Partido Revolucionario de los Comunistas de Canarias

La crisis y la lucha anticapitalista

In Actualidad, Comunicado on 12 septiembre, 2011 at 0:01

Comisión Política Nacional del
Partido Comunista Brasileño (PCB)

Las recientes caídas en los mercados de valores de todo el mundo y la crisis de la deuda pública de los países centrales se anuncian por la prensa como una nueva crisis, que interrumpe los intentos de recuperación de la economía mundial después de la “crisis de 2007/2008.” Estos analistas procuran a toda costa diferenciar el movimiento actual y mostrar que la economía privada va bien, el problema ahora es de  los países extremadamente endeudados, para los que la “salida” para el capitalismo debería ser el ajuste fiscal de los Estados, con los recortes en los gastos públicos y en los derechos de los trabajadores y jubilados. Esta visión cortoplacista, tan común a los ideólogos del capitalismo en los últimos años, nos permite percibir los problemas reales por los que pasa el capitalismo y deja claro que esta “crisis actual” no es más que la continuación y la profundización de la crisis sistémica en que se encuentra el capitalismo desde la década de 1990.

Lo que ocurre hoy es consecuencia directa de las medidas adoptadas hace dos años para tratar de salvar al gran capital financiero y a los grandes bancos que especularon y drenaron enormes cantidades de valores producidos, en un movimiento irracional de acumulación ficticia a escala global. Cuando la crisis sistémica del capitalismo se hizo ver claramente con el colapso de los fondos especulativos en 2007 y 2008, llevando a la quiebra grandes bancos e instituciones de inversión que actuaban en los mercados de valores privados (sobre todo en EEUU y Europa), los Estados utilizaron su arsenal monetario para salvar a estos bancos y fondos. En la práctica, los Estados asumieron los valores basura que aparecieron después de la juerga financiera del sector privado y transfirieron las pérdidas privadas al sector público. Ahora, la burguesía quiere sacrificar aún más a la población con  ajustes fiscales por parte de los Estados.

En aquel momento, hubo una práctica unanimidad en pensar que comenzaría el “principio del fin” del neoliberalismo y que las políticas públicas keynesianas volverían a dominar la escena económica, con los Estados volviendo a intervenir fuertemente en la economía, con los bancos centrales actuando como prestamistas en última instancia. Muchos alimentaron ilusiones de que tendríamos un nuevo ciclo de crecimiento económico como el que se verificó en la posguerra, cuando los mercados financieros fueron dominados por las políticas públicas que elevaban los salarios y el bienestar de los trabajadores, además de aumentar la rentabilidad de las empresas productivas. Esto no ocurrió, la juerga especulativa continuó, y los “reformadores” no han conseguido regular el “mercado libre”.

La crisis es de todo el sistema capitalista, mucho más profunda de lo que la simple oscilación de las bolsas de valores permite vislumbrar. El capitalismo es un sistema en el que la producción de riqueza es colectiva y la apropiación es privada, cada vez más concentrada y, mediante la competencia en los mercados libres, los capitales compiten por tasas de apropiación de la riqueza cada vez más elevadas. Ocurre que el capital no se reproduce solo. Es el trabajo productivo, humano y desempeñado en el proceso de producción de mercancías el que produce la riqueza. Cuanto más se concentra el capital y se aplasta el trabajo, menos valor nuevo se produce, provocando crisis de acumulación que pueden ser cíclicas, cuando hay posibilidades de reanudación de las inversiones productivas y de nuevos ciclos de empleo y de producción de valor, o puede llegar a un estadio en el que  las posibilidades de salida para la reanudación de la acumulación de capital encuentran obstáculos que, para ser superados, llevan a la barbarie.

Lo que vemos hoy es la expresión de una crisis estructural mucho más grave que cualquier crisis cíclica anterior.

Es estructural, porque tiene un carácter universal. La crisis no se circunscribe a una determinada rama de la producción, o estrictamente financiera; y no implica sólo un determinado número de países; asumió una línea cronológica continua y secuencial, a diferencia de los periodos de crisis cíclicas en que, después de cierto tiempo, los capitalistas podían superar sus contradicciones más inmediatas.

Los capitales ya no consiguen salir de la pura especulación ficticia y volver a la esfera de la producción de valor. Incluso en esta esfera, dado el grado de producción a escala mundial, la  utilización de los recursos humanos y ecológicos en todo el mundo, la reanudación del desarrollo capitalista sólo ocurrirá con la profundización de la barbarie, tanto ecológica como humana. Para retornar las tasas de beneficio, el capital va a procurar aplastar a los trabajadores en procesos productivos cada vez más intensos y brutales, a fin de extraer el máximo de plusvalía absoluta y relativa. Si no es frenado por una fuerte resistencia a nivel mundial, el imperialismo va a explotar los recursos naturales hasta la imposibilidad de continuar con la reproducción de la vida humana en la tierra.

En el plano de la coyuntura, después de librarse de las deudas incobrables producidas por el ciclo de créditos baratos y especulación desenfrenada de los años 2008/2010, los capitalistas ahora quieren extraer de los fondos públicos de los Estados los recursos para continuar su camino de la acumulación ficticia. Quieren que los Estados que honren con sus deudas públicas (aumentadas en un intento de salvar bancos y fondos), paguen intereses y transfieran recursos procedentes de los impuestos sobre los trabajadores al sector privado. Por eso quieren el ajuste fiscal, recortes del gasto público social, exenciones de impuestos en las nóminas, reducción de salarios y pensiones, más privatización en salud y educación. En definitiva, quieren un Estado mínimo para el pueblo y el máximo para el capital.

Los trabajadores de los países centrales también están pagando la crisis. Ya penalizados con el desempleo y el elevado endeudamiento de las familias, tendrían que pagar aún más por renunciar a una mínima estructura de bienestar, ya bastante debilitada por las reformas en las políticas públicas. Las manifestaciones en Grecia, España, Francia, EEUU, Inglaterra, demuestran la insatisfacción de los pueblos con estas políticas. Los trabajadores y el pueblo salen a las calles, destrozan edificios públicos, incendian casas y coches, marchan por las principales ciudades y capitales.

Estas resistencias espontáneas de los pueblos no encuentran fuerzas y frentes políticos organizados capaces de canalizar su energía y revuelta en un movimiento verdaderamente transformador y revolucionario. Los partidos comunistas y obreros se encuentran en reconstrucción y, en su mayoría, aún no se han convertido en una vanguardia que pueda promover la transformación de todo el sistema a un nuevo nivel de vida. De esta forma, la represión se hace brutal y el aparato represivo del Estado es dirigido contra la población, provocando verdaderas guerras internas que pueden dar lugar a un creciente movimiento de corte político fascista, totalitario y aún más opresor.

La concentración de renta verificada en el mundo en las últimas décadas ha contribuido a desviar de la lucha política a la parte despolitizada de los trabajadores con mayor estabilidad contra sus compañeros precarizados y desempleados. Los movimientos xenófobos, las intolerancias religiosas, principalmente la “islamofobia”, y las acciones contra los más pobres crecen en todo el mundo, creando un escenario propicio para el crecimiento de las organizaciones y las acciones fascistas.

Además de eso, los Estados imperialistas centrales necesitan cada vez más promover sus guerras contra países que poseen recursos naturales valiosos. La guerra imperialista actual dejó de ser una acción coordinada de los países centrales a través de la ONU, para asumir la forma de guerras de intereses particulares de cada país, una federalización de la ONU. EEUU ataca Irak y Afganistán, mientras que Francia ataca a Libia, y Rusia ataca las ex repúblicas soviéticas. Pero las principales guerras que se vislumbran son las nuevas guerras civiles dentro de los países, con los aparatos represivos de los Estados contra su población trabajadora y la reducción de las libertades democráticas.

Esta nueva ofensiva belicista e imperialista, a su vez, asume un carácter de redefinición de la geopolítica de dominación de mercados y reservas por parte de las principales potencias capitalistas, al mismo tiempo que cumple el papel de fomento de una amplia cadena productiva vinculada a la industria bélica y a la necesidad de control ideológico de las masas trabajadoras, transfiriendo las tensiones a los enemigos fabricados por los medios de comunicación.

La llamada “guerra contra el terror” ha servido, desde el 11/09/2001, como instrumento de justificación para el aumento de gastos en la industria bélica y válvula de escape de las tensiones internas causadas por la crisis capitalista. Republicanos y Demócratas se han turnado en el poder en EEUU, pero mantienen la misma tónica en los últimos diez años.

En este mundo convulso, Brasil no es inmune a la crisis. La diferencia es que, en este momento, la crisis sistémica que afecta a los países centrales abrió espacio para un pequeño periodo de crecimiento económico y oportunidad de inversiones productivas en algunos países subdesarrollados y en desarrollo. Brasil está recibiendo significativos volúmenes de inversiones productivas y especulativas, tiene un elevado saldo de reservas internacionales y una aparente tranquilidad económica.

Este escenario está repleto de contradicciones específicas, ya que, en parte, el crecimiento económico está anclado en la política de concesión de crédito fácil a intereses exorbitantes, que comprometen una gran parte de los ingresos de los trabajadores, forzando a muchos a entrar en una auténtica vorágine de endeudamiento personal.

Así mismo, los ideólogos del Capital predican la barbarie cuando, en todo momento, claman por ajuste fiscal, reformas laborales y sociales, reducción de la participación de la financiación pública para atender a los trabajadores, como forma preventiva de crear un “consenso” entre la población brasileña de que días peores vendrán; por lo tanto, deben conformarse desde ahora y no actuar como los “vándalos” del hemisferio norte.

De esta forma, la acción política está, aparentemente, encorsetada entre políticas que profundizan la barbarie o políticas reformistas para “mejorar” el capitalismo. Nosotros no creemos en esta dicotomía, son dos caras de una misma moneda falsa. El capitalismo no tiene otra contribución que hacer a la humanidad y ninguna concesión va a hacer al proletariado. Por lo tanto, enfrentar esta crisis es enfrentar el capitalismo, la lucha política que debemos afrontar es la lucha anticapitalista con la mayor urgencia. En todo el mundo, los trabajadores se deben organizar y movilizar sus acciones en la perspectiva de, valientemente, mostrar su fuerza en la lucha contra el capitalismo y la barbarie producida por el sistema. Cada vez más son necesarias acciones radicales, superando la ilusión de que la lucha exclusivamente parlamentaria o restringida al ámbito sindical dará lugar a un mejor nivel de vida. Es preciso hacer avanzar la lucha por la construcción de la sociedad socialista,  en la dirección del comunismo.

¡Atreverse a luchar, atreverse a vencer!


Septiembre de 2011






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