Partido Revolucionario de los Comunistas de Canarias

La producción mercantil y la economía de mercado

In Actualidad, Economía on 2 enero, 2012 at 0:01

Pedro Brenes

En cierta ocasión, un antropólogo entrevistó a un indio amazónico que no había tenido ningún contacto con la civilización. Estaba concentrado en la fabricación de una canoa, y mientras golpeaba hábilmente el tronco del árbol con su hachuela de piedra, el científico le preguntó si no le parecía más práctico y productivo dedicarse exclusivamente a construir canoas para toda la tribu, en lugar de sólo la suya, mientras que otro hombre podría, por ejemplo, dedicarse nada más que a construir cabañas, y otro a confeccionar arcos y flechas para todos, y así con el resto de los instrumentos y utensilios necesarios.

El intérprete tuvo que repetir hasta tres veces la pregunta, porque aquel individuo no era capaz de entender algo tan ajeno a su concepción del mundo. Y cuando, al fin, comprendió el significado de lo que le decían, sonriendo exclamó algo en su lengua que fue traducido como: “¡Ah, eso sería muy aburrido!”.

Pues bien, eso efectivamente “tan aburrido” es lo que hacemos los hombres desde que se estableció, hace al menos quince mil años, la división social del trabajo.

Desde entonces, el agricultor y el ganadero, el alfarero y el carpintero, el herrero y el curtidor, especializados cada uno en su oficio, producen para intercambiar sus productos, con lo que la economía natural de autoabastecimiento y autoconsumo pasó a ser una economía mercantil (o “de mercado”).

Y este intercambio de productos cualitativamente distintos se realiza comparando la cantidad del único elemento común a todos ellos: el tiempo de trabajo humano socialmente necesario para producirlos.

De tal manera que la ley económica fundamental de la producción mercantil es la ley del valor. Ley científica según la cual el valor de cambio de cualquier mercancía viene determinado por el tiempo de trabajo que, en las condiciones normales de producción de cada sociedad y como promedio, se invierte en producirla.

De lo que se deduce que, salvo que volvamos a construir cada uno su propia canoa, el mercado, que no es otra cosa que el lugar o el ámbito en que se realiza el intercambio de las distintas mercancías producidas por los diferentes especialistas, ha existido, existe y existirá mientras se mantenga la división social del trabajo.

Así, en cualquier tipo de sociedad donde el intercambio de mercancías haya alcanzado un alto nivel de desarrollo, desplazando a la economía natural o de autoconsumo hasta una función marginal y minoritaria, será precisamente la producción mercantil, que es tanto como decir la economía de mercado, la característica y la condición fundamental del desarrollo de esa sociedad. Y esto vale tanto para la sociedad capitalista como para la sociedad socialista de transición al comunismo.

Frente a esto, y en contra del sentido común y de la ciencia marxista, los académicos soviéticos autores del “Manual de Economía política” (1), en su empeño por establecer que el mercado es un fenómeno puramente capitalista y ajeno al socialismo (lo que equivale a negar que en la sociedad socialista existan la división social del trabajo, la producción mercantil y el intercambio de mercancías), dedican en la obra citada un apartado titulado “El problema del mercado” (2), a explicar detalladamente los aspectos negativos del mercado capitalista, tales como la anarquía de la producción, el continuo trasvase de capitales de una a otra rama productiva en función de las cambiantes tasas de ganancia, la frecuente ruptura del equilibrio y de la necesaria correlación entre los diversos sectores económicos, y la contradicción entre la producción y el consumo, como manifestación de la contradicción fundamental del capitalismo entre el carácter social de la producción y la forma privada de la apropiación.

Sin embargo, aquí se nos presentan fraudulentamente estos graves inconvenientes y contradicciones específicas del mercado capitalista como si se dieran necesariamente en el mercado en general, cualquiera que sea el régimen social imperante.

Olvidan nuestros académicos, en primer lugar, que los propios gobiernos capitalistas, como gestores de los intereses generales de la burguesía monopolista, procuran, aunque no siempre con éxito, atenuar las consecuencias más graves y catastróficas de estas contradicciones regulando y planificando el mercado con instrumentos fiscales, crediticios y monetarios, y legislando sobre la competencia, las subvenciones, el mercado laboral y las prestaciones sociales.

Y, sobre todo, olvidan que en el Estado socialista, en el que la clase obrera detenta el Poder y planifica y regula el mercado en interés de la mayoría trabajadora de la población, la contradicción fundamental del capitalismo desaparece en la medida en que la apropiación pasa a ser progresivamente también de carácter social y no privado. Y este cambio se realiza a través del dominio mayoritario en la economía nacional de las formas socialistas de propiedad.

Y nunca llegaron a entender que la planificación es al mercado lo que las riendas al caballo. Lo dirige y lo orienta pero no lo sustituye. Pues sólo en el intercambio se establecen y se confirman las prioridades y los volúmenes de la producción, determinados por las necesidades y las preferencias de los consumidores que, al elegir comprar esto o aquello y al aceptar o rechazar ciertos precios y calidades, deciden qué productos y en qué cantidades y qué especificaciones y con qué características deben abastecer al mercado.

En definitiva, deben ser las necesidades y las preferencias de los consumidores expresadas en el ámbito comercial, y no los caprichos y las ocurrencias de los burócratas “planificadores”, lo que fije las orientaciones generales y realice las correcciones necesarias en la esfera de la producción.


NOTAS:

(1) “Manual de Economía política”, Academia de Ciencias de la URSS, 3ª Edición corregida y aumentada, Ediciones Grijalbo. Barcelona 1975

(2) “Manual de Economía política”, Pág. 199

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