas las provincias de Venezuela… Si constituimos dos poderes independientes, uno en el Oriente y otro en Occidente, hacemos dos naciones distintas, que por su impotencia en sostener su representación de tales y mucho más de figurar entre las otras, aparecerán ridículas. Apenas Venezuela unida con la Nueva Granada podría formar una nación que inspire a la otras la decorosa consideración que le es debida. ¿Podremos pretender dividir en dos?”.

Ya Bolívar determina con claridad su objetivo y se topa con las dificultades que tiene que vencer, ahora, parece mentira, se tiene que enfrentar a dos enemigos. Al externo y al interno a este ultimo más peligroso sino tiene la capacidad de neutralizar, de dominar y para ello necesita sacar adelante la tarea principal que en ese momento tiene planteada para la causa. Se trata pues, de que la causa no se parta en dos o de que se le conviertan en partidos, sino en que se sepan organizar para preparar y desarrollar la lucha contra el enemigo exterior. La idea que debe privar en la comprensión de la política revolucionaria como arte de dirección política, la cual consiste que no es suficiente saber donde está, hacia donde va y como debe ir hacia delante la causa, sino en ser capaz de hacer, de llevar a la practica esa orientación teórica revolucionaria, de que la conducta del movimiento que ahora si está en parto, nazca y marche hacia el logro de sus objetivos mas apreciados.

No tardaría en llegar el momento en que Bolívar, ante la imposibilidad de establecer una autoridad común para su causa, se vería obligado a combatir al enemigo exterior a través de un único frente que dificultaba su total integración continental. De ahí que la unidad, la integración la haría a consta de todo sacrificio, la agrupación de fuerzas ambiciosas, igual que sus caudillos tendrían que ser convencidas para no dejar perder sus experiencias obtenidas a través de la campaña admirable que tanto le había costado para formar las nuevas concepciones. Bien comprendieron los revolucionarios de Caracas la manera como la actividad continental de los republicanos dependía de la enorme vitalidad de Simón Bolívar y resolvieron rendirle un homenaje imperecedero para la historia, ya este hombre sobresalía en América. Se reunió la municipalidad de Caracas, los líderes y dirigentes de la revolución en el convento de San Francisco y allí que en aquella hermosa iglesia expidieron un acta, la cual le entregaron a Bolívar nombrándolo como la suprema autoridad de la nación y el histórico titulo de Libertador.”Tìtulo -contesto Bolívar profundamente emocionado al recibir le Acta de manos de don Cristóbal Mendoza- más glorioso y satisfactorio para mi que el cetro de todos los imperios de la tierra.

(…Continuará)


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(*) El venezolano Víctor Rodríguez Calderón es politólogo, periodista, escritor, poeta, director de empresas y experto en Planeación de Organizaciones. Recomendamos su blog El Victoriano.






Las guerras de EE.UU. contra los débiles

In Actualidad on 18 junio, 2011 at 0:00

Manuel E. Yepe


Cuando un buen amigo canadiense me anunció que me estaba enviando un libro cuya lectura me recomendaba vivamente, supuse, por el título que me adelantó: War Against the Weak (Guerra contra los débiles), que trataría acerca de las frecuentes agresiones contra países del Tercer Mundo ejecutadas por Washington desde que, al término de la Guerra Fría, devino superpotencia única en el planeta.

Pero quedé sorprendido al constatar, al recibirlo, que el libro en cuestión se refería a otra desigual contienda que Estados Unidos preparó desde inicios del siglo XX y puso en práctica entre las décadas de los años 30 y 60 del pasado siglo, cuyo propósito era crear una raza superior dominante.

Esa campaña estadounidense —prácticamente ignorada hoy en todo el mundo en virtud del ocultamiento mediático a que ha estado sometida por razones obvias— sirvió de modelo para el holocausto a que sometió el nazismo alemán liderado por Adolfo Hitler a la población judía.

Personajes e instituciones de la política y la economía que ahora se nos presentan como respetables paladines de la democracia y los derechos humanos, estuvieron involucrados en este genocidio.

El libro nos cuenta que, en las primeras seis décadas del siglo XX, a cientos de miles de norteamericanos etiquetados como débiles mentales “feeble minde” porque no se ajustaban a los patrones teutónicos, les estuvo vedada la reproducción.

Seleccionados en prisiones, manicomios y orfanatos por sus antepasados, su origen nacional, su etnia, su raza o su religión, fueron esterilizados sin su consentimiento, impedidos de procrear, de casarse o separados de sus parejas por medios burocráticos gubernamentales. Esta perniciosa guerra de guante blanco fue llevada a cabo por organizaciones filantrópicas, prestigiosos profesores, universidades de elite, ricos empresarios y altos funcionarios del gobierno, formando un movimiento pseudocientífico llamado eugenesia (eugenics) cuyo propósito, más allá del racismo, era crear una raza nórdica superior que se impusiera a nivel global.

El movimiento eugenésico paulatinamente construyó una infraestructura jurídica y burocrática nacional para limpiar a Estados Unidos de los “no aptos”. Pruebas de inteligencia, coloquialmente conocidas como mediciones de IQ, se inventaron para justificar la exclusión de los “débiles mentales”, que frecuentemente, eran solo personas tímidas o que hablaban otra lengua o tenían un color de piel diferente. Se decretaron leyes de esterilización forzosa en unos 27 estados del país para impedir que las personas detectadas pudieran reproducirse.

Proliferaron las prohibiciones de matrimonio para impedir la mezcla de razas. A la Corte Suprema de EE.UU. llegaron numerosos litigios cuyo verdadero propósito era consagrar a la eugenesia y sus tácticas en el derecho cotidiano.

El plan era esterilizar de inmediato a 14 millones de personas en Estados Unidos y varios millones más en otras partes del mundo para, posteriormente, continuar erradicando al resto de los débiles hasta dejar solo a los nórdicos de raza pura en el planeta.

En definitiva, en la década de los años 30 fueron esterilizados coercitivamente unos 60 000 estadounidenses y no se sabe cuántos matrimonios fueron vedados por leyes estaduales brotadas del racismo, el odio étnico y el elitismo académico, enmascaradas con un manto de respetable ciencia.

Eventualmente, la eugenesia, cuyos objetivos eran globales, fue esparcida por evangelistas norteamericanos a Europa, Asia y Latinoamérica hasta formar una bien entretejida red de movimientos con prácticas similares que, mediante conferencias, publicaciones, y otros medios, mantenía a sus líderes y propugnadores al acecho de oportunidades de expansión de sus ideas y propósitos.

Fue así que llegó a Alemania, donde fascinó a Adolfo Hitler y al movimiento nazi. El Nacional Socialismo alemán transformó la búsqueda norteamericana de una “raza nórdica superior” en lo que fue la lucha de Hitler por una “raza aria dominante”.

La eugenesia nazi rápidamente desplazó a la norteamericana por su velocidad y fiereza. En las páginas de este libro, Edwin Black —de madre judía polaca— demuestra cómo la racionalidad científica aplicada por los médicos asesinos de Auschwitz, en Alemania, fue concebida antes en los laboratorios eugenésicos de la Institución Carnegie, en su complejo de Cold Spring Harbor en Long Island, donde se propagandizaba de manera entusiasta al régimen nazi. También se relata la masiva ayuda financiera otorgada por las fundaciones Rockefeller, Carnegie y Harriman a las entidades científicas alemanas donde comenzaron los experimentos eugenésicos que culminaron en Auschwitz.

Al ser calificado de genocidio el exterminio de judíos por los nazis en el Juicio de Nuremberg, las instituciones norteamericanas vinculadas a las prácticas de la eugenesia la rebautizaron como “genética” y continuaron sus proyectos por más de otra década, esterilizando y prohibiendo matrimonios “indeseables”.

El libro de Edwin Black, publicado por la Thunder´s Mouth Press en el 2003, es una joya del periodismo investigativo que, en sus 550 páginas, permite al lector constatar el parentesco y los rasgos comunes entre la trágica historia que cuenta y la política que la élite del poder estadounidense aplica hoy en sus relaciones con las minorías nacionales, los inmigrantes y el Tercer Mundo.


[Fuente: Granma]