Partido Revolucionario de los Comunistas de Canarias

El drama de la democracia en el teatro del terrorismo

In Actualidad, Opinión on 20 agosto, 2011 at 0:01

Joseph S. Nye


El presidente George W. Bush era famoso por proclamar la promoción de la democracia como un eje central de la política exterior estadounidense. Esta retórica no le era exclusiva. La mayoría de los presidentes norteamericanos desde Woodrow Wilson hicieron pronunciamientos similares.

De manera que se produjo una diferenciación sorprendente cuando la secretaria de Estado Hillary Clinton prestó testimonio ante el Congreso a comienzos de este año sobre las “tres D” de la política exterior estadounidense -defensa, diplomacia y desarrollo-. La “D” de democracia estuvo manifiestamente ausente, lo que sugirió un cambio de política fundamental del gobierno del presidente Barack Obama.

Tanto Bill Clinton como George W. Bush solían referirse a los beneficios de la democracia para la seguridad. Mencionaban investigación en el área de las ciencias sociales que demostraba que las democracias rara vez se enfrentan entre sí en una guerra. Pero los académicos han comprobado, y manifestado en términos más meticulosos, que las democracias liberales casi nunca se enfrentan entre sí en una guerra. De hecho, podría ser que una cultura constitucional liberal sea más importante que el mero hecho de llevar a cabo elecciones competitivas.

Si bien las elecciones libres y justas son importantes, la democracia liberal es más que una “electocracia”. Las elecciones en ausencia de restricciones constitucionales y culturales pueden producir violencia, como en Bosnia o la Autoridad Palestina. Y las democracias liberales por cierto han ido a la guerra entre sí no hace mucho, como sucedió con Ecuador y Perú en los años 1990.

A los ojos de muchos críticos, en Estados Unidos y en el exterior, los excesos de la administración Bush empañaron la idea de la promoción de la democracia. La invocación de la democracia por parte de Bush para justificar la invasión de Irak implicaba que la democracia se podía imponer a punta de pistola. La democracia llegó a asociarse con su particular variante estadounidense, y adoptó una connotación imperialista.

Es más, la retórica exagerada de Bush muchas veces estaba en desacuerdo con su práctica, lo que dio lugar a acusaciones de hipocresía. A Bush de alguna manera le resultaba más fácil criticar a Zimbabue, Cuba y Birmania que a Arabia Saudita y Pakistán, y rápidamente le bajó el tono a su reproche inicial a Egipto.

Sin embargo, existe el peligro de reaccionar exageradamente ante los fracasos políticos de la administración Bush. La democracia no es una imposición estadounidense y puede tomar muchas formas. El deseo de una mayor participación aumenta conforme las economías se desarrollan y la gente se adapta a la modernización.

Tampoco la democracia está en retirada. Freedom House, una organización no gubernamental, enumeró 86 países libres al inicio de los años Bush, un total que aumentó ligeramente a 89 al concluir su mandato.

La democracia sigue siendo un objetivo digno y generalizado, que debería distinguirse de los medios elegidos para alcanzarlo. Existe una diferencia entre promoción autoritaria de la democracia y un respaldo más moderado. Evitar la coerción, las elecciones prematuras y la retórica hipócrita no descarta una política paciente de asistencia económica, diplomacia moderada y esfuerzos multilaterales para respaldar el desarrollo de la sociedad civil, el régimen del derecho y el apoyo a elecciones bien administradas.

Igualmente importantes para los métodos de política exterior utilizados para respaldar la democracia en el exterior son las maneras en que la practicamos en casa. Cuando intentamos imponer la democracia, la empañamos. Cuando vivimos según nuestras mejores tradiciones, podemos fomentar la emulación y generar el poder blando de la atracción. Este enfoque es lo que Ronald Reagan llamaba la “casa iluminada de la colina”.

Por ejemplo, muchos tanto dentro como fuera de Estados Unidos se habían vuelto cínicos respecto del sistema político estadounidense, con el argumento de que estaba dominado por el dinero y cerrado a los de afuera. La elección de Barack Hussein Obama en 2008 sirvió de mucho para restaurar el poder de atracción de la democracia estadounidense.

Otro aspecto de la práctica doméstica de una democracia liberal por parte de Estados Unidos que hoy se está debatiendo cómo el país hace frente a la amenaza del terrorismo. En el clima de extremo temor que siguió a los atentados del 11 de septiembre de 2001, las interpretaciones legales atroces que hizo la administración Bush del derecho internacional y doméstico opacaron la democracia estadounidense y redujeron su poder blando.

Afortunadamente, una prensa libre, un poder judicial independiente y una legislatura contenciosa ayudaron a llevar estas prácticas al debate público. Obama proclamó que cerrará las instalaciones de detención de Guantánamo en el lapso de un año, y desclasificó los documentos legales que fueron utilizados para justificar lo que hoy se considera ampliamente como tortura de los detenidos.

Sin embargo, el problema de cómo hacer frente al terrorismo no es sólo una cuestión del pasado. La amenaza sigue entre nosotros y es importante recordar que la gente en las democracias quiere tanto libertad como seguridad.

En momentos de extremo temor, el péndulo de las actitudes oscila hacia el extremo de la seguridad de ese espectro. Abraham Lincoln suspendió el derecho de habeas corpus durante la Guerra Civil, y Franklin Roosevelt confinó a los ciudadanos norteamericanos de origen japonés durante los primeros años de la Segunda Guerra Mundial.

Cuando hoy se les pregunta a algunos de los miembros más razonables de la administración Bush cómo pudieron haber adoptado las posturas que adoptaron en 2002, mencionan los ataques con ántrax posteriores al 11 de septiembre, los informes de inteligencia de un ataque inminente con materiales nucleares y el temor público generalizado de un segundo atentado. En esas circunstancias, la democracia liberal y la seguridad están en tensión.

El terrorismo es una forma de teatro. No funciona por simple destrucción, sino más bien dramatizando actos atroces contra civiles. Es como jiu jitsu: el adversario más débil gana apalancando el poder del más fuerte en su contra.

Los terroristas esperan crear un clima de miedo e inseguridad que haga que las democracias liberales se dañen a sí mismas cercenando su calidad en términos de sus propios valores. Prevenir nuevos ataques terroristas y al mismo tiempo entender y evitar los errores del pasado será esencial si queremos preservar y respaldar la democracia liberal tanto en el país como en el exterior. Ese es el debate que la administración Obama hoy está llevando a cabo en Estados Unidos.


(*) Joseph S. Nye es profesor de la Universidad de Harvard. Fue catalogado por una encuesta reciente como el académico más influyente en la política exterior estadounidense.


[Fuente: Diario del Pueblo]






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