Partido Revolucionario de los Comunistas de Canarias

Crisis de consumo

In Actualidad, Economía on 9 septiembre, 2011 at 0:01

Max J. Castro


En 1966 dos economistas marxistas norteamericanos, Paul Baran y Paul Sweezy, publicaron el libroCapital monopolista: un ensayo acerca del orden económico norteamericano, en el cual predecían que el capitalismo atravesaría crisis económicas no debido a una tendencia inevitable a la caída de las ganancias, como predijo Marx, sino por sub-consumo –la incapacidad de los capitalistas de vender todos los bienes que la economía está preparada para producir.

Fue una tesis valiente, no solo porque los autores deben haber sabido que serían muy criticados por los marxistas más ortodoxos, como sucedió, sino más importante aún, porque estaban escribiendo en un momento en que el enorme y prolongado boom económico de amplia base de la postguerra aún estaba en auge.

Durante mucho tiempo, y especialmente en la década de 1990, cuando la economía se beneficiaba de la baja tasa de desempleo y lenta inflación, y los analistas económicos proclamaban una “nueva economía” en la que las recesiones desaparecerían, parecía que Baran y Sweezy estaban totalmente equivocados. Pero la Gran Recesión de 2008 y sus consecuencias han reivindicado a los autores deCapital monopolista.

La prosperidad generalizada –aunque no universal, como señaló Michael Harrington en su clásico El otro Estados Unidos en 1960, una realidad de la cual los miembros de grupos minoritarios eran muy conscientes– había creado la mayor clase media de la historia, elevando hasta los niveles de la clase media los ingresos y niveles de consumo de los trabajadores manuales en industrias sindicalizadas como la de fabricación de automóviles y del acero.

El “Siglo Norteamericano” prometía tiempos aún mejores hasta donde se podía ver. Sí, la opinión ortodoxa reconocía que habría aún recesiones, pero cortas y leves debido a los “estabilizadores automáticos” como la seguridad social y la asistencia social, y porque los economistas poseían las herramientas adecuadas en la forma de políticas fiscales y económicas para impedir las crisis severas.

Fue en este contexto de salarios en ascenso, empleo abundante y optimismo acerca del futuro que Baran y Sweezy realizaron su nefasto pronóstico que los hechos parecían desmentir por mucho tiempo. Sin duda, en fecha tan temprana como inicios de la década de 1970, había señales de que la fiesta comenzaba a declinar. El enorme costo de la guerra de Viet Nam, no compensado por un incremento en los impuestos, junto con otros factores tal como la recuperación económica de competidores como Alemania y Japón, comenzaron a deshilachar el milagro económico norteamericano.

El aumento de la inflación primero y más tarde el doble revés de la “estanflación” (altos niveles de desempleo e inflación), minaron la confianza de los norteamericanos. Pero la economía siempre parecía recuperarse y el rápido crecimiento económico durante los últimos años de Reagan y la mayor parte de la administración Clinton nublaron el hecho de que estas expansiones económicas eran diferentes; a diferencia de la aceleración de postguerra, los aumentos económicos de Reagan y Clinton no eran ampliamente compartidos.

Con el estancamiento o poco crecimiento del ingreso de la mayoría de los norteamericanos, la economía norteamericana impulsada por el consumo evitó crisis profundas y continuó expandiéndose por medio de mecanismos previstos por Baran y Sweezy, tales como el incremento del gasto militar, aumento de la deuda nacional y del consumidor, y el impacto económico de la nuevos inventos transformativos.

Pero Baran y Sweezy también pronosticaron que tales factores no podían evitar por siempre las crisis. El día del juicio final ha llegado.

En un artículo publicado en The Washington Post el 26 de agosto (“Temores de los Consumidores Ponen a la Economía al Borde del Precipicio”), Peter Whoriskey escribió: “Más de dos años después del fin oficial de la recesión, la gente está conduciendo su auto un año más, dejando de comprar joyas y abandonando en el supermercado las grandes marcas por marcas propias de las tiendas, más baratas. Peor aún, el una vez fuerte optimismo de los norteamericanos parece haberse derrumbado, según una medida clave”.

Según Whoriskey, el hecho de que los “norteamericanos estén asustados” amenaza con el regreso de la recesión. Pero la realidad es que la recesión desatada por la crisis financiera de 2008 nunca desapareció, excepto por una definición muy técnica y la exageración de la administración Obama. Y a pesar de que la psicología y la confianza del consumidor son importantes, hay más razones materiales para que muchos norteamericanos deban estar asustados.

Los norteamericanos ya no creen que el año próximo ganarán más dinero que en este, según una Encuesta de Consumidores de las Universidad de Michigan”, escribió Whoriskey. “Este cambio de actitud no es meramente un cambio en la psiquis de los norteamericanos; se basa en la realidad. El salario real del 80 por ciento de los que menos ganan se ha mantenido igual durante mucho tiempo. La entrada masiva de mujeres a la fuerza laboral desde la década de 1960 ha sido tanto una respuesta a este hecho y ha ayudado a minimizar su impacto en el consumo familiar. Pero en algún momento, cuando muchas mujeres trabajan fuera de casa, ese pozo también se seca. Aparece el crédito. Según Whoriskey, “En Estados Unidos, entre 2000 y 2008 el crédito pendiente de los consumidores y la deuda hipotecaria aumentó rápidamente, de 65 por ciento a más de 90 por ciento del Producto Interno Bruto. Desde entonces esa relación ha disminuido a 85 por ciento, pero podrían pasar muchos años antes de que los hogares reduzcan lo que deben y se sientan libres de gastar otra vez, dicen los economistas”.

Pero no se trata solo de sentirse libres de gastar otra vez. Mientras el precio de su principal propiedad, su hogar, aumentaba rápidamente cada año, los norteamericanos podían pedir prestado contra el valor de su casa y continuar incrementando el consumo como si sus ingresos aumentaran al ritmo de la década de 1960. Pero cuando estalló la burbuja de los bienes raíces y los precios de las casas se precipitaron, a continuación apareció el efecto contrario. Decenas de millones se encontraron en una posición en la que no había valores para respaldar un préstamo. Incluyendo muchos que están “bajo el agua” (deben más de su casa de lo que actualmente vale en el mercado) y los millones que perdieron su casa por la ejecución de la hipoteca.

Incluso si no han sido afectados tan drásticamente como por el desempleo o la ejecución de una hipoteca, el enorme ejército de norteamericanos propietarios de sus casas es más pobre ahora. Muy pocos trabajadores tienen un empleo seguro, como demuestran los despidos y recortes salariales y de beneficios que afectan a los maestros, policías y otros empleados públicos, los cuales tradicionalmente han tenido los empleos más seguros en la economía. La seguridad del empleo en el sector privado de Estados Unidos siempre ha sido dudosa, y con el aumento de la exportación de empleos, globalización y la crisis de 2008 que brinda a los patronos una excusa para despedir a los trabajadores, ahora es prácticamente inexistente.

Así que hasta esos norteamericanos que aún tienen empleo, casa y algo de dinero para gastar están actuando racionalmente cuando se abstienen de llevar la mano al bolsillo. Cuando uno ve a un ex colega desempleado y a los amigos del barrio que han perdido su casa, y uno dice “gracias a Dios no estoy como ellos”, uno tiende a conservar su dinero, dado el hecho de que podría ser la próxima víctima de la verdadera “nueva economía”. Pero lo que es racional para el individuo puede ser desastroso para la economía.

La nueva frugalidad no ha afectado a todo el mundo. Whoriskey reporta que “(…) en Target, los ejecutivos notaron una baja en la confianza, pero no de manera uniforme. Los consumidores pertenecientes a los niveles más altos de ingresos, dicen ellos, “han estado más dispuestos a gastar más en ropa y en muebles para el hogar de marcas como Fieldcrest Luxury y Smith & Hawken”.

Los hogares más ricos continúan siendo los más optimistas”, dijo Kathy Tesija, ejecutiva principal demerchandising de Target al celebrar una llamada en conferencia la semana pasada. En todo el negocio al detalle, el 20 por ciento de los hogares con los mayores ingresos están yendo de compra más a menudo y gastando más”. ¿Y el otro 80 por ciento? Han “disminuido sus salidas (a comprar) y gastado menos”, agregó Tesija.

La situación es tan funesta que exige una masiva intervención en la economía por parte del gobierno para gastar más dinero, crear muchos nuevos empleos y redistribuir hacia abajo el ingreso y la riqueza. Pero lo que está sucediendo es exactamente lo contrario, porque los dogmáticos republicanos han impuesto como dogma sagrado, entre sus filas y mucho más allá, la austeridad fiscal y el gobierno pequeño.

Hasta el presidente Obama ha bebido algo del Kool Aid envenenado al declarar que el gobierno debe balancear su presupuesto al igual que cualquier familia. Esa es una falacia peligrosa y una colosal concesión ideológica a los republicanos.

Ellos pueden pensar que se la han jugado bien a Barack Obama al hacer todo lo que estaba en sus manos para evitar la recuperación económica, y de esa manera hacer un grave daño a las esperanzas de reelección del presidente. Pero en el proceso también se la están jugando de mala manera al pueblo norteamericano. Y si los republicanos llegaran a ganar en 2012, tendrían que administrar el desastre de la economía. Más importante de si el Partido Republicano llega a vivir lo suficiente como para arrepentirse de sus actos es la perspectiva del sufrimiento de decenas de millones de norteamericanos durante un largo plazo.



(majcastro@gmail.com)

[Fuente: Progreso Semanal]






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