Partido Revolucionario de los Comunistas de Canarias

La democracia estadounidense no funciona

In Actualidad on 3 febrero, 2012 at 0:00

Max J. Castro

Se ha dicho que la democracia es la peor forma de gobierno excepto todas las demás que se han intentado”. Estas palabras del difunto primer ministro británico Winston Churchill han sido citadas tantas veces que la expresión se ha convertido en el cliché político más importante del mundo. Ahora que los Estados Unidos, descritos con frecuencia como la primera democracia mundial, se preparan para elegir a un presidente y un nuevo congreso este mismo año, los contendientes republicanos para el máximo cargo han ofrecido al público norteamericano el equivalente político de un circo ambulante.

Empecemos por la paranoia de Michelle Bachman, quien ve aun socialista disfrazado en cualquiera de sus colegas congresistas. Continuemos con Herman Cain, su absurdo plan de impuestos 9-9-9 y sus numerosos escándalos sexuales. Añadan la extraña mezcla de Ron Paul de pronunciamientos alocados acerca de la raza y el gobierno y una postura progresista en los gastos militares y el alcance imperial de los EEUU. Incluyan el apoyo de John Hunstman a Mitt Romney, poco después de que Huntsman dejara la liza tras haber herido a Romney con uno de los dardos más agudos que se hayan lanzado en los numerosos debates. Recuerden la ignorancia total y la ocasional necedad del gobernador de Texas Rick Perry. Maravillaos con la reinvención de Newt Gingrich como un venerable “abuelo de 68 años” tras haber sido el pillo que le presentara los papeles de divorcio a su primera esposa que estaba hospitalizada bajo tratamiento contra el cáncer y el hipócrita que representaba los valores de la familia y perseguía a Bill Clinton y trató de sacarlo de la Casa Blanca por su breve desliz con Monica Levinsky, mientras que sostenía un afer extramarital de seis años con una trabajadora del congreso. Asombraos cuando el multimillonario Mitt Romney se presenta como hombre común y creador de empleos, tras amasar una enorme fortuna desarmando compañías, cesanteando trabajadores y vendiendo lo que quedaba del naufragio por ganancias enormes. Creedle a Romney cuando dice que le gusta despedir personas –lo ha demostrado- y pregúntense por qué fue preciso que encajara una derrota desastrosa en Carolina del Sur para que el magnate aceptara devolver sus réditos por impuestos.

El espectáculo ha sido cualquier cosa menos edificante. ¿Son estos los que gritan que “Washington no funciona” y quieren ir allí para arreglarlo? Pueden argüir que quieren reparar Washington –traducción, el gobierno federal- pero lo que esta banda quiere realmente hacer con el gobierno es algo totalmente diferente. Aspiran a pulverizarlo, privatizarlo y entonces monopolizar los despojos de un desgobierno incapacitado para detener a un pequeño pero poderoso grupo de arribistas de toda laya.

Los nuevos barones del latrocinio se aprovecharían de esta oportunidad para saquear el medio ambiente, reducir a los trabajadores a condiciones del siglo XIX, y desatender leyes duraderas que protegen la salud pública, la seguridad laboral y la pureza de nuestros alimentos, agua y aire. Y eso es solo el comienzo de lo que estos candidatos se traen entre manos por si ganan las elecciones– Romney es aún el favorito aunque últimamente ha tropezado tanto como para darle a Newt Gingrich un nuevo chance de luchar. ¡Negros, homosexuales, inmigrantes, cuidado!

Pero hay algo en lo que los republicanos tienen razón. Washington- en este caso, la democracia estadounidense- está destruido. Ya se ha convertido virtualmente en una subsidiaria de las corporaciones. Y puede usted quitar la palabra virtualmente si los republicanos logran su propósito de controlar las tres ramas del gobierno.

Lo que aqueja a Washington, lo que aqueja a la democracia va mucho más allá de los déficits presupuestarios y las burocracias infladas, tal como ellos mismos dicen. Ahora existe, desde luego, el río ilimitado de dinero político que inunda el interés público y la voluntad popular, gracias a una Corte Suprema derechista.

Luego está el Colegio Electoral, un anacronismo que garantiza que el candidato que consiga más votos a nivel nacional no gane necesariamente la presidencia. Eso fue exactamente lo que le pasó a Al Gore en el 2000.

Después está el senado, antidemocrático a varios niveles. Es un sistema en el que las vacas de Montana están tan bien representadas como millones de personas en estados como California. Como resultado, el Senado es más representativo de la raza y la etnicidad de mediados del siglo pasado que de este. Ese problema se exacerba cuando los republicanos llegan al poder, pues en los últimos 40 años el Viejo Gran Partido ha sido no solo el partido de la derecha sino también el de los blancos. E incluso cuando los republicanos están en minoría, su uso y abuso de las reglas antidemocráticas del senado permiten que 40 republicanos, muchos de ellos representando estados con poblaciones diminutas y casi del todo blancas logran frustrar la voluntad de sesenta demócratas, muchos de los cuales representan estados de sorprendente diversidad étnica.

Cuando Alexis de Tocqueville escribía su clásico Democracia en los Estados Unidos en el siglo XIX, esta nación era seguramente la más democrática de la tierra. Era el país de las oportunidades ilimitadas, del cómo pasar del harapo a los millones. Pero en este año, la condición de la democracia estadounidense es delicada, y la perspectiva para el futuro inmediato es más grave aun. Muchos estudios recientes han demostrado, por ejemplo, que una persona que nace en circunstancias humildes en Europa Occidental o Canadá tiene más posibilidades de ascender en la escala social que una nacida en los Estados Unidos. He ahí el fruto de cuatro décadas de política social republicana que se ha aproximado a una guerra de clases contra la clase media y los pobres. Y los republicanos nunca se cansan de soñar con nuevos modos de limitar la democracia o ensanchar la desigualdad. Todas las “reformas tributarias” presentadas por los aspirantes republicanos favorecen a los ricos. La última jugada anti-democrática de los republicanos es el intento exitoso en varias legislaturas estatales de crear esquemas para negarle legalmente el voto a las minorías y los pobres.

Podría pensarse que la guerra clasista sostenida de los sirvientes del 1 porciento no soportaría el embate del 99 porciento. Hasta ahora, no ha sucedido así. Esa es una medida de hasta dónde la democracia ha sido sustituida por una plutocracia. El desencanto que siguió a las elecciones del 2008 ha demostrado que hará falta algo más que un presidente decente y un congreso democrático para derrotar al control plutocrático y desatar la verdadera democracia. Hará falta un levantamiento social y político de envergadura, que no se avizora en el horizonte.



(majcastro@gmail.com)

[Fuente: Progreso Semanal]

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