Partido Revolucionario de los Comunistas de Canarias

Socialismo y mercado: un libro para pensar

In Actualidad, Cultura, Economía on 4 agosto, 2011 at 0:00

Rolando López del Amo


Se habla  en nuestros días acerca de la necesidad de un socialismo del siglo XXI. Dichas así las cosas parecería que se trata de un nuevo modelo de socialismo distinto del fracasado modelo europeo del siglo XX y distinto también de otras experiencias socialistas que, nacidas en el siglo pasado, perduran en el siglo presente.

En mi opinión, más que hablar del socialismo del siglo XXI, debería hablarse del socialismo en el siglo XXI, teniendo en cuenta de que no habría -como no hay- un modelo único, sino formas diversas en correspondencia con las condiciones específicas de cada lugar, al igual que el capitalismo adoptó formas políticas diferentes de acuerdo con las tradiciones y condiciones peculiares de cada país (régimen presidencial, parlamentario, monarquía parlamentaria, etc.). Lo que sí caracteriza a todos los regímenes capitalistas es la propiedad privada sobre los medios de producción y el predominio político de la clase burguesa.

Cuando hablamos del socialismo de nuestro tiempo, independientemente de su forma, debe haber algo que lo caracterice como tal: el poder político de los trabajadores, el predominio de la propiedad social sobre los principales medios de producción. Hablamos del socialismo basado en la gran producción agrícola e industrial creada por el capitalismo. No se trata, pues, de un regreso a la comunidad primitiva, a una vida primaria, elemental, de simple sobrevivencia. No se trata tampoco de la renuncia a la evolución y al desarrollo permanente de la sociedad, encaminándola a una organización de falansterio, de convento, para una vida monacal “paradisíaca” a cambio de renunciar al fruto del árbol del conocimiento o seguir los consejos del predicador del Eclesiastés.

Creo que el socialismo del que hablamos es del que proviene del desarrollo de la sociedad, el que se hace posible por el inusitado desarrollo de las fuerzas productivas que produjo el capitalismo y por la clase que trabajando asociada fue capaz de crear una abundancia de bienes materiales capaces de cubrir las necesidades de todos los habitantes de nuestro planeta.

Carlos Marx y Federico Engels hicieron el estudio más profundo del modo de producción burgués hasta el tiempo en que vivieron y mostraron las contradicciones propias de ese régimen y la necesidad histórica de su desaparición y sustitución por el socialismo. Pero las ideas de ambos sobre el socialismo y sobre el objetivo posterior de llegar a una sociedad comunista moderna, no podían ser muy precisas dado que faltaba la experiencia práctica de esa sociedad. Hasta podría aceptarse que en su visión del futuro, además de su basamento científico, hubiera una cierta dosis de utopía. Pero estos pensadores plantearon que la práctica era la que debía proporcionar el criterio de la verdad. La teoría científica necesita de la práctica, de la experimentación, para ir comprobándola, ajustándola y modificándola. Y no debe olvidarse  que la realidad es algo en permanente movimiento, en desarrollo, y no hay un fin de la historia.

Las ideas de Marx y Engels dejan siempre abierta la vía al desarrollo, al futuro; no son un dogma invariable.

El socialismo en el siglo XXI tiene a su disposición, para su estudio y análisis, una experiencia de gobierno, desde la Revolución de Octubre de 1917, universal, internacional, con sus éxitos y fracasos, con sus peculiaridades nacionales diversas. Y tiene, además, países que aún continúan, desde el gobierno, su experiencia socialista  iniciada el pasado siglo y otros que tratan ahora de iniciar la suya. El debate sobre ellas debe aportar, sin dudas, valiosas experiencias necesarias para todos

La editorial Ciencias Sociales  ha publicado un libro de mucho interés y actualidad para los lectores cubanos. Se trata de “Mercado y socialismo”, escrito por el Doctor en Ciencias Económicas, Fidel Vascos. Su experiencia como periodista y profesor universitario lo han preparado para exponer de manera clara y sencilla la materia de la que trata, a la manera en que nuestro José Martín reclamaba que se divulgara el conocimiento científico. Es alentador constatar que Cuba cuenta con profesionales calificados para el abordaje de temas que en los años iniciales de la revolución era difícil encontrar, con algunas excepciones.

El libro de Vascos, quien fue fundador del Comité Estatal de Estadísticas y su Ministro Presidente durante dieciocho años, recorre el pensamiento económico socialista, desde Carlos Marx y Federico Engels, hasta las experiencias de los Partidos Comunistas de la Unión Soviética, China y Cuba en la construcción del socialismo.

El Presidente Raúl Castro afirmó, con toda razón, que la tarea más importante de nuestro país hoy es la economía. Sobre este tema ha venido desarrollándose un interesante y fructífero debate público en la sección semanal de las cartas de los lectores que pública el periódico Granma sobre la economía cubana hoy, sus problemas y posibles soluciones. Hay criterios parecidos y criterios encontrados, todos emitidos con la preocupación y el propósito de fortalecer las conquistas del socialismo.

¿Quién puede poner en duda el éxito enorme de la revolución socialista cubana en mantener la independencia y soberanía de nuestro país y abrir un camino de justicia social para todos los cubanos, especialmente para los más discriminados, como la mujer, los negros y mestizos o los campesinos? El acceso universal gratuito a los servicios de educación y salud pública constituyen otro mérito innegable.

Algo que reconoce el mundo entero, amigos y enemigos, es el espíritu de solidaridad con otros pueblos, donde se escribieron páginas asombrosas por nuestros combatientes internacionalistas, cuyo sacrificio permitió apoyar la conquista y preservación de la independencia de otras naciones y contribuir a la liquidación del oprobioso régimen del apartheid. Hoy, es nuestro personal que trabaja en las áreas de la salud, la educación, la cultura, el deporte y otras ramas, el que continúa esa tradición internacionalista, aportando su esfuerzo a la lucha por alcanzar un mundo mejor, el mundo con todos y para el bien de todos que anhelaba José Martí.

Al reflexionar sobre los primeros cincuenta años transcurridos desde el triunfo revolucionario cubano del primero de enero de 1959, junto a la legítima satisfacción y alegría por los éxitos alcanzados con mucho sacrificio, enfrentando y derrotando la política agresiva de la mayor potencia económica y militar contemporánea, debemos también, porque es nuestro deber de revolucionarios, hurgar en nuestras deficiencias y errores, lo que, de no hacerse, podría convertirse en una amenaza para la existencia de la revolución misma. Y la mejor manera de enfrentar los errores, después de detectarlos, es sacarlos a la luz para que todos los vean y puedan enfrentarse a ellos y rectificarlos.

En nuestro trabajo de rectificación de errores no deberemos olvidar nunca ciertos elementos fundamentales para la existencia, no ya de nuestro régimen socialista, sino de la nación cubana misma. Y sabiendo, al mismo tiempo, que el enemigo conoce muy bien dónde están nuestras deficiencias y apuesta por ellas en su intento por destruirnos. Ocultar los errores solamente favorece a los enemigos de la revolución.

Los círculos gobernantes de los EEUU dejaron saber en fecha tan temprana como 1805, por boca del entonces Presidente de ese país, Thomas Jefferson, su interés en poseer la isla de Cuba*, colonia española por aquellos años. Dos años antes habían comprado  la Luisiana a Napoleón Bonaparte, duplicando así el territorio de las trece colonias inglesas que dieron origen a los Estados Unidos de Norteamérica, y se preparaban a tomar de España las Floridas.

En 1807  el propio Jefferson insistía en la adquisición de Cuba y también del Canadá, logrando lo cual tendrían “un imperio para la libertad como jamás se ha visto otro desde la creación”.  “Persuadido estoy -escribía- de que nunca ha existido una Constitución tan bien calculada como la nuestra para un imperio en crecimiento”.

Tres años más tarde, en 1810, era el Presidente Madison el que planteaba que “la posición de Cuba da a los EEUU un interés tan profundo en el destino de la isla…que no podrían ser espectadores de su caída bajo el poder de cualquier gobierno europeo”.

Pero la explicación más detallada la ofreció John Quincy Adams  en 1823 cuando era Secretario de Estado. En carta al Ministro de los EEUU en España, escribía refiriéndose a Cuba y Puerto Rico que ambas islas eran apéndices naturales del continente norteamericano. A Cuba la consideraba de importancia trascendental para los intereses políticos y comerciales de la Unión. Por la posición geográfica, las condiciones del puerto de La Habana y el tipo de producciones agrícolas cubanas favorable al comercio bilateral, le daban a Cuba tal importancia para los EEUU que “no hay ningún otro territorio extranjero que pueda comparársele”. Y añadía: “Las relaciones de los Estados Unidos con Cuba soncasi idénticas  a las que mantienen los diversos Estados de la Unión unos con otros”. Adams, que consideraba a los cubanos incapaces de gobernarse por si mismos, tenia la certeza de que llegaría el momento en que España ya no podría mantener su dominio sobre Cuba y la Isla, por ley de gravedad, caería en manos de los EEUU. Así surgió la política de la “fruta madura” según la cual Cuba seguiría siendo española hasta el momento en fuera norteamericana. En su carta, Adams consideraba que en cincuenta años “la anexión de Cuba a la República norteamericana será indispensable para la existencia y la integridad de la Unión”.

Estas palabras reflejan con toda claridad el pensamiento que ha guiado la política exterior de los EEUU hacia Cuba desde hace dos siglos. Ello explica la intervención militar, con la excusa de ayudar a los patriotas cubanos, en la etapa final de nuestra última guerra por la independencia de España en 1898; la exclusión de los representantes cubanos en la rendición de las fuerzas españolas y en la firma del tratado de paz en Paris. Explica que para que naciera la República de Cuba, tras cuatro años de gobierno interventor militar yanqui, tuviera que aceptarse incluir un apéndice a la Constitución redactada en 1901, que estipulaba el derecho de los EEUU a intervenir en Cuba cuando lo consideraran conveniente, aprobaba todas las acciones y decisiones del gobierno interventor, concedía terrenos para bases militares para la marina de los EEUU, impedía acuerdos del gobierno de Cuba con otros gobiernos  y dejaba pendiente la discusión acerca de la soberanía cubana sobre la Isla de Pinos. Por todas esas razones es que resulta correcto afirmar que la República  nacida el 20 de Mayo de 1902 fue una república neocolonial, con su independencia, soberanía e integridad territorial mutiladas.

El sueño independentista no se hizo realidad hasta el triunfo revolucionario del primero de enero de 1959. La revolución cubana de nuestros días, con sus dos grandes estandartes de independencia nacional y justicia social, es la culminación de la lucha de todos los patriotas cubanos, desde los precursores del primer cuarto del siglo XIX, hasta los de la Guerra de los Diez Años, la Guerra Chiquita, la Guerra del 95 organizada por el Partido Revolucionario Cubano fundado y dirigido por José Marti y todos los combatientes de las luchas revolucionarias en la República Neocolonial.

Nuestros enemigos han ensayado contra nuestra revolución, desde la invasión militar y la amenaza de ataque nuclear, hasta el bloqueo económico, financiero y comercial más largo de la historia con el fin de destruirla y restablecer su dominación neocolonial. Todo se ha estrellado contra la resistencia del pueblo cubano, contra su unidad en torno a sus dirigentes basada en el patriotismo y en los ideales del socialismo, lucha desigual que ha conquistado una amplia solidaridad internacional.

Sin embargo, esa obra histórica descomunal, esa revolución más grande que nosotros mismos, necesita también, además de heroísmo, lograr la victoria en el terreno gris de la economía, en eso que es el trabajo de cada día. Sin una economía eficiente, efectiva, viable, nuestra obra podría verse amenazada por nosotros mismos. El bloqueo, ciertamente, nos ha causado, y nos causa, daños enormes, pero esto no puede servirnos de excusa para encubrir nuestras deficiencias y errores. La economía es hoy nuestra tarea fundamental y es nuestro talón de Aquiles. Y aquí, después de esta digresión, regreso al libro que mencionaba al principio.

En su lectura, recordamos que tanto Marx como Engels podían tener una visión crítica científica sobre el capitalismo, su historia, su esencia y tendencias, y su inviabilidad futura, como lo atestigua la crisis global del sistema que ocurre en nuestros días. En cambio, sus ideas sobre el socialismo y el comunismo eran sólo una hipótesis, como ya dijimos. Ideas utópicas comunistas existían desde la antigüedad -como recuerda Vascos- en la obra de nobles pensadores, pero no había experiencia práctica más que la fugacísima Comuna de París. No fue hasta el siglo siguiente que a Lenin le correspondió dirigir la primera revolución socialista triunfante en el país más vasto de la tierra, enorme conglomerado multinacional, en condiciones dificilísimas, después de tres años de guerra seguidos por la invasión de Rusia por los ejércitos de más de veinte naciones. En ese terrible periodo, el joven poder revolucionario tuvo que implantar lo que Lenin llamó “el comunismo de guerra” en la economía del país para garantizar la prioridad de la defensa sin ayuda de nadie y con la enemistad del capitalismo internacional. Pero una vez lograda la victoria militar sobre el enemigo, Lenin se dio cuenta que era imprescindible una Nueva Política Económica para restaurar el país arruinado y exhausto. Esta política partía de la necesidad de utilizar todos los mecanismos de la producción mercantil bajo la Dirección del Partido Comunista y el control del Estado revolucionario. Esta política iba encaminada a permitir un capitalismo de Estado que aprovechara la inversión extranjera, el capital nacional, la pequeña propiedad privada, el trabajo por cuenta propia y las cooperativas, además de las empresas socialistas, siempre bajo el poder político de la clase obrera representada por su Partido Comunista.

Por supuesto que el debate entre los comunistas entonces fue intenso y Lenin tuvo que explicar y persuadir y convencer. Así, planteaba que era posible la combinación, la unión, la compatibilidad del Estado soviético, de la dictadura del proletariado con el capitalismo de Estado. Y más adelante afirmaba que el capitalismo privado como auxiliar del socialismo no era ninguna paradoja, sino un hecho de carácter económico absolutamente incontrovertible. Para Lenin, todas las formas económicas de transición eran admisibles, y era preciso saber emplearlas  para reanimar la economía de un país agotado y arruinado, y elevar el nivel de la industria. Y precisaba que la nueva política económica no modificaba  el plan económico estatal en su conjunto ni se salía  de sus marcos, sino que modificaba solamente el modo de abordar su realización.

En su libro, Vascos recoge también las ideas de otros dirigentes soviéticos como Bujarin, Trotski y Stalin, además de economistas soviéticos y decisiones del Partido Comunista sobre estos temas.

Al referirse a la experiencia china con la política de reforma y apertura iniciada en 1979, podemos encontrar en el libro la siguiente declaración tomada de los documentos del XIV Congreso Nacional del Partido Comunista Chino celebrado en septiembre de 1992:

…En unas importantes observaciones hechas a principios del presente año, el camarada Deng Xiaoping señaló, con mayor claridad aún, que economía planificada no es sinónimo de socialismo, pues en el capitalismo también existe la planificación, y que economía de mercado tampoco es sinónimo de capitalismo, ya que en el socialismo también existe el mercado. Tanto la planificación como el mercado no son más que mecanismos económicos. El que haya un poco mas de planificación o un poco mas de mercado no es lo que distingue esencialmente el capitalismo del socialismo”. (Pagina 92 de “Socialismo y Mercado”) Como vemos, Deng no hacía otra cosa que proponer, como Lenin en la Rusia de su tiempo, una nueva política económica de acuerdo con las condiciones de China en su época. Ambos dirigentes, a partir del análisis concreto de la experiencia histórica y la realidad de sus respectivos países, avizoraron el camino a seguir para darle sustento material a los nobles ideales comunistas. Se trataba, en ambos casos, de un accionar consciente, bajo la dirección de los respectivos partidos comunistas, para lograr  la base económica en la que, como aspiraba Marx, la riqueza colectiva corriera a chorros llenos, condición indispensable para superar la distribución socialista de “a cada cual según su trabajo”, por la superior de “a cada cual según sus necesidades”. Pero para llegar a ese punto, todos los pensadores revolucionarios, Marx y Engels incluidos, sabían que habría de pasar un tiempo muy largo, en el que el mundo desigual fuera cambiado, el desarrollo de la ciencia y de la técnica permitieran borrar las diferencias entre el campo y la ciudad, entre el trabajo manual y el intelectual y, con el cambio de la división social del trabajo, la producción de valores de uso perdiera su carácter mercantil. De momento, hay que construir el socialismo.

Los grandes éxitos alcanzados por la República Popular China a partir de las reformas propuestas por Deng Xiaoping la han convertido ya en la segunda economía mundial y en el primer exportador en pocas decenas de años.

Aunque la experiencia vietnamita no está tratada en el libro, podemos añadir que la República Socialista de Vietnam, que inició también en 1986  un camino de reformas económicas semejantes a las de China, ha ido alcanzando, en apenas un cuarto de siglo, un desarrollo multifacético con altos y estables crecimientos económicos anuales. Baste decir que la tierra vietnamita, sobre la que se descargó una cantidad de explosivos mayor que toda la utilizada durante la Segunda Guerra Mundial, pasó de ser el tercer importador mundial de arroz, al segundo exportador mundial, detrás de Tailandia y redujo el nivel de pobreza de un 75% de la población a sólo un 10%

El libro “Socialismo y Mercado” es un análisis riguroso que ayuda a revisitar las distintas categorías económicas relacionadas con la producción mercantil y su papel en el socialismo. En el socialismo, los valores de uso siguen teniendo un valor de cambio que se fija en dinero. La producción sigue siendo mercantil, aunque la política tenga un contenido social de acuerdo con los intereses del conjunto de la población. Después de todo, Marx consideraba que el socialismo debía producir una armonización de los intereses del individuo y de la sociedad. Los elementos teóricos recogidos en el libro son una referencia importante para los interesados en estos temas.

Ahora que en Cuba hemos celebrado el VI Congreso del Partido Comunista dedicado al tema de nuestra economía nacional y  con la participación más alta de todo nuestro pueblo en la discusión de los lineamientos económicos que se propusieron para servir de base al evento, y fueron finalmente aprobados como guía de nuestro trabajo presente en las condiciones especificas de nuestro país, resulta útil, además del examen crítico de nuestra propia experiencia, el estudio de las experiencias ajenas, no para copiarlas, sino para apreciar lo que pueda ser de utilidad para nuestro quehacer, siguiendo el precepto martiano de injertar en la república el mundo, pero manteniendo siempre el tronco propio.


NOTA

* Sobre esta mención a Cuba y las siguientes ver “La expansión territorial de los Estados Unidos a expensas de España y de los países hispanoamericanos”, del historiador Ramiro Guerra. La edición consultada es la de 1975 hecha por la  Editorial de Ciencias Sociales, La Habana.



(*) El cubano Rolando López del Amo es poeta, diplomático y profesor universitario.

[Fuente: CubaDebate]






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