Partido Revolucionario de los Comunistas de Canarias

Un mundo fantástico (y II)

In Actualidad on 15 octubre, 2011 at 0:02

Teodoro Santana


De la misma manera que su condición de clase impide a la oligarquía capitalista tener una visión real de la crisis económica, la pequeña burguesía también está condicionada por la suya. Al fin y al cabo, su ser social (pequeños empresarios, ejecutivos, funcionarios de alto nivel, profesionales liberales, etc.), no podía ser de otra manera, determina su conciencia social.

Si algo teme la pequeña burguesía es la revolución. Todo lo más, alcanzan a hablar de una “revolución pacífica”, esto es, sólo presión social que pueda transformarse en resultados electorales favorables. Nada de “desorden” que pueda alterar su vida pacífica, y mucho menos revoluciones de verdad, es decir violentas, que supongan el asalto al poder de una clase social, la de los asalariados, que vaya usted a saber por dónde puede salir.

Conscientes de su debilidad, la pequeña burguesía no aspira en realidad a tomar el poder ni de una forma ni de la otra. Aspira a verse arropada por “el pueblo”, por la “ciudadanía”, en un bloque donde se difuminen tanto las clases sociales como las organizaciones de clase de los asalariados. “Lo importante son las personas”, ya se sabe, y los “derechos individuales”.

En sus fantasías, un bloque así, liderado, por supuesto, por “personas de reconocida valía”, y en absoluto sometidas a la intolerable “disciplina partidaria” (eso queda para los que están acostumbrados a la disciplina del trabajo, no para los “jefes”) les serviría para situarse en mejores condiciones a la hora de negociar con la oligarquía y los partidos que la representan.

Cuando la pequeña burguesía asume un papel “progresista”, todo su afán es pactar con el PSOE, convirtiéndose en una fuerza “bisagra”. Y de esta manera conseguir leyes que les sean favorables. Ah, sí: si hay algo que encanta a la pequeña burguesía son las leyes. Las consideran como un contrato escrito en piedra. Y si hablamos de la Constitución, del “Estado democrático y social de derecho” y otras mercaderías por el estilo, es que levitan.

Sin embargo, la brutal crisis del capitalismo imperialista euro norteamericano pone en solfa todas las ilusiones pequeño burguesas. Las contradicciones van siendo cada vez más a cara de perro. La oligarquía no va a pactar nada, porque ya no tiene margen para negociar. Va a por todas. Los “recortes”, que afectan principalmente a los asalariados, golpean de forma brutal a una pequeña burguesía que, con el desplome del consumo, se va quedando sin clientes.

Atrapada en medio de un choque de trenes, la pequeña burguesía propone reformar el sistema. Para mantenerlo, claro, que hay que ser “realistas” y dejarse de “aventuras socialistas”. Y pretenden parchearlo con medidas que no les vaya a suponer un enfrentamiento directo y frontal con la oligarquía. Medidas que se resumen en subir los impuestos a “los más ricos”.

Pero basta con saber sumar y restar para darse cuenta de que sólo con una subida de impuestos es imposible, ni de lejos, afrontar el déficit público y los enormes volúmenes de deuda pública. Así que lo que enmascara esta posición es la negativa a pasar de hablar de impuestos (por muy “progresistas” que sean) a hablar de la propiedad.

Por eso se niegan a asumir la consigna de la nacionalización de la banca y de los principales sectores estratégicos (agua, energía, comunicaciones, etc.). Hasta ahí podíamos llegar. Si hay cosa que a un pequeño burgués le parece una “locura” es que empecemos con las expropiaciones.

Pero, si no es de la nacionalización de la banca y de las grandes corporaciones, ¿de dónde vamos a sacar el capital (real y no virtual) para relanzar la economía y generar inversión pública?

Esa obsesión de la pequeña burguesía por la propiedad se manifiesta en muchas otras propuestas. Pongamos como ejemplo la llamada “dación en pago”. Cierto es que, ya que el banco te embarga la casa y te echa de ella mediante jueces, leyes y policía, mejor es no quedar, encima, debiéndole la mitad de la hipoteca. Pero ni de lejos pasa por la mente de nuestros pequeño reformistas cuestionar el derecho de propiedad del banco sobre la casa o el piso. O, simplemente, la moratoria del pago de la hipoteca mientras estés en el paro o tus ingresos no superen un mínimo familiar.

El asunto para los pequeño burgueses es liquidar la hipoteca. Deshacer el contrato. El banco se queda con la casa y uno no le debe nada al banco.

Pero para un asalariado, que no tiene opción entre la casa y vivir a la intemperie con su familia, el asunto es quedarse en la casa, en su casa. Nada de quedar “como un caballero” con el banco, sino seguir teniendo techo donde vivir. Ya se sabe: el proletariado es así de radical.

Para evitar que aquella siga en su mundo ilusorio, es imprescindible que la clase asalariada aparezca en la escena política con sus propios intereses y sus propias propuestas, arrastrando tras de sí a una pequeña burguesía ya desenganchada de sus fantasías.

Esta es, camaradas, la tarea de los comunistas.



Un mundo fantástico (I)





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