Partido Revolucionario de los Comunistas de Canarias

Lentes color de rosa

In Actualidad on 9 diciembre, 2011 at 0:01

Max J. Castro


En una columna de noviembre 25, 2011, en el Washington Post (“Ending Global Aid in a Generation”), el ex-primer ministro británico Tony Blair avizora un mundo en el cual las naciones pobres de hoy repitan la hazaña de Corea del Sur que pasó, en menos de cincuenta años, de ser una sociedad rural subdesarrollada a una factoría económica de nivel mundial.

Perdónenme si tomo la soleada perspectiva y predicciones desarrollistas de Blair con algo más que el acostumbrado grano de sal. Este es, después de todo, el mismo tipo que creyó que la aventura iraquí de George W. Bush sería un éxito, que Saddam Hussein poseía armas de destrucción masiva capaces de alcanzar Londres en 45 minutos, y que le concediera al presidente norteamericano la ayuda moral indispensable para venderle al pueblo norteamericano la guerra como una empresa legítima y razonable.

Blair también creyó que, en pago a su lealtad al gobierno estadounidense, Bush haría algo efectivo respecto al calentamiento global y la justicia para los palestinos. Mal apostador, incurable optimista, o apólogo de los poderosos, Blair no ha cambiado ni un poquito desde que terminara su mandato.

Pasando la mano sobre algunos hechos inconvenientes, tales como el abyecto fracaso de los países ricos en cumplir con sus propios niveles de ayuda internacional, fijados hace ya cuarenta años, el ex –líder británico ve signos esperanzadores de que las capitales de países como Ruanda o Sierra Leona lleguen a parecerse a la ciudad surcoreana de Busan. La susodicha, otrora un pueblucho, es ahora el quinto puerto comercial en el planeta. Es también el lugar donde representantes de países donantes se encontraron recientemente para diseñar una más efectiva estrategia para el futuro.

Mientras, en el mundo real, las noticias acerca de la ayuda extranjera son apenas estimulantes. Cerca de casa, dos años después del terremoto que asolara Haití, el esfuerzo internacional, anunciado a bombo y platillo, para ayudar a reconstruir la devastada capital y otras partes de la isla, es un verdadero desastre.

Menos de la mitad del paquete de ayuda de $4.6 mil millones prometido por las naciones ricas ha sido entregada, según un artículo (Noviembre 25) del reportero de AP Trenton Daniel. El artículo cita a funcionarios haitianos que declaran que 120 de los proyectos propuestos están por el momento detenidos.

El ambicioso plan previsto por la IHRC, Comisión Interina para la Recuperación de Haití, un panel internacional codirigido por Bill Clinton, está en ruinas. Entre extendidas críticas a los pobres logros del panel, que se reuniera solo cada dos meses en lujosos hoteles muy distantes de las crudas realidades cotidianas de los haitianos, el parlamento nacional rehusó extender el mandato de la IHRC, cuestionando todo el esquema de reconstrucción.

Indudablemente, en este caso una buena parte de la culpa recae en el disfuncional y corrupto sistema político local, incluyendo escaramuzas constantes entre parlamento y presidente así como el requerimiento de que cada uno de los proyectos financiados por la IHRC fuera aprobado por vía parlamentaria. Pero la corrupción –endémica en el sector público de los países menos desarrollados, como lo demostrara claramente la crisis del 2008 – ofrece también una excusa conveniente para los países ricos , ansiosos por renegar de sus promesas de asistencia internacional.

Así que, como resultado de la inconsistencia de muchos de los países donantes y de la siempre problemática vida política haitiana, el gran plan diseñado por Clinton et al que prometía iniciar un renacimiento capaz de convertir el inviable status de la isla en una vibrante economía emergente parece una posibilidad vaga y lejana.

La realidad en el terreno es hoy que, mientras que muchos de los campamentos de emergencia tras el sismo han sido desmantelados, esto se ha efectuado con frecuencia por la fuerza y muchos de los que perdieron sus hogares carecen aún de un techo seguro. Señal de ello: reporta AP que “los villorrios en las laderas montañosas que circundan Puerto Príncipe parecen florecer con estructuras techadas con lona azul y anaranjada”.

El fracaso de los países ricos en cumplir sus compromisos con la reconstrucción de Haití no es ninguna anomalía. En 1970, estos países acordaron dedicar el 0.7 por ciento de su PBN –más tarde convertido en IBN- a asistencia de desarrollo. Desde entonces, sólo han proporcionado una cifra entre el 0.2 y el 04, aproximadamente la mitad de lo prometido.

Sólo unos pocos países, la mayoría escandinavos, han alcanzado la meta del 0.7 por ciento. Y mientras que los Estados Unidos son el mayor donante en términos de total de dólares, se encuentran entre los últimos en la relación donación-IBN. Por demás, en mayor medida que la casi totalidad de esos países, la ayuda norteamericana se proporciona según criterios geopolíticos e intereses económicos de industrias norteamericanas tales como la de transporte marítimo y comercio agrícola.

Pero el corte más cruel de todos, que en su optimismo Tony Blair parece haber perdido de vista por completo, fue anunciado el miércoles de la semana pasada: El Fondo Global de Ayuda contra el SIDA, la tuberculosis y la malaria no concederá ninguna donación durante los próximos dos años.

El fondo, creado en el 2002 para coordinar la asistencia internacional a países afectados de forma aguda por las tres enfermedades letales, paga el tratamiento de uno de cada dos pacientes en países pobres. Un vocero de la organización, que responsabilizó por la falta de dinero a los problemas económicos en Europa y EE.UU., dice que el Fondo no pagará por nuevos pacientes o programas hasta el 2014.

Sería maravilloso que Tony Blair tuviera la razón y que en cincuenta años la ayuda foránea no fuera necesaria. Ahora mismo, sin embargo, el SIDA es literalmente cuestión de vida o muerte para millones de personas que habrán de contraer esta y otras enfermedades en el futuro próximo o que ya viven con ellas sin haber recibido tratamiento aún.

Hace tiempo que está claro que los principales responsables de la crisis financiera y sus dolorosas secuelas no serán juzgados por la debacle, y la clase media y pobre tendrán que pagar el precio más alto. Ahora sabemos que para muchos de los más pobres y vulnerables del mundo, la vida será parte de ese precio.



(majcastro@gmail.com)

[Fuente: Progreso Semanal]






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