Partido Revolucionario de los Comunistas de Canarias

Libia: Guerra inconclusa y endeudamiento anticipado

In Actualidad, África on 14 septiembre, 2011 at 0:01

Ulises Canales


La OTAN podría detener hoy su devastadora agresión y los rebeldes terminar aplastando la épica resistencia de los leales a Muamar El Gadafi, pero la “nueva Libia” ya certificó su nacimiento socialmente fragmentada y políticamente endeudada.

El impasse que vivió el conflicto libio en torno a Bani Walid, Sirte y Sabha, más de dos semanas después de la entrada triunfal de los insurgentes a Trípoli, presagió que tomará mucho tiempo para escuchar del Consejo Nacional de Transición (CNT) la frase “misión cumplida”.

Al margen de montajes televisivos en la Plaza Verde, los sublevados tomaron el 23 de agosto Bab Al-Aziziyah, otrora residencia del ahora evadido líder, y pese al golpe psicológico que ello significó para los progubernamentales, las referidas ciudades mantuvieron la resistencia.

Básicamente Bani Walid, un oasis en medio del Sahara, y Sirte, ciudad mediterránea cuna de El Gadafi, se convirtieron en los últimos reductos de tenacidad y aquella actitud indómita de sus jefes tribales hizo abortar varias negociaciones para que se rindieran.

Miembros de una misma tribu, como es el caso de la Warfalla -la más numerosa e influyente de Libia y adepta a El Gadafi-, quedaron separados en uno y otro bando, atenazados por una campaña de desinformación deliberada que generó más confusión.

Alternando con las bombas, la aviación de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) arreció en los días decisivos de Bani Walid el lanzamiento de panfletos instando a los pro-Gadafi a someterse y, en algunos casos, a abandonar el país.

Resultó paradójico que la beligerancia quedó virtualmente estancada -aunque la alianza atlántica mantuvo sus bombardeos- y el liderazgo del CNT se apresuró a delinear un gobierno interino y recabar reconocimiento mundial, sin tener pleno control de todo el territorio.

Tras casi siete meses de manifestaciones callejeras y protestas opositoras que la OTAN con el aval de la Liga Árabe ayudó a transformar en insurrección armada con visos de guerra civil, Libia tiene numerosas tareas pendientes en el plano militar, político, social y estructural.

La denominada Revolución de Febrero (el levantamiento comenzó el 17 de ese mes) ya clasifica como la más sangrienta de las revueltas árabes, si se asume como cierto los más de 50 mil muertos estimados por el CNT, y eso se traduce en un tejido social y tribal roto.

No es casual que numerosas ciudades y poblados declarados “bajo control rebelde” estén totalmente desolados, devastados y sin los más elementales servicios, algo que tampoco escapa a Trípoli y entronca con un objetivo clave de los llamados “Amigos de Libia”: la reconstrucción.

A primera vista, resulta fácil advertir que las prioridades de libios y aliados se bifurcan, pues los primeros ansían la captura de El Gadafi, vivo o muerto, para dar por concluida la guerra, mientras los segundos ya se frotan las manos con jugosos negocios.

El CNT insiste en presionar a Argelia, Níger y a todo Estado que reciba a parientes de El Gadafi para que los extradite, y los países occidentales y árabes que participaron en la agresión a Libia hicieron un primer ensayo de la repartición del botín, el 1 de septiembre.

Justo el día en que se hubieran cumplido 42 años de la llegada al poder de El Gadafi, los “Amigos de Libia” convergieron en la capital de Francia para dibujar el mapa de la reconstrucción de una nación que hasta hace poco descollaba entre las más prósperas de África.

Francia, anfitriona y pionera en los bombardeos contra el país norafricano; Estados Unidos, en un pensado segundo plano; y Gran Bretaña se apoyaron en un inventario de necesidades pensando en oportunidades de inversión en petróleo e infraestructuras.

Representantes de 63 países y organizaciones internacionales decidieron en París continuar con las operaciones militares “hasta que sea necesario” y, lo más importante, desbloquear 15 mil millones de dólares libios que la ONU había congelado a Trípoli en el exterior.

Todos nosotros nos hemos comprometido a desbloquear el dinero de la Libia de ayer para financiar el desarrollo de la Libia de hoy“, expresó el presidente francés, Nicolás Sarkozy, al justificar el negocio redondo sellado en París.

Dicho de otra forma, los rebeldes del CNT -vistos como las nuevas autoridades- dispondrán de efectivo para paliar necesidades domésticas, sobre todo pagar a las empresas europeas, estadounidenses y árabes que buscarán nichos de inversión, fáciles de hallar en la derruida Libia.

El propio gobierno de Sarkozy gestionó -o gestiona- acuerdos con los rebeldes para explotar un tercio de las reservas petroleras libias (al menos un 35 por ciento), según el diario Liberación.

Pero a la Ciudad Luz llegó el primer ministro David Cameron después de que un avión de la Fuerza Aérea Real Británica descargó en Benghazi billetes impresos en Londres por valor de 280 millones de dinares libios (233 millones de dólares) para revertir la escasez de efectivo.

Medios noticiosos británicos reportaron entonces que Londres planeaba enviar a Libia un equipo de expertos comerciales para asegurar negocios petroleros a las compañías nacionales frente a competidores rusos y chinos, en desventaja por el tardío reconocimiento del CNT.

De hecho, Rusia y China, las dos potencia miembros del Consejo de Seguridad de la ONU que no apoyaron la agresión de la OTAN, y declararon su interés de preservar contratos lucrativos de energía y construcción que ya tenían en la Libia de El Gadafi.

El consorcio italiano del petróleo ENI firmó el 29 de agosto su propio acuerdo con el CNT para reiniciar la producción de crudo en Libia y modernizar un gran gasoducto que enlace bajo el mar Mediterráneo los campos petroleros libios con la península europea.

El CNT prometió atractivas recompensas a los que más apoyaron su rebelión, y en Libia pululan oportunidades para invertir en rubros como petróleo, agua, infraestructura, energía, telecomunicaciones, turismo, salud, educación, seguridad pública, transportes y otros.

La heterogeneidad de las filas insurgentes, las ambiciones sectarias y personales, la escasa formación política y militar, y la crispación político-tribal del país inducen a pronosticar un clima de desequilibrios muy prolongado.

Occidente es conciente de que en la nación norafricana tiene que evitar repetir los errores de Irak, y en ese empeño no se descarta que una fuerza multinacional permanezca en Libia bajo cualquier formato para imponer la necesaria estabilidad que requieren los negocios.


(*) Ulises Canales es corresponsal de Prensa Latina en Egipto.






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