Partido Revolucionario de los Comunistas de Canarias

Ojos que no quieren ver, lengua que se equivoca

In Actualidad, Economía on 14 septiembre, 2011 at 0:00

Luis Sexto


El trabajo voluntario en Cuba como práctica diaria o dominical ha dejado la plaza. Y ante este acontecimiento, ni original ni audaz, sería suponer que el acuerdo de la Central de Trabajadores de Cuba (CTC) que suprime, salvo en momentos de desastre, o de necesidades agudas de las empresas, el trabajo voluntario, ha recibido un implícito y mayoritario beneplácito… Pero asegurar lo contrario, esto es, que muchos cubanos se muestran inconformes por ello, podría significar que uno se colocara la máscara de hierro del torpe o del oportunista, o del dogmático que aún no se ha dado cuenta de en qué sociedad vive y cuáles circunstancias la rodean.

Negar su trascendencia en la estrategia de cambios, tampoco, a mi modo de ver, sería exacto. Los efectos de la medida, adoptada en el pleno número 87 del Consejo Nacional de la CTC, el 18 de febrero pasado, son varios. Hemos de valorar, primeramente, que el trabajo voluntario, al evolucionar, logró disminuir el tiempo libre de los trabajadores, además de reducirles la condición de sujetos libres mediante la presión sindical y administrativa. El propio hecho de pedir la disposición para “el trabajo voluntario” con una libreta en la que anotarían tu nombre en la casilla afirmativa o también, por decantación, en la de los ausentes, derivaba en un mérito o en una definición política. Y por tanto, más que la labor sin fines de lucro que los trabajadores pudieran haber realizado, importaba que asistieran, aunque confirmaran en la práctica que, a veces, la convocatoria sólo había servido para perder el tiempo y los recursos. Pero, como es de concluir con lo ya dicho, servía a este o aquel para aparentar una integración social que les facilitara acumular horas sin pago, pero aptas para ser retribuidas en la distribución de bienes o de posiciones.

En segundo término, y no en menor relevancia, se extingue el trabajo voluntario como instrumento siempre a mano para completar la producción o las tareas no cumplidas en las ocho horas habituales. O más claro: la medida ha rasgado uno de los velos con que se encubría la ineficiencia. A partir de ahora, pues, de acuerdo con el criterio de la CTC, “las entidades que necesiten emplear fuerza de trabajo para tareas eventuales o emergentes, de temporadas o estacionales, así como para sustituir a trabajadores ausentes por causas reconocidas en la legislación, deberán contratarla en la reserva laboral”.

¿Valoraremos desprejuiciadamente el significado político y económico de esta decisión? Recordemos que el trabajo voluntario se concibió en Cuba con propósitos de educación ideológica, y como un modo de articular “el hombre nuevo del socialismo”: un ser social dispuesto a laborar por solidaridad, por altruismo, y para quien el trabajo operaría también como ascética de mejoramiento ético. El Che Guevara fue uno de sus introductores y uno de los más entusiastas teóricos y practicantes. Más tarde, como siguiendo el destino inevitable de cuanto se absolutiza y se gestiona sin una estrategia racional, el trabajo voluntario se relajó, se convirtió en una ceremonia que, por lo común, más que incrementar la riqueza, la dilapidó, y en vez de estimular el respeto y el apego al trabajo, lo limitó por el predominio de un espíritu ritual.

Aunque pueda creerse lo contrario, no es primera vez que se habla, o hablo, de esta manera sobre lo que resultó la iniciativa de Che Guevara. En lo personal, durante el período de 1990, recuerdo este episodio. En una de las sesiones de la Asamblea Nacional, que yo cubría para la revista Bohemia, un diputado me reprochó haber emitido por el programa Hablando Claro, de Radio Rebelde, juicios críticos acerca de la distorsión del trabajo voluntario. Usted me estropeó una movilización muy numerosa para ese fin de semana, dijo. Por una parte, yo convocándola y usted desmejorando mi esfuerzo.

Quizás no me equivoque al apuntar que en Cuba habitualmente hubo polémica, choque de ideas acerca de cómo concebir el socialismo. Para mí, alguna vez este habrá de ser el reino de la libertad y la igualdad. Y en conjunto dialéctico, porque sin la igualdad no predominará la libertad. Pero aun sin el trabajo voluntario, el trabajo eficiente, eficaz y efectivamente realizado, y remunerado en justicia, será también medio e impulso de bienestar y crecimiento ético individual y colectivo. ¿Acaso la inmoralidad no podría haber distinguido una jornada voluntaria donde antes se había laborado mal por desinterés o indisciplina?

A algunos juicios no les basta. Y en particular desde Miami –al menos en lo que conozco– a tan plausible decisión le han reprochado el haberse decidido en febrero y dado a conocer en el semanario Trabajadores a principios de agosto, coincidiendo con el período de sesiones de la Asamblea Nacional y el discurso del Presidente Raúl Castro. Con lo cual se evidencia –dicen– una subordinación del movimiento sindical al Poder estatal. Y es, en efecto, una subordinación. Una subordinación a la estrategia de transformaciones de la sociedad cubana. La retención de la noticia, compuso por tanto, a mi parecer, la espera del momento político apropiado como para que acción tan drástica no suscitara dudas e incomprensiones, incluso oposición en las mentalidades más conservadoras, si hubiera sido anunciada fuera del clima que la respaldara. Tras la condena a dogmas y tabúes, la anulación del trabajo voluntario cotidiano encaja en el proceso de reajuste de una  economía que busca la eficiencia y la efectividad reduciendo, entre otras medidas, las plantillas recargadas. ¿No resultaría una inconsecuencia pedir  trabajar voluntariamente a quien sobra en la plantilla o a quién quedó solo en un puesto donde antes había tres?

A mi parecer, los que nieguen que la supresión del trabajo voluntario implique un paso adelante en la actualización racional de la sociedad socialista cubana, estarían leyendo un periódico de ayer como si fuese de hoy. Los que así pensaren –digo sin propósito de ofender, sino de registrar el hecho– estarían calándose también una máscara de hierro, pero sin la visera que les permita ver la distorsión entre lo que estiman que es y lo que realmente es. Ese, apunto de paso como propuesta de reflexión, es un mal de muchos de cuantos han hecho de la elocuencia anticastrista un modo de vida y una justificación para el  exilio. De ahí tal vez su ya cincuentenario fracaso.


[Fuente: Progreso Semanal]






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