Partido Revolucionario de los Comunistas de Canarias

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En torno al acuerdo entre CCOO UGT y la CEOE

In Actualidad, Laboral on 27 enero, 2012 at 0:02

René Behoteguy Chávez

La deriva del mal llamado sindicalismo mayoritario es cada vez más lamentable. Son ya muchos años de retrocesos, negociaciones a la baja y espíritu desmovilizador que, desde el sindicalismo alternativo, venimos denunciando y tratando de hacer evidente ante los ojos de un importante sector de la clase trabajadora que, sea por la inercia de los años, la tradición de los años de lucha contra el franquismo o, finalmente, porque ofrecen cursos gratuitos para el carnet de conducir, siguen alimentando estructuras sindicales que hace tiempo que han abandonado cualquier discurso de clase, que funcionan como corporaciones paraestatales y que en cuanto pueden ponen por encima los privilegios de sus cúpulas sobre los intereses de una clase trabajadora denostada, castigada y en franco retroceso en cuanto a sus derechos sociales y laborales.

Pero lo que CCOO y UGT están  pactando en estos días con la CEOE y que trasladarán al gobierno del PP, es quizá la traición definitiva. Porque es difícil de comprender que un sindicato se jacte como están haciendo estos señores de rebajar (a propuesta de ellos) el salario real de los trabajadores; porque un miserable 0,5% de aumento salarial, comparado con la tendencia inflacionaria que sitúa el alza del IPC por encima del 2%, en la práctica es no ya una congelación sino una rebaja salarial que afectará en primer lugar el poder adquisitivo de los trabajadores y trabajadoras, pero, además tendrá un efecto en el consumo de las familias que restringirá aún más la economía ahondando la crisis.

Si sumamos a esto el entusiasmo con que estos señores burócratas sindicales han aceptado que la patronal, con la excusa de la crisis, pueda descolgarse unilateralmente de los convenios y endurecer las condiciones de trabajo en las empresas, además de situar la negociación colectiva a nivel de empresa, debilitando la unidad de la clase trabajadora para enfrentar la prepotencia de los patrones y dejándolos a merced de un mercado laboral en el que las escandalosas tasas de paro permiten al empresariado imponer las condiciones que deseen a currantes cada vez más atemorizados y que se aferran al trabajo con uñas y dientes ante la evidencia de que conseguir otro será cada vez más difícil.

Queda en absoluta evidencia que aquellas voces que nos pedían “unidad sindical” o que clamaban por participar de manera “critica” en los sindicatos del poder,  desde la buena fe aunque, y es importante  decirlo, desde una absoluta ingenuidad, se podrán dar cuenta  ahora que los que veníamos advirtiendo que de este lado de la barda, teníamos en CCOO y UGT a los lobos disfrazados de cordero, llevábamos razón. Y que ahora que han decidido quitarse la piel y lanzarse sin pudor alguno a los brazos de la patronal y el gobierno del PP , comprenderán que la movilización de la clase trabajadora que, hoy en día es más necesaria que nunca,  no puede contar con ellos.

En el fondo tal vez sea lo mejor, que se les hayan caído definitivamente las caretas y que hayan decidido bailar al ritmo que el dios del libre  mercado y su sacerdote Rajoy les marque, aunque aún les queden resabios esquizoides como plantear una concentración contra la subida de las pensiones en tan solo el  1%, a la vez que firman el 0,5% de aumento salarial. Por mínima coherencia los mismos delegados sindicales de CCOO y UGT que se movilizan contra esta miserable subida en las pensiones, tendrían que concentrarse en la puerta de sus sedes sindicales para protestar por lo que su cúpula está firmando.

Por eso afirmo que  tal vez sea lo mejor que la clase trabajadora , y en particular los trabajadores y trabajadoras  de Canarias sepamos con que fuerza contamos. Esta es la nación más vapuleada por estas medidas, si consideramos que aquí  las diferencias entre la cesta de la compra y los salario son las más altas en todo el Estado, porque en momentos en que lo único que nos queda es plantar cara y pelear por los derechos sociales y laborales que han costado sudor y sangre en la calle y con la movilización constante. Es bueno saber quien está de nuestro lado en verdad  y como no, quienes son los enemigos de clase y sus sirvientes sean estos políticos con gaviotas en la cabeza o de los que ensucian con su traición las palabras “trabajadores” y “obreras” que mantienen en sus siglas pero que han desterrado de sus prioridades hace mucho tiempo.


(*) René Behoteguy Chávez es miembro de Intersindical Canaria







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El mito de un Irán “aislado”

In Actualidad on 27 enero, 2012 at 0:01

Pepe Escobar

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Estos días, en medio de una progresiva atmósfera de crisis en el Golfo Pérsico, una pequeña lección de historia sobre EEUU e Irán podría ser muy bien algo que el doctor nos recetara. Ahí van unas cuantas notas destacadas (o no tan destacadas) acerca de la relación entre ambos países a lo largo del último medio siglo:

Verano de 1953: La Agencia Central de Inteligencia y la inteligencia británica traman un complot para dar un golpe que derroque a un gobierno democráticamente elegido en Irán que intenta nacionalizar la industria del petróleo del país. En su lugar, colocan a un autócrata, el joven Shah del Irán, y a una policía secreta que pronto sería temida y odiada.

Gobierna el país como si de un feudo represivo se tratara durante un cuarto de siglo, convirtiéndose en el “baluarte” de Washington en el Golfo Pérsico, hasta que un movimiento revolucionario local le derroca en 1979, marcando el comienzo del gobierno del Ayatolá Ruhollah Khomeini y los mullahs. Aunque Jomeini y compañía no eran en absoluto hombres de Washington, en algún sentido fue gracias al golpe de 1953 que pudo dar comienzo su propio linaje político.

1967: Bajo el programa estadounidense “Átomos por paz”, que el presidente Dwight D. Eisenhower empezó en los años cincuenta, al Shah se le permite comprar para Teherán un reactor de investigación del tipo de agua ligera de cinco megavatios (reactor que, para colmo de ironías, sigue aún jugando un papel en la disputa alrededor del programa nuclear iraní).

Las autoridades del Departamento de Defensa se preocuparon en su momento ante la posibilidad de que el Shah utilizara el “átomo de la paz” como base de un futuro programa de armamento o de que esos materiales nucleares pudieran caer en manos equivocadas. “Un sucesor agresivo del Shah”, se decía en un memorando del Pentágono de 1974, “podría considerar las armas nucleares como el punto final necesario para establecer un dominio militar total de Irán sobre la región”. Pero eso no les detuvo entonces a la hora de instigar y ayudar a la creación de un programa nuclear iraní.

El Shah, al igual que sus sucesores islámicos, defendió que tal programa era un “derecho” nacional de Irán y soñaba con un país que pudiera obtener cuotas importantes de electricidad a partir de una red de centrales nucleares. Como expuso un grupo de compañías energéticas estadounidenses en la década de los setenta: “El Shah del Irán está sentado sobre una de las mayores reservas de petróleo del mundo. Sin embargo, está construyendo dos plantas nucleares y planeando levantar dos más para proporcionar electricidad a su país. Sabe que el petróleo está agotándose, y con él el tiempo”. Es decir, el programa nuclear estadounidense fue la génesis del iraní que ahora obsesiona tanto a Washington.

Septiembre de 1980: El gobernante iraquí Sadam Husein lanza una guerra de agresión contra el Irán de Jomeini. En los primeros años de la década de los ochenta se convierte en el hombre de Washington, su “baluarte” en el Golfo Pérsico, y le ofrecemos nuestra mano y también “información detallada” sobre despliegues iraníes y planes tácticos que le ayudan a utilizar sus armas químicas más eficazmente contra el ejército iraní. Oh, y solo para asegurar que las cosas salgan bien, realmente bien, la administración de Ronald Reagan decide vender también, a hurtadillas, misiles y otras armas al Irán de Jomeini, una parte de lo cual llegó a conocerse como el “asunto Irán-Contra” que casi logra derribar al presidente y a sus hombres. ¡Éxito total!

Marzo de 2003: Sadam Husein ya no es, por ahora, nuestro hombre en Bagdad sino un nuevo “Hitler” que, según proclaman las altas autoridades de Washington, tiene sin duda un programa de armas nucleares que podría hacer que en cualquier momento se eleven nubes de champiñón sobre las ciudades estadounidenses. Por tanto, la administración de George W. Bush lanza una guerra de agresión contra Iraq, que al igual que Irán, sucede que, en palabras del vicesecretario de defensa Paul Wolfowitz, “flota sobre un mar de petróleo”.

(Los funcionarios de Bush confían en que, tras una guerra que iba ser una especie de “un paseo de rosas”, van a poder reavivar la industria petrolífera del país a fin de privatizarla y utilizarla para destruir la Organización de Países Exportadores de Petróleo –OPEP-, haciendo caer los precios del petróleo en los mercados mundiales.)

Nueve años después, un gobierno chií ocupa el poder en Bagdad y es un estrecho aliado de Teherán, que ha conseguido fortaleza e influencia en la región gracias a la desastrosa ocupación de EEUU.

Por tanto, ahí tienen una especie de record intachable y difícil de encontrar. En más de 50 años, los dirigentes de EEUU no han hecho nunca un movimiento en Irán (o cerca de él) que no llevara a un inesperado y desagradable revés. Ahora, en Washington, tras años de guerra secreta contra Irán, otra administración está preparando otra serie de inteligentes maniobras: esta vez se trata de sanciones contra el banco central de Irán para paralizar la industria del petróleo del país y partir en dos su economía, lo que irá seguido de nadie sabe qué.

Y quiero decir honestamente y teniendo en cuenta realmente la historia del pasado, ¿qué podría salir mal? ¿Un cambio de régimen en Irán? Seguro que es como coser y cantar y, si no se lo creen, verifiquen lo que les cuenta un tal Pepe Escobar abajo, ese fabuloso reportero itinerante habitual de Asia Times Online y TomDispatch.

Empecemos con las líneas rojas. Aquí va la línea roja suprema de Washington, directamente desde la boca del león. Solo en la última semana el secretario de defensa Leon Panetta dijo de los iraníes: “¿Están intentando desarrollar armas nucleares? No. Pero sabemos que tratan de desarrollar capacidad nuclear. Y eso es lo que nos preocupa. Nuestra línea roja para Irán es que no desarrollen un arma nuclear. Esa es una línea roja para nosotros”.

¡Qué extraña forma de continuar cambiando esas líneas rojas! Había una vez que la línea roja para Washington era el “enriquecimiento” de uranio. Ahora es, indudablemente, el arma nuclear la que puede blandirse. No olviden que, desde 2005, el líder supremo iraní, el Ayatolá Ali Jamenei, viene haciendo hincapié en que su país no está tratando de fabricar armas nucleares.

La más reciente de las Estimaciones de la Inteligencia Nacional (NIE, por sus siglas en inglés) sobre Irán de la comunidad de la inteligencia estadounidense ha subrayado igualmente que Irán no está, de hecho, desarrollando un arma nuclear (a diferencia de la capacidad desarrollada que pudiera construir una algún día).

Sin embargo, ¿qué pasaría si no hubiera “línea roja” sino algo completamente distinto? ¿Qué tal si lo denominamos el límite del petrodólar?

¿APOSTANDO POR LAS SANCIONES?

Empecemos por esto: En diciembre de 2011, insensible a las graves consecuencias que acarrearía para la economía global, el Congreso de EEUU –bajo todas las habituales presiones del lobby a favor de Israel (tampoco es que las necesiten mucho)- le encasquetó un paquete de sanciones obligatorias a la administración de Barack Obama (100 a 0 en el Senado y con solo 12 votos “negativos” en el Congreso). Entrarían en marcha en el mes de junio y a partir de esta fecha EEUU tendrá que sancionar a los bancos y compañías de cualquier tercer país que tengan tratos con el banco central de Irán, lo que significa paralizar las ventas de petróleo de ese país. (El Congreso no permitió hacer “exenciones”).

¿El objetivo final? El cambio de régimen -¿qué otra cosa podía ser?- en Teherán. El proverbial funcionario estadounidense no identificado admitió tal cosa al Washington Post, y ese periódico publicó el comentario (“El objetivo de las sanciones de EEUU y del resto contra Irán es el colapso del régimen, dijo un alto funcionario de la inteligencia de EEUU, ofreciendo más aclaraciones al decir que la administración Obama está decidida a derrocar al gobierno de Irán, se ha comprometido a hacerlo así”). Pero, oops, el periódico tuvo que revisar después el escrito para eliminar esa embarazosa cita acerca del objetivo. Indudablemente, esa “línea roja” se aproximó demasiado a la verdad.

El ex presidente de la Junta del Estado Mayor, el almirante Mike Mullen, creía que sólo un acontecimiento monstruo estilo conmoción y pavor, que resultara totalmente humillante para los dirigentes de Teherán, sería lo que provocara un auténtico cambio de régimen, y no solo él pensaba así. Los defensores de acciones que van desde los ataques aéreos a la invasión (ya sea por EEUU, Israel o una combinación de los dos) han sido y son legión en el Washington neocon.

Pero cualquier persona familiarizada, aunque sea remotamente, con Irán sabe que un ataque así movilizaría a la población detrás de Jamenei y el Cuerpo de los Guardias Revolucionarios Islámicos. En esas circunstancias, la profunda aversión que sienten muchos iraníes hacia la dictadura militar de los ayatolás importaría muy poco.

Además incluso la oposición iraní apoya un programa nuclear pacífico. Es una cuestión de orgullo nacional.

Los intelectuales iraníes, mucho más familiarizados con las artimañas persas que los ideólogos en Washington, rechazan totalmente cualquier escenario de guerra. Hacen hincapié en que el régimen de Teherán, experto en las artes del teatro persa de sombras, no tiene intención de provocar un ataque que pudiera llevar a su destrucción.

Por su parte, sea correcto o no, los estrategas de Teherán asumen que Washington demostrará que no es capaz de lanzar una nueva guerra en el Gran Oriente Medio, especialmente una que pudiera provocar escalofriantes daños colaterales en la economía mundial.

Mientras tanto, puede que se demuestre que las expectativas de Washington de que un régimen duro de sanciones pueda hacer que los iraníes cedan terreno, en caso de que no se hundieran, no son más que una quimera. El giro de Washington se ha centrado en la supuestamente desastrosa mega-devaluación de la moneda iraní, el rial, frente a las nuevas sanciones.

Lamentablemente para los fans del colapso económico iraní, el profesor Djavad Salehi-Isfahani ha trazado muy detalladamente la naturaleza a largo plazo de este proceso, que los economistas iraníes han recibido con bastante alborozo. Después de todo, impulsará las exportaciones que no sean de petróleo y ayudará a la industria local en su competición con las baratas importaciones chinas. En resumen: un rial devaluado supone una oportunidad razonable de reducir en estos momentos el desempleo en Irán.

MÁS CONECTADOS QUE GOOGLE

Aunque muy pocos en EEUU se han dado cuenta, Irán no está precisamente “aislado”, aunque a Washington le gustaría que así fuera. El primer ministro pakistaní Yusaf Raza Gilani se ha convertido en frecuente viajero a Teherán. Pero es un recién llegado comparado con el jefe de la seguridad nacional ruso Nikolai Patrushev, quien recientemente advirtió a los israelíes que no empujaran a EEUU a atacar a Irán.

Hay también que añadir al aliado de EEUU y presidente afgano Hamid Karzai. En una loya yirga (gran consejo) a finales de 2011, frente a 2.000 líderes tribales, hizo hincapié en que Kabul tenía la intención de acercarse aún más a Teherán.

En ese crucial tablero de ajedrez euroasiático, Oleoducstán, el gasoducto Irán-Pakistán (IP) –para desgracia de Washington- es ahora un hecho. Pakistán necesita desesperadamente energía y sus líderes han decidido claramente que no están dispuestos a esperar hasta el fin de los tiempos para que el eterno proyecto preferido de Washington –el oleoducto Turkmenistán/Afganistán/Pakistán/India (TAPI)- atraviese Talibanistán.

Incluso el ministro de exteriores turco Ahmet Davutoblu visitó recientemente Teherán, aunque la relación de su país con Irán sea cada vez más tensa. Después de todo, la energía anula las amenazas en la región. Turquía, miembro de la OTAN, está ya implicada en operaciones clandestinas en Siria, aliada con fundamentalistas suníes de núcleo duro en Iraq y –cambiando radicalmente de opinión tras la Primavera Árabe- ha canjeado el eje Ankara-Teherán-Damasco por el de Ankara-Riad-Doha.

Incluso está pensando en albergar componentes del sistema de defensa antimisiles, que Washington lleva tanto tiempo planeando, apuntando a Irán.

Todo eso procede de un país que acuñó la política exterior (Davutoglu) de “cero problemas con nuestros vecinos”. Sin embargo, las necesidades de Oleoducstán son las que las que ponen a cien el corazón. Turquía está desesperada por acceder a los recursos energéticos de Irán, y si el gas natural iraní llega alguna vez a Europa Occidental –algo que los europeos ansían desesperadamente-, Turquía será el privilegiado país de tránsito. Los dirigentes de Turquía han señalado ya su rechazo a las nuevas sanciones de EEUU contra el petróleo iraní.

Y hablando de conexiones, la pasada semana se produjo el espectacular y teatral golpe diplomático: la gira del presidente iraní Mahmud Ahmadineyad por Latinoamérica. Ya pueden dar la vara los derechistas estadounidenses con el eje del mal Teherán-Caracas, supuestamente para promover el “terror” por Latinoamérica como trampolín para futuros ataques contra la superpotencia del norte…, pero si volvemos a la vida real, es otro tipo de verdad el que se esconde.

Después de todos estos años, Washington no puede aún digerir la idea de que ha perdido el control, e incluso la influencia, en esas dos potencias regionales sobre las que en otro tiempo ejerció una profunda hegemonía imperial.

Añadan a esto el muro de desconfianza que no ha hecho más que solidificarse desde la revolución islámica de 1979 en Irán. Mezclen una nueva y mayoritariamente soberana Latinoamérica empujando por la integración no solo a través de los gobiernos de izquierda en Venezuela, Bolivia y Ecuador, sino a través de las potencias regionales de Brasil y Argentina. Remuevan y tendrán la oportuna foto de Ahmadineyad y el presidente venezolano Hugo Chávez saludando al presidente nicaragüense Daniel Ortega.

Washington sigue intentando colocar una visión de un mundo en la cual Irán ha quedado totalmente desconectado. La portavoz del Departamento de Estado Victoria Nuland actuó de forma típica al decir recientemente: “Irán puede quedarse internacionalmente aislado”. Como suele ocurrirles, necesita conseguir información correcta.

El “aislado” Irán tiene 4.000 millones de dólares en proyectos conjuntos con Venezuela, incluyendo especialmente un banco (al igual que Ecuador, tiene docenas de proyectos previstos a partir de la construcción de plantas de energía). Esto ha llevado a la tropa de ante todo Israel en Washington a exigir a gritos que las sanciones se extiendan a Venezuela. Solo hay un problema: ¿cómo pagaría entonces EEUU sus vitales importantes de petróleo venezolano?

Mucho se ha hablado en la prensa estadounidense del hecho de que Ahmadineyad no visitó Brasil en esta gira por Latinoamérica, pero a nivel diplomático, Teherán y Brasilia siguen sincronizados. En lo que se refiere al dossier nuclear en particular, la historia de Brasil demuestra que Irán cuenta con la simpatía de sus dirigentes.

Después de todo, ese país desarrolló –y después abandonó- un programa de armas nucleares. En mayo de 2010, Brasil y Turquía auspiciaron un acuerdo de intercambio de uranio para Irán que podría haber despejado el camino en el embrollo nuclear EEUU-Irán. Sin embargo, fue inmediatamente saboteado por Washington. Miembro importante de los BRICS, el club de las economías emergentes más potentes [Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica], Brasilia se opone completamente a la estrategia de embargo/sanciones de EEUU.

Por tanto, es posible que Irán esté “aislado” de EEUU y Europa Occidental, pero desde los BRICS al Movimiento de los No Alineados (120 países miembros), tiene de su parte a la mayoría del Sur global. Y después están esos aliados incondicionales de Washington, Japón y Corea del Sur, que están ahora suplicando que se les deje fuera del próximo boicot/embargo del banco central de Irán. No es de extrañar porque esas sanciones unilaterales de EEUU se dirigen también a Asia. Después de todo, China, India, Japón y Corea del Sur juntos compran al menos el 62% de las exportaciones de petróleo iraníes.

Como es típico de la cortesía japonesa, el ministro de finanzas japonés Jun Azumi permitió que el secretario del tesoro de EEUU Timothy Geithner tuviera conocimiento del problema que Washington le está creando a Tokio al depender de Irán para el 10% de sus necesidades de petróleo. Y prometió “reducir” al menos modestamente esa porción “tan pronto como sea posible” para conseguir que Washington les deje exentos de esas sanciones pero, ya pueden esperar sentados. Corea del Sur ha anunciado ya que comprará el 10% de sus necesidades petroleras a Irán en 2012.

OTRA VEZ LA RUTA DE LA SEDA

Lo más importante de todo: el “aislado” Irán parece ser un asunto supremo para la seguridad nacional de China, que ha rechazado ya sin un parpadeo las recientes sanciones de Washington. Los occidentales parecen olvidar que el Reino del Medio y Persia llevan haciendo negocios durante casi dos milenios (¿les suena la “Ruta de la Seda?”).

Los chinos han cerrado ya un jugoso acuerdo para desarrollar el mayor campo petrolífero de Irán: Yadavaran. Está también el asunto del suministro del petróleo del Mar Caspio desde Irán a través de un oleoducto que se extiende desde Kazajstán al Oeste de China. De hecho, Irán suministra ya no menos del 15% del petróleo y el gas natural que China necesita. En estos momentos, Irán es más vital para China, en lo referente a la energía, que la Casa de Saud para EEUU, que importa el 11% de su petróleo de Arabia Saudí.

En realidad, China puede ser el verdadero ganador de las nuevas sanciones de Washington, porque es probable que consiga su petróleo y gas a un precio más barato mientras que los iraníes pasan a depender más del mercado chino. De hecho, en estos momentos, los dos países están en medio de unas complejas negociaciones sobre los precios del petróleo iraní y los chinos han estado aumentando las presiones al reducir ligeramente sus compras energéticas.

Pero todo esto debería haberse terminado ya en marzo, al menos dos meses antes de que entre en vigor la última ronda de sanciones estadounidenses, según los expertos en Pekín. Al final, los chinos comprarán mucho más gas iraní que petróleo, pero Irán seguirá siendo su tercer mayor proveedor de petróleo, justo después de Arabia Saudí y Angola.

En cuanto a otros posibles efectos de las nuevas sanciones sobre China, no cuenten con ellas. Los empresarios chinos en Irán están comprando coches, redes de fibra óptica y ampliando el metro de Teherán. El comercio, en su doble sentido, está ahora en los 30.000 millones de dólares y se espera que suba hasta los 50.000 en 2015. Ya encontrarán los empresarios chinos alguna vía para salvar los problemas bancarios que imponen las nuevas sanciones…

Rusia es otro partidario clave del “aislado” Irán. Se ha opuesto a sanciones más fuertes tanto a través de las Naciones Unidas como mediante el paquete aprobado por Washington contra el banco central de Irán. En realidad, está a favor de una reducción de las actuales sanciones de la ONU y ha estado trabajando también en un plan alternativo que pueda, al menos en teoría, llevar a un acuerdo nuclear donde todos salven la cara.

En el frente nuclear, Teherán ha expresado su disposición a comprometerse con Washington según las directrices del plan que Brasil y Turquía presentaron y Washington se cargó en 2010. Como ahora está mucho más claro que para Washington –y ciertamente para el Congreso- la cuestión nuclear es secundaria frente al cambio de régimen, cualquier nueva negociación demostrará ser terriblemente penosa.

Esto es especialmente verdad ahora que los dirigentes de la Unión Europea se las han arreglado para eliminarse a ellos mismos de una futura mesa de negociaciones pegándose ellos mismos un tiro en sus pies calzados de Ferragamo. Como siempre, han seguido dócilmente la iniciativa de Washington de poner en marcha un embargo al petróleo de Irán. Como dijo un alto funcionario de la UE al presidente del Consejo Nacional EEUU-Irán Trita Parsi, y como diplomáticos de la UE me han asegurado en términos no precisamente inciertos, temen que esto pueda acabar siendo el último paso antes de la declaración de guerra.

Mientras tanto, un equipo de inspectores de la Agencia Internacional de la Energía Atómica acaba de visitar Irán. La AIEA está supervisando todas las cuestiones nucleares en Irán, incluida su nueva planta de enriquecimiento de uranio en Fordow, cerca de la ciudad santa de Qom, cuya producción empezará de lleno en junio. La AIEA es positiva: no hay nada que tenga que ver con la fabricación de bombas. Sin embargo, Washington (y los israelíes) continúan actuando como si solo fuera una cuestión de tiempo, y no hay mucho más sobre eso.

SIGUIENDO LA PISTA DEL DINERO

Ese tema del aislamiento iraní solo se debilita cuando uno se entera que el país está abandonando el dólar en su comercio con Rusia a favor de los riales y los rublos, una medida similar a las que ha puesto ya en marcha en su comercio con China y Japón. En cuanto a la India, una potencia económica de la zona, sus dirigentes también se niegan a dejar de comprar petróleo iraní, un comercio que, a la larga, es igual de improbable que se pague en dólares.

La India está ya utilizando el yuan con China, mientras que Rusia y China llevan comerciando en rublos y yuanes desde hace más de un año, mientras que Japón y China están promoviendo el comercio directo en yenes y yuanes. En cuanto a Irán con China, todo el nuevo comercio y las inversiones conjuntas se harán en yuanes y riales.

Traducción, si es que se necesitaba alguna: en el futuro próximo, con los europeos fuera de juego, no se comerciará prácticamente en dólares ningún petróleo iraní.

Además, tres miembros de los BRICS (Rusia, India y China), aliados de Irán, son los principales poseedores (y productores) de oro. Los antojos del Congreso estadounidense no van a afectar los complejos lazos comerciales. En realidad, cuando el mundo en desarrollo mira hacia la profunda crisis en que está inmerso el Occidente atlantista, lo que ven es la masiva deuda estadounidense, una fabricación de moneda como si no hubiera un mañana, montones de ajustes y, desde luego, la eurozona temblando hasta sus mismos cimientos.

Sigamos la pista al dinero. Dejemos a un lado, por el momento, las nuevas sanciones contra el banco central de Irán que entrarán en vigor en unos meses, ignoremos las amenazas iraníes de cerrar el Estrecho de Ormuz (bastante improbable ya que es la principal vía por la que Irán lleva su propio petróleo al mercado), y quizá una razón clave, la creciente crisis en el Golfo Pérsico supone que esta medida torpedeará al petrodólar como moneda multiuso de cambio.

Al frente de la operación marcha Irán, y es seguro que está destinada a un ansioso Washington, al que mirará de arriba abajo no solo una potencia regional sino sus principales competidores estratégicos, China y Rusia. No es extraño que haya tantos portaviones dirigiéndose justo ahora hacia el Golfo Pérsico, aunque sea el más extraño de los enfrentamientos: un caso de poder militar desplegado contra un poder económico.

En este contexto, merece la pena recordar que en septiembre de 2000 Sadam Husein abandonó el petrodólar como moneda de pago para el petróleo iraquí y se cambió al euro. En marzo de 2003, Iraq fue invadido y se produjo el inevitable cambio de régimen. Muamar Gadafi de Libia propuso un dinar de oro tanto como moneda común en África como moneda de pago para los recursos energéticos de su país. Otra intervención y otro cambio de régimen a continuación.

Sin embargo Washington/OTAN/Tel Aviv ofrecen una narrativa diferente. Las “amenazas” de Irán están en el corazón de la crisis actual, aunque estas sean, en realidad, la reacción de un país ante la guerra secreta emprendida sin cesar contra él por EEUU e Israel para pasar ahora, desde luego, a una guerra económica también. Son esas “amenazas”, así prosigue la historia, las que provocan el aumento de los precios del petróleo y exacerban por tanto la actual recesión, más que el capitalismo de casino de Wall Street o la deuda masiva de EEUU y de Europa. La flor y nata de esos del 1% no tienen nada contra los altos precios del petróleo, nada en absoluto, mientras se erija a Irán como culpable frente a la ira popular.

Como señalaba recientemente Michael Klare, experto en energía, nos encontramos en una nueva era geo-energética que es extremadamente turbulenta en el Golfo Pérsico y en más lugares. Pero considera también 2012 como el año del comienzo de una posible defección masiva del dólar como moneda global preferida. Cuando la percepción se haga realidad, imaginen el mundo real –en su mayoría el Sur global- haciendo las mates necesarias y empezando, poco a poco, a hacer negocios en sus propias monedas e invirtiendo cada vez menos excedentes en bonos del Tesoro estadounidense.

EEUU siempre puede contar con el Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) –Arabia Saudí, Qatar, Omán, Bahrein, Kuwait y los Emiratos Árabes Unidos-, a los que prefiero llamar el Club de la Contrarrevolución del Golfo (solo tienen que mirar sus actuaciones durante la Primavera Árabe). A todos los efectos prácticos geopolíticos, las monarquías del Golfo son una satrapía de EEUU.

Sus promesas de décadas de utilizar solo el petrodólar les convierte en un apéndice de la proyección del poder del Pentágono a través del Oriente Medio. El CENTCOM, después de todo, tiene su base en Qatar; la V Flota de EEUU está estacionada en Bahrein. De hecho, en las tierras inmensamente ricas en recursos energéticos que podemos denominar como Gran Oleoducstán –y que el Pentágono solía llamar “arco de inestabilidad”- que se extiende a través de Irán hasta llegar a Asia Central, el CCG sigue siendo clave para la menguante hegemonía estadounidense.

Si esto fuera una nueva versión económica de la historia de Edgar Allan Poe “El pozo y el péndulo”, Irán no sería sino un engranaje en una máquina infernal que va triturando lentamente el dólar como moneda de la reserva mundial. Sin embargo, es el engranaje sobre el que Washington se concentra ahora. Tienen el cambio de régimen metido en el cerebro. Todo lo que se necesita es una chispa que encienda el fuego (en todas las direcciones necesarias –se apresura uno a añadir- para coger por sorpresa a Washington).

Recuerden la Operación Northwoods, ese plan de 1962 elaborado por el Estado Mayor del Ejército para fingir operaciones terroristas en EEUU y culpar de ellas a la Cuba de Fidel Castro. (Fue el presidente John F. Kennedy quien echó abajo la idea). O recuerden el incidente de Tonkin en 1964, utilizado por el presidente Lyndon Johnson como justificación para ampliar la Guerra de Vietnam. EEUU acusó a los barcos torpedo norvietnamitas de ataques no provocados contra buques estadounidenses. Después, se vio claro que uno de los ataques nunca había tenido lugar siquiera y que el presidente había mentido acerca del mismo.

No es en absoluto descabellado imaginar profesionales de núcleo duro de amplio espectro dentro del Pentágono montando un incidente de bandera falsa en el Golfo Pérsico de un ataque contra Irán (o sencillamente utilizarlo para empujar a Irán a un error fatal). Consideren también la nueva estrategia del ejército estadounidense recién desvelada por el presidente Barack Obama, por la cual el centro de atención de Washington se va a trasladar de dos guerras fallidas sobre el terreno en el Gran Oriente Medio al Pacífico (es decir, a China).

Por tanto, sí, este psicodrama más grande que la vida que llamamos “Irán” puede ir tanto sobre China y el dólar estadounidense como sobre la política del Golfo Pérsico o la inexistente bomba de Irán. La pregunta que cabe hacerse es: ¿Qué ruda bestia, cuya hora finalmente ha llegado, se encamina hacia Pekín para ver la luz?

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[Fuente: Asia Times. Traducido para Rebelión por Sinfo Fernández]







Veinte años sin la URSS

In Actualidad on 27 enero, 2012 at 0:00

Higinio Polo

La desaparición de la Unión Soviética es una de las tres cuestiones clave que explican nuestra realidad en el siglo XXI. Las otras dos son el fortalecimiento chino y el inicio de la decadencia norteamericana. La disolución de la URSS se precipitó en el clima de crisis y enfrentamientos que se apoderaron de la vida soviética en los últimos años del gobierno de Gorbachov, quien aunque encabezó un inaplazable proceso de renovación (en su inicio, reclamando el retorno al leninismo), impulsó una desastrosa gestión de gobierno y una torpe acción política que agravó la crisis y facilitó la acción de los opositores al sistema socialista.

Las disputas entre Yeltsin y Gorbachov, el premeditado y precipitado desmantelamiento de las estructuras soviéticas y de la organización del Partido Comunista fueron acompañadas de reivindicaciones nacionalistas, que se iniciaron en Armenia y se extendieron como una mancha de aceite por otras repúblicas de la Unión, mientras la crisis económica se agravaba, los abastecimientos escaseaban y los lazos económicos entre las diferentes partes de la Unión empezaban a resentirse.

Los problemas a los que se enfrentaba Gorbachov eran muchos, y su gestión los empeoró: la aspiración a una mayor libertad, frente al autoritarismo soviético, y un explosivo cóctel de malas cosechas, inflación desbocada, caída de la producción industrial, desabastecimiento de alimentos y medicinas, escasez de materias primas, una reforma monetaria impulsada por el incompetente Valentín Pávlov en enero de 1991, junto con las ambiciones personales de muchos dirigentes políticos, además de los desajustes de la economía socialista y del encaje de la nueva economía privada, aumentaron el malestar de la población.

En mayo de 1990, Yeltsin se había convertido en presidente del parlamento (Sóviet supremo) de la Federación Rusa anunciando el propósito de declarar la soberanía de la república rusa, contribuyendo así al aumento de la tensión y de las presiones rupturistas que ya enarbolaban los dirigentes de las repúblicas bálticas. Poco después, en junio de 1990, el congreso de diputados ruso aprobó una “declaración de soberanía”, que proclamaba la supremacía de las leyes rusas sobre las soviéticas.

Era un torpedo en la línea de flotación del gran buque soviético. Sorprendentemente, la declaración fue aprobada por 907 diputados a favor y sólo 13 votaron en contra. El 16 de junio, el parlamento ruso, a propuesta de Yeltsin, anuló la función dirigente del Partido Comunista. Egor Ligachov, uno de los dirigentes contrarios a Yeltsin y a la deriva de Gorbachov, declaraba que el proceso que se estaba siguiendo era muy peligroso y llevaba al “desmoronamiento de la URSS”. Eran palabras proféticas. Yeltsin, ya liquidada la Unión, convirtió en 1992 esa fecha en fiesta nacional rusa, mientras que, con justicia, los comunistas la consideran hoy un “día negro” para el país.

Las tensiones nacionalistas jugaron un importante papel en la destrucción de la URSS; a veces, con oscuras operaciones que la historiografía aún no ha abordado con rigor. Un ejemplo puede bastar: el 13 de enero de 1991 hubo una matanza ante la torre de la televisión en Vilna, la capital lituana.

Trece civiles y un militar del KGB resultaron muertos, y la prensa internacional tildó lo ocurrido de “brutal represión soviética”, como titularon muchos periódicos. El presidente norteamericano, George Bush, criticó la actuación de Moscú, y Francia y Alemania, así como la OTAN, pronunciaron duras palabras de condena: el mundo quedó horrorizado por la violencia extrema del gobierno soviético, enfrentado al gobierno nacionalista lituano que controlaba en ese momento el Sajudis, dirigido por Vytautas Landsbergis. Siete días después, el 20 de enero, una masiva manifestación en Moscú exigía la dimisión de Gorbachov, mientras Yeltsin le acusaba de incitar los odios nacionalistas, acusación a todas luces falsa. Una oleada de protestas contra Gorbachov y el PCUS, y en solidaridad con los gobiernos nacionalistas del Báltico, sacudió muchas ciudades de la Unión Soviética.

Sin embargo, ahora sabemos que, por ejemplo, Audrius Butkevičius, miembro del Sajudis y responsable de seguridad en el gobierno nacionalista lituano, y después ministro de Defensa, se ha pavoneado ante la prensa de su papel en la preparación de esos acontecimientos, forzados con el objetivo de desprestigiar al Ejército soviético y al KGB: ha llegado a reconocer que sabía que se producirían víctimas ese día ante la torre de la televisión, y sabemos también ahora que los muertos fueron alcanzados por francotiradores apostados en los tejados de los edificios y que no recibieron disparos desde una trayectoria horizontal, como correspondería si hubieran sido atacados por las tropas soviéticas que estaban ante la entrada de la torre de televisión.

Butkevičius reconoció años después de los hechos que miembros del DPT (Departamento de Protección del Territorio, el embrión del ejército creado por el gobierno nacionalista) apostados en la torre de la televisión, dispararon a la calle. No se trata de desarrollar una teoría conspiratoria de la caída de la URSS, pero las provocaciones y los planes desestabilizadores existieron. También las tensiones nacionalistas, por lo que esas provocaciones actuaron sobre un terreno abonado, excitando la pasión y los enfrentamientos.

En marzo de 1991 tuvo lugar el referéndum sobre la conservación de la URSS, en ese clima de pasiones nacionalistas. Los gobiernos de seis repúblicas se negaron a organizar la consulta (las tres bálticas, que ya habían declarado su independencia, aunque no era efectiva; y Armenia, Georgia y Moldavia), pese a lo cual el ochenta por ciento de los votantes soviéticos participaron, y los resultados dieron unos porcentajes del 76′4 de partidarios de la conservación y del 21′4 que votaron negativamente, cifras que incluyen las repúblicas donde el referéndum no se convocó. El aplastante resultado favorable al mantenimiento de la URSS fue ignorado por las fuerzas que trabajaban por la ruptura: por los nacionalistas y por los “reformadores”, que ya controlaban buena parte de las estructuras de poder, como las instituciones rusas. Yeltsin, como presidente del parlamento ruso, desarrollaba un doble juego: no se oponía públicamente al mantenimiento de la Unión, pero conspiraba activamente con otras repúblicas para destruirla.

De hecho, una de las razones, si no la más importante, de la convocatoria del referéndum de marzo de 1991 fue el intento del gobierno central de Gorbachov de limitar la voracidad de los círculos de poder de algunas repúblicas y, sobre todo, de frenar la alocada carrera de Yeltsin hacia el fortalecimiento de su propio poder, para lo que necesitaba la destrucción del poder central representado por Gorbachov y el gobierno soviético. Sin olvidar que, en el clima de confusión y descontento, la demagogia de Yeltsin consiguió muchos seguidores.

Así, antes del intento de golpe de Estado del verano de 1991, Yeltsin reconoció en julio la independencia de Lituania, en una clara provocación al gobierno soviético que Gorbachov fue incapaz de responder. Los dirigentes de las repúblicas querían consolidar su poder, sin tener que dar cuentas al centro federal, y para eso necesitaban la ruptura de la Unión Soviética. Un sector de los partidarios del mantenimiento de la URSS facilitó con su torpeza el avance de las posiciones de la tácita coalición entre nacionalistas y “reformadores” liberales, que recibían, además, el apoyo de los partidarios del sector de economía privada que prosperó bajo Gorbachov, e incluso del mundo de la delincuencia, que olfateaba la posibilidad de conseguir magníficos negocios, por no hablar de los dirigentes del PCUS, como Alexander Yakovlev, que trabajaban activamente para destruir el partido. La víspera del día fijado para la firma del nuevo tratado de la Unión, los golpistas irrumpieron con un denominado Comité estatal para la situación de emergencia en la URSS. El comité contaba con el vicepresidente Guennadi Yanáev, el primer ministro Pávlov; el ministro de Defensa, Yázov; el presidente del KGB, Kriuchkov, el ministro del Interior, Boris Pugo, y otros dirigentes, como Baklánov, y Tiziakov. El fracaso del golpe de agosto de 1991, impulsado por sectores del PCUS contrarios a la política de Gorbachov, sirvió de detonante para la contrarrevolución y alentó a las fuerzas que propugnaban, sin formularlo todavía, la disolución de la URSS.

La improvisación de los golpistas, pese a contar con el responsable del KGB y del ministro de Defensa, llegó al extremo de anunciar el golpe ¡antes de poner en movimiento las tropas que supuestamente les apoyaban!; ni siquiera cerraron los aeropuertos ni tomaron los medios de comunicación, ni detuvieron a Yeltsin y otros dirigentes reformistas, y la prensa internacional pudo moverse a su antojo. Los servicios secretos norteamericanos confirmaron la increíble improvisación del golpe, y la ausencia de importantes movimientos de tropas que pudiesen apoyarlo. De hecho, la desaforada torpeza de los golpistas se convirtió en la principal baza de los sectores anticomunistas que acabaron con la URSS: aunque pretendiesen lo contrario, su acción, como la de Gorbachov, facilitó el camino a los partidarios de la restauración capitalista.

Tras el fracaso del golpe, Yeltsin volvió a adelantarse: el 24 de agosto reconocía la independencia de Estonia y Letonia. Y no fue sólo Yeltsin quien inició los pasos para la prohibición del comunismo: también Gorbachov, incapaz de hacer frente a las presiones de la derecha. El 24 de agosto de 1991, Gorbachov anunciaba su dimisión como secretario general del PCUS, la disolución del comité central del partido, y la prohibición de la actividad de las células comunistas en el ejército, en el KGB, en el ministerio del interior, así como la confiscación de todas sus propiedades. El PCUS quedaba sin organización ni recursos. No había frenos para la revancha anticomunista. Yeltsin ya había prohibido todos los periódicos y publicaciones comunistas. La debilidad de Gorbachov era ya evidente, hasta el punto de que Yeltsin, presidente de la república rusa, era capaz de imponer ministros de su confianza al propio presidente soviético en los ministerios de Defensa e Interior, claves en la crítica situación del momento. Yeltsin ya había prohibido al PCUS en Rusia e incautado sus archivos (de hecho, esos archivos eran los centrales del partido comunista), y otras repúblicas lo imitaron (Moldavia, Estonia, Letonia y Lituania se apresuraron a prohibir el partido comunista y pedir a Estados Unidos apoyo para su independencia), mientras el “reformista” alcalde de Moscú incautaba y sellaba los edificios comunistas en la capital. Por su parte, Kravchuk anunciaba el 24 de agosto su abandono de sus cargos en el PCUS y en el Partido Comunista de Ucrania. Yeltsin, que contaba con un importante apoyo social, se abstenía cuidadosamente de revelar su propósito de restaurar el capitalismo.

La desenfrenada carrera hacia el desastre siguió durante los meses finales de 1991. El referéndum celebrado en Ucrania el 1 de diciembre de 1991, contaba con el control del aparato de Kravchuk, el hasta hacía unos meses secretario comunista de la república, reconvertido en nacionalista, adalid de la independencia ucraniana. Tras el resultado, al día siguiente, Kravchuk anunció su negativa a firmar el Tratado de la Unión con el resto de repúblicas soviéticas. Kravchuk era el prototipo del perfecto oportunista, presto a adoptar cualquier ideología para conservar su papel: en agosto de 1991, con el intento de golpe contra Gorbachov, no dejó clara su posición, ni apoyó a Yeltsin ni a Gorbachov, pero tras el fracaso adoptó una posición nacionalista, abandonó el partido comunista, y se lanzó a reclamar la independencia de Ucrania. Era un profesional del poder, que intuyó los acontecimientos, y, si había sido elegido presidente del parlamento ucraniano en 1990 por los diputados comunistas, tras el fracaso del golpe, abandonó las filas comunistas. Así, todo se precipitaba. Si unos meses antes, el 17 de marzo de 1991, la población ucraniana había respaldado mayoritariamente la conservación de la URSS (un 83 % votó a favor, y apenas un 16 % en contra) la masiva campaña del poder controlado por Kravchuk consiguió el milagro de que, ocho meses después, la población ucraniana respaldase la declaración de independencia del parlamento por un 90 %, con una participación del 84 %.

Yeltsin anunció, como pretexto, que si Ucrania no firmaba el nuevo tratado de la Unión, tampoco lo haría Rusia: era la voladura descontrolada de la URSS. Detrás, había un activo trabajo occidental: dos días después del referéndum ucraniano del día 1 de diciembre, Kravchuk hablaba con Bush sobre el reconocimiento norteamericano de la independencia: aunque Washington mantenía la cautela oficial para no enturbiar las relaciones con Moscú, su diplomacia y sus servicios secretos trabajaban esforzadamente apoyando a las fuerzas rupturistas.

También Hungría y Polonia, convertidos ya en países satélites de Washington, reconocieron a Ucrania. Yeltsin hizo lo propio, lanzado ya a la destrucción de la URSS. De inmediato, se puso en marcha el plan para disolver la Unión Soviética, en una operación protagonizada por Yeltsin, Kravchuk y el bielorruso Shushkévich el 8 de diciembre de 1991, que se reunieron en la residencia de Viskulí, en la reserva natural de Belovézhskaya Puscha, de Bielorrusia, donde proclamaron la disolución de la URSS y se apresuraron a informar a George Bush para obtener su aprobación.

Faltan muchos aspectos por investigar de esa operación, aunque los protagonistas que viven, como Shushkévich, insisten en que no estaba preparada de antemano la disolución de la URSS y que fue decidida sobre la marcha. El presidente bielorruso fue el encargado de informar del acuerdo a un Gorbachov impotente y superado por los acontecimientos, que sabía que iba a celebrarse la reunión de Viskulí, y le hizo partícipe, además, de que a George Bush le había gustado la decisión.

La rápida sucesión de acontecimientos, con la firma en Alma-Ata, el 21 de diciembre, por parte de once repúblicas soviéticas del acta de creación de la CEI y la dimisión de Gorbachov cuatro días después, con la simbólica retirada de la bandera roja soviética del Kremlin, marcaron el final de la Unión Soviética.

En una disparatada carrera de reclamaciones nacionalistas, muchas fuerzas políticas que habían crecido al amparo de la perestroika reclamaban soberanía e independencia, argumentando que su república iniciaría un nuevo camino de prosperidad y progreso, sin las supuestas hipotecas que comportaba la pertenencia a la Unión Soviética. Desde el Cáucaso hasta las repúblicas bálticas, pasando por Ucrania, Bielorrusia y Moldavia, con la excepción de las repúblicas centroasiáticas, la mayoría de los protagonistas del momento se apresuraron a romper los lazos soviéticos… para apoderarse del poder en sus repúblicas. Una alianza tácita entre sectores nacionalistas y liberales (que supuestamente iban a alumbrar la libertad y la prosperidad), viejos disidentes, altos funcionarios del Estado y directores de fábricas y combinados industriales, oportunistas del PCUS, dirigentes comunistas reconvertidos a toda prisa para mantener su estatus (Yeltsin ya lo había hecho, y le siguieron Yakovlev, Kravchuk, Shushkévich, Nazarbáyev, Aliev, Shevardnadze, Karimov, etc), sectores comunistas desorientados, y ambiciosos jefes militares dispuestos a todo, incluso a traicionar sus juramentos, para mantenerse en el escalafón o para dirigir los ejércitos de cada república, confluyeron en el esfuerzo de demolición de la URSS.

Con todo el poder en sus manos, y con el partido comunista desarticulado y prohibido, Yeltsin y los dirigentes de las repúblicas se lanzaron al cobro del botín, a la privatización salvaje, al robo de la propiedad pública. No hubo freno. Después, para aplastar la resistencia por la deriva capitalista, llegaría el golpe de Estado de Yeltsin en 1993, inaugurando la vía militar al capitalismo, la sangrienta matanza en las calles de Moscú, el bombardeo del Parlamento (algo inaudito en la Europa posterior a 1945, que horrorizó al mundo pero que fue apoyado por los gobiernos de Washington, París, Berlín y Londres), y, finalmente, la manipulación y el robo de las elecciones de 1996 en Rusia, que fueron ganadas por el candidato del Partido Comunista, Guennadi Ziuganov.

La destrucción de la URSS convirtió a millones de personas en pobres, destruyó la industria soviética, desarticuló por completo la compleja red científica del país, arrasó la sanidad y la educación públicas, y llevó al estallido de guerras civiles en distintas repúblicas, muchas de las cuales cayeron en manos de sátrapas y dictadores. Es cierto que existía una evidente insatisfacción entre una parte importante de la población soviética, que hundía sus raíces en los años de la represión stalinista y que se agudizó por el obsesivo control de la población, y, aún más, por la desorganización progresiva y la falta de alimentos y suministros que caracterizó los últimos años bajo Gorbachov, pero la disolución empeoró todos los males. Esa parte de la población estaba predispuesta a creer incluso las mentiras que recorrían la URSS, recogidas a veces de los medios de comunicación occidentales.

En los análisis y en la historiografía que se ha ido construyendo en estos veinte años, ha sido un lugar común interrogarse sobre las razones de la falta de respuesta del pueblo soviético ante la disolución de la URSS. Veinte años después, la visión de conjunto es más clara: la agudización de la crisis paralizó buena parte de las energías del país, las disputas nacionalistas situaron el debate en las supuestas ventajas de la disolución de la Unión (¡todas las repúblicas, incluso la rusa, o, al menos sus dirigentes, proclamaban que el resto se aprovechaba de sus recursos, fuesen los que fuesen, agrícolas o mineros, industriales o de servicios, y que la separación supondría la superación de la crisis y el inicio de una nueva prosperidad!), y la ambición política de muchos dirigentes (nuevos o viejos) pasaba por la creación de nuevos centros de poder, nuevas repúblicas. Además, nadie podía organizar la resistencia porque los principales dirigentes del Estado encabezaban la operación de desmantelamiento, por activa, como Yeltsin, o por pasiva, como Gorbachov, y el partido comunista había sido prohibido y sus organizaciones desmanteladas. El PCUS se había confundido durante años con la estructura del Estado, y esa condición le daba fuerza, pero también debilidad: cuando fue prohibido, sus millones de militantes quedaron huérfanos, sin iniciativa, muchos de ellos expectantes e impotentes ante los rápidos cambios que se sucedían.

En el pasado, esos dirigentes oportunistas (como Yeltsin, Aliev, Nazarbáyev, presidente de Kazajastán desde la desaparición de la URSS, cuya dictadura acaba de prohibir la actividad del nuevo Partido Comunista Kazajo) tenían que actuar en un marco de partido único en la URSS y bajo unas leyes y una constitución que les forzaban a desarrollar una política favorable a los intereses populares. El colapso de la Unión mostró su verdadero carácter, convirtiéndose en los protagonistas del saqueo de la propiedad pública, y configurando regímenes represivos, dictatoriales y populistas… que recibieron la inmediata comprensión de los países capitalistas occidentales.

En una siniestra ironía, los dirigentes que protagonizaron el mayor robo de la historia eran presentados por la prensa rusa y occidental como “progresistas” y “renovadores”, mientras que quienes pretendían salvar la URSS y mantener las conquistas sociales de la población eran presentados como “conservadores” e “inmovilistas” Esos progresistas se lanzarían después a una desenfrenada rapiña de la propiedad pública, robando a manos llenas, porque los “libertadores” y “progresistas” iban a pilotar la mayor estafa de la historia y una matanza de dimensiones aterradoras, no sólo por el bombardeo del Parlamento, sino porque esa operación de ingeniería social, la privatización salvaje, ha causado la muerte de millones de personas.

Un aspecto secundario para el asunto que nos ocupa, pero relevante por sus implicaciones para el futuro, es la cuestión de quién ganó con la desaparición de la URSS. Desde luego, no lo hizo la población soviética, que, veinte años después, sigue por debajo de los niveles de vida que había alcanzado con la URSS. Tres ejemplos bastarán: Rusia tenía ciento cincuenta millones de habitantes, y ahora apenas tiene ciento cuarenta y dos; Lituania, que contaba en 1991 con tres millones setecientos mil habitantes, apenas alcanza ahora los dos millones y medio. Ucrania, que alcanzaba los cincuenta millones, hoy apenas tiene cuarenta y cinco. Además de los millones de muertos, la esperanza de vida ha retrocedido en todas las repúblicas. La desaparición de la URSS fue una catástrofe para la población, que cayó en manos de delincuentes, de sátrapas, de ladrones, muchos de ellos reconvertidos ahora en “respetables empresarios y políticos”. Estados Unidos se apresuró a cantar victoria, y todo parecía indicar que había sido así: su principal oponente ideológico y estratégico había dejado de existir. Pero, si Washington ganó entonces, su desastrosa gestión de un mundo unipolar dio inicio a su propia crisis: su decadencia, aunque relativa, es un hecho, y su repliegue militar en el mundo se acentuará, pese a los deseos de sus gobernantes.

Veinte años después, la Unión Soviética sigue presente en la memoria de los ciudadanos, tanto entre los veteranos como entre las nuevas generaciones. Olga Onóiko, una joven escritora de veintiséis años que ha ganado el prestigioso premio Debut, afirmaba (con una ingenuidad que también revela la conciencia de una gran pérdida) hace unos meses: “la Unión Soviética se aparece en mi mente como un país grande y hermoso, un país soleado y festivo, el país de ensueño de mi infancia, con un claro cielo azul y banderas rojas ondeando”. Por su parte, Irina Antónova, una excepcional mujer de ochenta y nueve años, directora en ejercicio del célebre Museo Pushkin de Moscú, añadía: “La época de Stalin fue un momento duro para la cultura y para el país. Pero también he visto cómo mucho después se perdió un gran país de una manera involuntaria e innecesaria. […] A veces me digo que sólo quiero irme al otro mundo después de haber vuelto a ver el brote verde de algo nuevo, algo realmente nuevo. Un Picasso que transforme esta realidad desde el arte, desde la belleza y la emoción humana. Pero la cultura de masas ha devorado todo. Ha bajado nuestro nivel. Aunque pasará. Es sólo una mala época. Y sobreviviremos a ella”.


[Fuente: El viejo topo]